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Antropogénesis según Steiner (página 2)



Partes: 1, 2

 

        
Así como hay un acuerdo generalizado indubitado acerca del
origen común e indistinto de todas las Mónadas
humanas, ha habido diferentes posiciones acerca del origen 
de la diversidad y distinción de las razas, así
como de la interpretación causal de los rayos y
características diversificadas que han dado lugar en su
momento al nacimiento y desarrollo
tanto de los diferentes pueblos, civilizaciones, culturas y
naciones, con sus peculiares y propios rasgos distintivos. Y
Steiner, haciendo uso de los dones de clarividencia propios de su
graduación iniciática y de su misión
esotérica, pudo introducirse en las esferas
correspondientes a las cadenas y manvántaras previos al
nuestro que clarificasen tales misterios en buena medida, y
extrayendo esos conocimientos ocultos de los llamados Archivos
Akhásicos, nos los ha transmitido fundamentalmente a
través de las miles de conferencias que prodigó a
lo largo de su existencia.

El
desarrollo del 4º Principio

        
La misión esencial de la Tierra,
decía en tal sentido Steiner, es sin duda el desarrollo
del 4º Principio Humano: el Ego, el cuerpo mental inferior,
es decir el Yo separativo o Kama Manas, y ello como resultado del
desenvolvimiento previo en Cadenas y Manvántaras
anteriores de los tres Principios
básicos que conforman la estructura
fundamental del ser humano. De manera que en la primera Cadena o
Manvántara, correspondiente al antiguo Saturno, se
desarrollaron los fundamentos del cuerpo físico en su fase
mineral, en el segundo Manvantara, llamado del Sol, se
consolidaron los fundamentos del cuerpo etérico del
hombre y su
fase vegetal, y en el tercero, el de la vieja Luna, se
desarrolló el tercer principio o cuerpo astral del hombre,
en su vivencia animal.

        

Desde las dos primeras razas (Polar e Hiperbórea)
y hasta la Edad Lemur, correspondiente a la Tercera Raíz,
el ser humano carecía de un alma propia e
individual, de manera que, al igual que los animales que le
rodeaban, contaba únicamente con un alma grupal. Y nos
estamos refiriendo a un tiempo en el
que todavía y durante ese larguísimo período
histórico, nos dice Steiner, la Tierra y la
Luna estaban unidas formando un solo planeta, hasta que
finalmente en el curso de dicha edad es cuando la
jerarquía creadora de los Espíritus de la Forma
separó a la Luna de la Tierra, con el fin de llevarse con
ella lo más denso de entre la pesada materia de que
hasta entonces estaba constituida la humanidad. Y es a resultas
de dicha separación planetaria que se instituyó la
separación de sexos del hombre, que hasta entonces
había sido un ser andrógino, con lo que se produjo
lo que se ha conocido por la "Primera Caída" del hombre,
al ser necesaria la generación y procreación por la
vía genital sexual, de forma tal que el sexo vino a
causar grandes estragos en aquella humanidad, pues se mezclaban
indiscriminadamente las diversas especies, creándose con
ello toda clase de
subproductos humanoides incapaces de desarrollar el Principio
egóico al que estaban destinados los seres humanos. Los
bellos Apolos de la Raza Hiperbórea degeneraron
terriblemente, hasta que en un momento dado Jahvé, uno de
los siete Elohim o Espíritus Planetarios,
desarrolló en la naturaleza
humana el llamado principio de la herencia con el
fin de evitar más cruces y mezclas de
especies animales y humanas diferentes.

         Ante
tal degeneración generalizada algunas almas se negaron a
descender a la Tierra y a crear en los cuerpos óseos y
durísimos en que se convirtieron los cuerpos humanos, de
manera que hubo un largo pralaya en el cual muchas mónadas
humanas dejaron de encarnar en el planeta, con la consiguiente
despoblación en el globo terráqueo, que
parecía poner en peligro el plan de
desenvolvimiento de los seres humanos. Según las investigaciones
realizadas por Steiner un gran número de esas
mónadas humanas y animales fueron transportadas para
encarnar en los otros cinco planetas del
sistema solar
(Saturno, Júpiter, Marte, Venus y Mercurio), además
de en el Sol y la Luna,
con el consiguiente efecto y hándicap de que estas almas
no pudieron en su consecuencia quedar bajo la dirección e influencia de los
Espíritus de la Forma, residentes en el Sol, cuya tarea
fundamental era la de guiar la evolución racial de la humanidad en la
tierra.

