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El Rostro de Santiago Apóstol en Cuba (página 4)




Enviado por José Millet



Partes: 1, 2, 3, 4

CABILDO

Era una comparsa de las que salía para los
Mamarrachos de Santa Cristina, Santiago y Santa Ana.

Los Cabildos formaban la alegría, la locura del
pueblo todo y especialmente de los muchachos.

Historia.- Los cabildos eran comparsas que salían
para los Mamarrachos. El Cabildo era una imitación,
especie de "crítica" de los cabildos municipales y
demás cabildos. La comparsa o cabildo representaba primero
"los civiles" con su machete "abriendo campo" y diciendo
"despendejen", aunque todo el camino o vía estuviese
despejado; ( eran el hazmerreír de los muchachos); los
Celadores iban en medio del Cabildo, dando ordenes.

En 1877 desapareció el cabildo de los blancos, y
en cambio,
apareció una comparsa que se titulaba el entierro del Rey
del cabildo de los blancos, al cual enterraron en el Cementerio
de Santa Ana.

Los morenos ( Léase los negros cubanos) del
cabildo, iban vestido de negro, pero en silencio.

Iban muy serios cantando salmos y responsos, pero sin
llevar tamboras, ni chachás, ni tan-tán.

En la Caney en el año 1878, para celebrar la Paz
del Zanjón, salió a recorrer las calles del pueblo,
un gran cabildo, ideado por el señor Francisco Carrasco, y
dirigido por el "maestro de la escuela" Don
"Pancho" Martínez…

Se reunieron en la calle de "La Marina", desde la calle
del Gobernador hasta cerca del río, "bajo toldos"; se
bautizó la bandera y salió el Cabildo por la calle
del Gobernador, la calle de "la Botijuela", siguió por la
de la Guadalupe, hasta la casa del Alcalde Corregidor, adonde fue
muy bien recibido por el Comandante Don Federico
Llorente.

El Cabildo estaba compuesto por todos los jóvenes
del pueblo, a todo lujo: trajes nuevos, todo nuevo, hasta las
tamboras, chachás, tan-tán, güiros,
etc.:

Aé, general general brigadier,

Tú a la corte tendrás que
marchar;

La bandera que llevas al frente,

Tus vasallos te la cuidarán.

Al entrar en las casas de las autoridades: Alcalde
Corregidor, "Jefe de la zona", Comandante de la Guardia Civil,
etc., cantaban:

Iremos a la Corte

Con Príncipe y Princesa,

A coronar al Rey……….

¡ Viva, viva la Corporación

Del Cabildo del Caney!

Cuando salían cantaban:

De frente va la bandera

Que la cuidan "guardacorp".

¡ Oh, oh!

"Adelante" los del Cabildo

¡ Aé, aé, aó!

Origen histórico o tradicional.- Los negros
africanos importados a Santiago de Cuba, eran de
diversas naciones : Congos, Carabalí, Cangá,
Lucumí …….

Cuando ellos se encontraron aquí expatriados y
con un yugo que ellos no sentían tan grave en su
país, trataron de agruparse los carabelas ( los de la
misma nación
o pueblo) y formaron sus sociedades o
asociaciones que se llamaron Cabildo, Congo, Carabalí,
Lucumí, etc.

Al exteriorizarse sus sociedades en la época de
los mamarrachos, principalmente el cabildo congo, servían
de burla al pueblo; pero al ver la seriedad con que ellos tomaban
sus paseos se podía penetrar en su fuero interno para leer
lo que pensaban y sentir lo que ellos sufrían.

Obs.- Aun quedan restos de estos cabildos, entre ellos
el "Bibí", que para acogerse a la Ley de
Asociación, se ha inscrito con el nombre de "Club de San
Salvador" de Hosta. Y el tradicional "Cabildo del Rey Congo"; el
Cabildo que tenia prerrogativas especiales del Gobierno Español,
se llama hoy "Club Juan de Góngora". Los otros, todos, se
fusionaron con los negros de Guinea y negros libres y fundaron la
"tumba francesa" llamada "Tumba Masoné". Esta
agrupación celebra sus fiestas bajo el patrocinio de la
Virgen de la Caridad.

COCOYÉ

Esta palabra no está en el Diccionario de
la Academia de la Lengua
Española, no está en el de Larousse. El Sr.
Constantino Suárez "el Españolito", en su
Diccionario de voces cubanas dice "Cocoyé". Cierto baile
indecente de origen haitiano.

¡ Oh! Qué malo es escribir acerca de los
tipos y costumbres de un país, desde lejos, o por
referencias.

Así le pasó al que dijo que con una
"matica de afió con todas sus raíces (aunque fueran
"todísimas"- como dijo Chizo) se podía llenar un
serón ( ni un seroncito). Así le pasó al
Españolito: escritor castizo, pero no escritor
folklórico cubano.

Vamos a tratar del primer cocoyé, llamado
cucuyé ( haitiano); del Cocoyé de Casamitjana y del
Cocoyé de Lauro Fuente.

Historia.- Primeramente se oyó en Santiago una
música
titulada Cucuyé haitiano, la cual se encuentra en el
"Museo Bacardí".

Luego existió el Cocoyé compuesto por un
catalán de apellido Casamitjana, Músico Mayor del
Regimiento de Cataluña: fue en un principio un canto
montompólico de las dos comparsas de María La
Luz
González y de María La O., reunidas.

Las notas de este canto, llamado "Cocoyé", nombre
de su sociedad,
fueron recogidas al pentagrama por el Sr. Casamitjana, como
decimos antes, en el alto del Café
"La Venus", frente a la plaza de Armas ( hoy
Parque Céspedes) a las dos de la madrugada de un
día de Agosto de 1836. ( Puede que sea el día de
San Joaquín, que era el único de mamarrachos en
este mes).

Once años más tarde, (1847) se tocó
por primera vez la composición folklórica musical
de Lauro Fuentes
Matons, titulada Potpourrí Cubano, Colección de
aires cubanos con el tema "María la O.", en la Sociedad
Filarmónica Cubana ( 3 de septiembre, 1847).

A este Potpourrí, arreglado para banda militar
por Don Manuel Úbeda, Músico Mayor del Regimiento
de la Unión, con la adición de otros estribillos,
le dieron de nuevo el nombre de Cocoyé o Ajiaco Cubano,
que tocó por primera vez la música del Regimiento
de Isabel II, dirigida por Don Julián Reinó ( Julio
de 1849). A la conclusión se le aclamó con vivas y
aplausos, que no había alcanzado ninguna otra
composición.

Más tarde la "Música de Marina"
(1871-72-73) renovó sus audiciones; y hasta el día,
es la música cubana que más arrebata al
santiaguero.

Nota.- Lauro Fuentes en su folleto titulado "Las artes
en Cuba" dice: "Don Manuel de Úbeda. (todos aquí
dicen Ubeda), puso en banda militar nuestra miscelánea de
aires cubanos, conocida con el nombre de
Cocoyé".

Así pues: Hay el Cocoyé de Casamitjana,
canto alegre y nostálgico africano. El Cocoyé
Cubano de Lauro "Potpourrí de aires santiagueros –
El Cocoyé de Úbeda que es el Cocoyé de Lauro
para bandas militares.

Obs. – El cocoyé de Lauro aparecerá
en un libreto adjunto al "Album Musical de Oriente", con su letra
y música.

COMPARSAS

Reunión de mamarrachos con su tambor mayor,
tumbas, bongó, chachá, tantán, maraca, etc.:
que aparecían en la época de los "mamarrachos", es
decir, desde el 24 de Junio, día de San Juan hasta el 26
de Julio día de Santa Ana, con pequeños intervalos
de tiempos.

Las principales de que recuerdo eran: "Los
Camagüeyanos", "Los Guajiros", "Los Curros de la Habana",
"Los Ingleses", "Los Bandoleros", "Los de la Capa", "El Lenguaje de
la Flor", "Los Hijos de Nené", "Los Cabezones", "Los
Negritos Bozales", "Las Auras", "Los Cabildos", "la de los
Mamelucos", "Las Viudas", "La Música de los Perros"…..

