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El Rostro de Santiago Apóstol en Cuba (página 2)




Enviado por José Millet



Partes: 1, 2, 3, 4

Santiago de
Cuba visto por
Federico García Lorca

Sí, Lorca estuvo en Santiago de Cuba. Fue a
principios de
los años treinta, luego de su estancia en La Habana, donde
suponemos haya escrito el memorable poema dedicado al sabio
cubano Don Fernando Ortiz, padre de la Antropología en el Caribe. Según mi
entrañable profesor de
crítica
literaria Ricardo Repilado, su estancia aquí
duró escasos días, a lo sumo 2 ó 3. La
doctora Amparo Barrero ha
aportado "las pruebas
decisivas" de la estancia del genial granadino en Santiago de
Cuba, en la primavera de 1930. Según algunos testigos, en
los últimos días de abril Lorca ofreció una
charla en los salones de la Escuela Normal
con el título "Mecánica de la nueva poesía"
y, según otros, leyó
poemas suyos
entre los que recuerdan aquel que ellos titulan "Iré a
Santiago" —el que reproducimos aquí con su verdadero
título— muy probablemente escrito a su llegada a La
Habana en aquella memorable ocasión. Estas últimas
pruebas fueron dadas a conocer por la doctora Barrero en su
artículo "Otros testimonios de la visita de Lorca a
Santiago de Cuba", revista El
Caserón
, Delegación provincial de la UNEAC, No.
3, junio de 1987, pp. 40-45, para mayor información consúltese "El viaje de
Lorca a Santiago de Cuba", Revista de la Biblioteca
Nacional
, No. 1, enero-abril 1979; Jesús
Sabourín, Revista de la Universidad de
Oriente
, marzo de 1962; Juan Marinello, "El poeta
llegó a Santiago", revista Bohemia, 31 de mayo de 1968. El
poema ha sido tomado de libro Lorca
por Lorca
. Me informan que recientemente apareció el
ticket del tren Habana-Santiago y se encuentra en el Museo de
Fuentevaqueros, como constancia del viaje del poeta a esta villa,
cuyo pueblo le inspiró el memorable poema que colocamos en
el pórtico de nuestro libro como reconocimiento a ese
artista que tanta vida dejó en todos. Con él
podemos repetir "Siempre dije que yo iría a Santiago/ en
un coche de agua negra" y,
digo yo, y aquí quedó.

Son de negros en Cuba

a Don Fernando Ortiz

Cuando llegue la luna llena,

iré a Santiago de Cuba,

iré a Santiago

en un coche de aguas negras.

Iré a Santiago.

Cantarán los techos de palmera.

Iré a Santiago.

Cuando la palma quiere ser
cigüeña.

Iré a Santiago.

Y cuando quiere ser medusa el
plátano.

Iré a Santiago.

Con la rubia cabeza de Fonseca.

Iré a Santiago.

Y con el rosa de Romeo y
Julieta.

Iré a Santiago.

Mar de papel y plata de monedas.

Iré a Santiago.

¡Oh Cuba! ¡Oh ritmos de semillas
secas!

Iré a Santiago.

¡Oh cintura caliente y gota de madera!

Iré a Santiago.

!Arpa de troncos vivos, caimán, flor de
tabaco!

Iré a Santiago.

Siempre dije que yo iría a Santiago

en un coche de agua negra.

Iré a Santiago.

Brisa y alcohol en
las ruedas.

Iré a Santiago.

Mi coral en la tiniebla.

Iré a Santiago.

El mar ahogado en la arena.

Iré a Santiago.

Calor blanco. Fruta muerta.

Iré a Santiago.

¡Oh bovino frescor de
cañavera!

Iré a Santiago.

¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y
barro!

Iré a Santiago.

Federico García Lorca

PARTE I.- EL
SEMBRADOR DE SÍMBOLOS

SANTIAGO EN LA INTIMIDAD DEL
SANTIAGUERO

Olga Portuondo Zúñiga

A la memoria de
un santiaguero llamado Santiago

La relación entre el apóstol Santiago (el
Mayor) y Santiago de Cuba remonta casi el medio milenio de su
fundación; y hasta el día de hoy, la ciudad
está orgullosa de su nombre y de su patronazgo. La
tradición engarza las cuentas de una
historia
común, sin que ello implique una plena
identificación espiritual inicial, ni la inexistencia de
escollos a salvar para que la comunidad
asumiera como honra y nobleza su cualidad santiaguera.

Santiago apóstol encarna a España y
une América
bajo el imperio ultramarino y la catolicidad. Santiago de Cuba,
será la segunda ciudad en América bautizada con
este nombre, Santiago de los Caballeros en La Española, le
precedió en el Caribe. Este patronímico, que
ostentan muchas ciudades, representa en la identidad del
Nuevo Mundo el sello indiscutible de la unidad espiritual
hispana, que surgió con la llegada del conquistador
peninsular, y la búsqueda perpetua por la
reafirmación singular de esta herencia.

Santiago apóstol, conquistador y colonizador
español

Cuando Diego Velázquez llegó a la
bahía protegida del sudeste de la isla Fernandina para
radicar allí una villa, que además fungiera como
capital de su
tenencia de gobierno, parece
que ya su puerto se reconocía con el nombre de Santiago;
lo cierto es, que así también denominaría en
1515 al núcleo de población que fundó, inspirado en la
orden de este nombre a la que pertenecía Su Majestad
católica Fernando I, también por la popularidad que
el patrono español
adquiriría durante la larga y dura empresa de la
Reconquista. El propio Diego Velázquez, había sido
bautizado con una de las maneras de designarlo y sentía
especial devoción por el santo, tal y como haría
saber en su testamento.1

Santiago Matamoros fue la representación
religiosa preferida de los primeros ocupantes del Nuevo Mundo,
porque la conquista de América, para los ojos de los
castellanos, era la continuación de aquella otra
lucha

contra los herejes de la península: Santiago el
guerrero, el del blanco corcel y arma en ristre para el combate
por la cristiandad.

Esta imagen deja su
impronta a inicios de la conquista de Cuba, y la mejor manera de
corroborarlo es mediante el estudio de composición de los
primeros escudos de armas concedidos
por la corona a la Isla y a la ciudad-capital de Santiago de
Cuba.2 Justamente, ellos también expresan la otra cara de
la presencia hispana en el Nuevo Mundo, el carácter fundacional y colonizador asumidos
por el apóstol, la huella primigenia de la cultura
peninsular. Así lo quiso ver el pintor santiaguero Juan
Emilio Giró en los comienzos del siglo XX, mientras
recreaba una escena de los primeros momentos de la
colonización en la capital de la isla de Fernandina (Cuba)
que hoy se expone en el Museo Emilio Bacardí.