         Cuando
la Luna-tierra se separó del Sol durante el anterior
tercer manvántara, continúa Steiner en sus estudios
cosmológicos, ese planeta conjunto de Tierra y Luna
todavía no rotaba en torno a su eje,
pues para eso hubiera necesitado que habitase en él un
Espíritu del Movimiento que
le diese tal vida y actividad, de manera que durante la Edad
Hiperbórea solo una cara de ese globo conjunto daba al
Sol, exactamente como ahora ocurre con la Luna con
relación a la Tierra, y así la actividad de los
Espíritus de la Forma ubicados en el Sol, al no haber
día y noche alternantes, era continua y permanente. Y
así continuó ocurriendo hasta que con la
extracción de la Luna y su separación de la Tierra
en el transcurso de la Edad Lemur la Tierra empezó a rotar
sobre sí misma, ocasionando así las noches y los
días, lo cual dio lugar a una actividad alternante y ya no
permanente de tales Espíritus de la Forma que al hacer su
trabajo desde
el Sol solo ejercían su influencia sobre la Tierra durante
el día.

La institucionalización en
el hombre de
su alma individual

        
Con el principio de herencia imbuido por Javeh cada especie
animal desarrolló su propia alma grupal totalmente
ceñida a la evolución de la Tierra, y al llegar la
Edad Atlante, la mayoría de las almas humanas ya se
habían individualizado, separándose así
definitivamente de su antigua alma grupal cuasianimal o de
especie, comenzándo así la evolución del
principio egoico o kama-manásico en cada mónada
encarnante, aunque éstas conservaran la memoria de
su alma grupal en el cuerpo etérico. Cuando la tierra
empezó a rotar sobre su eje polar y se
institucionalizó el ritmo ya definitivo de los días
y las noches alternantes, la evolución
humana y del ser individual más allá del alma
grupal fue quedando ceñida a la encarnación en la
tierra de todas las almas, pues era reencarnándose que
recibirían la influencia y radiaciones energéticas
de los seres espirituales superiores que a su vez sacrificaban
sus cuerpos por ellos. Y así durante la vigilia del
día el ego y el cuerpo astral trabajaban incorporados a
sus cuerpo etérico y cuerpo físico, y por la noche
esos ego y cuerpo astral se separaban de sus cuerpos
físico y etérico, y libres del cuerpo mientras
dormían, comunicaban con los seres superiores conocidos
como Ángeles
(equivalentes a los Pitris Lunares o Barishad en términos
teosóficos), Arcángeles (los Pitris Agnishvattas) y
Archai (los Asuras), de forma que con ese contacto los seres
superiores podían influir en el ego y reparar los
daños ocasionados al cuerpo astral durante el
día  por los espíritus luciféricos,
todo lo cual permitiría mantener las memorias de
esos seres y así evolucionar definitivamente fuera del ser
grupal como seres individuales.

        
Mientras tanto los verdaderos directores de la evolución,
los llamados Espíritus de la Forma de la segunda
jerarquía celestial, trabajaban a través de la
luz del sol
durante el día, ya que durante la noche su actividad
había de parar e interrumpirse a causa de la falta de
luminosidad y por tanto de la oscuridad, de manera que
podía dudarse de que con tal ritmo los humanos pudieran
evolucionar apropiadamente si los Espíritus de la Forma
trabajaban solo a media jornada, teniendo en cuenta el hecho de
que anteriormente cuando la Tierra no rotaba, su actividad era
permanente día y noche.