Emilio Bacardí Moreau: breve esbozo
biográfico

Hijo de un matrimonio
catalán-francés, Emilio Bacardí Moreau
(1844-1922) es una de las personalidades insignias de la cultura de su
natal Santiago de Cuba. Su padre fue dueño de plantaciones
de café en las montañas de la sierra que rodean la
ciudad y adquiriría celebridad por el ron cuya etiqueta
lleva su apellido. Don Emilio, su sucesor, tiene facetas no
relacionadas con su condición de industrial o gerente
ronero; fue un destacado patriota que luchó con las armas
en la mano durante las guerras de
independencia
contra el dominio colonial
de España
en la Isla. Escribió las Crónicas de Santiago de
Cuba, en 11 tomos, que lo convirtieron en uno de los
pesquisadores más acuciosos de la vida de la localidad, y
varios relatos y novelas, entre
las que se destaca Via Crucis, la única que se desarrolla
en una plantación cafetalera del siglo pasado. Al
instaurarse la República, el pueblo lo eligió como
su primer Alcalde. Por voluntad propia, hizo que su capital fuese
invertido en dos instituciones
públicas: la biblioteca
provincial que ostenta el nombre de su esposa, Elvira Cape, y el
Museo Emilio Bacardí, el primero de tipo universal en
Cuba, donde desde hace un siglo los cubanos podemos adentrarnos
en el
conocimiento de la cultura e historia nacional gracias a
la magnífica colección de objetos y obras de
arte
pertenecientes a este ilustre patricio. En este Museo tomamos
vistas de algunos de aquellos relacionados con Santiago
Apóstol y las procesiones en que, durante la colonia, se
llevaba en andas su estatua ecuestre en diversas celebraciones
litúrgicas.(J.M.)

EMILIO
BACARDÍ MOREAU

Emilio Bacardí Moreau nació en Santiago de
Cuba, el 5 de agosto de 1844, "fruto espiritual, jugoso, de dos
sangres: la sangre catalana y
la francesa".

A los 8 años de edad se trasladó a
Barcelona con sus padres; allí hizo sus primeros estudios,
y recibió lecciones de dibujo y
modelado.

A los 14 años se hallaba de regreso en esta su
ciudad natal, y aquí, al par que estudiaba con el mentor
Don Francisco Martínez Betancourt, ayudaba a sus padres
-con buen éxito
a rehacer su hacienda quebrantada, dando clases
nocturnas.

A la edad de 20 a 22 años era alumno del Colegio
San José, que dirigía Don Francisco Martínez
Betancourt, maestro de cubanismo, como anota Don Emilio en sus
"Crónicas de Santiago de Cuba".

En las elecciones para Comisionado de Leyes Especiales
que debía reunirse en Madrid,
salió electo, Don José Antonio Saco, siendo
proclamado inmediatamente por mayoría absoluta
-Crónicas, pág. 144, Tomo 3- y sigue escribiendo:
incidente: El gobierno se proponía saliese elegido el Sr.
Don José
Antonio Saco.

Encontrábanse en la Plaza de Armas desde las 11
de la mañana, en espera de dicha elección, unas
pocas personas de alguna representación, pero sí,
un grupo de
muchachones, discípulos la mayor parte, del Colegio de San
José, que dirigía Don Francisco Martínez
Betancourt (acendradamente cubano); se contaba entre los
estudiantes: Juan Rosell, Calixto Loperena, Sabas Meneses, Emilio
y Facundo Bacardí, Pedro Viana.

En la página 348 dice Emilio Bacardí: "El
Director del Colegio de San José, Bachiller, Don Francisco
Martínez Betancourt, amante de la enseñanza de los niños,
verdadero mentor de la juventud,
reúne en su casa todos los domingos a las doce del
día, a sus discípulos más adelantados y a
otros jóvenes de la ciudad, para trabajos literarios: se
leían, comentaban y juzgaban los trabajos. Entre los que
se reunían estaban: Calixto Loperena, Juan Agustín
Mariño, José María Chauvín,
José Antonio Godoy, Emilio Bacardí Moreau,
etc.

Nota: Después de leer los párrafos
anteriores, ¿hay duda alguna de que Don Emilio
Bacardí fuera discípulo de Don Pancho? Pues
entonces, ¿a qué calllar este dato
histórico, como han hecho tres de sus biógrafos?

Todas las buenas cualidades de cubano, de prosista
clásico, amigo de la historia y de las tradiciones cubanas
las heredó de Don Pancho (como muchas veces me lo
decía en vida).

Ayudó a los mambises con su dinero y con
sus actividades confidenciales y perspicaces.

Industrial y comerciante honrado, pronto hizo fortuna,
la cual puso a disposición de la Patria y de los
desvalidos.

Fortuna, hogar, libertad y
hasta la vida misma, expuso dos veces en aras de la independencia
cubana.

La Paz del Zanjón le sorprendió joven
aún (de 34 años de edad) y con más
brío siguió luchando como miembro de la Junta
Revolucionaria para llevar a cabo la Guerra
Chiquita. Acusado al General Polavieja, éste lo
deportó, junto con el Dr. Mancebo, Perico Salcedo,
Silverio del Prado y otros varios, a Chafarinas; era el
año 1880.

A su vuelta del destierro, volvió a conspirar Don
Emilio, en combinación con Antonio y José Maceo,
que esperaban en Costa Rica el momento oportuno para dar
principio a la guerra emancipadora.

Don Emilio hizo célebre el Club Revolucionario
"Moncada", de esta ciudad del que era uno de sus directores,
hasta el momento en que una de sus cartas
cayó en manos de las autoridades, y preso nuevamente se le
volvió a deportar a Chafarinas; era en el año
1896.

En 1898, libre Santiago de Cuba del gobierno
español, encontramos a nuestro Don Emilio, en su querida
ciudad, por la cual tanto sufrió.

Nombrado Mr. Wood, Gobernador Civil del Gobierno
Interventor, él a su vez nombró para sustituirlo en
sus ausencias, al General Demetrio Castillo; y para Mayor de la
ciudad de la Junta de Vecinos, a Don Emilio Bacardí, con
el cual congenió, y a quien consultaba y complacía
en todas sus peticiones de mejoras en la
administración de muchas obras realizadas: Don Emilio
nombró Secretario del Ayuntamiento a Federico Pérez
Carbó y Secretario de la Alcaldía a Eduardo Yero
Buduén.

Don Emilio creó las escuelas de párvulos,
que llenó las necesidades del momento, y pagaba a los
maestros, todos, el mismo día 30, el suelo devengado.
Creó la Biblioteca y el Museo… etc.

Y por motivos de dignidad,
renunció el cargo, y se retiró a sus negocios
industriales y mercantiles que iban en progreso.

Su personalidad
se destaca por una cualidad rara entre los hombres de negocios:
su grandeza moral.

Don Emilio era grande para enjugar las lágrimas
de sus obreros, en sus tribulaciones; era grande para aconsejar;
grande con la benévola tolerancia en sus
desaciertos. Su inagotable caridad, le hacía una imagen divina y
majestuosa, imponente de verdadero amor a sus
semejantes. Su personalidad era verdadero tipo ideal del noble
capitalista.

Su alma, rebelde
a toda imposición dogmática, lo impulsó a
renunciar el cargo de Mayor de la ciudad; y el pueblo para
demostrarle cariño y admiración, lo llevó
-el 1º de Junio de 1901- a la Alcaldía Municipal, en
elecciones que fueron el triunfo más arrollador del
sufragio
universal; y en este puesto por segunda vez, prodigó sus
energías, sus iniciativas y su entusiasmo
vico en
beneficio de los intereses del pueblo, y creó escuelas y
en particular la Academia de Bellas
Artes.

En 1905 fue electo Senador de la República. Y al
surgir la pavorosa crisis del 17
de Agosto de 1906, figuró entre los del pueblo que
quisieron evitar el eclipse de la soberanía nacional.

Retirado a la vida privada, consagró la mayor
parte de su tiempo a la
noble tarea literaria que desde joven le atraía: sus
Crónicas de Santiago de Cuba, que forman diez tomos;
Vía Crucis, Doña Guiomar, Hacia tierras viejas,
Florencio Vilanova y Pío Rosado, La Condesa de
Merlín, forman su labor bibliográfica.

En premio a su labor cultural, la Academia Nacional de
Artes y Letras y la Academia de la Historia, le llamaron cada
una, a su respectivo seno como miembro
correspondiente.

El Ayuntamiento lo nombró hijo predilecto de
Santiago de Cuba.

Murió el 28 de agosto de 1922, en Cuabitas, y fue
inhumado en el Cementerio de Santa Ifigenia de Santiago de
Cuba.

LOS
MAMARRACHOS

La época de "Los Mamarrachos" o carnaval de
verano santiaguero, empezaba el día de San Juan (24 de
junio); seguía el día de San Pedro (29 de junio);
los sábados por la noche y los domingos siguientes se
parrandeaba hasta el día de Santa Cristina (que por ser el
día de gala con uniforme y besamanos, por ser santo de la
Reina Regente María Cristina que empezaba los verdaderos
mamarrachos, seguían Santiago y Santa Ana, que era el
"arranque". Ese día, al dar las doce de la noche, se
reunían todas las comparsas y formaban una sola, con su
estribillo cantábile que todos los años se variaba.
Algunos años celebraban el "San Joaquín" con una
procesión que salía de Santa Ana, por todo "El
Paraíso" hasta Catedral y volvía por el Campo de
Marte y por la noche había bailes, parrandas,
etc.

