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Inmigración y literatura (página 4)



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La partida

"Dejar la tierra
propia, la de la pertenencia, puede ser una decisión
personal o
también una elección forzada, a veces violenta.
Aunque existe el derecho de fuga, de descubrimiento, de
encuentro, como dice el filósofo italiano Sandro Mezzadra,
los migrantes suelen verse obligados a emprender un camino de ida
en busca de un destino que no siempre es mejor que el abandonado"
(1).

Los italianos que se embarcan en Génova en 1884,
hacia el Río de la Plata, son descriptos por Edmondo
D’Amicis en su obra En el oceano. Acerca del escritor, dijo
Griselda Gambaro: "El autor de Corazón
recoge, sin embargo, sus mejores frutos en la crónica. En
este fresco están todos los que vinieron a América, en su mayoría obreros y
campesinos, cada uno con su sueño particular. Y el
sueño –y el destrozo del sueño- empieza en el
Galileo, como si el barco navegara en un mar de tierra y sus
pasajeros, en los múltiples tipos y pasiones,
representaran a la humanidad entera" (2).

En Sobre héroes y tumbas, Ernesto
Sábato evoca la partida desde la tierra de origen:
"Addio patre e matre,,/ addio sorelli e fratelli’ Palabras
que algún inmigrante-poeta habrá dicho al lado del
viejo, en aquel momento en que el barco se alejaba de las costas
del Regio o de Paola, y en que aquellos hombres y mujeres, con la
vista puesta sobre las montañas de lo que en un tiempo fue la
Magna Grecia,
miraban más que con los ojos del cuerpo (débiles,
precarios y finalmente incapaces) con los ojos de su alma, esos
ojos que siguen viendo aquellas montañas y aquellos
castaños a través de los mares y los años:
fijos e insensatos, indominables por la miseria y las
vicisitudes, por la distancia y la vejez"
(3).

Agata, la protagonista de Oscuramente fuerte es la vida,
recuerda, muchos años después, el día en que
debió dejar su tierra, para reunirse con su marido: "Hasta
último momento, yo seguía formulándome
preguntas que no encontraban respuesta. Teníamos lo que
habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la
posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas,
las habíamos mantenido durante esos años
difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía
a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas?
Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas
paredes, esos árboles, esas montañas y esos
ríos. Había algo en mí que se
resistía, que no entendía. Sentía como si
una voluntad ajena me hubiese tomado por sorpresa y me estuviese
arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada.
(…) Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de
tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi
padre punteando, sembrando hortalizas. (…) Entré en la
casa, abrí una valija y guardé la bolsita con la
tierra. Recorrí las habitaciones como había
recorrido el terreno. Con el brazo extendido rocé las
paredes, las puertas, las ventanas. Me senté en un
rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta
que fue la hora de despertar a Elsa y Guido" (4).

También alude a ese momento la calabresa Adelina
C. Cela, en el poema "Madre Patria", imaginando el sentimiento de
su tierra: "Tú clamabas por mí/ como una madre
divina,/ con lágrimas derramadas/ en nostálgica
partida" (5).

Roberto Cossa, en El Sur y después, incluye una
canción que refleja el sentimiento de quienes tientan
suerte en otra tierra: "Allá murió la infancia: /
una caricia, una canción, / una plaza, una fragancia. /
Los brazos viajaron, el corazón quedó./ Pero una
estrella nos llama del sur./ Y un barco de esperanzas cruza el
mar./ América, la tierra del sueño azul. / Es un
vaso de vino, es un trozo de pan" (6).

En "Casi gringo", Luis Landriscina evoca la partida de
sus padres y dos de sus hermanos: "en un buque se embarcó/
con lágrimas mi familia/ porque
allí dejaba todo,/ con sus penas y alegrías,/ a la
patria, a sus amigos,/ a sus padres, a la villa,/ a los
sueños de la infancia/ que eran carne de ilusión"
(7).

Un periodista, en la calle principal de Ottobiano,
imagina a su abuelo: "un chico de doce años yéndose
para siempre con su madre –escribe Miguel Frías. No
sé lo que piensa en esa mañana de 1913 y ya no se
lo puedo preguntar; tal vez, en el reencuentro con su padre,
trabajador en las cosechas argentinas; tal vez, en la leña
y las moras que debió robar para sobrevivir al invierno;
tal vez, en la cocina del barco donde trabajará para
cruzar el Atlántico" (8).

En El Cardedal, un pueblo de España, un
anciano relata a Telma Luzzani la partida del abuelo de la
periodista: "Un día de 1912, cincuenta y siete hombres se
fueron para América. Yo tenía cinco años y
todo el pueblo los siguió hasta la ladera entre
lágrimas y buenos deseos. Entre ellos estaban mi padre y
tu abuelo. Ese día comenzó la agonía del
pueblo" (9).

Algún gallego tendría en su mente los
versos de Rosalía de Castro, la poeta que escribió:
"¡Van a deixala patria!…/ Forzoso, mais supremo
sacrificio./ A miseria está negra en torno deles,/
¡ai!, i adiante está o abismo!…" (10).

María Rosa Lojo evoca la partida de su padre:
"Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados. Para
él ya había pasado lo peor: el riesgo de
fusilamiento, la cárcel, la ‘redención de
penas por el
trabajo’. Sin embargo se despidió de los
castañares centenarios y los caminos de piedra.
Cedió a un hermano sus derechos sobre las fincas
que le tocaban –magras por cierto, como miembro de una
familia numerosa- hizo las valijas y cruzó el
océano. Dejaba irremediablemente truncos los estudios que
había iniciado cuando el mundo era otro, el sueño
de convertirse en oficial de la Marina de la República.
Dejaba negocios
equivocados y proyectos
irrealizables. Dejaba también (aunque de eso me
enteré después de su muerte: era un
hombre
pudoroso) una cierta reputación juvenil de ‘mala
cabeza’, y de play-boy coruñés, que fascinaba
a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una
España que para sus ojos había retrocedido siglos
en el tiempo, donde no cabía la dimensión de su
deseo. El futuro estaba afuera. Había resuelto que en las
nuevas tierras haría otra cosa, y sería, casi, otra
persona"
(11).

Quienes partían perdían, asimismo, otros
afectos muy caros. Recuerda Luis Varela, en De Galicia a Buenos Aires:
"Dejaba yo en España algo que inconscientemente llevaba
conmigo a bordo. Aquel caballo brioso no podía despegarlo
en sueños de mi cerebro.
También quedaba en Galicia un perro que se llamaba Sereno,
que yo había criado de cachorro y con tanta pasión
que me acompañaba en mis salidas de caza. No era un
pointer de pura raza, pero sí un incansable rastreador y
si ni él ni yo éramos excelentes cazadores, vaya si
me había dado satisfacción por los montes de la
campiña gallega. Aquellos fieles amigos yo los cuidaba
como si fueran mis hijos. El negocio para mi casa hubiera sido
que nos fuéramos los tres juntos. ¿quién los
iba a cuidar ahora? Y en la incómoda
posición de la litera, soñaba más que
dormía, siempre en puro sobresalto, creyendo que a mis
amigos les estaba pasando algo malo" (12).

María, la gallega que deja su tierra en Como si
no hubiera que cruzar el mar, novela juvenil de
Cecilia Pisos, pregunta en una carta por su
mascota. "¿Cómo están todos allí?
¿Madre? ¿Padre? ¿Joel y Fernando? ¿Y
Blanquita? ¿Y mi gallinita pinta? ¿Ya se la han
comido?" (13).

Un mural pintado por Carlos Salatino y Beatriz Sevilla,
en un restaurante de Buenos Aires, evoca el barco que trajo a
emigrantes asturianos. A esa obra se refiere el realizador: "El
mural que usted vio en FAME tiene una relación indirecta
con el tema de la inmigración. Los fundadores de esa empresa son
inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para
denominar su primer establecimiento gastronómico en
gallego significa ‘hambre’, un hambre que
España, caída en una profunda decadencia, carente
de recursos,
atrasada industrialmente, debilitada por guerras
internas y perdidas sus últimas colonias, conoció
en una escala aún
mayor que la que aqueja a nuestro país hoy. Los fundadores
de FAME llegaron con la oleada de inmigrantes españoles
que buscaron aquí lo que sus países les negaban.
Cuando nos tocó realizar el mural, tuvimos en cuenta estos
factores pero no fuimos en absoluto literales. El puerto pudo ser
cualquier puerto, obviamente también el de Buenos Aires,
el barco se llama Virgen de Covadonga porque los fundadores de
FAME son, como buenos asturianos, devotos de esa Virgen. Tal vez
ellos al mirar el mural hayan recordado el barco que los trajo a
esta tierra, aunque se llamara de otro modo y, ciertamente, si
ellos no hubieran llegado, como tantos otros, a este país,
FAME -que hoy ya es una cadena de cuatro grandes
establecimientos- no existiría, y el mural tampoco"
(14).

Pierre Cottereau, que no era inmigrante pero nunca
volviò a Francia,
escribe acerca de su valija: "Sobre la proa del barco/ la
abracè con fuerza/ sin
embargo no sabìa/ de nuestro ùltimo destino"
(15).