        
Resolvieron el problema enviando al Elohim Jahvé a la
Luna, de entre los siete Espíritus de la Forma o Elohim,
los cuales desde el manvántara lunar trabajaban desde el
Sol para guiar la evolución humana. Desde allí ese
Elohim irradiaría su influencia sobre la tierra durante
las noches. Y mientras tanto los demás seres espirituales
que no habían conseguido el rango jerárquico al que
estaban destinados, y como necesitaban también un lugar
donde continuar su desarrollo aparentemente interrumpido con la
falta de mónadas humanas encarnantes en la Tierra por las
razones dichas, encontraron tales lugares al desprenderse del Sol
el planeta Mercurio para los Archai (los asuras de la
cosmología teosófica), así como el planeta
Venus donde residirían y evolucionarían los
Arcángeles (los agnishvattas), y en la Luna
permanecerían los Ángeles (o Pitris lunares). Y
así, durante el día los otros seis Elohim
emitían sus rayos de amor al
hombre, y por la noche el Elohim Jahvé trabajaba en el ego
y el cuerpo astral de los seres humanos mediante la luz reflejada
del sol espiritual.

La vuelta a la tierra tras el pralaya
planetario

Llegó el momento entonces, al final de la Edad
Lemur, en que aquellas almas que habían sido enviadas a
los distintos planetas tras la crisis racial
producida por la división de sexos y la
degeneración producida por la mezcolanza indiscriminada de
especies, volvieran a poblar la Tierra. Y fue
produciéndose paulatinamente dicho retorno desde entonces
y hasta la 4ª subraza de la Atlante, de forma que con el
regreso de tales individualidades se hicieron evidentes las
diferenciaciones raciales de los distintos pueblos que iban
habitando las distintas regiones del continente lemur primero y
después del atlante, que arrastraban lógicamente la
impronta y huellas características de las radiaciones
energéticas de aquellos planetas en los que habían
habitado durante encarnaciones sucesivas, y que a su vez
obviamente se distinguían de aquellos cuyas mónadas
habían podido permanecer en la tierra.

Como es sabido, y tal y como coinciden todos los
eruditos e investigadores teosóficos, el continente Lemur
nació en el Océano Indico, de donde son porciones
residuales las actuales Australia y Nueva Zelanda, y en esas
regiones la vida era tremendamente difícil entre la enorme
y colosal actividad volcánica y los períodos
glaciares con que se alternaba la conformación del
planeta. Fue en ese período en el que vino a la existencia
la pareja ancestral de los Adán y Eva del Génesis,
de donde todos los seres humanos tenemos el tronco común
de origen genético, tal y como es reconocido por la
moderna antropología, y desde entonces y hasta
mediados de la Edad Atlante sus descendientes pudieron vivir en
cuerpos de una sustancia mucho más plástica que
aquellos cuerpos humanos anteriores a la escisión
lunar.

         Durante
la emergencia y conformación de la isla continental
Atlante fueron surgiendo dos líneas humanas de
evolución diferenciada: a) las generaciones provenientes
de almas venidas de otros planetas,  b) las almas
directamente descendientes de Adán y Eva, que no
habían experimentado el pralaya exterior, y que al haberse
separado la mayoría de ellas del alma de grupo y haber
individualizado, empezaron a tener por primera vez lo que
sería el Karma individual humano. De manera que este
segundo grupo que había permanecido encarnando en la
Tierra, contaba con una experiencia kármica con la que no
contaban los venidos del pralaya planetario externo, por cuya
razón todas las generaciones procedentes de Adán y
Eva llevan en sí mismos las influencias lunares dentro de
sus cuerpos etérico y físico, pues vivieron en la
tierra en la Edad lemur durante todo el tiempo en que la Luna y
la Tierra permanecían unidas, hasta después cuando
ya estaban separados ambos astros, mientras que el cuerpo astral
y el ego tenían las influencias de los demás
planetas traídas de los mismos cuando regresaron y
encarnaron en la tierra después de que ya se habían
separado la Tierra y la Luna.

         En
consecuencia, así como es común la unidad de los
cuerpos físico y etérico de todos los hombres, al
haberse formado durante los manvántaras o cadenas de
Saturno y del Sol bajo la dirección estricta de los
Espíritus de la Forma que trabajaban con la
intermediación a sus órdenes de los Pîtris
solares, no fue unitaria la formación y constitución del cuerpo astral y del ego o
cuerpo mental inferior de los hombres, que tuvo que llegar
posteriormente mucho más tarde en la historia de la
evolución, a través de la labor de los Pitris
lunares (o Barishad), y hasta en contra del plan general de
evolución diseñado en principio por los
Espíritus de la Forma, por las razones históricas
atestiguadas por Steiner en el sentido recién expresado.
Por las mismas razones la labor y función de
los Pitris lunares está más asociada con los cuatro
principios inferiores del cuaternario inferior y menos con los
tres superiores.