El primer mamarracho de que yo me doy cuenta era un
hombre
disfrazado de negro que cantaba. "Que ya Campillo ta robando y
tanto chureto tan trabajando ¡Allá va Campillo!
¡Allá va Campillo! Hoy me doy cuenta que tal vez
sea, además de una burla al español, un aviso a los
churetos, es decir a los insurrectos, cuando el coronel Campillo
pensó recuperar a Bayamo en 1868. Luego recuerdo "los
diablos echando candela" y "la muerte en
cuero", con su
guadaña y una campanilla, "los monos haciendo ru…u…u..
con su corruto, y dando cuero con el rabo a los niños para
asustarlos. Los negritos bozales que arrancaban y robaban lo que
podían y salían corriendo. Los cabezones imitando
con sus mascarones y sus andares a los negros de nación,
con sus canciones irónicas tocando su marimba para coger
mediecitos.

Cuando ya tenía más edad, conocí el
cabildo congo, adonde llevaban los esclavos a los amitos para que
vieran al Rey Congo, sentado en su trono, en la calle de Santo
Tomás, con su cetro en la mano.

Por esa época salía el "Cabildo de los
negros" y más tarde, el "Cabildo de los
blancos".

También alcancé a ver a unos mamarrachos
sueltos que recitaban versos colorados, discurseando
sátiras con el Gobierno y críticas contra los
aristócratas de nuevo cuño; entre ellos
sobresalía como el más gracioso y el más
punzante, Rafael de Moya, empleado en la "Empresa de
Gas", al que
la gente gritaba:

¡Fo! ¡fo! que peste a gas

Rafael de Moya lo compondrá.

Este mamarracho era típico: salía vestido
de mujer, con un
rosario enorme de camándulas, una peineta de grandes
dimensiones que sujetaba una mantilla, y un libro de
oraciones; enteramente ebrio y haciendo que rezaba, decía
muchas indirectas a las familias cubanas, principalmente a las
beatas, y los acompañantes coreaban: "Tiene razón
Matindá" "Tiene razón Matindá".

Se conocían las comparsas de "Los Guajiros", "Los
Camagüeyanos", "El Lenguaje de la
flor", "Los Ingleses", "Los Hijos de Nené".

"Los Guajiros" representaban al guajiro con sombrero de
yarey y machete a la cintura. En el año 1869 cantaba el
estribillo siguiente:

Camagüeyano ven ahora;

Camagüeyano ven ahora;

Para alcanzar los rayos

De Guanabacoa.

Al par que "Los Guajiros" aparecieron "Los
Camagüeyanos" con idéntico traje: zapatos de
vaqueta, traje de dril aplomado, sombrero de yarey y machete a
la cintura, y cantaban:

Guajiro, si tiene fama,

Sube la loma

Acuérdate de tu hermano

Y ten memoria.

Estas comparsas coincidieron con la acción
de la "Loma de la Galleta". Por este tiempo apareció un
mamarracho de apellido Pulles que llevaba un palo y un gato; en
el tope del palo llevaba una galleta. El tal Pullés
decía: "sube lan gato, coge
lan galleta", y al mismo tiempo pellizcaba al gato y éste
decía: miau, ¿miedo? coge lan galleta.

El Gobierno comprendiendo la ironía, lo
mandó prender y lo metió en la Prevención
hasta que pasó "San Joaquín".

La comparsa "Los Ingleses" apareció por los
años 1875; llevaban un pantalón azul, polainas,
camiseta roja, chaleco negro, y una botella de old rom en la
mano. Llevaba un estribillo que concluía:

Como lo saco yo

Sacando el pié

En 1876 apareció la comparsa: "Los Curros de la
Habana" con el siguiente estribillo:

Cuidao inglé

Con los Curros de la Habana

Cuidao inglé

Si saco mi sevillana.

En el año 1877 volvieron a salir "Los
Camagüeyanos" y "Los Guajiros" y simulando un duelo se
encontraron en el Campo de Marte, y "Los Guajiros" aparecieron
triunfantes: parece ser que "Los Camagüeyanos" eran los
Convenidos del Zanjón; y "Los Guajiros" los que
protestaron del Pacto. Por eso en 1878 aparecieron "Los Guajiros"
y no aparecieron "Los Camagüeyanos".

En 1879 aparecieron "Los Hijos de Nené", con una
farola con luz verde, estandarte con luces verdes y el traje con
adornos verdes. (Tal vez sería anunciando la Guerra
Chiquita en el mes de Agosto de ese año.)

"Los Capitulados" (no vencedores ni vencidos) formaron
una gran comparsa llamada "Los de la Capa": comparsa de sabor
político formado con elemento cubano (igual a la que
apareció en 1877-78 con mambises) que se metían en
la población disfrazados de yerbateros o de
vendedores de carbón y se volvían a la manigua
cuando pasaba Santa Ana.

Esta comparsa estaba formada por hombres blancos,
robustos y buenos tipos; traje militar con grandes espuelas, cuyo
sonido marcaba
el compás con su chat chat
rítmico de los pies, al mismo tiempo que cantaban el
siguiente estribillo:

A los de la Capa,

Franquéenle el camino,

Franquéenle el camino,

Porque el bandido

Anda arrogante,

Capitán;

Una, dos, tres,

¡Campo caballeros!

(El bandido simulaba al Gobierno Español; y "Los
de la Capa" eran los cubanos patriotas).

Esta comparsa tuvo una vez la ocurrencia de dar una
broma al Gobernador, la cual broma hubiera costado caro: La
comparsa venía rebozandovida, marcando el compás al
par del sonido cha cha cha de sus espuelas de hojalata; subieron
por San Félix hasta el Palacio, y frente a él,
cantaron lo siguiente:

Échale una manga,

Échale una manga,

Hermano;

I después, y después

I después un trabucazo

Pruum

I quedamos prevenidos

Con el machete en la mano.

No habían acabado aún, cuando los
rodeó el piquete de caballería que estaba en las
cuadras del Palacio (Calle de San Pedro) y se los llevaron a la
Prevención (antiguo Cuartel de Dolores).

Todos los años aparecían "las auras" de
sabor político asustaban a los niños y alegraban a
los viejos que sabían que eran individuos portadores de
noticias del
campo insurrecto.

Esta comparsa desapareció con el descalabro de la
Guerra Chiquita y con los crímenes de
Polavieja.

La comparsa que cerraba el Carnaval de Verano; era la de
"Las Viudas": era de mujeres solamente; salían al
obscurecer, vestidas de blanco, antifaz blanco y manta blanca,
con el siguiente estribillo:

Se me ha muerto mi marido

Y estoy jovencita;

Se me ha muerto mi marido

Y estoy jovencita;

¡Ay! ¡ay! Se van la viudas

Se van la viudas

A parrandear.

Esta comparsa duró dos o tres años hasta
que fue perdiendo la sal, y últimamente salían solo
dos o tres viudas, hasta que desapareció por
completo.

Con la "Intervención" se fué perdiendo la
costumbre del mamarracheo; y hoy sólo quedan "la Conga"
(importada) y la Cornetica China.

¿Y las brujas?

Visión de un pintor inglés
(Walter Goodman)

Walter Goodman (Londres 1839- ) fue hijo de una pintora
inglesa y se distinguió por ser pintor de género y
retratista. Expuso sus cuadros en la Royal Academy de su ciudad
natal de 1872 a 1888.

En el año de 1864 inició su visita a Cuba
por la ciudad de Santiago de Cuba, donde4 fijó residencia
y bajo el impacto de las costumbres criollas confiesa descubrir
el sentido real de la hospitalidad. La realidad cubana la ve a
través del prisma artístico, lo que no impide que
perciba claramente los violentos contrastes sociales y que,
sobremontando la luz hiriente del trópico, para él
"Cuba, por ser país esclavo y estar mal gobernado, resulta
una de las manchas más oscuras del mundo". En su libro de
viajero "La perla de las Antillas", publicado por él em
1877, nos deja un cuadro muy vívido de aquella sociedad y
de sus instituciones principales abocada a una situación
dramática: el inicio de la guerra por la independencia.
Entre otros cuadros no menos importantes, nos ha proporcionado
uno del carnaval santiaguero, indispensable para acercarse y
comprender el alma del cubano, en gran medida transida de goce
participativo y de emoción colectiva. Sin tomar en cuenta
este comportamiento
festivo del cubano, difícilmente se esté en
condiciones de alcanzar una noción de su
espiritualidad.

El Apóstol de Alcoba [Walter Goodman[

La montonía de las paredes enjabelgadas se
quebranta con litografías de santos y vírgenes; y
junto a una pared, una mesita cubierta con un tapete de encajes
hace las veces de altar. Sobre ella, generalmente se colocan
candeleros dorados, vasos con flores artificiales y una
estatuilla de madera,
ricamente pintada y embellecida. Esta imagen representa al santo
patrono, Santiago, a cuyos pies arde día y noche una
lamparilla de aceite. El
objetivo de
tal luminaria fue para mí desconocido por muchos
días y ahora, cuando nadie me ve, lo uso para encender el
cigarrillo. Alivia mi conciencia de
cualquier sentimiento de culpa por esta acción
sacrílega el hecho de que mi amigo Nicasio,
católico liberal, practica en su alcoba esta misma
ceremonia. El mismo misterio tenían dos fuentecillas
secas, que en todo parecen dos cajas de relojes pequeños,
de porcelana, hasta que me informaron que dentro de sus sagradas
concavidades sólo debe reposar agua bendita,
aunque yo me sirvo de una de ellas para poner mi reloj de
bolsillo.

