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Inmigración y literatura (página 3)



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En un reportaje a Antonio Dal Masetto, se señala
cuál fue la razón que lo trajo a América: "Después de la Segunda Guerra
Mundial, la subsistencia se puso difícil en Italia y la familia
emigró en 1950 a nuestro país" (7). En otro
reportaje, se narra que "Narciso Dal Masetto llegó a la
Argentina en 1948 desde Intra, un pueblo alpino italiano a los
pies del lago Maggiore. Huía de los estragos de la
guerra. Dos
años después arribaron su mujer,
doña María, y sus hijos, Rita y Antonio
César" (8).

Michele, el abuelo de Martha N. Morini, evocado por la
nieta en "Inmigrante italiana" (9), enviaba dinero a su
esposa y a su pequeño, pero "Las cartas fueron
interceptadas por su suegra, ávida de ese dinero que
mandaba su hijo y nada dijo guardándose la riqueza que
venía en esos sobres".

En algunas regiones, los factores climáticos
agravaban la situación. Afirma Celia Vernaz: "El
gobernador Juan Pujol, de Corrientes, había solicitado a
las casas contratistas de Basilea el envío de colonos para
su provincia. Esto era posible porque en la zona del Valais,
Saboya y Piamonte se había generado una corriente
emigratoria hacia América. Las causas eran varias: falta
de trabajo,
familias numerosas, pobreza en
general, a lo que se sumaban cataclismos como avalanchas e
inundaciones que diezmaban a las poblaciones de la
montaña" (10).

Un personaje de Joel Franz Rosell cuenta las peripecias
de una anciano emigrante: "-Tú sabes que Cuba fue
colonia española hasta 1898. Después de la independencia,
muchos españoles continuaron yendo allí a buscar
fortuna. Entre esos emigrantes estuvo tío Fermín,
que se fue muy joven y sin un duro. No sabemos cómo
logró hacerse con tierras, montar una fábrica de
conservas y otros negocios.
Llegó a tener buenos amigos en el gobierno y eso
acabó por traerle la desgracia cuando la revolución
de 1959…" (11). Para los gallegos de mi familia,
había dos destinos: Buenos Aires y
Cuba. Mi abuelo paterno y sus hermanos emigraron a Manzanillo;
desde allí, mi abuelo se trasladó a Buenos Aires,
mientras que sus hermanos quedaron en la isla.

Luis Varela, octavo de catorce hijos, recuerda en De
Galicia a Buenos Aires: "En aquella época las familias
gallegas eran casi todas así de numerosas, y como nuestros
padres sólo nos enseñaban a labrar las tierras y
luego, de mayores, no alcanzaban las tierras para todos, era
habitual mandar a algunos para el convento, otros para curas, uno
se quedaba en la casa con los padres y los demás
veníamos para América. Muchas veces yo le
reproché a mi padre por tener tantos hijos, porque
habiendo nacido en la casa de un gran labrador, nos dejó a
todos en la ruina. Y él me contestaba que si tuviera tres
o cuatro, yo no hubiera nacido y la mejor riqueza sería no
tener que luchar con un truhán como yo" (12).

Aucario Pérez Cartoy afirma: "-Vine por la
desesperación. Mi padre era herrero y mi madre
agricultora, y la verdad es que no había comida. Las papas
las sacábamos antes de que maduraran, por el hambre"
(13).

José Campos Barral manifiesta: "-Yo me siento
gallego, y luego, si me queda un rato libre, soy español.
Pero en el ’49, en España, se
pasaba mucha miseria" (14).

Jesusa Pérez Iglesias se refiere a la falta de
comida: "Yo me vine a los 18, para tratar de mandar dinero.
Allá se pasaba hambre. Ibamos al matadero a buscar la
sangre de la
vaca. La hervíamos, la cortábamos en pedazos, si
había aceite se
freía y si no se comía hervida" (15).

Alberto Cortez escribe, a propósito de su
canción "El abuelo", acerca de la emigración de sus
mayores: "De alguna manera esta canción que viene es una
historia de ida y
vuelta. ¿Por qué?, pues simplemente porque mi
abuelo se fue de emigrante y después de casi una vida yo,
su nieto mayor recorrí el camino de regreso, ese camino
que él no pudo realizar a lo largo de su larga vida, a
pesar de su inmensa nostalgia. Murió a los ochenta y
algunos años. (…) La Argentina en aquellos años
de principio de siglo era una esperanza que ofrecía
amplios horizontes para los jóvenes con ganas de trabajar
y hacer fortuna. Los hermanos García habían dejado
España y especialmente Galicia ya que esta "sua
terriña" natal no podía ofrecerles más que
una vida azarosa bastante cercana a la miseria. (…)"
(16).