Nora Ayala recrea el momento en que su abuela deja
Alemania, en
1891: "El puerto de Bremen se iba empequeñeciendo en la
lejanìa mientras Christina, con los ojos llenos de
làgrimas, abrazaba fuertemente contra su pecho la
estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su padre le
habìa regalado al despedirse. Ya no se veìan las
figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan, agitando los
pañuelos" (16).

De Rusia parte
Jacobo Fijman, a los cuatro años de edad, en 1898. Muchos
tiempo después, escribiría: "¡Ah! Yo soy uno
de esos caminantes/ Que aún no han encontrado su camino;/
Pero he gustado un luminoso vino/ en huertos generosos y
fragantes" (17).

En El árbol de la gitana, de Alicia Dujovne
Ortiz, los Dujovne "Se vistieron de negro riguroso, él con
un hongo redondito en la cabeza, ella con un pañuelo y, de
inmediato, se encontraron extraños. Parecían
vestidos con ropa ajena. La crispación del hombro o la
cadera hacía chingar la falda o la chaqueta. Se las
habían puesto miles de veces, pero lo que ahora las
hacía diferentes era la actitud de los
cuerpos con el adiós adentro: nadie se para del mismo modo
cuando parte para siempre. Al marcharse perdían su familia
y su país pero también su nombre. Nadie más
los llamaría Dujovne con el matiz exacto de la e, esa e
tan ambigua, de origen tártaro, que se desliza entre la e
y la y, mientras la lengua, casi
pegada al paladar, deja pasar el aire. Lo
sabían tan bien, que ya apartaban de sus rostros, como
espantándose una mosca, la tentativa de explicar
cómo se pronunciaba el apellido, admitiendo de entrada que
Dujovnie se volviera Dujovne, con una e castellana sosa y
desabrida como matse sin té" (18).

Un judío se despide de su mujer y su hija,
en el cuento
"Papá", de Susana Goldemberg: "Miró a mamá.
Se abrazaron fuerte, fuerte. A mí me pareció que
mamá era más pequeña y más
débil de lo que yo creía. Enseguida papá me
alzó en sus brazos. Con torpes manos recorrió mi
cara: los rulos sobre la frente, las cejas, el dibujo de mi
nariz, la línea de los labios. Y pellizcó mi
mentón, como siempre lo hacía cuando me daba el
beso de las buenas noches. Cuando por fin me dejó en el
suelo,
tenía mojado mi pelo con sus lágrimas. Tomó
su atadito y se lo echó a la espalda. Rodeó con el
otro brazo los hombros de mamá y salieron al camino. Yo
los seguí" (19).

En Tel-Aviv, el 8 de octubre de 1940, una inmigrante
inicia la escritura del
diario que recogerá sus impresiones durante la
travesía en el "Arabia-Maru", que arribó a Buenos
Aires en diciembre de ese mismo año. Ella escribe: "A
Iojanan y a mí por supuesto, nos dolía el
estómago, como antes de cada situación conflictiva.
Nos despedimos de la abuela y el abuelo. El taxi estaba afuera
preparado, arreglamos las maletas y nos sentamos"
(20).

A los ciento seis años, en Rosario, Agop
Eujanián evoca "la madrugada en que a cambio de
monedas de oro el enemigo
les franqueó la salida. Atrás quedaba el solar
paterno con sus curtiembre, ovejas y árboles. En ese
grupo
huían tres jóvenes, Agop y su hermano Toros, de 18
y 20 años, y el primo de ambos, Serbando, de 17. Los tres
eran de Tarsus, un sitio bíblico que alude a San Pablo,
situado al pie del monte Ararat, donde según el Antiguo
Testamento se posó el Arca de Noé. Toda una
herencia de fe
y de epifanías que dejaron atrás para poder vivir.
Dos años después y cuando habían juntado
algunos recursos comenzaron el viaje del exilio en barcos
colmados de seres doloridos que buscaban puertos, sin más
certeza que eludir la muerte"
(21).

A los inmigrantes "de alguna manera, los
acompañaba la esperanza, aún teñida del
dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos,
afectos y recuerdos -escribe Silvia Fesquet. El dolor no era poco
pero el equipaje*** que cargaban –liviano, muy liviano-
estaba amarrado con sueños, ilusiones y mucha esperanza:
la de encontrar amparo o un
destino mejor, la de volver y devolverse a esa tierra que, por
razones distintas, ahora los expulsaba" (22).

En su "Homenaje al inmigrante", canta Betina Villaverde:
"Sí, y fueron valientes, mares de por medio/ sus raices
quedaron/ mas, no vacilaron, fijo en sus mentes un/ mapa
brillaba, Argentina./ Abriéndose en abanico, ancha y
hermosa/ Argentina los cobijó/ idiomas extraños, se
entremezclaban, un fin/ lo mismo pedian, trabajo./
Santa palabra, paz, trabajo, hogar,/ sus norte marcaban/ su
equipaje, la fe, la voluntad como arma/ la fortuna, sus manos"
(23).

Notas

1 Pavón, Héctor: "Migraciones: las fatigas
de un nuevo horizonte", en XV Cumbre Iberoamericana de Jefes de
Estado y de
Gobierno.
Salamanca 2005, España. 14 y 15 de octubre. Buenos Aires,
Clarín, 2005.

2 Gambaro, Griselda: "L’América: el
sueño en italiano", en Clarín, Buenos Aires, 20 de
julio de 2002.

3 Sábato,
Ernesto: Sobre héroes y tumbas. Buenos Aires, Seix Barral,
1998.

4 Dal Masetto, Antonio: Oscuramente fuerte es la vida.
Buenos Aires, Sudamericana, 2003.

5 Cela, Adelina: "Madre Patria", en La Capital, Mar
del Plata, 5 de septiembre de 1999.

6 Cossa, Roberto: El Sur y después, en Teatro 3. Buenos
Aires, Ediciones de la Flor.

7 Landriscina, Luis: "Casi gringo", en
www.elfrasero.com.ar.

8 Frías, Miguel: "Noticias del
mundo", en Clarín, Buenos Aires, 3 de septiembre de
2000.

9 Luzzani, Telma: "El Mirador", en Clarín, 17 de
octubre de 1999.

10 Castro, Rosalía de: Obra Poética.
Barcelona, Biblioteca
Bruguera, 1972.

11 Lojo, María Rosa: "Mínima
autobiografía de una ‘exiliada hija’ ", en
Sitio Al Margen Revista
Digital.

12 Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires
–Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor,
1996.

13 Pisos, Cecilia: Como si no hubiera que cruzar el mar.
Ilustraciones Eugenia Nobati. Buenos Aires, Alfaguara., 2004. 216
pp. (Serie azul).

14 González Rouco, María: Entrevista
vía e-mail realizada en febrero de 2003.

15 Cottereau, Pierre M. M.: Sueños y sombras.
Villa General Belgrano, Còrdoba, Ediciòn del autor,
1997.

16 Ayala, Nora: op. cit..

17 Fijman, Jacobo: "Caminante" (poema inédito) en
Clarín, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2002.

18 Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol de la gitana.
Buenos Aires, Alfaguara, 1997. 293 pp.

19 Goldemberg, Susana: "Papá", en Cuentos de la
bobe. Santa Fe, Librería y Editorial Colmegna, 1976.
Prólogo de César Tiempo. Foto de tapa: Pedro Luis
Raota.

20 Weiss, Mónica: Muestra en
Hotel de Inmigrantes,
2001.

21 Carafa, Silvia: "Agop, el abuelo de 106 años
que fue testigo del Genocidio Armenio", en La Capital, Rosario, 3
de abril de 2006.

22 Fesquet, Silvia: "La tierra de uno", en Clarín
Viva, Buenos Aires 8 de julio de 2001.

23 Villaverde, Betina: poema enviado por e-mail a MGR en
2004.

Un viaje penoso

En su poema "Barco, barcos", dice Amalia Ottonello:
"esta nave tan grande/ viene de Europa./ Llegan
hacinados/ con sueños de progreso,/ inmigrantes
–asustados-" (1).

En sus Memorias,
Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los
inmigrantes realizaban el viaje hacia América: "El
italiano no había comenzado aún su éxodo de
inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La
Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos
barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como
sardinas (…) En cierto sentido eran como cargamento de
esclavos" (2).

En su libro Los
armenios en Buenos Aires, Nélida
Boulgourdjián-Toufeksian expresa: "Las condiciones en que
viajaban los inmigrantes no se correspondían con las
descripciones de los folletos de propaganda
distribuidos por el gobierno argentino. En 1907 se tomaron
medidas para mejorar la travesía, disponiendo que cada
pasajero tenía derecho a una superficie mínima de
1.30 metros cuadrados, a una cama de 1,80 metros de largo, a
utilizar cocinas y baños a bordo así como al
control
médico" (3).