Nota de Millet:

Con el siguiente pasaje, Goodman nos depara uno de los
personajes típicos de la picaresca cubana: el ciego
Carrapatán Bunga, digno del mejor retrato del artista
inglés. A su vez, nos conduce de la mano hacia una de las
instituciones -el juego– sin
cuyo análisis nos mantendríamos en la
superficie del alma cubana, en el cual las relaciones
lúdricas han constituido un mecanismo de defensa
indispensable para insertarse en las deterioradas y cambiantes
circunstancias materiales y
económicas o para readaptarse a las difíciles
coyunturas que han rodeado o impactado la existencia del nativo
desde la colonia y hasta un cercano presente.[José
Millet[

La ópera de los mendigos [ Walter
Goodman[

A esar de la escasez de la
clientela y de la incomprensión hacia nuestro trabajo, mi
compañero y yo seguimos ocupando nuestros ocios en
acumular materiales que puedan atraer compradores en
países más amantes del arte. No sólo los
vendedores ambulantes nos sugieren apuntes de cuadros y hasta
cuadros. También los mendigos ocupan un lugar digno de
atención en nuestros cuadernos de apuntes.
La figura romántica de España, "El Mendigo montado
a caballo", en algunos de sus aspectos, encuentra un prototipo en
su colonia.

Por ejemplo Carrapatán Bunga, es un negro ciego,
que por el arroyo de una callejuela estrecha y blanca, ardiente
bajo el sol, camina
aparentemente sin rumbo y sin esperanza, vestido de holanda
cruda, tocado con un sombrero de guano fino, de amplia ala. Va
descalzo, con pies de dedos que se separan entre sí; el
dedo gordo lo tiene consumido por la nigua, parásito que
se mete en la carne de los pies y que si no se extirpa a tiempo,
hace allí su existencia y se reproduce. Sobre los hombros
lleva una gran alforja de lona donde guarda limosnas de
comestibles y se apoya para andar en una vara larga y
rústica. Para los cubanos, la caridad es un principio
fundamental de su religión y auxiliar
al indingente, sea éste merecedor o no de la limosna es un
deber que sigue en importancia al confesar los pecados ante el
padre sacerdote. Carrapatán Bunga, conocedor de la
debilidad nativa de la gente hacia condiciones como la suya,
lleva su tristeza de puerta en puerta, seguro de que su
pie enfermo reclamará la misericordia del prójimo
por dondequiera que vaya. Pero no se detiene en insolencias e
impertinencias, marcha con arrogancia, jactándose como con
orgullo de su habilidad para atraer la compasión de la
gente, y hay que oírlo reclamar la limosna con su rostro
tostado vuelto al sol abrasador, llevando entre sus labios
belfudos un largo tabaco puro. E
incesantemente salmodia: ¡Ave María
Purísima!… Ha llegado el pobrecito ciego… el hermano
en desgracia… Dadle un medio… ¿No oye nadie al
pobrecito? Pronto… Pronto… No hagan esperar al pobrecito
hermano… el pobre Carrapatán Bunga. Esta ciego como un
pedrusco ¡pobre hermano! y sus pies están llenos de
llagas… Misericordia, señores… ¡Carajo!…
¿no contesta nadie? ¿Cuál es la casa de mi
señora Mercedes? ¿No hay nadie que me lleve hasta
allí? ¡Mi señora Mercedes!

Bunga conoce por su nombre a la mayor parte de sus
benefactores. Doña Mercedes se aparece por la reja y le da
una moneda de plata y un panecillo.

"Gracias mi señora, Dios se lo pague, su merced.
¿Quién le da una candelita al cieguito?

Alguien le da la candelita y Carrapatán Bunga
fumando y tarareando una tonada sigue su camino y se dirige a
otra calle donde repite sus arengas.

¿Quién creería que este vagabundo
tiene un conuco en la campiña, posee esclavos y atesora
cientos y cientos de pesos? Cuando Bunga no está haciendo
el recorrido de la mendicidad, se retira a su hacienda y vive
sabrosamente.

Como otros tantos limosneros, a veces vende billetes de
lotería llevando siempre, según dice, el
número que saldrá premiado.

La Lotería de la Habana es una institución
colonial que fascina por igual a pobres y a ricos. Cada billete
entero vale diecisiete pesos, y como puede partirse en diecisiete
pedazos está al alcance de todos los bolsillos. Los
premios varían desde cien a cien mil pesos. Hay tres
sorteos mensuales, con seiscientos premios para treinta y cinco
mil números. Se ofrecen premios de cien mil y cincuenta
mil pesos, con aproximaciones de doscientos. El Estado
percibe el veinticinco por ciento de lo que rinda la venta de
billetes; y para que se tenga una idea del enorme capital que
rinde la lotería se dice que el tesoro de la Isla
ganó en un año, con la venta de 546 mil billetes,
no menos de ocho millones 736 pesos.

El amigo Carrapatán Bunga suele quedarse con los
pedazos que ha logrado vender y una vez ganó un premio de
setecientos pesos, con lo cual y los ahorros del producto de
sus limosnas, se compró un conuco y puso a trabajar a
jornal a otros, pero como la vocación de mendigo
persistía en él no cesó de arrastrar su
tristeza y su dolor de puerta en puerta, como si éstas
todavía formaran parte de su vida.

Los mendigos, aquí por lo menos, saben elegir muy
bien el día de sus andanzas; prefieren el sábado
para sus negocios, debido a que los fieles comulgan los domingos
y teniendo que confesar se les ofrece la oportunidad de practicar
primero un acto de caridad. Aparte de los sábados, es raro
el día en que se vea limosneros en la calle.

Nota de Millet:

Lo que Goodman denomina "Nuestra Ópera de los
Mendigos" continúa aquí con la presentación
de otros personajes de la "cultura de la miseria", algunos dignos
de una pluma inteligente, como la antillana Madame Chaleco, el
ex-esclavo Roblejo o el romántico Pancho Villergas cuyos
trazos humanos sabrá agradecer el lector.

Una señora broncínea que lleva un sombrero
de guano y un vestido de algodón
desteñido que mal se ajusta y cuelga de sus formas
marchitas, recibe el nombre de Madame Chaleco, debido a que
según la tradición popular esa vieja solía
llevar un chaleco de hombre. Por tal causa, la pobre mulata se
vuelve poco menos que loca, a causa de que los chiquillos
callejeros la abruman gritándole el apodo por hacerle
burla. La Madama Chaleco lleva pocos años en Cuba;
debió haber nacido en una posesión inglesa o
francesa de las Antillas porque habla ambas lenguas con
soltura.

Otro artículo de importación en estas tierras es Madama
Pescuezo, quien se ganó el apodo debido a su largo y
sinuoso cuello que constituye la mejor posesión de su
persona.

Isabel Huesito es famosa por lo pellejuda y por estar
casi en el esqueleto; Madama Majá se distingue por sus
habilidades mágicas con ese ofidio. A Gallito Pigmeo le
distinguen la cortedad de su estatura y el andar como los pollos;
Barriguilla, por lo que su apodo dice; y el Ñato, porque
le falta nariz. Cafardote, o el cucarachón; El Cotunto,
Carabela Zuzundá, Ratón Cojonudo, Taita
Tomás y Ña Soledad, reciben estos nombres por
alguna peculiaridad de su persona o condición. A veces,
oraciones enteras sirven como apelativo a tales tipos populares.
Por ejemplo, le dicen Amárrame-ese-perro a un mendigo, que
se ha ganado título tan imponente por su temor a los
canes. A otro le llaman "Jala-pa-lante-cara-e-caballo", porque su
miedo a los equinos le hace exclamar ¡arre-arre! cada vez
que se encuentra con uno.

Nuestra Ópera de los Mendigos, finaliza con un
brillante coro de pedigüeños, los cuales en grupos grandes
van a las doce en punto a ver a sus protectores. A tal hora, uno
de los esclavos de Don Benigno entra con una cesta larga en que
traen panecillos de a dos centavos y la pone en el piso de
mármol, frente a la puerta de entrada, ya abierta de par
en par. En seguida una multitud de mendigos de todas clases y
tonalidades que durante media hora ha estado sentada
en el piso, a la sombra de las casas de enfrente, se acerca, y
con la misma hace el servicio de
dejar vacía la canasta de panes. Siguen todos caminando
calle arriba llevándose migajas de otras casas ricas cuyos
dueños, de vez en cuando varían el regalo
dándoles ajiaco.

