del otro lado del rio
En principio, siempre que me encargaba un mandado, yo lo hacía de buena gana. Claro, esto era por respeto, por el que yo le guardaba como padrino mío. Él que no tenía hijos, ni siquiera esposa (quien sabe si por su naturaleza de tacaño) me ocupaba en mil cosas: echarle comida a sus puercos, achicarle y ordeñarles vacas, ir a la pulpería, cargarle leña…, en fin, que día por día me tocaba hacerle varias jodiendas que yo realizaba sin chistar y a cambio de nada, y sólo por el respeto que yo le tenía. Pero con el tiempo me fui cansando, fui dejando de ser burro manso y me fui llenando de rabia contra él, contra mi madre que apadrinaba mi martirio y contra todo aquel maldito campo; y me cruzó por la mente una idea que nunca antes había tenido: cruzar el río para irme lejos, donde nadie supiera de mí. Sin embargo, resistí ese deseo, y decidí hablar con mi mamá para hacerle saber que ya no estaba dispuesto a seguir aguantando la situación.
-Mamá…
-Dime, hijo.
-No quiero seguir viviendo así. Ya estoy harto. No soy burro ni esclavo de mi padrino.
-Pero es tu padrino, hijo. No puedes faltarle el respeto.
-Le tengo respeto, mamá, pero lo que no tengo es gusto de hacerle oficios por lo mal que me trata ese Codo-duro. No quiero ser su