Cuenta un inmigrante asturiano que "Las camas
consistían en unos cajones parecidos a la mitad de un
ataúd que sirve de último reposo hombre y muchas
veces al verme acostado venía a mi memoria el
más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El
colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca,
y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos
entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales
llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una
manta o cobertor para cubrirse" (4). Para Valentìn Bianchi
"transcurrieron muchas noches de insomnio, acostado en la
estrecha cucheta del camarote, mientras pensaba en su nuevo
destino y en cual serìa la suerte que le depararìa.
Las incomodidades del barco carguero en el que viajaba
tambièn le producìan desazòn. Tenìa
que sobreponerse a las penurias del viaje y a sus interminables
noches, cuando, con frecuencia, solìa sentir a las ratas
correteando por sobre su cama" (5).

No faltaban pasajeros como el italiano Deyacobbi:,
nacido en 1886, quien, a los dieciséis años, "se
embarcó como polizón siendo descubierto a los pocos
días quedando a cargo del panadero del barco que le
enseñó su oficio y le dio al llegar a Buenos Aires
una recomendación para la empresa
Molinos Río de la Plata" (6).

"El primer recuerdo que me aparece es el viaje", dice la
protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, novela de
María Angélica Scotti que mereció el premio
Emecé 1995/6. "En verdad, es más lo que me contaron
que lo que vi con mis propios ojos –continúa. No
sólo porque era muy pequeña sino también
porque hice la travesía encerrada en un camarote muy
especial: viajé oculta bajo las faldas de mamita", porque
"apenas zarpamos de Barcelona, mamita notó que yo
tenía el cuerpo y las mejillas repletos de manchuelas
coloradas. Ella ya había oído decir
que a los enfermos los obligaban a bajar en el primer puerto, y
por eso resolvió esconderme" (7).

Remey Nuez Fontanals llegó desde Barcelona a la
Argentina en 1947, a los veinte años. Recuerda el terrible
viaje que debió soportar: "Viajamos en la bodega del barco
Cabo de Nueva Esperanza. Los hombres por un lado y las mujeres
por otro, en un lugar como un pozo, en el que para respirar,
había sólo un tubo de lona que subía a la
cubierta. Veintitrés días así… durmiendo
en literas, en catres, como los judíos
en los campos de concentración…" (8).

En la bodega pasa su luna de miel el turco
Víctor: "Fue un mes de viaje. Una inolvidable luna de miel
junto con… su suegra. Sí, Luna dormía con su
suegra en un camarote y Víctor en la bodega, con los
demás hombres" (9).

Francisco Lores Mascato, Presdente de la
Federación de Asociaciones Gallegas, y su esposa, "En 1952
hicieron 10.000 kilómetros juntos, desde Ogrove a Buenos
Aires, pero no cruzaron palabra. Quizás fue el mareo o la
diferencia de edad: cuando se bajaron del vapor Entre
Ríos, en el puerto de Buenos Aires, él tenía
19 y ella 8. Siete años después, un par de gaitas
en San Telmo cambiaron las cosas. Boas noites, bonita, le dijo
Paco, y María del Carmen aceptó bailar un pasodoble
en la Federación de Entidades Gallegas. Cuatro
décadas después, Lorena, la hija de ambos, canta
antiguas canciones celtas en el mismo salón"
(10).

Cuando mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje
de su abuela "con sus tres primeros hijos en la bodega del barco
(tres meses viajando en condiciones precarias y los sueños
intactos)" (11).

Sin una madre que lo proteja, solo, viaja a los diez
años, el padre del poeta González Carbalho. De su
profunda pena dará testimonio el hijo en su lírica
(12).

A los trece emigra, desde los Bajos Pirineos, Bernardo
Lalanne;. él relata en sus memorias: "En el año
1873 me vine a este hermoso país, la Argentina, con otros
parientes del mismo pueblo, viajando bajo el cuidado de ellos
hasta Buenos Aires" (13).

A pesar de la tristeza, "La música y las danzas
abundaban en el barco –escribe Scotti. Algunos tocaban el
acordeón, otros la flauta, y por encima de la
baraúnda, el violín diáfano de Padrazo"
(14).

Hacía música el galleguito de
González Carbalho: "la armónica en los labios/ hice
todo el viaje" (15).

Cuando embarcó en Génova, Valentín
Bianchi "portaba la vieja valija de la familia y
su inseparable mandolina en la espalda" (16).

En el océano, "cuando vino con otros/ encerrado
en la panza de un buque", aprendió el italiano del
tango "La
Violeta", de Nicolás Olivari, la "canzoneta de pago
lejano" que cantaba en la taberna (17).

Hacer juntos semejante travesía crea lazos. Lo
afirma Sergio Pujol: "Uno baila con los de su clase social,
sus paisanos, los de su provincia, los de su misma edad, con los
inmigrantes que llegaron con uno en el barco" (18).

Johann Bodemann, quien emigró de Valais en 1857,
recuerda: "Todo cambiaba cuando mejoraba el tiempo: se bailaba,
se cantaba, se jugaba. El tiempo pasaba pronto. Con nosotros
viajaban jóvenes alegres, quienes cantaban muy bien,
más que todo al anochecer, cuando la luna hermosa
alumbraba el mar tranquilo, y la brisa agradable soplaba del
océano. Hemos visto una gran variedad de animales marinos.
A veces bailábamos farándulas dando vueltas por
todo el barco. Hemos pasado así muchas noches sobre el
puente, hasta las doce o la una de la mañana, tan era eso
hermoso" (19).

También se escuchaban narraciones. Ana Padovani
dice: "mi abuelo me contaba que cuando vino en barco a la
Argentina, los pasajeros de la primera clase bajaban a la bodega
para oír los relatos de los inmigrantes de tercera clase"
(20).

Algunos viajeros traían libros. El
padre de Rodolfo Alonso trajo de España un Juan Moreira,
un Quijote, un Martín
Fierro y un Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, "toda una
significativa selección"
(21); mi abuela, la Imitación de Cristo, de
Kempis.

Muchos traían el manual que les
ayudaría a manejarse en América: "los gobiernos
preparaban manuales escritos
por ‘doctores en viajes
y no necesariamente basados en experiencias. Eran redactados para
orientar a los futuros colonos y contenían precisas
instrucciones acerca de lo que sería el viaje, la llegada
y la posterior vida en un país extraño. Cómo
sacar un boleto, cómo conseguir empleo,
cómo cuidarse de los estafadores. Aconsejaban no quedarse
en Buenos Aires, ya que más lejos de los centros urbanos,
tendrían mayores probabilidades de hacer fortuna. Y otras
curiosidades, como por ejemplo, consejos acerca de los
hábitos de nuestro país y de otros, como Italia"
(22).

Los que podían, traían ahorros. Cuando
Lajos Fehér salió de su Hungría natal,
"llevaba consigo todos los ahorros que había juntado en
los últimos años, a los que había ocultado
en dos partes diferentes: una mitad eran billetes cosidos dentro
del forro de un inmenso sobretodo con el que acostumbraba
enfrentar los rigurosísimos fríos de la Pusta
Húngara, billetes de divisa internacional que
habían sido acopiados lenta y cuidadosamente a
través de los escasos medios para
conseguirlos con que se contaba en la Europa en guerra de esos
momentos. La otra mitad, eran monedas de oro que había
colocado en el lugar del motorcito ausente de un gramófono
portátil que formaba parte de su equipaje, motor que estaba
a mano dentro de una de sus valijas, para cuando fuese necesario
demostrar que el aparato musical era bueno y en funcionamiento"
(23). En América, el hombre se
enterará de que los billetes eran falsos. Lo habían
engañado.

Rocco Capezzone viajó con una máquina de
escribir: "Soy un escribidor de cartas a la gente
desde hace muchos años. Lo hago a la antigua, con una
vieja Remington que traje de mi lejana tierra tirolesa natal, a
la que… le falta la eñe" (24).

Arturo Lezcano me escribe que la madre de José
María Martín trajo desde Galicia un cuadro titulado
"La abuela y el niño", de Fernando Alvarez de Sotomayor.
Pensaba procurarse con su venta
algún dinero para
establecerse en América.

Un armenio viajaba con un recuerdo de familia: "la
palangana de cobre que,
vaya uno a saber por qué, era el único utensilio
que Krikor había traido a la Argentina, luego de pasar
trabajosamente algunas aduanas que,
entre aclaraciones y confusiones le permitieron eludir el tax,
palabra que nunca pudo comprender, aunque le sonaba a crujido o a
vidrios rotos, y resultaba amenazante en boca de un empleado de
Aduana.
Aquella palangana era como un tesoro familiar, al que su padre
enaltecía cada vez que se bañaban". Otro
había traido un hammám tazé, el tazón
de bronce, para el baño, parecido a un plato encasquetado.
En ese recipiente cargaban el agua tibia
que, partiendo desde la cabeza, servía para arrastrar todo
lo que dejaba de pertenecer al cuerpo. (…) El hammám
tazé era un obsequio de Aigás, ese recipiente de
metal era su única pertenencia de desterrado".

Otros traìan secuelas de la tortura. Un
inmigrante relata a su hijo: "Tù sabes que los turcos nos
hicieron sufrir muchas humillaciones. Entre ellas, la de clavar
herraduras en los pies de algunos armenios, como si fueran
animales. Durante el viaje a la Argentina, en el barco,
conocì a uno de ellos. Caminaba rengueando y usaba zapatos
con plataforma".