        
Como  fuera que los espíritus luciféricos (los
asuras), para completar su propia evolución necesitaban
cuerpos o vainas humanas donde pudieran desarrollar sus 6º y
7º Principios, prefirieron humanos que tuvieran desarrollado
el ego o 4º Principio (kama-manas), y ese tipo humano era
representado precisamente por los descendientes de la pareja de
Adán y Eva, por su mayor experiencia kármica, y es
por eso que de la unión de esas almas más viejas
con espíritus luciféricos surgieron reyes, leyes, profetas y
en general los líderes de la humanidad, aunque
posteriormente dichos espíritus acabaran
mezclándose con los menos avanzados.

Razas humanas y sus Espíritus
planetarios

        
Al contrario de lo previsto en el Plan Divino, y a causa
del efecto de los Espíritus Planetarios en las almas
humanas que habían habitado cada uno de sus planetas
respectivos durante el pralaya espiritual externo, surgieron
líneas raciales diferenciadas y marcadas por el sello
distintivo de cada uno de los Logos o Espíritus
Planetarios de tales planetas en los que habían encarnado
momentánea pero reiteradamente. Cada uno de los logoi de
los planetas decidió crear su propia raza o tronco racial,
de forma que todas y cada una de las razas atlantes
vendrán claramente influenciadas de manera diversa y se
acabarán distinguiendo y definiendo ya sea como hombres de
Júpiter, hombres de Saturno, hombres de Marte, etc, lo
cual hacía que el Yo Superior de cada iniciado estuviera
controlado por el Espíritu Planetario correspondiente, y
que en vez de haber siete razas evolucionando bajo la guía
de los Siete Elohim con el Cristo como líder
de todos ellos, hubiera cinco razas (de cada uno de los cinco
planetas) evolucionando separadamente, y cada una de ellas
contemplando a su Logos Planetario respectivo como su Dios
Superior (el equivalente a su Cristo interno, su
Atma).

Esta diversidad de distintas evoluciones, en vez de una
unitaria, ha producido una gran confusión entre los
grandes  líderes espirituales de la humanidad. Y
así por ejemplo Mme. Blavatsky dice que Buddha es
Mercurio, y es correcta en tal apreciación, afirma
Steiner, pues para las mónadas encarnantes procedentes de
aquel pralaya en Mercurio el Yo Superior de los iniciados es el
Espíritu de Mercurio revelado a través de Buddha,
por cuya razón ellos no reconocen a Cristo como su Yo o
Espíritu Superior. De esta manera solo los iniciados Hijos
del Sol, tras haber desarrollado sus 3 Principios Superiores
podrán mirar al Cristo como su Yo Superior, de la misma
manera que los iniciados de la raza de Júpiter, luego
encarnados en Grecia,
miraban a Zeus como su Yo o Dios Superior. El Atma o Dhyani
Buddha grupal era pues diferente para cada iniciado, dependiendo
del planeta y el espíritu planetario donde encarnaron
durante el pralaya intermedio entre la separación de la
luna y la tierra, ya que cada planeta era obviamente influenciado
por una corriente de rayo distinta y característica de
cada Logos. Por esta razón los adeptos espirituales no han
podido ponerse de acuerdo nunca acerca de que sea el
espíritu del Sol, Cristo, el más alto y superior de
todos los Espíritus Planetarios.

Los Espíritus raciales y los
Elohim, Espíritus de la Forma

        

Como el lector ya habrá adivinado un
Espíritu Planetario es lo que en otros términos se
conoce por Logos de un planeta. Y sería el equivalente,
para otras tradiciones religiosas y esotéricas, lo que se
denominó por los hindúes los Dhyanis Buddhas o
Kumaras, lo mismo que para los gnósticos eran el Demiurgo
y los Aeones, para los cabalistas los 7 Sephiroth, para los
zoroastrianos los Star-Yazatas, y que para los cristianos fueron
los llamados Ángeles Planetarios o 7 Espíritus ante
la Presencia (o ante el Trono). Son la jerarquía
angélica conocida por Virtudes, dentro de la Segunda
Jerarquía de Dominaciones, Virtudes y Poderes
(Espíritus de la Forma), que según se dice en
términos jerárquicos esotéricos cristianos,
están cuatro grados o estados por encima de la
jerarquía de los seres humanos, y son conocidos
exotéricamente por los mismos nombres de los antiguos
planetas: Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Mercurio, Venus y
Luna.