En su libro Los
abuelos gallegos en America, escribe Alberto Sarramone: "Todos
conocemos gallegos que con el hatillo al hombro y una ilusion sin
limite en el pecho, llegaron mas lejos que nadie, mas lejos en la
distancia y tambien mas lejos en la intensidad, sin haberse
propuesto otra cosa que hacer unos modestos ahorros con los que
haber comprado de regreso a su aldea, la leira de millo, el campo
de maiz que se veia
desde su ventana" (17).

"Diego Corrientes" es uno de los textos que Francisco
Grandmontagne escribió para su "Galería de
inmigrantes", publicada en Caras y Caretas. En esa estampa,
publicada en 1899, leemos: "La falta de pan y la sobra de hijos
arrojaba a Dieguillo del hogar nativo. Tenía 12
años, saludables como las vetas de joven encina; cual
aguilucho, ágil y fuerte, y bello además, como
engendro de dos cuerpos torneados por duro trabajo"
(18).

El portugués "Joaquín Alves, (…)
formó una familia numerosa como era común en aquel
entonces y él fue el primero de la familia que en un
contexto general de hambre en Europa se
decidió a venir a probar suerte a una tierra lejana
y desconocida. Así que llegó a la Argentina
alrededor de 1935 y trabajó en la fábrica Loma
Negra en Olavarría. Luego de unos años,
después de terminada la segunda guerra, Joaquín
volvió a su tierra con intenciones de quedarse pero la
situación no era como él pensaba. Luego de estar
alejado de su familia por casi diez años en Europa casi
nada había cambiado y en Portugal incluso las cosas eran
más difíciles aún porque un dictador tomaba
ahora las decisiones en el gobierno. Ante tal panorama, Zulmira,
ya adolescente presionaba a su padre para que regrese a la
Argentina pero esta vez con toda la familia. Y así fue"
(19).

En "Israel Mantel
Cada inmigrante una historia", relata José Mantel: "Mi
abuelo Shemaia Chilibi Mantel falleció c. de 1912
presuntamente de fiebre tifoidea.
Mi abuela Rifka quedó viuda con cinco hijos en la
más absoluta miseria. Vivían en el
‘pasheico’, uno de los lugares más pobres y
sombríos de Izmir. Como era costumbre en ese lugar y en
esa época, sus hijos apenas llegaban a la adolescencia
empezaban a noviar con vecinitas de la colectividad. Así,
el mayor de mis tíos, Bohor por supuesto, se casó
con Alegre Lereaj y nació mi primo, Felipe (se supone que
es la traducción del nombre de mi abuelo) y se
vinieron para Sudamérica. El segundo de los hermanos,
Mordehai, le siguió los pasos, y al poco tiempo
mandó a buscar a su novia Reyel, con quien se casó
en Paraguay. Luego
vino el tercer varón, José. En Izmir quedaba mi
abuela, la única hija mujer, Yamila, que se había
casado con Abraham Barsimantov, y mi padre Israel que contaba con
16 años y esperaba con ansiedad que sus hermanos le
enviaran el pasaje hacia aquí. Este pasaje no era
solamente el viaje a través del océano, sino el
paso de la tristeza y el hambre a la alegría y la
esperanza" (20).

Un informe publicado
por la Asociación Caboverdeana de Ensenada – "la
más antigua del mundo de todas las que nuclean a
caboverdeanos en el exterior"-, destaca que "La inmigración caboverdeana llegó a
principios del
siglo XX, en consonancia con el resto de los inmigrantes. A
diferencia de los 12 millones de africanos que llegaron a
América entre los siglos XV y XVI, los caboverdeanos
fueron los únicos que no llegaron como esclavos, sino en
busca de trabajo y mejores horizontes para desarrollarse. A
diferencia de los europeos, no llegaron empujados por guerra
alguna. Por el carácter insular de Cabo Verde, sus hijos
inmigrados eran expertos marineros y también habilidosos
pescadores, por lo cual buscaron aquí sitios con puertos,
como Ensenada y Dock Sud. Aquí, la mayoría de los
caboverdeanos se empleó en la Marina Mercante y la Armada"
(21).