Los cubanos se sienten poco inclinados a ejercer la
caridad a través de las instituciones públicas. La
única que aquí existe es la Casa de Beneficencia,
la cual hállase a cargo de las Hermanas de la Caridad. Las
damas ricas contribuyen con largueza al sostén del
establecimiento, para lo cual se celebran rifas destinadas a la
recaudación de fondos. Nada triunfa en Cuba a la
perfección si no hay algo de diversión combinado
con la suerte o el azar como acicate de la empresa, y por
eso, las rifas en ayuda a los fondos de socorro para el
hambriento siempre tienen buena acogida.

Doña Mercedes, la más activa de las damas
caritativas, me dice que ella y otras señoras ricas tienen
en proyecto un gran
bazar o venta de objetos donados gratuitamente para un fin de
auxilio al necesitado, esperando que todo el que pueda contribuya
con algo. Los artículos que con tal propósito se
reciban se exhiben en uno de los grandes salones de la Casa de
Gobierno, situada frente a la Plaza de Armas; los sorteos se
celebrarán tres noches consecutivas. Semanas enteras
doña Mercedes y sus caritativas hermanas han estado
recogiendo y anotando los donativos, o retorciendo las papeletas
a modo de cigarrillos.

La Plaza de Armas se anima la noche de la rifa. Doce
mesas, con ricos manteles y candeleros de plata, se distribuyen a
todo lo largo del paseo. Junto a cada mesa toman asiento las
más lindas muchachas de la población, elegantemente
vestidas con trajes de noche, sin tocas y con sólo un chal
o mantilla protegiendo ligeramente sus hombros preciosos.
Doña Mercedes luce encantadora, con un traje color rosa
granada, y la hermosa y tupida cabellera negra, arreglada del
modo que únicamente sabe hacerlo una señora en
Cuba. Cada señora adopta actitudes
insinuantes al proponer las papeletas torcidas, la mayor parte de
las cuales, por supuesto están en blanco, o contienen una
redondilla de consuelo para que se contente el comprador
desafortunado. Estalla una ovación al salir algún
premio especialmente si es el premio mayor, el cual consiste en
un bolsín bonitamente trabajado, que contiene seis onzas
de oro, o sea,
cerca de cien pesos.

Los mendigos se congregan a corta distancia de la plaza
y alguno que otro compra un medio o una peseta de papeletas, pero
a la gente de color a los cuales se les permite reunirse en
público con los blancos se les hacen llegar las papeletas
por medio de personas encargadas de ello. Alguna de las personas
de color que por allí se sitúan son coartados, o
negros libres que han adquirido la libertad con los ahorros de
muchos años de servidumbre, o por medio del testamento del
amo agradecido a sus servicios y
fidelidad. Aquéllos que han adquirido oficio, o que se han
dedicado a la música, para la cual tienen los negros
inclinación natural, prosperan con su industria y
habilidad, pero los que no gozan de buena salud, o los que carecen de
empleo (que
son la mayoría), se ven reducidos a un estado de penuria
tal, que acaban por vivir pidiendo por caridad, y unos medran y
otros no, según los casos.

Un negro de presencia inteligente, me pide por favor una
peseta a fin de comprar algunas papeletas de la rifa. Se llama
Roblejo, y es un mendigo muy conocido, quien debe su libertad a
un libro de versos que él mismo escribiera. Con la ayuda
de un litterateur, dio forma legible a sus lucubraciones
poéticas y de tal modo la novedad sorprendió a la
fantasía general que se hicieron suficientes suscripciones
para la impresión del libro y con ello se obtuvo el caudal
necesario para comprar la libertad del autor esclavo.
(Probablemente se refiere al poeta esclavo Manuel Roblejo que
imprimió en 1867 un libro en prosa y verso titulado Ecos
del alma. Roblejo murió peleando en el campo
insurrecto)

Por allí también aparece el Rey del Orbe,
Don Pancho Villergas, blanco legítimo a quien el mucho sol
y el viento caliente han bronceado hasta darle el color de
mulato. Le saludo diciéndole: "Hola, Don Pacho… How goes
it with thee?; a lo cual el sujeto responde diciendo: "Oh,
ye…s; vary vel, no good… good mornin". Lleva una pintoresca
barba de fraile capuchino y posee un aspecto seráfico y
benigno con ademanes muy acentuados y fuertes. Cada vez que he
tratado de sacarle un retrato al ilustre caballero, éste
rehusa, pues se niega a posar lo mismo para un pintor que para un
fotógrafo. Viste una casaca remendada a propósito
con muchas telas de colores, y
asegura que cada color representa uno de sus grandes dominios.
Tiene aspecto marcial, pues abotona la casaca hasta el cuello,
con lo cual se arropa la ropa interior. Lleva un alto sombrero de
copa, de castor, que al parecer tuvo tiempos de mayor gloria,
pero que el Rey del Orbe mantiene lustroso, a fuerza de
cepillo. Don Pancho está ligeramente loco y tiene la
monomanía de presumir que es un gran benefactor de su
patria y no un pedigüeño callejero. Persuadido de esa
condición ficticia, no hay nadie que le convenza para que
acepte una dádiva en forma de moneda. Los que conocen su
problema se valen de la estratagema de darle comida y quieren
aliviarlo en su pobreza se valen
de la estratagema de darle comida y harapos a título de
préstamo y se consideran bastante compensados con haber
hecho una obra de caridad nada menos que al Rey del Orbe. Lo
único que acepta como donativo es papel ordinario de
escribir, pues cree que el uso que él hará
será de gran beneficio al género humano por entero
y a Cuba en particular. Llena los pliegos con correspondencia
altisonante dirigida a su Excelencia el Señor Gobernador,
al Alcalde Mayor y a los regidores municipales. Podemos tener la
seguridad de que
cada vez que surge alguna cuestión social o política que valga la
pena, el Rey del Orbe despacha un documento importante ofreciendo
su opinión y consejo. Si no encuentra un cura, un
funcionario de la ciudad, o un guardia de orden público
para ser portador de tan importantes papeles, los lleva él
mismo, en persona, al destinatario. Su Majestad llena de
dieciocho a veinte hojas de una escritura
ceñida y siempre comienza el memorial con las palabras de
ritual: Yo el Rey.

La locura e indingencia de Pancho tiene un origen
bastante romántico. Este sujeto ahora desgarbado y
harapiento vivió tiempos de grandeza como hacendado y
mercader de la más elevada posición. Tuvo la
desdicha de enamorarse apasionadamente de una coqueta criolla,
quien demostró tener muy mal corazón
poniéndolo en ridículo del modo más cruel.
El desencanto le trastornó el cerebro. La gente
entretanto pensaba que la locura en que iba cayendo era
sólo excentricidad y los comerciantes que le trataban
desde hacía tiempo siguieron en sus negocios normales con
él. Pero un día, un bribón sin
escrúpulos ni sentimientos, se aprovechó de su
desdicha y le estafó casi toda su fortuna,
dejándole en la insolvencia y la ruina total.

Para una definición de la ciudad (Waldo
Leyva)

Waldo Leyva Portal. Poeta cubano (Camagüey, 1943)
que vivió muchos años en Santiago de Cuba donde
tuvo sus hijos y trabajó incansablemente por la Cultura de
Oriente. Actualmente está al frente de la oficina de
trabajo comunitario del Ministerio de Cultura de la
Isla.

Si encuentras alguna piedra

que no haya sido lanzada contra el enemigo

si descubres una calle por donde no haya
pasado

nunca un héroe;

Si desde el Tivolí no se ve el mar;

Si hay alguna ventana

que no se haya abierto nunca a las
guitarras

si no encuentras ninguna puerta abierta

puedes decir entonces que Santiago no
existe.

En el reino de Santiago (Alejo Carpentier)

Alejo Carpentier (La Habana, 1904 – París, 1980)
es el narrador cubano mayor y más universal. La parte
fundamental de sus cuentos,
relatos y novelas transcurre en Cuba o en la región
caribeña, donde supo penetrar en la sustancia y el tejido
de una espiritualidad que le permitió elaborar su teoría
de lo real-maravilloso. Para él América
toda es una realidad "viva, empírica y extraliteraria" que
está "muy lejos de haber agotado su caudal de
mitologías", según declara, en 1944, en el
prólogo de su novela El reino
de este mundo, escrita luego de una breve estancia en
Haití, seis años antes. Es precisamente ese
universo de
magia y misterio, donde se funden historia y actualidad, el que
sirve de marco a esta obra, de la cual escogemos un pasaje en que
dos de sus personajes -el amo francés Lenormand de Mezy y
el hilo conductor del relato Ti Noel- recalan en Santiago de Cuba
procedentes de Haití, donde los esclavos se han alzado en
contra del dominio colonial francés. El genial novelista
nos ofrece un cuadro sumamente dinámico y elocuente de la
vida del Santiago colonial, especialmente del barrio el
Tivolí, en el lado alto frente a la bahía,
precisamente donde se instalarían muchos de los
inmigrantes franco-haitianos en la pasada centuria.