         Pero es
importante recalcar que no debe de confundírseles y que
son distintos de los Elohim antes mencionados o Espíritus
de la Forma, que también son siete, quienes según
interpretan los antropósofos, están tres grados o
etapas jerárquicas por encima de la humanidad
común. Seis de ellos habitan y trabajan desde el Sol, y el
séptimo, Jahvé, como ya se ha explicitado, desde la
Luna.

El Sol y la Luna no están relacionados, ni
siquiera físicamente con los otros cinco planetas, pues el
Sol es superior a ellos, y la Luna es inferior.  La Luna es
un cadáver muerto, mientras que el Sol es una estrella
fija, no un planeta, aunque hay que señalar que
esotéricamente el Sol y la Luna ocultan a dos planetas
aún por descubrir y manifestarse, pues no tienen
todavía estado o
cuerpo netamente físico. Se dice asimismo que el Sol
eventualmente será sustituido por Vulcano, que está
en la órbita de Mercurio, y que la Luna podría ser
sustituida a su vez por Urano.

        

En contra de lo se cree en términos
astrológicos convencionales, los otros tres planetas,
Urano, Neptuno y Plutón no pertenecen strictu sensu a la
formación de nuestro sistema solar, a
pesar de su cercanía relativa, pero en su momento fueron
capturados dentro del mismo, y como sea que rotan sobre su propio
eje, también cuentan con su propio Espíritu
Planetario, pero sin estar inmiscuidos en la evolución de
la Tierra como los demás planetas. Y a su vez, esos dos
planetas velados, si tenemos en cuenta el hecho de que todo
planeta es una vida septenaria que evoluciona a través de
siete estados o fases, permanecen ocultos porque solamente el
4º de tales cuerpos o estados evolutivos es físico, y
los demás son etéricos o incluso astrales o
meramente mentales, según su proceso de
desarrollo.

         En
consecuencia, si tenemos en cuenta que cada uno de aquellos 7
Espíritus de la Forma tiene su rayo respectivo
característico, y que asimismo los 7 Espíritus
Planetarios emanan otros tantos 7 Rayos propios, habremos de
constatar que estamos sometidos a dos fuentes
diversas de irradiación e influencia, que afectarán
a todos y cada uno de los planetas de nuestro sistema solar, y
que consecuentemente todos ellos repercutirán sobre la
Tierra y sobre la humanidad, ocasionando el correspondiente
conflicto o
reacción esotérica. 

Las Jerarquías Espirituales y
los Dhyani Choans

        

Parecería a primera vista, a través de la
investigación steineriana que se ha
expuesto hasta ahora a lo largo del presente estudio de su
interpretación antropogenética, que hubiera habido
una desconexión o falta de coordinación cósmica entre las
diversas jerarquías espirituales rectoras o progenitoras
de nuestra humanidad y de las razas que históricamente han
venido conformándola en las fases previas a la actual
5ª Raza Raíz. Sin embargo Steiner es rotundo a la
hora de establecer que el gran movimiento unitario se
plasmó y se produjo con la última venida del Cristo
en la persona de
Jesús, de manera que es Cristo, al mando de los 7 Elohim o
Espíritus de la Forma, quien al fin y a la postre dirige
toda la evolución de la Tierra, tras las sucesivas
intervenciones y aportaciones jerárquicas celestiales en
la estructuración de los diferentes principios
constitutivos humanos, y así a su muerte en el
Gólgota Cristo culminó una fase esencial de ese
proceso al unirse íntimamente con la tierra,
convirtiéndose en su Espíritu Planetario. A los 30
años el alma ya desarrollada de Jesús
recibió al espíritu del cosmos y en aquel momento
crucial  del cambio de la
evolución humana un hombre tomó en su alma la
esencia divina espiritual del universo. Cristo
entró en la misma tierra por un plazo de tres años,
y desde entonces ese poder
espiritual vive en la misma atmósfera que habitan
nuestras almas. A partir de su muerte y resurrección la
Tierra y la humanidad recibieron un impulso nuevo y
revolucionario que cambió todo el proceso evolutivo,
más allá de las fuerzas de la muerte que
el hombre lleva consigo. Se cumplía así por fin el
designio planificado por los Elohim o Espíritus de la
Forma de cara a la constitución definitiva del ego
humano.