La Real Cédula de 28 de abril de 1522
otorgó a Santiago de Cuba el título de Ciudad y la
condición de sede del obispado de la isla de
Cuba.3

Santiago fue también patrono del pueblo erigido
en la inmediatez del cerro de Cardenillo (cercano a Santiago de
Cuba) y que tuvo por nombre Santiago del Prado. Allí se
levantó una modesta parroquia en 1599 convertida en
núcleo fundacional para la explotación del cobre. Varias
veces sería reconstruida por los esclavos. El castellano
Francisco Sánchez de Moya, administrador de
las minas en nombre de la corona, colocó en el altar mayor
una imagen de Santiago apóstol cuyas
características nos permite conocer el inventario que
realizara el administrador saliente en 1620, al hacer entrega del
Real de Minas al asentista Juan de Eguiluz:

[…] y en el dicho altar una imagen de bulto de
Santiago El mayor

advocación de esta Santa Yglesia que dize trajo
de españa con

Yntento de colocarla en la ssanta Yglesia que hiciese
con su capa

de terciopelo a fallistada con sombrero de plata con
el articulo

de fe que compuso en la casa de el […]4

El inventario incluye "un portapas de plata que tiene un
Santiago a Caballo" y la imagen del altar mayor parece haberse
conservado en la misma parroquia hasta los inicios del siglo XX,
según relaciones guardadas en los archivos del
arzobispado santiaguero.

A pesar de lo dicho, la devoción a Santiago
Apóstol no cobró fuerza en el
poblado mestizo de Santiago del Prado, en cambio
sí calorizó el culto mariano a la virgen de la
Caridad del Cobre entre indios, negros y blancos al punto de
instalarse su imagen en una ermita del cerro desde donde
ganaría prestigio entre los cobreros hasta convertirse en
su patrona. Culto y santuario devinieron expresión de
identidad criolla, proyectada más allá de sus
fronteras, con el devenir de los siglos se convertiría en
patrona de todos los cubanos. La aparición mítica
de la imagen de varillas de la Caridad sobre las aguas de la
bahía de Nipe, queda imbricada a la gestación de la
cultura popular criolla de sus devotos.5

Entre las muchas leyendas
tejidas en torno al culto de
la virgen cobrera se halla aquella que involucra a su segundo
ermitaño Melchor de los Remedios. Su sucesor, el
presbítero Julián Joseph Bravo le atribuyó
la capacidad de profetizar. La población de Santiago de
Cuba quedó aterrorizada y sin querer regresar a sus casas
después del ataque de filibusteros ingleses en 1662,
comandados por Cristopher Myngs, Inspirado por la
advocación mariana de la Caridad, el ermitaño
infundió confianza en los santiagueros al declarar ante el
propio obispo: "no tema que la Ciudad de Cuba sólo resta
ser tomada de Cuervos, y será muy amenazada del enemigo,
pero no mas tomada".6 Así tuvieron garantías para
volver a sus hogares. Con este y otros muchos ejemplos, es
posible demostrar la devoción ferviente de la comunidad
santiaguera por la advocación mariana de la Caridad casi
desde los mismos comienzos de su culto.

La colonización española, tuvo como
reacción las agresiones constantes de las otras naciones
europeas sobre sus emplazamientos en el Caribe; sus pobladores
tendrán que enfrentarse a corsarios, piratas y
filibusteros. Se convocaba a la unidad para combatir con el grito
que llamaba al santo patrón. En temprana fecha de 1604, el
obispo fray Juan de las Cabezas Altamirano era prendido como
rehén por el capitán francés Ferrer o
Girón para exigir su rescate. Armados con sus instrumentos
de trabajo, los
pobladores españoles, indios y negros de la región
oriental de la isla de Cuba vencieron y lograron libertar al
obispo, luego que el alcalde bayamés Gregorio Ramos los
llamara a la lucha: "El dicho alcalde dio el Santiago y
salió a ellos se dio la batalla y mataron al capitan
[…]"7

Silvestre de Balboa en su Espejo de Paciencia, inspirado
en estos hechos, pone en boca de los pobladores el grito de
guerra:
¡Santiago, cierra España!,8 heredado de las luchas
contra los moros, y cuyo significado, al plasmarse en el primer
poema épico de la isla de Cuba, vale para poner en
evidencia la identificación de intereses, en aquellos
primeros siglos, entre la Corona y su Imperio
Ultramarino.

Por Real Cédula de 1607, Santiago de Cuba se
convertía en centro del recién creado Departamento
Oriental y La Habana pasaba a ser la capital designada para la
isla de Cuba. Muchos de sus gobernadores y capitanes a guerra
fueron caballeros de la Orden de Santiago, como otros americanos
notables de los siglos XVII y XVIII: Pedro de Fonseca Betancourt,
Pedro de la Roca y Borjas, Pedro Bayona Villanueva, José
Canales, Alonso de Arcos y Moreno, Sebastián
Kindelán, según conocemos. Es de suponer que esta
sea una de las razones por la cual, en los papeles de inventario
de ornamentos de comienzos del siglo XIX del archivo del Museo
Archidiocesano de la catedral santiaguera, aparezcan cinco cruces
de oro insignias
de la orden de Santiago.9

Pero la devoción a Santiago apóstol era
algo que no calaba hondo en el espíritu criollo,
precisamente por el lastre que implicaba representar el puro
ideal bélico hispano y porque encarnaba la
imposición del conquistador y la sumisión
debida.

En los comienzos del siglo XVII, el Cabildo
eclesiástico de Santiago de Cuba se empeñó
en fomentar el culto al santo Ecce Homo del que se difundieron
numerosos milagros y leyendas. Entre éstas, se cuenta la
historia del desembarco en 1678 de corsarios franceses en las
arenas de la playa de Juraguá con el propósito de
ocupar a Santiago de Cuba y la acción
del loco Juan Perdomo quien, sirvióles de guía y
gritó ¡Santiago, España!, para provocar la
confusión de los agresores que lucharon entre sí,
lo que salvó a la ciudad de ser ocupada. Considerado como
un hecho milagroso, gracias a la intervención del Ecce
Homo, creció su fama de benevolente protectorado cuando ya
en 1652 había motivado la colocación de un cuadro
del Cristo Señor Nuestro a la Columna (Ecce Homo),
traído desde Cartagena de Indias y obra de un artista
llamado Francisco Antonio, en la puerta del sagrario del altar
mayor de la Catedral.10 Ganó tal popularidad que su
fiesta, el último miércoles del mes de agosto, fue
organizada por ambos Cabildos durante más de un
siglo.

Y es que Santiago apóstol, con toda la carga del
belicoso dominador hispano, sufría el progresivo
distanciamiento de los criollos, a pesar de ser también
exponente del espíritu fundacional que recreó el
propio obispo Diego Evelino de Compostela, (17 de noviembre de
1687-29 de agosto de 1704) quien hizo honor a la tradición
de su nombre durante los años de su apostolado y hasta su
muerte, con la
creación de nuevas parroquias en el territorio habanero
entre las primeras, la de Santiago de las Vegas en 1688; y aunque
nunca visitó la capital de su diócesis,
también ordenó erigirlas en pueblos de la
región oriental. Buenos ejemplos son las de San Pablo de
Jiguaní y San Luis del Caney, entre otras.

Santiago: binomio de sumisión colonial y
jolgorio popular.