Y la culpa. Recuerda un armenio: en el barco "a los
pocos días comencé a sentirme mal. No eran
solamente los mareos. Sentía sobre mí una carga
aplastante que iba creciendo. Mis compañeros creían
que se debía a la alimentación y hasta
me daban parte de sus escasas raciones. Yo no tenía
apetito. Es sorprendente comprobar cómo las desventuras
nos quitan hasta las ganas de comer y qué corta es la
distancia entre el bienestar y las miserias. Yo escapaba mientras
los míos quizás estaban muertos o muriendo, en el
momento que más se necesita la compañía de
los seres queridos. Pues, allí no estaba yo. Los muertos
eran mejores que yo. Me di muchas respuestas que no sirvieron
para aliviarme. Nacía en mí un sentimiento de
culpa, pero la peor de todas, la más difícil de
soportar: la culpa de sobrevivir a una tragedia familiar. Los
otros polizones también escapaban, pero ninguno con mis
cargas" (25).

Alberto Luis Ponzo expresa en "Dibujos de
papá": "Seguí durante horas/ la cabeza/ que viajaba
desde Italia/ dejando olas y vientos/ navegando en la piel"
(26).

Ema Wolf afirma que no sólo venían
personas en los barcos. Venían también
extraños personajes como el Mamucca, un duende que
llegó desde Sicilia: "Con toda seguridad
llegó acá en un barco. Lo habrá
traído algún inmigrante en su bolsillo, en la
bocamanga de los pantalones o en el pliegue del sombrero. Lo
habrá traído sin querer, sin darse cuenta. Porque
uno puede mudarse de continente llevando hasta un ropero, pero a
nadie se le ocurriría cargar a propósito con algo
tan fastidioso como el Mamucca" (27).

El protagonista de Memorias de Vladimir, novela infantil
de Perla Suez, trajo en el barco a su gallo, al que durmió
con dos vasos de vodka (28). En cambio, el niño que
protagoniza un cuento de Susana Goldemberg, no puede viajar con
su perrito: "Y conmigo en el tren, conmigo en el barco, conmigo
al otro lado del mundo, quise yo llevarme a Bouquet". Sólo
puede llevar el recuerdo de "un ladrido tan triste como cualquier
adiós" (29).

No pudo viajar con su muñeca la refugiada creada
por Zahira Juana Ketzelman: "Cerró los ojos y se
transmutó en aquella niñita de diez años,
que en otro idioma clamaba por Hilda. Y la noche, y el miedo, y
la voz de papá y mamá tratando de explicarle que no
había tiempo, que era necesario huir. Y vivió
nuevamente el largo viaje, y la tierra lejana y extraña.
Los padres sacrificándose, y el empezar de nuevo, los
nuevos rostros, las nuevas palabras. Y el tiempo, el estudio, y
ser grande y estar sola" (30).

En Historias de inmigrantes, escriben María
Cristina Alonso y Marta Pasut: "El mar es como una sábana
grande, tan grande que no tiene bordes", decía la
mamá de Catalina mientras guardaba camisas, manteles,
cacerolas y herramientas
en un baúl enorme. Y del otro lado de esa sábana
sin bordes hecha toda de agua, le
contaba, estaba América. ¿Serían los campos
de América como una sábana grande sin bordes, toda
llena de hierba? Catalina llevaba sus tesoros: una muñeca
de trapo, un librito con flores y peces y una
caja con piedritas de colores. Como
tenía miedo de olvidarse de las cosas que amaba,
había anotado en papelitos las palabras que nombraban su
mundo. Le parecía que si escribía fuente,
río, montaña, oveja, árbol, casa, se
llevaría esas cosas con ella. Y junto a esos papelitos,
llevaba otro muy importante para ella: ¡una carta de
amor!"
(31).

Al pasar la línea del Ecuador
–relata Johann Bodemann-, los pasajeros debían
someterse a una costumbre marinera: "El trece de junio
habíamos pasado el ecuador, y estábamos del otro
lado del hemisferio. Los marineros hicieron un gran fuego para
festejarlo. Al día siguiente nos hicieron saber que todos
debíamos someternos al bautismo de la línea, como
era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la
línea del ecuador. Las personas adultas tenían que
sentarse sobre una silla, mientras los marineros llegaban
disfrazados: uno como cura con un gran libro en las manos, otro
como peluquero con una navaja de madera,
seguido por tres o cuatro hombres con grandes baldes de agua, y
un último con una sábana mojada que arrollaba de
esta manera: el peluquero pintaba de negro el cuerpo del
bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto
surgían detrás de él, los hombres con baldes
de agua que vaciaban sobre la cabeza del bautizado.
Después el cura inscribía el nombre y el apellido
en el gran libro. Una vez esto cumplido, el capitán
llegaba y le hacía beber aguardiente. Fue así con
cada uno de los hombres, fueran presidentes de la comuna o
simples ciudadanos. Después le tocó el turno a los
marineros, y para terminar, al capitán. Muchos rehusaron
este juego, pero
fueron más maltratados que los voluntarios. En cuanto a
las personas del sexo femenino
se les pedía solamente descalzarse y mojarse los pies en
un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo nada.
Después los marineros nos pidieron la propina, se
vistieron con trajes de fiesta y se divirtieron" (32).

"Alguien le hizo una broma al napolitano –escribe
Dal Masetto-: le robó un zapato. El napolitano está
parado en cubierta con un pie descalzo. Anda así desde
hace varios días porque no tiene otro par. Habla en voz
alta, acusa, está dolorido y furioso. Los demás lo
miran desde lejos, divertidos y expectantes. Por fin el
napolitano se quita el zapato que le queda, lo levanta sobre su
cabeza, lo muestra y después lo arroja al mar. En ese
momento, venido desde alguna parte, el otro zapato cruza el aire
y cae a sus pies. El napolitano lo levanta y lo tira
también por encima de la borda. ‘Ahora’,
grita, ‘tendré que desembarcar descalzo’ "
(33).

Los aspectos desagradables de la travesía son
evocados en muchos testimonios. "Había en ese barco a la
vez, mucho hacinamiento y revoltijo –narra María
Angélica Scotti. Yo no me acuerdo nada de eso, pero mamita
contaba que era imposible encontrar un lugar limpio para sentarse
porque el piso estaba lleno de mondaduras de frutas y restos de
galletas o de comidas. Contaba que muchos se mareaban por el mal
de mar, y que en los dormitorios flotaban olores nauseabundos,
por los vómitos y porque
las criaturas orinaban en cualquier rincón"
(34).

"En la cubierta del barco –escribe Alicia Dujovne
Ortiz, en El árbol de la gitana-, los judíos
rezaban hamacándose hacia delante y hacia atrás. El
movimiento del
mar les cuadruplicaba el balanceo. Una hierática madre
portuguesa derramaba sus senos sobre dos criaturas ya mayores,
que mamaban sin pausa. De a ratos, los tres interrumpían
la tarea para vomitar sobre un talit que alguna vez fue blanco,
abandonado por su dueño que, por lo menos, vomitaba de
boca al mar" (35).

Los olores no llegaban a la distinguida primera clase:
"En el barco –relata Henestrosa-, los brillos y perfumes de
los ricos estaban confinados en un salón, bien protegidos
de los vahos de la chusma que se apiñaba en la bodega"
(36).

"Dicen que el aire de mar a unos les provoca
náuseas y a otros unas peculiares ansias
–continúa Scotti. Padrazo contaba que a él el
viaje se le hizo harto breve, que no sentía las molestias
ni los calores de cuando alcanzaron el Ecuador y los
trópicos," (37).

En plena travesía, una mujer dio a luz. Lo relata
Johann Bodemann: "Les tengo que indicar que durante el mareo,
la mujer de
Heimen, de Niederwal, tuvo familia, una hermosa niña. No
pudimos ayudarla porque todos estábamos enfermos, nadie
podía tenerse parado, y menos, caminar. Fueron los
marineros quienes tuvieron que hacer de partera. El doctor mismo
estaba enfermo. Menos mal que todo pasó pronto. En todo
caso, a ese doctor le importaba un comino los pasajeros. Sin
nuestro buen capitán el servicio
hubiera sido muy miserable". Fue el capitán quién
solucionó a Bodemann y los suyos el problema de la
alimentación en el barco (38).

También el diario de un asturiano que emigra
ilegalmente a la Argentina nos habla de la alimentación a
bordo (39). Mal la pasó una asturiana de quince
años, a quien "unas manzanas deliciosas de Río
Negro (…) la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de
diez kilos en dos semanas" (40).

Viajando en esas condiciones, era fácil que se
propagaran las enfermedades. Acerca de la
salud de los
ucranios en el mar, relata María Arcuschín: "Los
niños,
más pequeños, con la inestabilidad propia de su
edad y desconociendo los peligros, corrían de popa a proa,
perseguidos por sus hermanos mayores. Todo lo querían
curiosear. Hasta que, atacados algunos por estados febriles,
quedaban atrapados en sus cuchetas, sin darle descanso a los
mayores, con sus llantos y quejidos. Todo se soportó
estoicamente" (41).