         A
los efectos de que el lector pueda situar a los distintos
Espíritus o Jerarquías celestiales intervinientes
en la creación y desarrollo de las razas a los que se
refiere habitualmente Steiner, que obviamente difieren de la
nomenclatura
de las Jerarquías creadoras de la tradición
teosófica, y que son mencionados continuamente a lo largo
del presente artículo, esencialmente en la línea de
los seres angélicos de la tradición cristiana, a
continuación reseñamos esta clasificación
que sería la usada por los Antropósofos:

   Tales denominaciones, de
origen fundamentalmente bíblico y cristiano, corresponden
o equivalen a las distintas jerarquías y graduaciones que
bajo el concepto general
de origen sánscrito Dhyani Chohans ("Seres de
contemplación" en su traducción literal), vienen referidas a
esos arquitectos intelectuales
o inteligencias cósmicas, que como seres espirituales
superiores del mundo divino y como Jerarquía de Luz,
incorporan en sí mismos la ideación del Logos
Cósmico, conformando las leyes de acuerdo con las cuales
funciona la naturaleza y la existencia. En un sentido
esotérico tales seres son nosotros mismos ya que nacimos
de ellos, son nuestras mónadas, nuestros átomos y
nuestras almas, y por tanto su progenie está
íntimamente unida a la humana, pues cada Principio humano
tiene su fuente y su origen en estos seres espirituales. Un
día nuestra humanidad, conocida en esos mismos
términos por la cuarta jerarquía, formará
parte de tales espíritus constructores de los seres que
van detrás de nosotros en el orden evolutivo.

Los Rayos de influencia de los Elohim y
de los Logos planetarios

        
Si la Luna hubiera permanecido unida a la Tierra la
evolución humana habría sido distinta, y por eso,
con el fin de mantener el equilibrio
evolutivo temporalmente desestabilizado con dicha escisión
geológica, los Espíritus de Sabiduría
establecieron una colonia en la Luna, que mantendría la
irradiación día y noche tras la separación
lunar, a los efectos de que no quedase frenado el desarrollo
evolutivo de la humanidad, para lo cual el Elohim Jahvé se
trasladó allí, mientras los otros 6 Elohim
permanecían ejerciendo su labor desde el Sol. La Luna, al
no rotar sobre sí misma, no estaba (ni está en la
actualidad) habitada por un Espíritu del Movimiento como
los demás planetas, sino que estaba habitada por ese
Espíritu de la Forma conocido en el Antiguo Testamento por
el nombre de Jehováh.

         Tenemos
por tanto, sostiene Steiner,  dos tipos de seres
angélicos aplicando su influencia sobre la humanidad; por
un lado la de los llamados Espíritus del Movimiento (o
Espíritus Planetarios) de cada uno de los planetas, y por
el otro la de los Espíritus de la Forma o Elohim,
radicados en el Sol, cooperando ambas activamente en el
desarrollo de las razas humanas. Las fuerzas creativas de los
Elohim (Espíritus de la Forma) referenciados en el
Génesis trabajaban durante el día mediante la luz
solar, y el séptimo de ellos desde la Luna polarizaba
durante la noche la luz reflejada del sol, mientras que al mismo
tiempo, conjuntamente con estos rayos solares y lunar
interactuaban los rayos planetarios emanados de los
Espíritus del Movimiento de los 5 planetas rotantes en
torno a su eje. Saturno, Júpiter, Marte, Venus y
Mercurio.