La fiesta del patrono de la ciudad se conmemoraba cada
25 de julio, parece que desde sus propios comienzos, auspiciada
por el Cabildo secular. De manera que, la ceremonia oficial
tenía su punto climático en la procesión
iniciada la víspera en horas de la tarde y al frente de la
cual marchaba una imagen de Santiago apóstol junto al
Pendón de Castilla portado por el alférez real y
detrás todas las autoridades civiles. Salía del
Ayuntamiento y se dirigía hasta la catedral donde era
recibida por una representación del Cabildo
eclesiástico. Luego de la ceremonia religiosa, la imagen
permanecía en el templo hasta el día siguiente en
que regresaba al Ayuntamiento en horas de la tarde-noche del 25
de julio. Se adornaba e iluminaban las casas del vecindario.
Mientras se hallaba expuesta en la iglesia mayor,
todos los citadinos iniciaban la diversión de los
mamarrachos con comparsas donde se combinaba el baile y la
música
popular. Así se fueron creando en torno al patrono,
imperceptiblemente, dos tradiciones, naturalmente imbricadas: una
oficial, que cada año propiciaba la demostración de
fidelidad de la ciudad a su metrópoli y la otra popular
que alegremente manifestaba el orgullo de ser criollo santiaguero
del Caribe.

De inmemorial costumbre, según razón, era
la convocatoria anual, cada 25 de julio, de todas las
compañías de milicias de la jurisdicción
para participar en los actos del día de Santiago
apóstol, santo patrón, también
concurrían las formadas por los llamados cobreros esclavos
y libres del pueblo de las minas. Estos últimos
aprovecharían la coyuntura en 1731 para sublevarse y
acimarronarse, con caja y bandera, sin asistir a la fiesta, en
acto de rebeldía contra los desmanes del gobernador
departamental Pedro Ignacio Jiménez, por haber lesionado
sus derechos
naturales.11 Fue ésta una de las primeras oportunidades en
que los días de las fiestas dedicadas al apóstol
Santiago se escogían para manifestar la rebeldía
insurrecta de los oprimidos frente a los intentos de acentuar el
despotismo colonial.

El Cabildo catedralicio no era el organizador de estos
actos conmemorativos del día del patrón de la
ciudad, se limitaba únicamente a secundar a las
autoridades civiles bajo las órdenes del gobernador
departamental y vicepatrono de la Iglesia, según las
leyes del
Patronato Regio: el apóstol Santiago era patrono del
obispado y, como desde finales del siglo XVI los prelados se
mantuvieron, la mayor parte del tiempo, sin
ocupar la silla al conservar la residencia en La Habana –capital
efectiva desde mediados del siglo XVI– su estado vacante
otorgaba preeminencia a los prebendados presididos por su
deán en la Catedral. Para ellos la festividad religiosa de
Santiago apóstol era una más entre otras como la
de: Nuestra Señora de los Dolores, la Purísima
Concepción, Nuestra Señora del Carmen, Santa Teresa
de Jesús, Santa Ana, Nuestra Señora de la
Candelaria, San Bartolomé, San Juan Crisóstomo, San
José, San
Agustín, San Juan Nepomuceno, San Antonio de
Padua, San Fernando, San Juan Bautista, San Pedro, San Mateo, San
Andrés, Santo Tomás, San Francisco, San
Bartolomé, Nuestra Señora de Africa, etc.
Predominaban la carrera del Corpus Christi, la fiesta del Santo
Ecce Homo, el día de la invención de la Santa Cruz,
la del Santísimo Corazón de
Jesús y se atendía con especial preferencia la de
su patrona Nuestra Señora de la
Asunción.12

A la ciudad solía llamársele Cuba y el
nombre genérico con que se identificaban sus habitantes
era el de cubanos, por entonces, casi nunca se les
distinguía como santiagueros. El gobierno de la ciudad era
el encargado de organizar las fiestas al patrono como exponente
de la autoridad
colonial y acto de sumisión de los citadinos. Y hasta en
oportunidades, los funcionarios metropolitanos escogían
señaladamente, la víspera del día de
Santiago para presentarse ante el Cabildo.13

Así las cosas, el siglo XVIII santiaguero se
halla mejor ilustrado respecto a la festividad del patrono, a
través de las Actas Capitulares seculares y
eclesiásticas que aún se conservan, las que
permiten arrojar mayor luz sobre la
celebración: en 1738, los capitulares acordaban dar $50 de
los propios, que debían invertirse en cera, para las
fiestas del Santo Patrono. Pocos años después, se
conminaba al mayordomo de propios a asistir con $20 a las
personas que el 25 de julio "[…] se dedicaran a concurrir a la
danza que en
dicho día se hizo en obsequio y celebración de
dicho Santo […]". Al portero correspondía, en esta
fecha, poner la iluminación en las casas del consistorio y
el gobierno, según la cantidad que se
asignara.14

En el último cuarto del siglo XVIII, las actas
del cabildo secular se referirán a las dificultades
financieras por las que atravesaba la ciudad, razón
principal esgrimida por los antiguos contribuyentes de las
profesiones de escribanos, procuradores, alguaciles u otros
maestros para eludir sus responsabilidades en el pago de la
iluminación de las fiestas durante las noches de
vísperas y del día del patrono. El Consistorio, que
seguía organizándolas, mediante bando, desde muchos
días antes, exigía el cumplimiento de aquella
obligación. Por entonces, era ya tradicional la carrera
entre su sede y la del Cabildo Eclesiástico con la imagen
de Santiago apóstol encabezándola, mas parece haber
perdido su lucidez si nos atenemos a los comentarios del diputado
Estaban de Palacios que se quejaba de que la ceremonia en la
Catedral "se celebra con muy poca decencia y solemnidad por falta
de interés
de erogación por estrechez de la renta de propios" y no
había quien quisiera hacerse cargo del sermón. El
propio Cabildo secular terminó por suprimir la distribución de refrescos a sus
ministros.15

De una u otra manera, el culto al patrono no echó
las raíces necesarias ni creó la simpatía
suficiente para formar la devoción religiosa popular,
aunque el 25 de julio la ciudad celebraba con júbilo la
identidad con su patrono.

Ya al nacer durante la víspera del día del
santo patrono en 1725, Santiago Hechavarría y
Elguezúa estaba comprometido con su tradición
mediante bautizo. Era uno de los miembros de la más
prominente familia patricia
santiaguera. En el correr de los años; aquel niño
que estudiara en el seminario de San
Basilio el Magno de Santiago de Cuba y, más tarde, en la
Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La
Habana; se convertiría en el primer obispo nacido en la
isla de Cuba que ejercería en su propia tierra.

En la visita pastoral de 1774 a su ciudad natal, para
ser investido con su jerarquía por el Cabildo,
procuró acentuar la influencia jacobea en el territorio de
la diócesis. Llegaría a Santiago de Cuba, en los
días próximos a la fiesta patronal y
convendría con el cabildo la celebración de un acto
en correspondencia con su autoridad, tal y como lo
establecían las Leyes de Indias. No podía el
Cabildo recibirlo con palio, pero éste decidió
tocar a coro desde las 4:30 a.m. y comenzar los oficios
religiosos desde las 5:30 a.m. ya que el obispo haría su
presentación a las 7:00 a.m. Francisco Mozo de la Torre,
deán de la catedral, convocó a todo el clero,
invitó a la nobleza y ordenó que el
sacristán mayor, el coadyutor y el mayordomo de
fábrica prepararan las condiciones para recibir a Su
Ilustrísima ante la iglesia de Santo Tomás con
alfombra, cojín, mesa, cruz y sillas donde debían
sentarse los prelados, mientras el obispo tomaba los
pontificales. En la puerta del perdón se dispuso colocar
también alfombra, incensario, naveta y el recipiente para
el agua
bendita.