Cuenta Isaías Leo Kremer que una mujer
murió durante la travesía: "Dicen que su madre
había fallecido en el barco que la traía desde
Rusia y que quince familias judías se juramentaron para
cuidar al niño hasta su mayoría de edad, pues no
poseía parientes cercanos conocidos en la Argentina"
(42).

Syria Poletti narra en Gente conmigo lo sucedido a una
pareja italiana: "El llegó primero; trabajó duro y
construyó la casa. Entonces se casaron por poder y ella
tomó el barco. Un barco hacia América, hacia
él, hacia el nuevo hogar. Durante la travesía la
contagió el tracoma y no pudo desembarcar. Las
prescripciones sanitarias no lo permitieron. Y él tampoco
pudo subir a la nave. Debió conformarse con agitar el
pañuelo desde el muelle cuando el buque zarpó de
regreso a Italia". La narradora sabe bien por qué
sucedió eso a la infortunada pareja de emigrantes: "Ella
había contraído el tracoma por viajar junto a
algún enfermo clandestino. Un enfermo a quien alguien
–un médico o un traductor- habría
posibilitado el embarco eludiendo o alterando un diagnóstico" (43).

Salvador Petrella, personaje de Frontera sur,
muere de fiebre amarilla
en el barco. Su cuerpo fue cremado en el horno del lazareto de la
Isla Martín García. La novia que lo esperaba "pone
el brazo izquierdo sobre la mesa, la mano abierta, la palma
arriba, y con la derecha se da un hachazo…" . Esa fue la
espantosa forma en que se suicidó" (44).

A las enfermedades a bordo se refiere asimismo Claudio
Savoia, quien afirma que la "fiebre inmigratoria" de 1907 fue
bautizada así por los historiadores porque casi todos los
pasajeros de los barcos llegaron a la Argentina con fiebre
(45).

Como la inmigrante que evoca Poletti, aunque por otro
motivo, a Italia vuelve también el protagonista de Guido
de Andrés Rivera, a quién se le aplicó la
Ley de
Residencia 4144. Dice el hombre: "Estoy aquí, en un
camarote o calabozo, de dos por dos y medio, tirado en una
roñosa cucheta, vestido, el cigarrillo en la mano, roja la
brasa del cigarrillo, y sobre mí, encendida, una
lámpara que ellos rodearon con tiras de metal. Idiotas,
creen que trasladan a suicidas. (…) soy un tipo que se llama
Guido Fioravanti y que los patrones de este desgraciado
país, envían, como un saludo, a la bestia de la
Romagna" (46).

El viaje era insalubre y riesgoso. En el cuento de Luis
León, "Izmir, Vísperas de Pésaj",
judíos de Esmirna preparan su viaje hacia la "Aryintina,
como Ierushalám, tierra prometida de leche y
miel…" (47). En "Chacarita, Vísperas de Pésaj",
del mismo autor, un hombre recuerda con pesar esos "cuarenta
días en el vapor" que "no fueron menos que cuarenta
años en el desierto" (48).

Interminable debe haber sido el viaje para la alemana
Renate Schotellius, cuyo buque no llegó a tiempo, lo que
alarmó a la adolescente: "Yo viajaría treinta y
ocho días en barco y llegaría un día
determinado, que mi tío sabía cuál era. El
problema fue que el barco se atrasó tres días y, al
llegar, era Carnaval. Me sentí muy asustada, porque
pensaba que mi tío me dejaría allí y
tendría que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente
llegó sin ningún problema, le habían
avisado" (49).

Gyula Kósice dijo en una entrevista: " ‘He
viajado 28 días en barco, y lo único que
veía eran las estrellas y el mar. Evidentemente,
quedé influenciado por esa travesía’. Habla
de su llegada a la Argentina, a los 4 años, proveniente de
Kosice, un pueblo de Hungría" (50).

A Stéfano, protagonista que da el nombre a
la novela de
María Teresa Andruetto, le toca en suerte un viaje
accidentado: "En medio de la noche los ha despertado la tormenta,
el ruido del agua
contra la banda de estribor. El llanto de un niño viene
del camarote vecino o de otro que está más
allá. Aquí donde ellos esperan, nadie grita,
sólo el hombre de jaspeado dice que el mar esta noche no
quiere calmarse y es todo lo que dice; habla con serenidad, pero
Stéfano sabe que está asustado. Al llanto del
niño se han sumado otros, pero nadie ha de tener
más miedo que él, que quisiera que a este barco
llegara su madre y lo apretara entre los brazos y le dijera, como
cuando era pequeño y todavía no soñaba con
América, duerme, ya pasará" (51).

Los descendientes de una inmigrante cuentan la forma en
que ella y sus hijos salvaron la vida: "Ana Dubroff vino
vía Génova, con León (hijo) y Berta. Una
señora que viajaba en el mismo barco se enfermo
gravemente. Ana era o se hizo muy amiga y cuando el
capitán del barco decidió que la enferma
debía bajar en Génova por la gravedad de su estado,
Ana decidió a su vez bajar con su familia y quedarse a
cuidarla. El barco siguió su viaje y naufrago, sin llegar
jamas a Argentina. Eso explica por que la familia Dubroff era de
las pocas que arribo a Argentina sin samovar: la mayor parte de
sus cosas se hundieron con el barco" (52).

Nada tenían que ver con el clima las
desventuras de los intelectuales
españoles que llegaron a bordo del Massilia, el 5 de
noviembre de 1939. Esta noticia apareció al día
siguiente en el diario Noticias Gráficas: "Las medidas adoptadas contra el
grupo de intelectuales y artistas españoles son de un
rigorismo que sólo tratándose de peligrosos
confinados se hubieran aceptado…. Un marinero nos
informó que los españoles refugiados tenían
orden de que nadie se aproximara a ellos y menos que se asomaran
por los ojos de buey. Es lamentable lo que ha ocurrido. No
sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden
terminante de que ese grupo de gente que representa de modos
distintos a la cultura y el
cerebro de España permanezca en la sombría
situación de los delincuentes incomunicados"
(53).

El escritor Rodolfo Alonso afirma, refiriéndose a
los exiliados gallegos, que "si Buenos Aires –y con ella la
Argentina- hacía ya mucho tiempo que estaba recibiendo a
cientos de miles de inmigrantes (obligados a abandonar una
Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni
educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939
vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran
poetas, artistas, políticos, periodistas,
científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que,
firmemente afianzados en su colectividad, entonces
mayoritariamente republicana, y reunidos alrededor de una figura
ejemplar: Alfonso R. Castelao, no sólo líder
político sino en realidad un humanista, durante
décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica
capital de la cultura gallega enmudecida en su tierra por el
franquismo" (54).

Notas

1 Ottonello, Amalia: "Barco, barcos", en Taller
literario Museo Histórico Sarmiento: La esquina literaria
Año 1996 Profesora Nenè D’Inzeo. Buenos
Aires, Ediciones Tu Llave, 1996.

2 Mansilla, Lucio V.: Mis memorias

3 Boulgourdjian Toufeksian, Nélida: Los armenios
en Buenos Aires. La reconstrucción de la identidad
(1900-1950).. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.

4 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

5 Bianchi, Alcides J.: Valentìn el inmigrante.
Santiago de Chile, Ediciòn del autor, 1987.

6 S/F: "El negocio del hielo", en La Capital, Mar del
Plata, 25 de mayo de 2000.

7 Scotti, María Angélica: Diario de
ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé,
1996.

8 Ceratto, Virginia: "Gris de ausencia. Volver a empezar
en un mundo nuevo", en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre
de 2000.

9 S/F: "Una mamá que hoy celebra sus 100
años", en La Nación,
Buenos Aires, 20 de octubre de 2002.

10 Peralta, Elena: "Clubes españoles", en
Clarín, Buenos Aires, 3 de julio de 2005.

11 Carballeda, Elsa: "El altillo de Elsa", en Floresta y
su mundo, Año 9, N° 106, Febrero 1999.

12 Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia:
González Carbalho. Separata del Boletín Galego de
Literatura.

13 Lalanne, Bernardo: "Memorias", en Archivo
Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de
Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 1997,
Revista N°3.

14 Scotti, María Angélica: op.
cit.

15 Requeni, Antonio: op. cit.

16 Bianchi, Alcides J.: op. cit.

17 Olivari, Nicolás: "La violeta", citado por
Cirigliano, Gustavo, en "Disquisiciones tangueras", en El Tiempo,
Azul, 30 de septiembre de 2001.

18 Pujol, Sergio.: "El baile, una historia de sexo,
violencia y
tensiones sociales", en La Capital, Mar del Plata, 13 de febrero
de 2000.

19 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe,
Colmegna, 1992.

20 Itzcovich, Mabel: "De profesión, contadoras de
cuentos", en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de
1997.

21 Alonso, Rodolfo: en Historia de la literatura
argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(Capítulo).

22 S/F: "Hotel museo para la memoria",
en La Voz del Interior on line, Córdoba, 24 de julio de
2002.

23 Weisz, José Martín: op. cit.

24 Capezzone, Rocco: "Tienes un e-mail (II)", en La
Nación
Revista, Buenos Aire, 27 de noviembre de 2005.

25 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos
Aires, Ediciòn del autor, 1998.