        

Para explicitar esa duplicidad de Rayos a que se
veía sometido el hombre, podemos señalar
aquí, como complementación de toda esta
investigación de Steiner sobre el desarrollo de las Razas
y sus distintas características de Rayo según su
procedencia planetaria praláyica, las referencias que por
su lado realizó en este mismo sentido Alice Bailey sobre
las diferencias de rayo existentes entre los diversos planetas, y
que fueron precisadas muy concretamente por ella en su libro sobre
Los Rayos (Tomo III del texto sobre
Psicología
Esotérica I) donde dejó sentado expresamente que: "
Cada planeta es la encarnación de un Ser o Entidad, y cada
planeta, como todo ser humano, es la expresión de dos
fuerzas de rayo: la
personalidad y el alma, y por tanto hay dos fuerzas
esotéricas en conflicto en cada planeta", y
establecía la siguiente relación de rayos y
Planetas:

1.     Vulcano – 1º
rayo.

2.     Mercurio – 4º
rayo.

3.     Venus – 5º
rayo.

4.     Júpiter –
2º rayo.

5.     Saturno – 3º
rayo.

6.     La Luna (velando un planeta
oculto) – 4º rayo.

7.      El Sol (velando un
planeta oculto) – 2º rayo.

        
¿Son estas influencias de rayo del alma las referidas por
Steiner como las procedentes de los Elohim? ¿Y son acaso
las influencias del rayo de la personalidad
que cohabitan con aquellas las de los Espíritus o Logos
planetarios? Las respuestas a tales cuestiones y su desarrollo
práctico forman parte del trabajo de investigación
personal de
cada discípulo en el sendero.

Las líneas raciales y los
Espíritus de la Raza

        
En sus estudios e investigación el fundador de la
Antroposofía constató que,  tal y como ya
hemos relatado, tras la vuelta a la Tierra de las almas
provenientes del pralaya espiritual en aquellos planetas, cada
uno de los Espíritus Planetarios, en colaboración
con los Espíritus de la Forma, decidieron crear su propia
línea racial separada, por medio de la creación de
un cuerpo etérico racial distinto, formando así las
llamadas cinco razas raíces. De esta forma siendo
esencialmente unitaria y común la estructura corporal
humana (el cuerpo físico) y el alma grupal inicial por
causa de la intervención de los Espíritus de la
Forma, las posteriores diversificaciones y modificaciones propias
de cada una de las cinco razas fue realizada por medio de la
intervención e influencia de los 5 Espíritus
Planetarios, llamados también Espíritus de la
Raza.

         Y fue
de esta manera que surgieron sucesivamente las distintas razas:
A) la cooperación del Espíritu de la Raza de
Mercurio produjo la raza negra, reflejándose su actividad
esencial en el sistema glandular. B) La labor del Espíritu
de la Raza de Venus produjo la raza amarilla, reflejándose
sus efectos fundamentalmente en la respiración, el plexo solar y el sistema nervioso
simpático. C) Los esfuerzos del Espíritu de la Raza
de Marte se centraron en la creación de la raza mongol,
reflejándose a su vez su singularidad en la sangre. D) El
espíritu de la Raza de Júpiter produjo la raza
ario-caucasiana, el tipo predominante de la 5ª raza
raíz, que empezó en la India y luego
se desarrolló en dirección hacia Europa y Asia Menor,
enfocando su actividad en la impresión de los sentidos y el
sistema nervioso
central, el cerebro y la
médula espinal. E) Finalmente el espíritu de la
Raza de Saturno se centró en la creación y
desarrollo de la raza cobriza de los indios americanos, cuyo
sistema glandular tiende a la osificación, decadencia y
desaparición y muerte de la raza.

        
Sin embargo un evento muy especial y hasta revolucionario
habría de tener lugar, hasta el punto de modificar estas
cinco líneas raciales, a resultas del plan que los
Espíritus de la Forma tenían de hacer encarnar al
Espíritu de Cristo en la Tierra. De acuerdo con su
proyecto
inicial Cristo debería de haber encarnado a mediados de la
Edad Atlante, con el objetivo
fundamental de trabajar directamente sobre la constitución
y desarrollo del ego humano. Pero hubo de retrasarse el descenso
crístico planeado por varias causas sucesivas: una de
ellas fue el freno materialista de las culturas matriarcales de
los pueblos atlantes, siendo otra igualmente importante la
invasión del cuerpo astral humana durante la Edad Lemur
por parte de los Espíritus llamados Luciféricos, de
manera que la venida del Cristo hubo de ser pospuesta hasta la
futura Raza Aria.