El día 8 de julio la procesión de notables
se dirigió a lo último de la ciudad donde todo
estaba ya preparado. Vestido el deán con su capa magna y
seis capellanes de coro con capas y cetros recibieron a su
obispo. El primero, le dio la cruz a besar mientras el obispo se
ponía de rodillas. Un repique de campanas sonó en
las iglesias y duró hasta que el ilustre visitante
llegó a su casa. La procesión comenzó la
carrera cantando, mientras en Santo Tomás el obispo
vestía los pontificales ayudado por el chantre y el
tesorero que sirvieron como diáconos. Marchaba el
deán cantando, a cuatro pasos de Su Ilustrísima,
hasta la puerta del perdón y en este punto se bendijo a
los presentes, luego continuaron su recorrido hasta el altar
mayor de la catedral para celebrar Te Deum.

Postrado en el altar, el criollo Santiago Joseph
Hechavarría oró, luego besó el suelo y se
sentó para que comenzara el besamanos: primero el
deán, después prelados y miembros del ayuntamiento.
Tras el concierto, concluyó la ceremonia con la lectura de
las indulgencias por el magistral y, ya el obispo en casa, se
repartieron refrescos.16

El Santiago apóstol que quería destacar el
nuevo obispo no era el guerrero ecuestre sino el peregrino, el
que encarnaba la cultura hispana vista desde su condición
de patricio, para lo cual recomendó: evangelizar a los
negros, no fomentar disputas eclesiásticas en el
púlpito, luchar contra el vicio del contrabando.
La obra más importante del obispo criollo fue la
fundación del seminario San Carlos y San Ambrosio, la
reorganización del seminario santiaguero de San Basilio el
Magno y la creación de estatutos para ambos en los que se
percibía la retirada del escolasticismo y la
formación ilustrada con aliento patriótico
americano. Profundamente devoto por su extracción familiar
y regional a la virgen de la Caridad –peregrino desde y hacia el
santuario de El Cobre–, Santiago Hechavarría propugnaba
aires de renovación inspirados en sus tradiciones
criollas.

Santiago: el arraigo de sus festividades y
vigorización simbólica de su
españolidad.

En el devenir de los siglos, la catedral de Santiago de
Cuba sufrió embates de los corsario, de los piratas, de
los filibusteros y de los terremotos.
Varias veces sería reconstruida. Por ejemplo, en 1586 era
devastada por corsarios franceses, en 1662 saqueada durante la
ocupación de los filibusteros ingleses procedentes de
Jamaica. También en 1678 un terremoto se
ensañó con el inmueble que hubo de tener una
prolongada y paupérrima labor de
reconstrucción.

El obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz,
quien fuera deán de la catedral durante muchos
años, ofrece una descripción bastante detallada de la
catedral en 1756. Durante su estancia ejecutó en ella
numerosas acciones
constructivas, como la de su altar mayor. En el segundo cuerpo de
dicho altar, se situaría un Santiago peregrino
–posiblemente la imagen de bulto que hoy se halla en uno de los
zócalos de la sacristía–, considerado como del
siglo XVII, que Morell donó y envió a la sede de su
obispado poco después: "En el segundo se ha de situar la
de Santiago Patrón de la Ciudad, en traje de Peregrino.
Actualmente la están dando colores, y
estofando en esta para remitirla en primera ocasión a
aquella. Su importe que son ciento y cinquenta pesos de mi
quenta."17 El obispo criollo no da cuenta de ningún otro
icono o cuadro, aunque debió existir en
precario.

Poco duraron aquellas fábricas, pues las paredes
y torres sufrieron sensiblemente por el terremoto de 1766. En la
década de los años 70 la envergadura de las
funciones
religiosas se vio afectada por el aspecto ruinoso del edificio y
la disminución de las rentas decimales, luego de la
división del gobierno eclesiástico y la
formación de la diócesis habanera en 1787. No fue
hasta los inicios del siguiente siglo que se dio impulso a la
reconstrucción de una Iglesia acorde con su nuevo rango,
particularmente luego de su designación como
archidiócesis bajo los auspicios de Joaquín de
Osés Alzúa y Cooparacio. De manera que hay
dificultades para encontrar detallado inventario de su
ornamentación, a pesar de contar con algunas relaciones y
con las actas de su cabildo eclesiástico.

Baste señalar que, si bien encontramos imágenes
de algunas vírgenes y santos, en las listas no aparecen
mencionados icono ni cuadro de Santiago apóstol, excepto
las medallas de la orden de Santiago. Ello no implica que
estuviera ausente su imagen, es posible que sobreviviera
algún cuadro. Hay que tener presente que muchos de sus
muebles y ornamentas fueron trasladados a la parroquia de San
Francisco o la nueva iglesia del Carmen para cumplir con los
oficios, mientras duraba su erección. Queda la incógnita de
cuál sería el icono empleado en la carrera del
santo antes de 1828.

Mientras tanto, la festividad de los mamarrachos en el
día del patrono Santiago tomaba mayores dimensiones entre
los estratos menos favorecidos de la sociedad
citadina. Una de las razones de este auge, era la creciente
importancia del núcleo poblacional, por el que se
preocuparon gobernadores como Juan Bautista Vaillant, Juan
Nepomuceno Quintana y Sebastián Kindelán en los
finales del siglo XVIII. Es natural que aquellas devociones
puramente agrarias como la de San Isidro, San Antonio de Padua o
San Juan Crisóstomo cedieran su puesto a la
representación propiamente urbana de Santiago
apóstol.

Ante el paso arrollador de la revolución
haitiana en el Caribe y por el estado de
rebeldía de los cobreros desde 1781 a causa de los
intentos por esclavizarlos y violar sus intereses, el gobernador
Juan Bautista Vaillant optó por suspender los mamarrachos
durante los días de San Juan, San Pedro, Santiago y Santa
Ana en varios de los años del 90, pero teniendo sumo
cuidado de no exaltar los ánimos por este
motivo:

Considerando Yo la prudencia con que en una costumbre
inveterada, aun siendo abusiva debía procederse, ya en una
ocasion o año tomé por pretexto para su
suspensión, la grave enfermedad, y fallecimiento del
Yllmo. Sor. anterior Diocesano, ya en otras, que fueron en los
últimos, la presente constitución de la guerra actual
[…]18

Desde los finales de la segunda década del siglo
XIX, la catedral recuperó su papel de centro religioso de
la ciudad santiaguera y se magnificó el acto gubernamental
anual de trasladar la víspera una imagen del patrono junto
al pendón de Castilla, para rendir honores a estos
símbolos de la dominación hispana.
Luego de suspenderse en 1808 el paso tradicional del Real
Pendón, en 1815 se restablecía, según Real
Decreto, y al año siguiente se procedía a bendecir
uno nuevo debido a la inutilidad del anterior.