26 Ponzo, Alberto Luis: "Dibujos de papá", en El
Tiempo, Azul, 20 de junio de 1999.

27 Wolf, Ema: "El mamucca" en Clarín, Buenos
Aires, 22 de marzo de 1998.

28 Suez, Perla: Memorias de Vladimir. Buenos Aires,
Ediciones Colihue, 1993. 69 pp. (Libros del
Malabarista)

29 Goldemberg, Susana: "El niño y el perro", en
Cuentos de la bobe. Santa Fe, Librería y Editorial
Colmegna, 1976 (Colección Entre Ríos).
Prólogo de César Tiempo. Foto de tapa: Pedro Luis
Raota (E.FIAP).

30 Ketzelman, Zahira Juana: "Hilda", en Autorretrato al
infinito. Buenos Aires, el gRillo, 2006.

31 Alonso, María Cristina y Pasut, Marta:
Historias de Inmigrantes. Ilustraciones: Mirella Musri. Editorial
Homo Sapiens, 2005. (La Flor de la Canela)

32 Vernaz , Celia: op. cit.

33 Dal Masetto, Antonio: La tierra incomparable. Buenos
Aires, Sudamericana, 2003.

34 Scotti, María Angélica: op.
cit.

35 Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol de la gitana.
Buenos Aires, Alfaguara, 1997. 293 pp.

36 Henestrosa, María Guadalupe: Las ingratas.
Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002.

37 Scotti, María Angélica:
op.cit.

38 Vernaz, Celia: op. cit.

39 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

40 Fernández Díaz, Jorge: op.
cit.

41 Arcuschín, María: De Ucrania a
Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.

42 Kremer, Isaías Leo: "Proveeduría
‘El Progreso’ ", en Mundo Israelita, Buenos Aires, 8
de agosto de 2003.

43 Poletti, Syria: op. cit

44 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur.
Barcelona, Ediciones B, 1998.

45 Savoia, Claudio: "El equipaje de los sueños",
en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.

46 Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el
Paraíso. Alfaguara, 2002.

47 León Luis: "Izmir, Vísperas de
Pésaj", en SEFARaires N° 1, mayo de 2002.

48 "Chacarita., Vísperas de Pésaj", en
SEFARaires N° 2, junio de 2002.

49 Schotellius, Renate, en "Bajaron de los barcos.
Historia de la inmigración en Argentina", Colegio
Schönthal, www.monografias.com

50 Repar, Matías: "ENTREVISTA CON GYULA KOSICE,
INVENTOR FULL TIME DEL ARTE ARGENTINO
‘El mundo no me necesita, pero para el arte
contemporáneo soy inevitable’ ", en Clarín,
Buenos Aires, 3 de julio de 2005.

51 Andruetto, María Teresa: Stéfano.
Buenos Aires, Sudamericana, 2001.

52 Rotstein, Enrique y Fabio: "Fanny Dubroff y David
Rotstein", en www.math.bu.edu/people/ horacio/
anc-cast.htm

53 Schwarzstein, Dora: "La llegada de los republicanos
españoles a la Argentina", en Estudios Migratorios
Latinoamericanos, 37. CEMLA. Buenos Aires, 1997.

54 Alonso, Rodolfo: "La Galicia del Plata", en El
Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 2002.

 

En el puerto

"Mole de mundo,/ cargado de niñez, hombres y
tumbos,/ arribaste", canta Carolina de Grinbaum en "Llegaste".
(1). Por fin, se avista la tierra americana.

"Un día el barco atracó en la ribera/-dice
el poema de Roberto Druetta- y dos mozalbetes bajaron de
él,/ portando valijas llenas de ilusiones,/ repletas de
sueños y de mucha fe" (2).

"Desde el vapor hasta la costa –relata el pionero
holandés Diego Zijlstra, en Cual ovejas sin pastor-
tuvimos que navegar en carro y lancha unos diez kilómetros
soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la
médula de los huesos. Ya
estábamos en la tercera semana de junio… Verano en el
hemisferio Norte. Pero invierno aquí…" (3).

El narrador describe, en Frontera sur, uno de los tantos
desembarcos de inmigrantes, en la década del 80: "Los
buques anclaban muy lejos de la costa, y viajeros, equipajes y
mercancías pasaban, o eran arrojados, a una gabarra o a
varios botes pequeños, que lo llevaban todo a los carros
en que, finalmente, salía del agua. Si el calado no
resistía una quilla, por escasa que fuese, las
irregularidades del fondo lo hacían en algunos puntos
excesivo par alguna de las ruedas de los vehículos, que
encallaban o volcaban, arrastrando su carga al desastre. Padre e
hijo presenciaron un desembarco, pendientes del bamboleo y los
sobresaltos de los carros, del griterío de los que
temían ahogarse en aquel tramo de su odisea, que
imaginaban último, y de las voces de quienes, de pie en
los pescantes, guiaban a las bestias. Ramón
abandonó la contemplación de las inmundicias que
las llantas arrancaban del limo y sacaban a la superficie cuando
su padre fue a reunirse con un mayoral de mirada torcida"
(4).

A criterio de Delfín Garasa, "Una de las
más cumplidas descripciones de un heterogéneo
desembarco es la que ofrece Luis Pascarella en su novela-alegato
documental, El conventillo. Llega el Christoforo Colombo y
primero bajan los hombres de negocio con su apoplética
cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados a dar
órdenes y ser obedecidos, los turistas ingleses con sus
máquinas fotográficas y algunas
señoras un tanto perplejas por no ver en el muelle indios
con plumas y taparrabos. Por ese entonces, el viaje a Europa
empezaba a otorgar prestigio social, y los argentinos que
regresan cambian opiniones en alta voz sobre los modelos de
París, el mobiliario inglés
o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y,
finalmente, aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los
azares de las proclamas políticas,
un ‘enorme hormiguero’ que había viajado en el
mayor hacinamiento. Rostros curtidos, exhaustos, azorados. En
todos se presiente la pregunta: ¿Qué les
deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada se
ilumina o un brazo se agita en alto porque se ha reconocido a
alguien en la muchedumbre que espera. Van bajando los hebreos de
desgreñadas barbas y gastados levitones, los
‘turcos’ con sus espaldas combadas, los
nórdicos enjutos, los napolitanos pequeños y
retorcidos como raíces, los andaluces gárrulos, los
gallegos pacientes, los holandeses esponjosos, los genoveses de
músculo recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la
tierra que los acoge y tras su actitud ritual se adivina un
pasado de penurias y recelos. Y agrega Pascarella: ‘La gran
ciudad de calles dirigidas hacia el Oeste recibe en su seno
aquella semilla que purificada en un ambiente de
libertad (…)
se reproducirá en su inmensidad desierta" (5).

Desembarcan los inmigrantes en Irresponsable, de M. T.
Podestá: "A lo lejos empezó a divisar una caravana
de hombres, mujeres y niños, que parecían acudir a
alguna feria. Era una larga fila de inmigrantes que cruzaban la
plaza marchando detrás de sus equipajes que ellos mismos
ayudaban a transportar. Jóvenes en su mayor parte,
fuertes, vigorosos, con esa robustez peculiar de los hijos de las
montañas. Vestían sus mejores trajes: los hombres,
sus chaquetillas lustrosas, con botones de metal, colgadas del
hombro derecho, y dejando ver su camisa blanca, amplia, de hilo
crudo, sujeta al cuello con un pañuelo de seda multicolor;
sombrero de fieltro, en cuya cinta habían colocado algunos
una pluma; el brazo izquierdo desnudo, musculoso, férreo,
caras plácidas, de hombres sanos, contentos,
sanguíneos; hablaban fuerte en su dialecto especial,
echando tal vez sus cuentas sobre la
probabilidad
de una próxima fortuna. Algunos llevaban en sus brazos
criaturas rollizas, rubias, con la plasticidad exuberante de la
buena pasta con que estaban amasados; otros iban encorvados,
cargando sobre sus espaldas cuadradas sus baúles y sus
valijas, jadeantes, colorados, dejando caer gruesas gotas de
sudor sobre la arena caliente y brillante del suelo. Las mujeres,
con sus trajes de aldeanas, de colores vivos, con sus caderas
anchas, redondeadas, sobre las que apoyaban negligentemente su
mano. De facciones correctas, y algunas hasta hermosas, con sus
colores de manzana madura, sus grandes ojos negros, vivos y de
mirar curioso; dentadura fuerte, blanca, compacta, y un seno
elevado, turgente, capaz de alimentar tres chicuelos hambrientos;
cubría su cabeza un pañuelo de lanilla de fondo
gris con flores estampadas, atado delante con un nudo abierto:
una simple vuelta para que los dos extremos de sus puntas
simétricas caigan con igual armonía sobre los
hombros; la garganta descubierta, blanca, ostentando vueltas de
cadenas de gruesas cuentas de oro, en cuyo centro colgaban
amuletos de coral o la imagen venerada
de la madona de su aldea. Iban caminando lentamente detrás
del carro y sus equipajes: un gran carro, en el que se
había apiñado una pirámide de baúles,
de valijas, cestas nuevas, en cuyos escalones iban sentados
algunos de los inmigrantes, en mangas de camisa, con el pecho
descubierto, quemado por el sol, y a la
sombra de grandes paraguas verdes y colorados para proteger a los
niños que estaban allí prendidos al pecho de las
madres recostadas cómodamente contra las valijas. Era una
especie de marcha triunfal a las doce del día bajo los
rayos del sol ardiente; parecía una ovación a este
pedazo de la América, cuya fama corre hasta golpear las
puertas de las aldeas más remotas, en busca de brazos
vigorosos con la insignia de la mies y del arado.
¡Cuántos se acordarían de sus hogares y
cielo, a quienes habían saludado por última vez al
doblar el camino de sus queridas montañas; enviando una
despedida cariñosa al campanario de su aldea que
parecía asomarse empinado desde el fondo del valle para
decirles una vez más: aquí los espero…
¡hasta la vuelta!" (6).