"En su estudio sobre la llegada de caboverdianos a la
Argentina, Marta Maffia, investigadora del Conicet-Universidad
Nacional de La Plata, señala que "comienza a fines del
siglo XIX, con fecha muy imprecisa, y cobra relevancia a partir
de la década de 1920, con la presencia de pequeños
grupos. Los
períodos de mayor afluencia fueron entre 1927 y 1933, y el
tercero, después de 1946".

La investigadora revela que las condiciones
climáticas marcaron, y aún lo hacen, el destino de
Cabo Verde y su gente; a las cíclicas sequías
siguieron grandes hambrunas y numerosas muertes.

Su trabajo La emergencia de una identidad
diaspórica entre los caboverdianos de la Argentina,
presentado ante la Comisión Mundial sobre las Migraciones
Internacionales, con sede en Suiza, bucea en la profundidad del
fenómeno migratorio caboverdiano tomando en cuenta una
diversidad de factores, tanto históricos y
políticos como climáticos. ‘La
conjunción de una serie de factores, entre los cuales
podemos destacar la adversidad climática y sus terribles
consecuencias, el régimen de tenencia de la tierra, la
política
implementada por Portugal, particularmente en el período
colonial, rompe sistemáticamente el precario equilibrio de
la economía
caboverdiana y es en ese equilibrio inestable en el que se
configura este fenómeno migratorio, que asume
características de diáspora: fue generada por una
situación traumática; proliferan comunidades de
caboverdianos por casi todas la regiones del globo y posee
continuidad hasta la actualidad como una comunidad
cultural extraterritorial’ " (22).

Notas

1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

2 Mac Dermott, Doreann: "Quinquenio de terror", en
Viajero Celta. Año II, N° 17. Buenos Aires, mayo de
1997.

3 Gaynor Heduan, Mariana: "Los Gaynor", en
www.irlandeses.com.ar.

4 Fornaciari, Dora: "Reportajes periodísticos a
Syria Poletti", en Taller de imaginería. Buenos Aires,
Losada, 1977.

5 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria.
Buenos Aires, Seix Barral, 1991.

6 Mignogna, Eduardo: "Destinos cruzados de un libro y
una vida", en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de
2000.

7 Roca, Agustina: op. cit.

8 Gaffoglio, Loreley: "¿Cómo me explico y
me cuento?", en
La Nación,
Buenos Aires, 9 de septiembre de 2001.

9 Morini, Martha: "Inmigrante italiana", en el gRillo,
N° 45, Noviembre-Diciembre 2006.

10 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe,
Colmegna, 1991.

11 Rosell, Joel Franz: Mi tesoro te espera en Cuba.
Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

12 Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires
–Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor,
1996.

13 Guerriero, Leila: "Cuentos de
gallegos", en La Nación
Revista, 17 de
abril de 2005. Fotos:
Martín Lucesole.

14 ibídem

15 ibídem

16 Cortez, Alberto: "El abuelo", en
www.albertocortez.com.ar. Reproducido en
www.galespa.com.

17 Sarramone, Alberto: Los abuelos gallegos en America,
citado por Rubén Servia.

18 Grandmontagne, Francisco: "Diego Corrientes", en Fray
Mocho, Félix Lima y otros: Los costumbristas del 900. Sel.
y pról. de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos
Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

19 Da Conceiçao, Mauro; Euguaras, Mariano;
Flibert; Francisco; Marino, Roberto; Sánchez,
Julián: "Sabores de una historia", en
www.ciet.org.ar.

20 Mantel, José: "Israel Mantel Cada inmigrante
una historia", en SEFARaires, N° 17, Septiembre de
2003.

21 S/F: "Asociación Caboverdeana de
Ensenada".

22 Palomar, Jorge (texto) y
Calabrese, Graciela (fotos): "Caboverdianos: vientos de cambio", en La
NaciónRevista, Buenos Aires, 3 de diciembre de
2006.

Imitación,
inculcación

Así explica Méndez Muslera uno de los
motivos de emigración: "Según aumentaba el movimiento
emigrador, parece que se fue rebajando la edad a la que se
embarcaba, son dos los motivos principales, por un lado
está la imitación del vecino del pueblo que se
marcha y triunfa en América, volviendo con fortuna, por
otro lado se les inculca a los niños
la idea de que al llegar a los quince años tienen que
partir para América, al lado de algún pariente o
amigo. Este ‘echarles de casa’, que
caracterizó la educación aldeana
de Asturias, es el signo que encontramos con mayor imperativo
entre la colonia asturiana del Uruguay. Se
les decía: ‘tienes que ir a la escuela y
aprender mucho para que luego te vayas a América’ "
(1).