Se dice que los comerciantes catalanes se interesaron
por levantar una estatua de Fernando VII después de su
proclamación para honrar su obra en la ciudad. No fue sino
hasta julio de 1828 que se materializó esta
aspiración, durante el gobierno de Francisco
Illas.

Se escogería el 24 de julio de 1828 para colocar
sobre una columna en medio de la plaza, la estatua ecuestre del
rey "para eterna memoria y en
señal del acendrado amor y
fidelidad que siempre le han consagrado sus habitantes",
argumentaba el propio gobernador departamental, al Cabildo
eclesiástico.19 La ceremonia de colocación se
organizó con gran pompa y propaganda. En
El Noticioso y Miscelánea de Cuba destacaban los
pormenores del solemnísimo acto y proclamaban tres
días de diversiones públicas autorizadas. Como las
tropas de la guarnición participarían en la
procesión, presidida por las autoridades y corporaciones
militares, eclesiásticas y políticas,
se prohibieron los paseos a caballo.

De la puerta principal del palacio saldrá con la
pompa y aparato que corresponde la estatua, subiendo por el
frente de la casa del Alférez Real D. José Antonio
Poveda á doblar en la esquina de la Sra. Condesa viuda de
Sta. Ineé, y de aquí seguirá por la espalda
de la Catedral hasta la esquina que hace la casa mortuoria de Da.
María del Carmen Hechavarría, bajando de
aquí hasta el frente del cuartel de artillería, que
doblara volviendo á entrar en la plaza a ser colocada
sobre la columna dispuesta para el efecto. 20

La concurrencia se dio cita a las cinco de la tarde en
la Plaza y en las calles de la carrera de la estatua, los vecinos
colocaron sus mejores adornos e iluminaron el frente de sus
casas.

Habían pasado las dos primeras etapas de la
proclamación de la Constitución y maduraba la
identidad santiaguera cubana en oposición a la integrista.
Todo hace indicar que ni siquiera los monárquicos
acogieron con simpatía la estatua que representaba a
Fernando VII, ordenada con tanta devoción por el
gobernador Illas. Consideraban que aquella no era la mejor manera
de honrarlo por la ausencia de fidelidad del modelo en
madera dura respecto al original. Al año siguiente,
durante los días 24 y 25 de julio, se prefirió
exponer los verdaderos retratos de los monarcas Fernando VII y su
esposa Josefa Amalia realizados por un hábil pintor de
Cámara, trasladados desde Madrid a
Barcelona y luego hasta el puerto santiaguero en una polacra
española. Se reiteraba la exactitud y la nobleza de dichos
óleos y se acordaba exponerlos al pueblo, desde el
balcón de la Sala Capitular durante tres
días.21

Aunque no nos consta, suponemos que la estatua ecuestre
del monarca fue desmontada de la columna y olvidóse. Luego
de su fallecimiento, las demostraciones de fidelidad y agasajo
recayeron en la regente María Cristina. De inmediato, se
pensó erigir una estatua en la Plaza Mayor para la reina y
las fiestas de Santa Cristina alcanzaron significado por
sí misma, con fuegos artificiales y globos
aerostáticos, no por vísperas de las de Santiago.22
Apartada momentáneamente aquella estatua ecuestre de
madera en una habitación del Ayuntamiento, concluyó
por cumplirse los deseos de las autoridades y del pueblo, que
siempre habían aspirado a una representación
adecuado para la carrera del patrono, montado en su corcel blanco
y con aspecto de un guerrero. Así se transformó la
estatua de Fernando VII, en pocos años y con muy poco
esfuerzo, en la de Santiago apóstol. Porque en definitiva,
ambos en imágenes representaban ante el criollo, la
esencial autoridad colonial en el corazón de la
ciudad.

Corrían los años cuarenta del siglo XIX, y
mientras avanzaban, se hacía más cruda y
doctrinaria la política colonial del
régimen liberal monárquico metropolitano.
También crecía el número de funcionarios y
pequeños comerciantes, empleados de toda laya, cuyos
intereses integristas coincidían con los de la gran
oligarquía comercial y con los de la oficialidad del
ejército. Al mismo tiempo, se iba perfilando la conciencia
nacional cubana y el gobierno colonial mostraba su inseguridad,
al reclamar con energía y rigor las manifestaciones de
fidelidad. No es casual, que el paseo tradicional del 24 y 25 de
julio, entre el Ayuntamiento y la Catedral, de la estatua de
Santiago ecuestre y del Pendón de Castilla alcanzara
mayores proporciones, un carácter más oficial y
unos requisitos formales más estrictos; precisamente
cuando los sentimientos de los santiagueros se alejaban
día a día de aquellos comprometimientos y
sólo se cubrían las apariencias.

El mejor colegio privado de enseñanza media y primaria fundado en 1841
por profesores criollos, llevaba con orgullo el nombre de
Santiago, contribuían a una formación acorde con
las necesidades patrióticas cubanas y se recordaba el
día del santo patrono; en tanto, el recalcitrante
conservador chantre Dr. Francisco Delgado se ocupaba en algo tan
nimio como rechazar la presencia en la misa del día de
Santiago de un coro integrado por señoritas y caballeros
aficionados, por estar fuera de lo estipulado. Es en 1849, que
los prebendados se refieren a la confección reciente de un
cuadro del apóstol Santiago colocado en su altar de la
catedral.23

Cuando en 1851 Antonio María Claret y Clara se
hizo cargo de la mitra santiaguera, el recién estrenado
arzobispo pudo traer, entre otras donaciones algunas
imágenes del patrón de España. Es sabido que
su misión
dentro del territorio de archidiócesis fue ordenar,
adecentar la Iglesia. Venía también con el
propósito de respaldar la autoridad metropolitana acorde
con el cierre de filas del gobierno de la metrópli y para
cumplir las obligaciones
del Real Patronato. No había hecho más que llegar y
encargó a los empresarios italianos José Antonetti
y Angel Galerino –naturales de Domodosa– la confección
de un altar de mármol para la Catedral con la
condición de que la estatua de tamaño natural de
Santiago peregrino (hoy situada al costado izquierdo de la nave
central, próxima al altar mayor) y el propio altar con su
bajo relieve
ostentando las armas jacobeas, se hiciera según su
voluntad y estricto diseño.
No olvidó el prelado ordenar un hermoso altar de
mármol para el engrandecimiento del culto a la virgen de
la Caridad del Cobre en su santuario, reconocimiento indudable de
la ascendencia y devoción que gozaba entre los
cubanos.24

Desde 1848, algunos miembros de la corporación
capitular secular habían manifestado la necesidad de
retocar la efigie del apóstol Santiago, las andas y sus
adornos ya maltratados en sus 20 años de procesiones.
Algunos años después, todavía se
hacía la misma petición para financiar su
reparación, ahora con urgencia y para que la fiesta se
celebrara con el mayor lucimiento. Algo muy diferente propuso el
alférez real Andrés Duany Valiente en 1853, pues
estimaba que los gastos de
reparación no eran pequeños, además de que
la estatua no correspondía "a la
ilustración de la época" y hasta era motivo de
risa, seguía diciendo:

[…] no sólo por la pésima construcción del caballo y lo
ridículo del jaez, sino por lo impropio que parece la
figura de un guerrero para reverenciarla cristianamente, y que
deseando que la imagen de nuestro patrono inspire la
devoción que a él deben los fieles, propone que en
vez de arreglar la estatua ecuestre se haga pintar un cuadro que
represente a Santiago como apóstol […]25

Significaba Duany Valiente que dicho cuadro debía
conservarse en la sala capitular para sacarlo cada 24 de julio y
conducirlo en andas a la catedral junto al Pendón Real.
Quien así se expresaba era un connotado miembro de la
rancia y aristocrática burguesía santiaguera y,
aunque no es de sospechar que detrás de esta
opinión se encerraba el rechazo a la sujeción
colonial, resulta la opinión de un hombre culto
enfrentado a una práctica de mal gusto, "que desdice de la
cultura del siglo".26

Tal vez por todo lo antes expuesto, en la ceremonia del
24 de julio, el Pendón Real pasó a
desempeñar un primer papel, según ya lo demuestra
la función
de bendecirlo en 1854 que colocó en un segundo plano la
imagen ecuestre del patrón Santiago malamente restaurada.
Situado entre el Presidente y el Alcalde Mayor del Ayuntamiento,
el Alférez Real llevaba el Pendón Real precedido
por la imagen del patrón, seguida de un piquete de
infantería con su banda de música. En la iglesia
metropolitana fueron recibidos con toda solemnidad por el
provisor, vicario general y gobernador del arzobispado quien
procedió a bendecir la enseña, luego de ser tomada
por uno de los capellanes de coro. Posteriormente, era restituida
al alférez real mientras se le decía: "Recibe esta
bandera santificada con la bendición, y terrible para los
enemigos del pueblo cristiano; el Señor te de la gracia,
para que con su nombre y por su honra penetres poderosamente
tranquila y segura entre toda masa de enemigos. En el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo. Amen."27

Ahora bien, con el deseo de que el ritual tuviera un
mayor respeto, las
autoridades del Cabildo secular solicitaron al
eclesiástico se recibiera el Pendón con honores
correspondientes a los de un Virrey, a lo cual se negó la
corporación esgrimiendo la legislación de Indias
que sólo exigía la presencia de una
representación del Cabildo eclesiástico y no la de
todos sus miembros, a pesar de los requerimientos persistentes de
la otra institución capitular.28

Dada la importancia adquirida por el día del
santo patrono, su carrera se extendería por las calles
tradicionales del Corpus Christi. A fines de los años 50
del siglo XIX, en la atención de los pobladores, la
tradición parece haber sufrido una nueva recaída,
pues se argumenta que no tiene el esplendor y la solemnidad que
en la década pasada. Era la indiferencia el rechazo para
una función obsoleta que terminaba por convertirse en puro
formulismo, cuando ya los cubanos habían decidido tomar el
camino de la libertad
respecto a su metrópoli.

En los años 60 los funcionarios del ayuntamiento
todavía pugnaban por mantener despierto el interés
popular por la carrera de Santiago, aunque no son ya las mismas
palabras las que se emplean cuando se habla de la costumbre de
sacar el Pendón, no pueden eludirse expresiones de
autoritarismo: "se practica con todas las señales
de respeto y acatamiento que merece la Ynsignia del soberano". La
escolta presentaba sus armas mientras los tambores batían
la marcha real y el alférez real, por llevar el
Pendón, iba cubierto, según costumbre inmemorial.
Una vez más, los capitulares se quejaban de que los
prebendados, aunque era tan españoles como ellos, restaban
importancia a la ceremonia y sólo bajaban dos
canónigos en comisión del Cabildo
eclesiástico a recibir la enseña que simbolizaba la
dominación imperial.29 Y es que, a pesar del Regio
Patronato, las dignidades eclesiásticas no se
sentían tan obligadas como las del gobierno propiamente
dicho.

Mientras Santiago apóstol perdía
protagonismo en las ceremonias oficiales de la capital colonial
del Departamento Oriental, los carnavales, la
fiesta popular por el día del patrono, ganaban lucidez
durante los días 24, 25 y 26 de julio. Los lectores
asiduos a los relatos de viajeros quedan sorprendidos con las
descripciones de los mamarrachos. El florecimiento urbano
había contribuido a su brillantez. Todos los estamentos y
grupos
sociales participaban, bien fuera en comparsas o los bailes
de salón. La descripción de mano maestra del pintor
inglés
Walter Goodman por su colorido y sensualidad, nos traslada
vívidamente ante aquel espectáculo del pueblo
santiaguero:

De repente, escúchase un tamboreo profundo; un
ruido de algo
como grandes cencerros y sonajes, rápido, en
sucesión de sonidos cortos agudos, de algo que se agita y
se bate, como el entrechoque de metales y
mimbres, y el que se produce al rallar o raspar algo duro contra
un rallo metálico, con la variante del rasgueo ocasional
de la cuerda de la bandurria, como si pretendiera poner orden
entre tanta disonancia y ruido, aunque inútilmente. Algo
delata que la danza ha comenzado: el movimiento de
las chinelas en peculiar agitación de andar en chancleteo,
y las voces que cantan sin cesar.30

Toda una eclosión popular y genuina inundaba las
calles con la cultura raigal de la sociedad santiaguera, aunque
siempre hubo el propósito, como se recoge en los bandos de
gobierno, de neutralizar todas las manifestaciones de los
mamarrachos que sobrepasaran lo consentido por la rancia sociedad
colonial en cuanto a tumbas y tangos.31

Hippolyte Pirón, creole francés y
cubano hace constar que, al cabo de 30 años, la
composición social de los carnavales había
cambiado, a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX eran las
clases medias y el pueblo quienes tomaban la calle para
divertirse.32

A pesar de su decadentismo, la procesión que
conducía la imagen ecuestre y el Pendón, desde el
Ayuntamiento hasta la catedral, continuó saliendo cada
año en las décadas subsiguientes, incluso en las
etapas de confrontación bélica hispano-cubanas
entre 1868-1878 y 1895-1897. La concurrencia podía ser
menor, pero la grandiosidad de los actos se acrecentaba. Estos
cumplieron su cometido y el Ayuntamiento continuó
financiándolas como fórmula esencial demostrativa
de fidelidad en años en que la mayoría de los
santiagueros albergaban criterios contrarios al régimen
colonial.

Ya en plena efervescencia insurreccional de la Guerra de
los Diez Años, el padre de la patria cubana Carlos Manuel
de Céspedes se refería brevemente al día de
Santiago, en una de las cartas a su
esposa Ana de Quesada:

Muy temprano oímos los cañonazos con que
los tiranos

celebraban la festividad del Santiago en la ciudad de
Cuba. La

ira que ardió en nuestros pechos al escuchar
esos alardes de

dominación sobre el suelo cubano y los
infelices esclavos que

tienen aherrojados en las poblaciones, solo pudo
calmarse con

la idea de que aquella misma noche le daríamos
la serenata con

nuestros rifles en Baire Abajo que era el punto
elejido para la

sorpresa.33

La ceremonia había terminado por provocar una
reacción contraria de repulsa en los cubanos.