         Para
este acontecimiento tuvo que crearse un tipo especial de raza que
pudiera servir de vehículo para la encarnación en
la tierra del ego crístico y macro-cósmico. En ese
sentido fue creada la raza o pueblo hebreo, mediante la
formación de un cuerpo físico adecuado para
albergar un espíritu de tan gran entidad, lo cual fue
diseñado y preparado por el Elohim Jehová desde la
Luna, quien trabajó en la línea de la sangre. Por
cuya razón Jahvé es el Dios de los hebreos, y a tal
fin centró su labor en la línea sanguínea de
Abraham, Isaac y Jacob, a través de la Casa de David hasta
llegar al nacimiento del hijo de la estirpe de Salomón,
Jesús, en quien encarnó el Cristo.

El desarrollo final de las Razas
Atlantes

        
Es un principio esotérico comúnmente aceptado
que todas las personas en sus sucesivas encarnaciones han de
pasar por las diversas razas,  de forma que según se
iba encarnando en lugares geográficos diferentes el hombre
quedaba sometido a los rasgos raciales característicos de
esos pueblos, siendo los Espíritus del Movimiento quienes
controlaban los lugares geográficos y sus pueblos y
etnias. Y así el desarrollo original del progreso
evolutivo del hombre comenzó con la Raza de Mercurio en
África, la raza negra, con las características
propias de la infancia.
Moviéndose en dirección hacia Asia, los
Espíritus de Venus y Marte imprimieron en esas razas los
caracteres de la juventud.
Moviéndose luego en dirección Oeste hacia Europa,
los Espíritus de Júpiter imprimieron en la raza
humana los caracteres de la primera madurez. Y finalmente, en
América
los espíritus de Saturno imprimieron en la raza
marrón o cobriza los caracteres dominantes del
último tercio de la vida, o de la vejez y
muerte.

         Steiner
decía que la evolución de la civilización
humana asumía esta misma línea geográfica de
desarrollo, que empezó en África, moviéndose
primero en dirección a Asia, después hacia el oeste
y Europa, para terminar en América. Y así
constataba cómo los pueblos indígenas americanos y
mexicanos, así como los de las Islas Caribes, como
descendientes todos ellos de las razas atlantes, luchaban por
sobrevivir, y cómo, bajo la influencia geográfica
de los Espíritus de Saturno, estas culturas estaban
destinadas a perecer, al haber acabado su ciclo de nacimiento,
infancia, juventud, madurez, vejez y muerte.

         Las
razas Atlantes fueron la primera Raza Raíz que en sentido
estricto se subdividió en siete subtipos raciales
siguiendo la influencia de los Espíritus de la Forma y los
espíritus raciales, bajo la dirección y guía
de los Oráculos Atlantes, y así por ejemplo el
Manú del Oráculo de Mercurio fue quien guió
a los pueblos de África para crear y cultivar la raza
Etíope. En ese sentido la Tierra había sido poblada
por los distintos tipos raciales bajo la guía de los
Oráculos de los Espíritus del Movimiento, por cuya
razón los iniciados de cada Oráculo miraban a su
Espíritu Planetario correspondiente como a su propio
"Dios". No entramos en precisar las siete subrazas atlantes
descritas por Steiner porque coinciden básicamente con las
ya conocidas y enumeradas por otros autores
teosóficos.

         La
tarea y objetivos de
la Cuarta Raza Raíz, que habían sido
básicamente el desarrollo de la memoria y
el lenguaje se
habían cumplido suficientemente, de la misma manera que el
objetivo de la Quinta Raza Aria en su conjunto es desenvolver
cumplidamente el Manas o pensamiento
cognitivo. La raza atlante había llegado a su fin, de
forma que sus actuales restos están irremisiblemente
destinados a su total desaparición, como también
ocurrirá eventualmente con nuestra Raza, dentro del
irrevocable ascenso evolutivo de la humanidad hacia mayores y
superiores estados y cotas de divinidad.

Por

Emilio Sáinz Ortega
  

Director de Redacción de


  

Partes: 1, 2
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