En el reino de Santiago

La noche de su llegada a Santiago, Monsieur Lenormand de
Mezy se fue directamente al Tívoli, el teatro de guano
construido recientemente por los primeros refugiados franceses,
pues las bodegas cubanas, con sus mosqueros y sus burros
arrendados en la entrada, le repugnaban. Después de tantas
angustias, de tantos miedos, de tan grandes cambios, halló
en aquél café concierto una atmósfera
reconfortante. Las mejores mesas estaban ocupadas por viejos
amigos suyos, propietarios que, como él, habían
huido ante los machetes afilados con melaza. Pero lo raro era
que, despojados de sus fortunas, arruinados, con media familia
extraviada y las hijas convalecientes de violaciones de negros
-que no era poco decir-, los antiguos colonos, lejos de
lamentarse, estaban como rejuvenecidos. Mientras otros,
más previsores en lo de sacar dinero de Santo Domingo,
pasaban a Nueva Orleans o fomentaban nuevos cafetales en Cuba,
los que nada habían podido salvar se regodeaban en su
desorden, en su vivir al día, en su ausencia de obligaciones,
tratando, por el momento, de hallar el placer en todo. El viudo
redescubría las ventajas del celibato; la esposa
respetable se daba al adulterio con
entusiasmo de inventor; los militares se gozaban con la ausencia
de dianas; las señoritas protestantes conocían el
halago del escenario, luciéndose con arrebol y lunares en
la cara. Todas las jerarquías burguesas de la colonia
habían caído. Lo que más importaba ahora era
tocar la trompeta, bordar un trío de minué con el
oboe, y hasta golpear el triángulo a compás, para
hacer sonar la orquesta del Tívoli. Los notarios de otros
tiempos copiaban papeles de música; los recaudadores de
impuestos
pintaban decoraciones de veinte columnas salomónicas en
lienzo de once palmos. En las horas de ensayos,
cuando todo Santiago dormía la siesta tras sus rejas de
madera y puertas claveteadas, junto a las polvorientas tarascas
del último Corpus, no era raro oír a una matrona,
ayer famosa por su devoción, cantando con desmayados
ademanes:

Sous ses lois l´amour veut qu´on
jouisse

D´un bonheur qui jamais ne
finisse!…

Ahora se anunciaba un gran baile de pastores -de estilo
ya muy envejecido en París- para cuyo vestuario
habían colaborado en común todos los baúles
salvados del saqueo de los negros. Los camerinos de hoja de palma
real propiciaban deliciosos encuentros, mientras algún
marido barítono, muy posesionado de su papel, era
inmovilizado en la escena por el aria de bravura del Desertor de
Monsigny. Por vez primera se escuchaban en Santiago de Cuba
músicas de pasapiés y de contradanzas. Las
últimas pelucas de siglo, llevadas por las hijas de los
colonos, giraban al son de minués vivos que ya anunciaban
el vals. Un viento de licencia, de fantasía, de desorden,
soplaba en la ciudad. Los jóvenes criollos comenzaban a
copiar las modas de los emigrados, dejando para los Cabildantes
del Ayuntamiento el uso de las siempre retrasadas vestimentas
españolas. Ciertas damas cubanas tomaban clase de
urbanidad francesa, a hurtadillas de sus confesores, y se
adiestraban en el arte de presentar el pie para lucir primoroso
el calzado. Por las noches, cuando asistía al final del
espectáculo con muchas copas detrás de la pechera,
Monsieur Lenormand de Mezy se levantaba con los demás para
cantar, según la costumbre establecida por los mismos
refugiados, el Himno de San Luis y la Marsellesa.

Ocioso, sin poder poner el
espíritu en ninguna idea de negocios, Monsieur Lenormand
de Mezy empezó a compartir su tiempo entre los naipes y la
oración. Se deshacía de sus esclavos, uno tras del
otro, para jugarse el dinero en
cualquier garito, pagar sus cuentas
pendientes en el Tívoli, o llevarse negras de las que
hacían el negocio del puerto con nardos hincados en las
pasas. Pero, a la vez, viendo que el espejo lo envejecía
de semana en semana, empezaba a temer la inminente llamada de
Dios. Masón en otros tiempos, desconfiaba ahora de los
triángulos noveleros. Por ello,
acompañado de Ti Noel, solía pasarse largas horas,
gimiendo y sonándose jaculatorias, en la catedral de
Santiago. El negro, entretanto, dormía bajo el retrato del
obispo o asistía al ensayo de
algún villancico, dirigido por un anciano gritón,
seco y renegrido, al que llamaban Don Esteban Salas. Era
realmente imposible comprender por qué ese maestro de
capilla, al que todos parecían respetar sin embargo, se
empeñaba en hacer entrar a sus coristas en el canto
general de manera escalonada, cantando los unos lo que otros
habían cantado antes, armándose un guirigay de
voces capaces de indignar a cualquiera. Pero aquello era, sin
duda, de agrado del pertiguero, personaje al que Ti Noel
atribuía una gran autoridad en
la eclesiástica, puesto que andaba armado y con pantalones
como los hombres. A pesar de esas sinfonías discordantes
que Don Esteban Salas enriquecía con bajones, trompas y
atiplados de seises, el negro hallaba en las iglesias
españolas un calor de
vodú que nunca había hallado en los templos
sansulpicianos del Cabo. Los oros del barroco, las
cabelleras humanas de los Cristos, el misterio de los
confesionarios recargados de molduras, el can de los dominicos,
los dragones aplastados por santos de pies, el cerdo de San
Antón,
el color quebrado de San Benito, las Vírgenes negras, los
San Jorge con coturnos y juboncillos de actores de tragedia
francesa, los instrumentos pastoriles tañidos en noches de
pascuas, tenían una fuerza envolvente, un poder de
seducción, por presencias, símbolos, atributos y signos,
parecidos al que se desprendía de los altares de los
houmforts consagradas a Damballah, el Dios Serpiente.
Además, Santiago es Ogún Fai, el mariscal de las
tormentas, a cuyo conjuro se habían alzado los hombres de
Bouckman. Por ello Ti Noel, a modo de oración, le recitaba
a menudo un viejo canto oído a
Mackandal:

Santiago, soy hijo de la guerra:

Santiago,

¿no ves que soy hijo de la guerra?

Nota de Millet:

"El camino de Santiago", originalmente fue incluido en
el libro de Alejo Carpentier Guerra del tiempo. Tres relatos y
una novela, publicado en México en
1958. Los personajes del relato peregrinan de Amberes a Bayona,
de Bayona a Burgos, de Burgos a Sevilla y de Sevilla a San
Cristóbal de la Habana para luego regresar a
España. Su peregrinaje lo harán siempre siguiendo
el campo estrellado, el mismo lo conduce a unas Indias donde,
para su disgusto, "todo es chisme, insidias, comadreos […],
odios mortales, envidias sin cuento",
atmósfera que terminará por convertirlo en un
perseguido de la ley. En la huida se adentra en un palenque donde
se entrega a la vida de cimarrón compartida con personajes
como el calvinista, el marrano y dos negras esclavas. Hemos
escogido este fragmento como homenaje a uno de los más
grandes escritores de Cuba quien supo penetrar en la magia de ese
"camino de Santiago" y traspasa culturas hasta unir a los hombres
más allá de sus diferencias.