La estatua ecuestre del santo siguió recorriendo
el espacio que media entre las sedes de los dos cuerpos
capitulares, con la única alteración de que, en las
postrimerías del siglo, se trasladaba a la catedral el
propio día 25 de julio a las 8: 00 a.m. hasta finalizar el
día, en que retornaba a las oscuras habitaciones del
gobierno.34

Debido a que el ayuntamiento autonomista suprimió
en 1890 el presupuesto
mínimo con que contaba la fiesta del día de
Santiago no se realizó el paseo acostumbrado. En un
periódico El Triunfo de aquel año,
el periodista con el pseudónimo de "El espirituano", se
explayaba en justificar la indiferencia del pueblo por la fiesta
de Santiago diciendo, que éstas podían ser
aceptadas de buen grado por los hijos del país, si no
fuera por la condición de inferioridad en que se les
mantenía, "y que si celebramos las glorias peninsulares en
prueba de amor á la Nación,
los nacidos allende tampoco escatiman, su participación en
todos los regocijos que tienden á exaltar el tributo que
rendimos á nuestras glorias regionales."35; o lo que es lo
mismo, los españoles debían participar con
entusiasmo en las festividades de carácter cubano, tales
como la del 8 de septiembre, día de la virgen de la
Caridad del Cobre. La diputación provincial propuso
encargarse de los gastos del rito del santo patrono, no parece
haberse aceptado por el Ayuntamiento, ya que siguió de
anfitrión: después de las 21 salvas de las
baterías situadas en Punta Blanca, se inició la
última función en 1897.36

El mes de julio de 1898 ya no se celebraría la
tradicional carrera al coincidir con los primeros momentos de la
ocupación norteamericana en Santiago de Cuba y el embarque
de las tropas españolas hacia la península desde su
puerto.

Santiago Apóstol: de su criollización e
identificación con el santiaguero.

Hombre sensible a su cultura santiaguera, el primer
alcalde Emilio Bacardí y Moreau, mecenas y patriota, en el
propio año de 1899 y durante la ocupación
norteamericana, se interesaría por rescatar la
transhumante estatua ecuestre del apóstol Santiago37 que,
una vez concluida la dominación de España sobre
estas tierras perdía su razón de ser original, para
gozar del valor que
había ido conquistando la imagen del guerrero montado
sobre el caballo blanco por las calles de la ciudad, los
días de su onomástico en el transcurso de los
siglos. Quiso Bacardí conservarla en el Museo que se
había propuesto crear, convertido en santuario de
cubanía. Santiago a caballo había terminado por ser
un símbolo de identidad del santiaguero, por su
hidalguía, por su rebeldía, por su
intransigencia.

La República instaurada en 1902 heredó los
carnavales de verano, con ínfulas de modernización,
para encubrir prejuicios heredados de la colonia esclavista que
pretendían blanquearlo. En esta oportunidad, los bandos
municipales emitían disposiciones de suspensión de
los tambores y tangos africanos, contra lo que ellos llamaban
indecencias o disfraces miserables. Hubo algunos que hasta se
preguntaron absurdos tales como: "¿Por qué no
podemos hacer mascaradas cultas?"38

La imagen del Santiago ecuestre caló muy hondo en
el acervo popular y se convirtió en un símbolo de
identidad que proliferó en los carnavales y fue asumido en
la intimidad de la población. Nunca como ahora Santiago
apóstol será tan reconocido como el patrono.
Seguramente, a muchos años remonta la costumbre de salir
en los carnavales hombres disfrazados como centauros de trapos
bailando al ritmo de una orquestica típica por las calles
de la ciudad; todavía en los días del
onomástico del santo, siempre que Ud. se encuentra con uno
y se lo pide, danza con su caballito amarrado a la
cintura.

En las capas de los trajes de parranderos,
todavía se suele pintar o bordar con lentejuelas y
mostacillas a Santiago apóstol; o desfila, junto con las
demás máscaras, una parodia de Santiago ecuestre,
un conjunto de muñecos compuesto por un equino y en sus
ancas un negrito harapiento que fuma tabaco, tal y como puede
observársele en el Museo del Carnaval de Santiago de
Cuba.

Los carnavales eran termómetro que medía las
épocas de desastre o bonanza económica de la
capital de la provincia de Oriente, espectaculares fueron en las
llamadas "vacas gordas" durante la Primera Guerra
Mundial; desiertos e infortunados en circunstancias
políticas como la llamada "guerrita de los negros" de
1912.

En general, durante el cumpleaños del santo
patrono, y en los días que le precedían y
sucedían, la diversión ganaba en colorido y
entusiasmo a medida que avanzaba la República. Las
comparsas competían en belleza y el teatro de
relaciones floreció a la par, como algo muy propio de
aquellos días en que el pueblo se volcaba para gozar a sus
anchas. Se premiaban comparsas, calles y se realizaban
certámenes para escoger a la reina y sus damas.

La iglesia católica trató de preservar el
culto a Santiago el Mayor, durante los días 25 de julio de
cada año, en atención a su condición de
patrono de la archidiócesis y de la ciudad. En el decorado
del templo mayor de la catedral, encargado al artista dominicano
Luis Desangle, se pintaron varios cuadros para narrar los
episodios de la vida del apóstol Santiago. La escena
más interesante, es aquella que reproduce la
colocación de la tan conocida estatua santiaguera, sobre
la columna de la Plaza Mayor de Santiago de Cuba. Entre los
devotos, otros santos gozarían y aún gozan de su
preferencia, en particular, la patrona cubana, la virgen de la
Caridad del Cobre.

Ya entonces, se hablaba en la prensa del
día de Santiago, de la fiesta del patrono y proliferaron
los bautizos de niños
con su nombre. En los edificios de gobierno, de las instituciones
culturales y hasta en las del comercio
santiaguero, se colocaba el escudo de la ciudad con la imagen del
santo y las dos espadas jacobeas, o sencillamente se
representaban éstas. Y aunque los duros años de
crisis
económica hicieron callar las comparsas, el carnaval
cobraría nuevas energías en los años treinta
y hasta el presente del siglo que se nos va.

Para el ciudadano de entonces y de ahora, Santiago es
emblema de lo propio y legítimo. Una firma de cerveza empleaba
el diminutivo o chiqueo de su nombre para exclamar con genuina
expresión cubana: "¡Pica gallo, esto es Cuba
Chaguito!"

Con los años, y durante la segunda mitad del
siglo XX, Santiago apóstol es parte del espíritu
del santiaguero, elemento que convoca al reconocimiento de la
identidad y de la unidad comunitaria, la que todos los cubanos
aprecian. En medio de la festividad del santo patrono, la ciudad
santiaguera estrecha su afecto y es más solidaria. No
escaparía esta mentalidad colectiva, tanto en la colonia
como en la república, a todo el que buscó su
respaldo por el ideal de libertad.

El actor y dramaturgo Raúl Pomares en 1974
escribiría, "De cómo Santiago apóstol puso
los pies en la tierra",
aplaudida por miles de espectadores, dentro del género de
relaciones, quiso representar al santiaguero en su devenir, y se
valió de la imagen ecuestre de Santiago, réplica
humana de la que se halla en el museo Emilio Bacardí. De
esta forma, hacía un bello y entrañable homenaje a
la presencia del santo en la historia de la ciudad, en la cultura
popular y cotidiana del santiaguero.