Jorge Isaac evoca, en Una ciudad junto al río, el
momento en que los extranjeros arriban a la nueva tierra: "Los
inmigrantes, aunque vengan en el mismo barco, llegan y descienden
aquí de manera diferente según sea su origen que
nosotros, con sólo mirarlos y hasta a veces sin
oírlos, hemos aprendido a determinar con riesgo escaso de
equivocarnos". Seguidamente, describe el desembarco de italianos,
alemanes, españoles, judíos y árabes,
señalando las peculiares características de cada
grupo.

Y el desembarco de un enfermo: "Llegó la segunda
tanda de ‘polacos’. Uno, vino enfermo. Lo bajaron
dificultosamente del barco, lo llevaron casi arrastrándolo
sobre la larga planchada y luego, alzándolo en vilo, lo
trasladaron hasta debajo de los árboles donde se hallaban,
en varios grupos, los
demás. (…) De vez en cuando retorcíase y
gemía, sin abrir los ojos. (…) Media hora
después, llegó la ambulancia. Un carretón
tétrico, tirado por cuatro alazanes bien alimentados, muy
parecido a otro que sirve de fúnebre pero del que tiran
unos caballos renegridos. Casi podría decirse que la
variante consiste tan sólo en el color de los
animales. Lo cargaron al enfermo sin que él se diese
cuenta. Mantenía los ojos cerrados y los miembros blandos,
sin fuerza, exhalando de vez en cuando un gemido corto". Un largo
rato después, el narrador recibe el legado del polaco: una
bolsa conteniendo una colchoneta, varios tarros ennegrecidos por
el humo de las fogatas y un paquete con hierbas de varias clases
(7).

En La rejión del trigo, Estanislao Zeballos
imagina el estado de
ánimo del inmigrante: "Mirad al colono en el muelle,
pobre, desvalido, conducido hasta allí después de
haber sido desembarcado á espensas del gobierno, sin
relaciones, sin capital, sin rumbos ciertos, ignorante de la
geografía
argentina y de la lengua castellana, lleno de las zozobras y de
las palpitaciones que agitan al corazón en el momento
supremo en que el hombre se para frente a frente de su destino
para abordar las soluciones del
porvenir, con una energía amortiguada por la perplejidad
que produce la falta de conocimiento
del teatro que se pisa, y las rancias preocupaciones sobre
nuestro carácter, el más hospitalario del
mundo por redondo y el más vejado en Europa por
nécias o pérfidas publicaciones. Solamente lo
alientan en tan extraña situación de
espíritu las aptitudes que lo adornan y la voluntad de
hacerlas valer" (8).

La protagonista de Virgen, novela de Gabriel
Báñez finalista en el Premio Planeta, aún
anciana "podía escuchar el rolido de las aguas contra el
casco del lanchón de amarre, los saludos violentos de la
tripulación a lo lejos, y la mano aterrada de su padre
mientras le ayudaba a bajar de la planchada. No iba a olvidarla
jamás: era una mano con consistencia de pez, húmeda
y avergonzada" (9).

Un pasajero es recordado por Susana Aguad, su nieta, en
"Al bajar del barco", donde escribe: "Se disipa la angustia de
una travesía de dos meses que les quitó fuerza y
salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de
lágrimas cuando miran por última vez al
‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules
y verdes" (10).

La casa de Myra es la novela de Aurora Alonso de Rocha
que mereció el Segundo Premio Xerox para autores
inéditos, en 2001. En ella, la escritora relata qué
sucedía, en el año 1874, cuando los inmigrantes
descendían del barco: "Un mulato joven movía con el
pie descalzo el pedal de la máquina. Con cada golpe una
nube de cal pulverizada cubría la ropa, las manos, la
cara, el equipaje de cada viajero" (11).

Más tarde, se utilizó otro procedimiento. En
La noche lombarda, Atilio Betti recrea, al acostarse en su
camarote del barco que lo lleva a Italia, el duro trance que
sufrió el padre del protagonista, junto con otros
pasajeros: "Un chorro de agua, un manguerazo brutal, le dio en la
cara. Lo vi trastabillar, mojado. Lo vi llorar de
indignación y afirmarse en los zapatos claveteados,
agarrándose fuertemente del tirador negro, sobre el torso
sin saco, para no caer bajo el golpe del agua. (…) En tropel,
árabes y turcos aparecían y desaparecían
alrededor de mi padre. Corrían, gritando, aullando,
perros
mojados, perros azotados a manguerazos, a refugiarse bajo mi cama
mientras que papá, rascándose con furia las axilas,
gritaba o gemía, o gritaba y gemía al mismo tiempo:
¡Piojosos! ¡Piojosos!" (12).

Otro escritor alude a esa práctica: "De aquella
antigua inmigración que inspiró al dramaturgo
Vacarezza, a la que desinfectaban con los chorros de fumigadores
de animales sobre los muelles de Puerto Madero donde hoy se come
con inmaculada vajilla, quedan sus jerarquizados descendientes
–nosotros-, bruscamente sobresaltados", afirma Orlando
Barone (13).

Aún en América, en muchos inmigrantes el
miedo persiste. El capitán croata Miro Kovacic recuerda
que, cuando desembarcaron, había "un fotógrafo que
se ofrecía a sacar fotos a las
familias. Más de uno huía cuando lo veían
aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no
querían precisamente hacer pública su llegada, ni
que su cara quedara fijada para siempre en un papel que
podría ser utilizado por alguien más adelante.
Todos veníamos con la intención de iniciar una
nueva vida. Habíamos sufrido demasiado.
Estuviéramos del lado que estuviéramos. De la
guerra ningún ser humano sale indemne" (14).

En la nueva tierra, había reglamentos que
cumplir. Samuel Watch, polaco, había llegado años
antes; al arribar Raquel, "para poder bajar del barco se tuvieron
que casar en el Hotel de Inmigrantes, casi sin conocerse"
(15).

Y trámites que realizar: "Un
pequeñísimo inmigrante ilegal. Así fue como
arrancó su historia en este país Clorindo Testa, un
bebé de tres meses que, a upa de su mamá,
quedó demorado muchas horas en un barco mientras afuera,
en el puerto de Buenos Aires, la discusiones en torno a su
ingreso, que sí que no, arreciaban entre su padre y los
funcionarios de migraciones. (…) Hijo de Juan Andrés, un
médico radiólogo afincado en el país desde
1910, y de la argentina Ester García, Clorindo Testa
(también Manuel José pero sólo de bautismo)
nació el 10 de diciembre de 1923 en Nápoles, por
designio romanticista de su papá, quien se embarcó
con su mujer embarazada para que el primogénito conociera
la luz en la tierra de sus mayores. ‘Pero al volver, al
viejo no se le ocurrió que tenía que anotarme en el
consulado argentino, pensó que si venía con ellos
alcanzaría con el registro civil
italiano’, explica" (16).

La ciudad que recibe al inmigrante es aquella que evoca
María Rosa Lojo, en su novela Finisterre. En 1832, "Buenos
Aires era entonces una ciudad blanca y baja, quizá
sólo atractiva desde la lejanía. Ilusionaba los
ojos a la distancia pero a medida que los barcos iban
acercándose a la entrada del río ancho y playo,
donde resultaba imposible fondear, cedía el encantamiento.
(…) Las calles eran irregulares y sucias, pantanosas de a
trechos. Animales muertos y montones de desperdicios se
acumulaban en algunas esquinas" (17).

Marcos Alpersohn destaca que, en 1891, "No se
veía persona alguna en las calles. Edificios
dañados, puertas y ventanas protegidas por rejas de
hierro.
Escasos tranvías se arrastraban perezosamente por las
arterias céntricas, conduciendo a muy pocos pasajeros"
(18).

Baldomero Fernández Moreno, en La patria
desconocida, recuerda.: "La primera impresión de mi madre,
que tenía dieciocho años, y la de todos, fue
formidable, ante aquel Buenos Aires chato de entonces, las
veredas altísimas, las calles sin cloacas, así que
cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y
los transeúntes eran pasados a babuchas por alguien que se
encargaba de ello. Las revueltas de la época, las calles
empinadas en barricadas, las tropas que a todos les
parecían siniestras después de los atildados
soldados europeos. Aquellos días de lluvia interminables
en que ni el pan ni la carne ni otro proveedor llegaban a las
casas. En fin, los tranvías de caballos, con su cuarta y
su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído
exhalar con tanta nostalgia como a mi madre" (19).