Santiago en el camino del palenque [Alejo
Carpentier[

[…] Que allá, en el Viejo Mundo, se pelee por
teologías, iluminaciones y encarnaciones, le parece muy
bien. Que mande el Duque de Alba a quemar
al barbado, allá donde el hereje pretende alzar provincias
contra el Rey Felipe, Campeón del Catolicismo, Demonio del
Mediodía, es acto de buena política. Pero
aquí se está entre cimarrones. Es cimarrón
él mismo, por la culpa que acarrea. Cimarrón como
el calvinista que ha compartido la cimarronada con un cristiano
nuevo -tan nuevo que se olvidó del bautismo, luego de
haber tenido que escapar de La Habana, al denunciar que el Obispo
vendía por buenas, a la Parroquial Mayor, unas custodias
enchapadas, de lo peor, pidiendo su pago en oro del que se
muerde. Así, con el calvinista y el marrano, ha encontrado
Juan amparo contra la
justicia del
Gobernador, y calor de hombres. Y calor de mujeres. Porque, en la
cimarronada que acaudillara Golomón, al escapar de una
plantación de cañas de azúcar,
los perros agarraron a muchos esclavos que fueron rematados luego
por los ranchadores. Entre tanto, las mujeres, que iban delante,
alcanzaron el monte. Así, tiene ahora el tambor Juan de
Amberes dos negras para servirle y darle deleite, cuando el
cuerpo se lo pide. A la grandísima, de senos anchos, con
la pasa surcada por ocho rayas, ha llamado Doña Mandinga.
A la menuda, cuyas nalgas se sobrealzan como sillar de coro, y
apenas si tiene un pelo ralo donde las cristianas lucen tupido
vellón, ha llamado Doña Yolofa. Como Doña
Mandinga y Doña Yolofa hablan idiomas distintos, no
discuten a la hora de ensartar los peces por las
agallas en el asador de una rama. Y así se va viviendo, en
trabajos de encecinar la carne de jabalí o del venado,
guardando bajo techo las mazorcas de los indios en un tiempo
detenido, de mañana igual a ayer, donde los árboles
guardan las hojas todo el año, y las horas se miden por el
movimiento de
las sombras. Al caer de las tardes, una gran tristeza se apodera
de los que viven en el palenque. Cada cual parece recordar algo,
añorar, echar de menos. Sólo las negras cantan, en
el humo de leña que demora sobre la mar tranquila, como
una neblina que oliera a cortijo. Juan de Amberes se quita el
sombrero, y, de cara a las olas, dice el Padrenuestro y
también el Credo, con voz que le retumba del pecho, cuando
afirma que cree en el perdón de los pecados, la
resurrección de la carne y la vida perdurable. El
calvinista, más lejos, musita algún
versículo de la Biblia de Ginebra; el marrano, de espaldas
a las carnes desnudas de Doña Yolofa y Doña
Mandinga, dice un salmo de David, con inflexiones que parecen de
llanto contenido: "Clemente y misericordioso Jehová, lento
para la ira y grande para el perdón…" Álzase la
luna y los perros del palenque, sentados en la arena,
aullán en coro. El mar rueda sus gravas en los socavones
de la costa. Y como el judío, después de los rezos,
denuncia una trampa del calvinista en el juego de los naipes, se
lían los tres a puñetazos, pegando, cayendo,
abrazados en lucha, pidiendo cuchillos y sables que no les traen,
para reconciliarse luego, entre risas, sacudiendo la arena que
les ha llenado las orejas. Como no tienen dinero, juegan
conchas.

Santiago en la Ciénaga (Luis Felipe
Rodríguez)

Luis Felipe Rodríguez (La Habana, 1888 – 1947) se
propuso reflejar en su obra narrativa la frustración
imperante en Cuba a partir de la intervención
norteamericana de 1898 que puso término al proceso de
liberación nacional iniciado treinta años antes por
los cubanos. Veía a la República instaurada en
1902, bajo la tutela
foránea, como una tembladera donde sucumbían los
más elevados proyectos.
Ciénaga es una novela que, desde su título,
simboliza esa penosa realidad prolongada hasta 1958; su personaje
protagónico, Santiago Hermida, es un joven habanero que
cree en el poder de los ideales para transformar la sociedad
cubana en que vive y, con la intención de escribir una
novela marcha a Oriente. En sus propias palabras: "Mi novela
será la visión humana e integral de nuestros
hombres y nuestro medio. Pienso descender a lo más
profundo de la ciénaga que contamina entre nosotros lo
más puro y los más grande. Expresaré en ella
el sueño desvanecido del último patriota
[independentista] y la última esperanza de los que tienen
fe todavía en la estrella que iluminó el
espíritu de la heroica legión de nuestros abuelos.
Diré el lamento secreto y contenido de la tierra,
nuestra única fuente común". Como se aprecia en el
fragmento escogido de esta novela, el personaje no escribe su
obra y, por el contrario, es víctima de la "conjura" de la
propia realidad que se proponía retratar. Me parece que el
nombre Santiago puesto a este personaje no es capricho del autor,
pues desciende de una familia de patriotas y revolucionarios que,
en condición de guerreros, se alzaron contra el poder
español en el pasado. Él asume la guerra de otro
modo: con el retrato artístico de una realidad alienada
que se propone cancelar. Por eso me pareció oportuno
incluirlo en Rostro de Santiago en Cuba.

[…] Entonces fue cuando el malévolo Mongo
Paneque aprovechó la oportunidad de hacer lo que desde
algún tiempo había madurado en su cerebro estrecho
y sombrío: de un empujón brutal arrojó a su
odiado rival al enorme charco de agua y cieno estancados.
Aturdido por los golpes, Hermida sintió a través de
su cuerpo la sensación húmeda y viscosa de la
ciénaga, y con la garganta contraída por el horror,
aún pudo gritar:

-¡Cobardes!…

Entonces todos tuvieron la conciencia y el horror de la
innoble acción realizada, y en lugar de salvar a la
víctima, echaron a correr, medrosos, a través de la
campiña desolada, acusando cada cual a los demás y
con el anhelo secreto de borrar lo sucedido en sus mentes.
Sólo Mongo Paneque no tenía miedo, por haber hecho
colectivo su crimen. Entretanto la víctima, en medio de su
aturdimiento y de su abandono, forcejeó por salir de aquel
antro fatídico; pero algo así como sutiles
ligaduras le ataban con obstinada tenacidad, y a medida que
trataba de salir se hundía lentamente, muy lentamente,
como si un espíritu infernal le atrajese imperioso hacia
el fondo de la charca.

-¡Socorro! ¡Socorro! -gritó Santiago
con un trémolo de angustia en la garganta
contraída. El eco de su voz se perdió en la
absoluta soledad de la tierra y de
los cielos; muy cerca de él el vasto cañaveral,
testigo de las entrevistas
furtivas y dosel rumoroso y movible del lecho inmenso de la
tierra, donde los amantes sintieron el supremo estremecimiento
del amor, ondulaba como un mar en calma, sin que la más
simple de sus hojas se contrajese de horror por lo que estaba
sucediendo. Aun forcejeó por salir una vez más,
Santiago Hermida, en un ademán desesperado, hacia las
estrellas lejanas, resplandecientes y dulces, que arrojaban su
luz inalterable sobre la turbia ciénaga; pero ninguna mano
amiga respondió al afán doloroso del inevitable
abandonado. La soledad era imponente y de su seno surgía
el horror, que hacía la noche más horriblemente
impasible, más plena de misterio y más propicia al
drama que tenía lugar en el seno turbio e impuro de la
charca.

Por la mente de Santiago Hermida pasó como una
síntesis fugaz de su vida toda, toda su
vida llena de esperanza, y como un niño abandonado,
pronunció el supremo grito que todos tienen cuando
están al borde de lo irremediable:

-¡Madre, madre!…

Después, después fue sintiendo cómo
las últimas fuerzas le abandonaban, cómo una mano
férrea detenía su último grito en la
garganta, cómo una humedad viscosa le penetraba en la
boca, mientras parecía tirar implacablemente algo
monstruoso de sus pies hacia un abismo de sombra… Era la
ciénaga que le atraía, era la ciénaga que
él se propuso describir en su novela, la que le mataba,
taimada y cobardemente, la ciénaga, que se lo tragaba con
la perfidia disimulada y atroz de esos medios
sociales donde muere toda pura y alta esperanza
humana.

Santiago Hermida, abandonado de todos, en medio de la
gran impasibilidad natural, descendió hacia el fondo de la
charca, con la tristeza irremediable de todo lo que sucumbe
inesperadamente y se apaga. Ahora, la luna, como en la primera
noche de su cita de amor, enorme y fantasmal, se ocultaba tras un
montón de nubes en fuga, y la ciénaga, turbia y
oscura como el espíritu de aquel paraje del crimen,
alentaba enigmática y nocturna, cual si fuese la imagen
oculta del mal en el abismo insondable de la conciencia
humana.

De cómo Santiago Apóstol puso los pies en
la tierra

En 1974 el Conjunto Dramático de Oriente, que
había dado inicio en 1961, sufriría una
consolidación absoluta de un método de
creación colectiva recién adoptado. Se estrenaba De
cómo Santiago Apóstol puso los pies en la tierra,
sobre el texto de
Raúl Pomares y la dirección de Ramiro Herrero. Se adoptaba,
definitivamente el "teatro de relaciones", recuperado del
carnaval santiaguero, como línea de trabajo que
permitiría romper con el modo clásico de
escenificación y dar entrada a corrientes vanguardistas
del teatro contemporáneo, como la procedente de Brecht. El
montaje resultó de alta calidad sobre la
base de una excelente escenografía, música sonera y
carnavalesca y un rico y ágil movimiento escénico.
Se removió la
comunicación actor/espectador, para dar lugar al
cambio de los propios actores y a la participación activa
de los que recibían el mensaje. Nacía un tipo de
trabajo de necesidades expresivas del pueblo que implicaba como
escenario los barrios en que había surgido la
relación o, al menos, el contacto directo con escenarios
abiertos, como las calles y plazas.

La pieza tomaba como pretexto la narración frente
al Apóstol Santiago, de un hecho ocurrido en el siglo XVI,
apenas fundada la villa. Asistimos a la humanización del
santo patrón en un movimiento escénico que nos hace
viajar en el tiempo a una velocidad
supersónica, sin apenas percatarnos de ello, hasta
desembocar en los días previos al desencadenamiento de las
guerras por nuestra independencia nacional, en 1868.