La identificación de Santiago apóstol con
cada habitante de Santiago de Cuba viene mucho menos de la
devoción estrictamente religiosa, que por la
tradición popular; a mi entender, aprehendida en las
propias procesiones que cada año se desarrollaban los 25
de julio y que también constituían el marco
propicio para la desbordada alegría carnavalesca de toda
la población… Y es también el reconocimiento
más sincero y natural del santiaguero al substancial y
auténtico legado hispano.

NOTAS

1. Hortensia Pichardo: Documentos para
la Historia de Cuba, t. I, pp. 76-82.

2. Emilio Bacardí: Crónicas de Santiago de
Cuba, t. I y II.

3. Algunos dicen que Juan Emilio Giró quiso
representar la jura de Hernán Cortés en su cargo de
alcalde de Santiago de Cuba ante Diego Velázquez. Para la
historia de Santiago de Cuba, Vid. Olga Portuondo: Santiago de
Cuba, desde su fundación hasta la Guerra de los Diez
Años.

4. Archivo General de Indias (AGI). Santo Domingo, leg.
104, año de 1648.

5. Vid. Olga Portuondo: La virgen de la Caridad del
Cobre: símbolo de cubanía.

6. Julian Joseph Bravo: "Aparición prodigiosa de
la Ynclita Ymagen de la Caridad que se venera en Santiago del
Prado, y Real de Minas de Cobre", 1766. (Archivo de la
Archidiócesis de Santiago de Cuba). El primer
ermitaño fue el gallego Matías de
Olivera.

7. AGI. Santo Domingo, leg. 152, Santiago de Cuba, 23 de
febrero de 1605.

8. Silvestre de Balboa: Espejo de Paciencia, p. 96 y
Pedro Agustín Morell de Santa Cruz: Historia de la Isla y
Catedral de Cuba.

9. Archivo del Museo Archidiocesano de la Catedral de
Santiago de Cuba (AMACSC) Caja 14: Inventarios, 30
de septiembre de 1795, 19 de septiembre de 1808, 9 de mayo de
1815, 20 de mayo de 1824, 17 de noviembre de 1827 y 3 de junio de
1829.

10. Todavía se conserva esta imagen en el Museo
Archidiocesano de la Catedral de Santiago de Cuba. Morell de
Santa Cruz: Historia de la Isla y Catedral de Cuba, pp.
269-70.

11. AGI. Santo Domingo, leg. 1627, 20 de abril de 1732 y
leg. 451, 7 de septiembre de 1735; Leví Marrero: Cuba,
economía y
sociedad, t. VIII, pp. 30 y 39 y Don Jacobo de la Pezuela:
Historia de la Isla de Cuba,t. II, pp. 350-355.

12. Esta relación se confeccionó mediante
revisión de las actas del Cabildo eclesiástico de
los siglos XVIII y XIX existentes en el AMACSC.

13. Archivo Municipal del Conservador de la Ciudad de
Santiago de Cuba (AMOCCSC). Actas Capitulares, Libro no. 3, f.
288 v, 24 de julio de 1747, D. Alonso de Arcos y
Moreno.

14. AMOCCSC. Actas Capitulares. Libro no. 2, f. 159, 15
de julio de 1738, Libro no. 3, ff. 96 y 97, 25 de junio de 1743 y
AMACSC, Actas Capitulares, Libro 3, 17 de julio de
1743.

15. AMOCCSC. Actas Capitulares. Libro no. 10, ff. 27 y
27v, 14 de julio de 1777; ff. 122 y 122v, 20 de julio de 1778;
ff. 204v y 205, 5 de julio de 1779.

16. AMACSC. Actas Capitulares 5, 8, 9, 15 de julio de
1774.

17. Morell de Santa Cruz: La visita eclesiástica,
p. 156.

18. AMACSC. Caja No. 15. Carta de Juan
Bautista Vaillant al Muy Venerable Deán y Cabildo, 7 de
octubre de 1795.

19. AMOCCS. Actas Capitulares, No. 24, ff. 213 y 213v,
17 de julio de 1815 y No. 45, ff. 49v-51v, 14 de julio de 1828,
ff. 53, 53v y 54, 28 de julio de 1828 y 4 de agosto de 1828.
AMACSC. Caja No. 15, Carta de Eusebio Escudero al Muy Venerable
Deán y Cabildo, 22 de julio de 1816.

20. AGI. Gacetas 20-2. Miscelánea de Cuba del 22
de julio de 1828, p. 3 y AMOCCS ff. 53-54, 28 de julio de
1828.

21. AMOCCS. Actas Capitulares, No. 46, ff. 40 y ss., 22
de junio de 1829 y No. 53, f. 60, 18 de julio de 1836.

22. AMOCCS. Actas Capitulares, No. 51, f. 50, 7 de julio
de 1834.

23. AMACSC. Libro 14, f. 85, 27 de julio de 1844 y 24 de
julio de 1846 y Libro 15, f. 36v, 22 de junio de 1849.

24. AMACSC. Libro no. 16: Expediente formado acerca de
la construcción de dos altares de mármol uno para
esta Santa Yglesia Metropolitana, y otro para el Santuario de
N.S. de la Caridad del Cobre para cuyo contrato se ha
comisionado al Sr. Canónigo Magistral Dr. Dn. Gabriel
Marcelino Quiroga y el Ylmo. Sr. Deán y Cabildo, 9 de
abril de 1851.

25. AMOCCS. Actas Capitulares, No. 69, f. 95v y ss., 24
de septiembre de 1853.

26. AMOCCS. Actas Capitulares, No. 70, ff. 25v y 26, 25
de febrero de 1854 y f. 104v, 5 de agosto de 1854.

27. AMOCCS. Actas Capitulares, No. 70, f. 99, 22 de
junio de 1854 y f. 100, 24 de julio de 1854.

28. AMACSC. Caja No. 15, 15 de julio de 1858, 17 de
julio de 1858, 20 de julio de 1858, Andrés Duany y
Valiente; 22 de julio de 1857 y 24 de julio de 1857, Carlos
Vargas Machuca.

29. AMACSC. Caja No. 15, 20 de julio de 1862.
Alférez Real Andrés Duany Valiente.

30. Walter Goodman: Un artista en Cuba, p.
124.

31. Nancy Pérez Rodríguez: El carnaval
santiaguero, t. I, pp. 35-36, 38-40, 45-56. Bandos de Buen
Gobierno.

32. Hippolyte Pirón: La isla de Cuba, pp.
151-152.

33. Cartas de Carlos Manuel de Céspedes a su
esposa Ana de Quesada, p. 120.

34. AMACSC. Caja No. 15, 27 de julio de 1888.
Joaquín Santos Ecay.

35. Nancy Pérez Rodríguez: El carnaval
santiaguero, t. I, pp. 116-117.

36. José María Ravelo: Medallas Antiguas,
pp. 114-117.

37. AMACSC. Caja No. 15. El alcalde Emilio
Bacardí al Sr. D. Mariano de Juan y Gutiérrez, Dean
de la Catedral, 21 de diciembre de 1898.

38. Nancy Pérez Rodríguez: El carnaval
santiaguero, t. I, p. 209.

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