Oscar González, en "La anunciación",
brinda otra visión de la ciudad: la que tiene una mujer
italiana, quien "desembarcó asombrada un día
cualquiera,/ En un extraño puerto sin molinos ni cabras"
(20).

Y Arcuschín, la de los judíos ucranios:
"Al bajar se sorprendieron de la brillantez de la luz solar, la
diafanidad del cielo y la cordialidad con que fueron recibidos.
Buenos Aires hacia 1906, era una ciudad chata, de casas bajas,
con un puerto pequeño y muy pocos medios de transporte.
(…) Sin embargo, la primera impresión no dejó de
desilusionarlos" (21).

Décadas después, el teniente coronel
Walther Werner, de las fuerzas especiales nazis, intenta imaginar
la ciudad en la que crece su hijo: "¿Cómo
sería esa ciudad de Buenos Aires? Tengo referencias vagas,
fotos vistas en un álbum de turismo. Imagino una ciudad
de casas bajas, calles muy quietas, con avenidas largas y
monótonas como las de ciertos barrios de Londres. Es un
pueblo bastardo, pero casi blanco y amigo de Alemania". Lo narra
Abel Posse en El viajero de Agartha, novela que obtuvo el Premio
Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México
(22).

Del barco, al Registro Civil, donde se les
proporcionará el documento argentino. Gabriel
Báñez relata algunas anécdotas al respecto:
"Las escenas más patéticas tenían lugar en
el Registro Civil del puerto, sin embargo, ya que en el
vértigo de las anotaciones los empleados de Inmigraciones,
que no entendían ni medio, terminaban
inscribiéndolos por aproximación, con traducciones
bárbaras y fulminantes, así que cuando alguien
decía Damianovich o Dimitropoulos, ellos copiaban
Damián Vich o Demetrio Pulos. Nadie traspasaba las
oficinas de documentación con el apellido indemne"
(23).

Fruto de este accionar es el apellido de una familia de
origen polaco. Así lo explica Ana María Shua: "ese
Gedalia nunca se llamó exactamente Rimetka. El apellido
Rimetka fue el producto de
una combinación de la fineza auditiva y la arbitrariedad
ortográfica de cierto empleado, sumadas a su particular
forma de interpretar un documento escrito en una lengua
desconocida, más su concepto personal
sobre el apellido que debía llevar en el país un
extranjero proveniente de Polonia: del empleado del registro
civil que, en su momento, le tomó los datos al abuelo
Gedalia para confeccionar su documento argentino. Como tantas
otras familias de inmigrantes, los Rimetka tuvieron, así,
un apellido intensamente nacional, un producto aborigen, mucho
más auténticamente argentino que un apellido
español
correctamente deletreado, un apellido, Rimetka, que jamás
existió en el idioma o en el lugar de origen del abuelo,
que jamás existió en otro país ni en otro
tiempo" (24).

"Hijo de Gerónimo, un capitán de barco
yugoslavo apellidado Poklépovich, Caride llevó ese
apellido hasta los 19 años, cuando harto de que lo
transformaran en Lipoclepo o en Popoclopovich, se quedó
con el Caride por parte de madre" (25).

En una reunión de inmigrantes armenios, "entre
todos festejaron los errores de los apellidos actuales, ante la
imposibilidad de los funcionarios de encontrar letras algunos
sonidos del idioma armenio. No faltaban hermanos con distintos
apellidos. El filoso sable del turco alcanzaba a seccionar
algunos nombres. Esa primera generación llevaba nombres
armenios, aunque o pasaran el riguroso examen del Registro Civil.
Pero en familia se los llamaba por su nombre verdadero; el
apócrifo era el de los documentos. Con
las edades sucedía lo mismo. Algunos se agregaban
años para poder viajar como mayores, porque no
tenían ningún familiar. A otros, por falta de
dinero, les quitaban años y pasaban como menores. Era
cuestión de sobrevivir" (26).

Relata Carlos Prebble, descendiente de escoceses y
españoles: "mi abuelo materno llegó, a principios del
siglo XX, al puerto de Buenos Aires; viajaban con él
muchos parientes. Cuando el empleado de Migraciones le
preguntó su nombre, él dijo "Moisés
José Almendra". El empleado le contestó:
"¿Cómo se van a apellidar Almendra, si son
tantos?". En el documento argentino que recibieron, todos ellos
se apellidaban Almendros. Y así se apellidan sus
descendientes argentinos.

En "Historia de una inmigración", leemos:
"Contaba una señora que el apellido de muchas familias
tiene un origen particular: cuando comienza la
inmigración, muchos no tenían siquiera un
documento. Otros por cuestiones de la guerra dejaban a sus hijos
a cuidados de otras familias, quienes los anotaban con el nombre
de estas familias. Las familias representaban a los lugares de
origen. La familia Huck, por ejemplo, era en alusión a un
pueblo de nombre Huck en la zona de Rusia, Saratow"
(27).

Notas

1 Grinbaum, Carolina de: "Llegaste", en
Inmolación. Buenos Aires, el grillo, 2002.

2 Druetta, Roberto Antonio: "Inmigrantes", en Colonia
Castelar. Su centenaria epopeya de trabajo y amor 1890-1990,
citado en
www.nalejandria.com/01/tarbut/novedad/pikudei/inmigr.htm

3 S/F: "Historia de pioneros", en Clarín, Buenos
Aires, 2 de febrero de 2002.

4 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit.

5 Garasa, Delfín Leocadio: La otra Buenos Aires.
Paseos literarios por barrios y calles de la ciudad. Buenos
Aires, Sudamericana-Planeta, 1987.

6 Podestá, M. T.: Irresponsable. Buenos Aires,
Editorial Minerva, 1924.

7 Isaac, Jorge E.: Una ciudad junto al río.
Buenos Aires, Marymar, 1986.

8 Zeballos, Estanislao: La rejión del trigo.
Madrid,
Hyspamérica, 1984.

9 Báñez, Gabriel;: Virgen. Barcelona,
Sudamericana, 1998.

10 Aguad, Susana: "Al bajar del barco", en
Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.

11 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos
Aires, Fundación El Libro, 2001.

12 Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus
Ultra, 1984.

13 Barone, Orlando: "El avance de la intolerancia
aldeana", en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de
2000.

14 Anzorreguy, Chuny: op. cit.

15 Watch, Ana: "Clara, una niña judeoargentina
víctima del nazismo", en
www.fmh.org.ar.

16 Muzi, Carolina: "En el nombre del arte", en
Clarín Viva, Buenos Aires, 22 de junio de 2003.

17 Lojo, María Rosa: Finisterre. Buenos Aires,
Sudamericana, 2005. 192 pp. (Narrativas)

18 Alpersohn, Marcos: Memorias de un colono argentino,
en Judaica N° 50. Tomado de Senkman, Leonardo: La
colonización judía. CEAL, Historia Testimonial
Argentina. Documentos vivos de nuestro pasado, 1984.

19 Fernandez Moreno, Baldomero: La patria
desconocida.

20 González, Oscar: "La anunciación", en
El Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000.

21 Arcuschín, María: De Ucrania a
Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.

22 Posse, Abel: El viajero de Agartha. Buenos Aires,
Emecé, 1989.

23 Báñez, Gabriel: op. cit.

24 Shua, Ana María: op. cit

25 Guerriero, Leila (texto) y
Lucesole, Martín (fotos): "PERSONAJES Miguel Caride El
pintor olvidado", en La Nación Revista, Buenos Aires, 24
de abril de 2005.

26 Bedrossian, Eduardo: op. cit.

27 S/F, con la colaboración de Pablo Münter:
"Historia de una inmigración", en
www.basoenlared.com.ar.

…..

Así viajaban los inmigrantes hacia la "tierra de
promisión". Tristeza, incertidumbre, enfermedades, los
acompañaban, pero también la esperanza de que en la
Argentina encontrarían paz, libertad y
bienestar.

* Este tìtulo ha sido utilizado anteriormente por
Celia Vernaz.

** En marzo de 2001 se abrió en el Palais de
Glace la muestra "El tesoro de la memoria", ambientada como un
buque. Aldo Galli escribe sobre la original presentación
de la misma: "Guillermo D’Aiello, el curador, la
presentó como si fuese un barco cuyos ocupantes reciben un
‘pasaporte’ rosado análogo al que se daba en
Italia a los emigrantes y unos canillitas distribuyen el Corriere
de la Sera" La Nación, 25 de marzo de 2001.

*** Durante Casa FOA 2000, que tuvo lugar en el
Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes, las arquitectas Ellen
Hendi y Emilia Rabuini expusieron baúles facilitados por
los descendientes de los inmigrantes. Ellas –entrevistadas
por Claudio Savoia- recuerdan que "Cuando la gente pasaba por
delante de la muestra se detenía y, a los pocos minutos,
muchos lloraban de emoción: los baúles
habían despertado su propia historia". Savoia, Claudio:
"El equipaje de los sueños", en Clarín Viva, Buenos
Aires, 14 de enero de 2000.

Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21
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