Todo ocurre en la escena de un modo tal que resulta
natural sorprender al Apóstol tomando en su mano su arma
característica y sumándose a la "carga al machete"
con que los cubanos, en el pasado, destrozaban las huestes del
Ejército español en la Isla. Poco después el
Conjunto Dramático adoptaría el nombre de Cabildo
Teatral Santiago que conserva hasta el presente en expresa
gratitud a la ciudad que lo hizo nacer y a la cultura de su
pueblo que lo alimentará siempre. La obra es
también parte de la historia de la estatua del
Apóstol Santiago vinculada a las inquietudes y desvelos
del pueblo santiaguero que la ha visto como uno de sus
símbolos libertarios.

DE
CÓMO SANTIAGO APÓSTOL PUSO LOS PIES EN LA
TIERRA

(RAÚL POMARES)

Hombre de caballito: Santiago y Castilla

Santiago y Galicia

Santiago y León

Aquí estoy yo Santiago
Apóstol

natural de Compostela

y de buena condición

que pide en vez de velas

le enciendan un litro de ron.

Ño Pompa. (Bailando) Los hombres tienen dos y
las mujeres tres…

Santiago. ¿Adónde vamos a parar, Santa
Bárbara bendita? Esta gente son unos salvajes
¿Tú oíste lo que dijo el tipo
ese?

Ño Pompa. ¿Y qué?

Santiago. ¿Cómo que y qué?
Ño Pompa, yo soy el Apóstol Santiago.

Ño Pompa. Usted es un infeliz pedazo de madera
que unos cuantos delincuentes han cogido para el
trajín.

Santiago. ¿Qué tú
dices?

Ño Pompa. Lo que oyó.

Santiago. ¿Cómo? Mis pendones flamearon
en Málaga y Andalucía haciendo huir a los moros.
El destello de mi espada guió al gran capitán en
la conquista de México y obnubiló a los aztecas en sus
templos paganos. Mis ejércitos hacen retemblar
montañas y ríos, burgos y castillos, y el
león de España refulge a mis pies.

Ño Pompa. ¡Oleeeee!

Santiago. Yo soy la esencia de lo hispánico, la
fuerza de la fe.

Ño Pompa. (Gesto de burla) ¿Y
qué?

Santiago. Esto está de madre. Aquí no se
respeta a nadie.

Ño Pompa. ¿Antes se respetaba
más?

Santiago. Si antes se respetaba más?

Ño Pompa. ¿Quién respetaba
más a quién?

Santiago. Tú me respetabas más a
mí, por ejemplo.

Ño Pompa. ¿Y ahora?

Santiago. Ahora es un relajo.

Ño Pompa. ¿Y antes no había
relajo?

Santiago. Antes como ahora el relajo era entre el
elemento bajo.

Ño Pompa. ¿Entre el elemento bajo? Si la
historia está llena de relajo entre el elemento
alto.

Santiago. ¿Qué sabes tú de
historia?

Ño Pompa. Te apuesto a que yo sé
más historia que tú.

Santiago. (Irónico, profesoral)
¿Qué tú sabes más historia que
quién? Ño Pompa, si yo estoy aquí casi
desde que se fundó la ciudad.

Ño Pompa. Pero encaramado allá arriba,
mirando siempre para las nubes. ¿Te enteraste de lo que
pasó alrededor de tí?

Santiago. No me vengas con cuentos tratando de
confundirme. Ya quisieras tú haber visto la mitad de los
cosas que he visto yo.

Ño Pompa. A ver, ¿cómo era la
ciudad antes?

Santiago. ¿La ciudad? Era más
chiquita.

Ño Pompa. ¿Qué
más?

Santiago. ¿Cómo que qué
más?

Ño Pompa. Sí, sí,
¿qué más?

Santiago. Había menos gente.

Ño Pompa. ¿Y no pasaba nunca
nada?

Santiago. Pendencias sin importancia.

Ño Pompa. Que le costaron la vida a mucha
gente… ¿Tú quieres saber cómo era de
verdad la cosa al principio? ¿tú quieres ver lo
que pasaba? (Toca un pito y entran corriendo los actores)
¡Relacioneros, viene la representación! Te voy a
contar una historia, pero vista desde aquí abajo.
¿Título de la relación?

Relacionera. "Donde hay mulata brava, no importa
carapacho duro."

Ño Pompa. ¿Época?

Relacionera. 1546.

Ño Pompa. ¿Lugar de la
acción?

Relacionero. Aquí en Santiago de Cuba, en esta
Plaza de Armas.

Ño Pompa. Al principio, la ciudad no fue
ciudad. Santiago de Cuba no era una ciudad. Diez o doce
bohíos y una o dos cosas de mampostería. Calor.
Fango. Mosquitos y unos hombres extraños que vinieron
por el mar, con armas de fuego y caballos y que obligaron a los
demás a trabajar para ellos. (Sonidos de gritos y
lamentos. Los relacioneros representan diferentes escenas de la
época de la conquista y colonización
españolas.) Y levantaron la primera catedral de palma y
guano. Es pobre la primera catedral y ni siquiera tiene
imágenes. Pero en fin, es la catedral.
¿Ves esa casa que está allí? Esa es la
casa del Gobernador, Licenciado Juan de Ávila. Todo
está oscuro. Nada se mueve. Ni las hojas. Y de
pronto…

……………………………………..

Obispo. No más revolucionarios, Santiago, por
favor.

Colonialistas. ¡Santo, santo, santo!

Obispo. No más independentismo, Santiago, por
favor.

Colonialistas. ¡Santo, santo, santo!

El cortejo de los colonialistas sale en
letanía. Ño Pompa sale con su saco al
hombro.

Ño Pompa. Oh tiempos difíciles en que la
vida no valía un real, y que con palos y fuetes se
imponía la mentira como si fuere verdad. Tiempos en que
el señor colonialista machacaba nuestra cultura en el
pilón capitalista. Tiempos, en fin, de cuando Santiago
Apóstol bajaba de su altar a espantar las desgracias,
cumpliendo un previsor acuerdo extraordinario del Cabildo
reunido siempre en vela, ojo avizor. (Deposita en el suelo el
saco y extrae de él un machete. Se dirige a Santiago que
se encuentra atado a una de las escaleras) Santiago
¿qué año es este?

Santiago. El de 1868, Año del
Señor.

[…]

Ño Pompa. Amén. (Alza el machete y lo
deja caer con fuerzas sobre los escalerados. Estos liberados de
las ataduras, corren a liberar a sus hermanos. Suena la corneta
china con la tonada del Himno Invasor. Ño Pompa sigue
sacando machetes del saco.) ¡A la carga!

Los esclavos gritan y dan vivas. Toman los machetes y
danzan al compás de una conga santiaguera. Ño
Pompa se sube al pedestal y desnuda la estatua, dejando al
descubierto su armazón de madera. Por el otro entran a
la plaza los colonialistas, que despavoridos huyen seguidos por
los insurrectos. Santiago queda solo enfrentado a su propia
imagen. Sube al pedestal y toma la espada.

Santiago. Ahí te dejo, infeliz. Si algún
día te bajas de ese pedestal y pones los pies en la
tierra, vas a ver por primera vez en tu vida cómo son
las cosas verdaderamente. Y si te queda un poco de
vergüenza y sangre en las venas, no tendrás
más remedio que seguir a esa gente dondequiera que vaya.
¡Adiós Apóstol! Santiago de va.
¡Ño Pompa! ¡Ño Pompa!

Agradecimientos: (Oficiantes)

Don Chino (+)

Cunino (+)

Roberto Salazar "Mozo"+

Vicente Portuondo M. (RQP)

Eugenio Montero

Ismael (Foco el Tivolí)

Isacc Besse Pozo

Rafael Bejerano

Esmeraldo Cos Donatié

Angela Despaigne

Agradecimientos:

Casa del Caribe (Santiago de Cuba),
Fundación Eugenio Granell (Santiago de Compostela),
Casa de las Tradiciones del Tivolí

Oficina del Conservador de la Ciudad (Santiago de
Cuba)

Taller Cultural

Obispado y Catedral de Santiago de
Cuba

Museo Emilio Bacardí

Museo del Carnaval

A la
memoria de tres santiagueros

que siempre vivieron
orgullosos

de serlo: Cunino, Mozo y Don
Chino

 

José Millet

milletjb2004[arroba]yahoo.com

Centro de Investigaciones
Socioculturales

Instituto de Cultura del Estado
Falcón,

Coro, República Bolivariana de
Venezuela

2008

[Créditos]

Fotografía:

Arnoldo Martínez Rojas (RQP)

Arq. Ricardo Meriño (RQP)

Máster Natalie Goltemboth

Reinter Peter-Ackermann

Tipeado en ordenador:

Lic. Juan O. Ferrer

Isabel Matos

 

Partes: 1, 2, 3, 4
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