"Venían a sobrevivir –escribe Jorge
Riestra-, a intentar vivir una vida mejor, a hacer fortuna, por
qué no, algo les habían contado de la generosidad
de estas tierras, de la abundancia que desbordaba en las manos de
quienes la trabajaban. Cuando se les hablaba del Nuevo Mundo,
ellos pensaban en un mundo nuevo. Lo que les esperaba era el
Hotel de Inmigrantes y luego la
ciudad, las ciudades, y en las ciudades la dispersión, el
enigma de las calles y de la gente, qué comerían y
dónde dormirían" (2).

En La patria desconocida, Baldomero Fernández
Moreno muestra a su
padre como el emigrante a quien se desearía imitar. Afirma
que en el español se operó una
transformación completa: "de muchacho aldeano a rico y
conspicuo miembro de una colectividad, fundador de clubes y
protector de hospitales". Cuando el próspero emigrante
regresa a España junto con su familia, el escritor
tenía seis años: "Un día del año 1892
era recibido a su entrada con alegre estrépito de cohetes,
mientras que un coro de ceñidos danzantes tejía
alrededor del nuevo indiano y los suyos, levantando el polvo, los
típicos bailes del país. (…) Mi padre estaba de
levita, muy atusado de bigote y mosca. No comprendía yo
cómo, salido de la aldea tan pobre como cualquiera de
aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el hecho de haber
pasado al nuevo mundo, se había transformado en un gran
señor" (3).

En Su único hijo, Leopoldo Alas retrata al
americano Sariegos, "el más rico de la provincia, que
podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo
envolviéndolos en papel del Estado y en
acciones del
Banco y otras
mil grandezas" (4). El mensaje era que la riqueza estaba al
alcance de cualquiera, salvo que fuera como "Elizabide el
vagabundo", protagonista de un cuento de Pío Baroja, que
en América "estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna,
lo que no consiguió por indiferencia". Cuando
volvió, lo recibieron con desdén, y "todo el mundo
recordó que antes de salir de la aldea, ya tenía
fama de fatuo, de insustancial y de vagabundo". No obstante, al
hablar de sus viajes, "tuvo
suspensos de sus labios a todos" (5).

En La comida de las fieras, un personaje de Jaicnto
Benavente expresa: "¿Por qué vivimos en Europa? En
América el hombre
significa algo; es una fuerza, una
garantía…; se lucha, sí, con primitiva fiereza;
cae uno y puede volver a levantarse pero en esta sociedad
vieja, la posición es todo, el hombre
nada…, vencido una vez, es inútil volver a luchar.
Aquí la riqueza es un fin, no un medio para realizar
empresas. La
riqueza es el ocio; allí es la actividad. Por eso
allí el dinero da
triunfos… y aquí desastres… Pueblos de historia, de
tradición; tierras viejas donde sólo cabe, como en
las ciudades sepultadas de la antigüedad, la
excavación, no las plantaciones de nueva vegetación y savia vigorosa"
(6).

José Ortega y Gasset, en cambio, consideraba que
"América, lejos de ser el porvenir era, en realidad, un
remoto pasado, porque era primitivismo. Y también, contra
lo que se cree, lo era y lo es mucho más América
del Norte que la América del Sur, la hispánica"
(7).

En Italia también fascinaban los relatos de
quienes regresaban de América. Lo narra Edmondo
D’Amicis, en La maestrita de los obreros. Al ir a dar su
clase, la
protagonista encuentra que "Faltaba esa noche más de una
docena de alumnos. La maestra investigó las razones de la
ausencia, y supo que habían ido, con muchos otros, a pasar
la velada en un establo, donde un viejo aldeano, de vuelta de
América, un espíritu jovial y extraño,
había invitado a medio arrabal para relatarle la historia
de sus aventuras" (8).

Nora Ayala relata: "El tío de Luigi había
estado en América, donde había muchos italianos,
todos ricos, por lo menos para el parámetro del paese y
cuando volvía a Bagnasco entre un viaje y otro, encantaba
a amigos y parientes con los relatos de esos mundos lejanos y
maravillosos. La vida de los contadini era penosa y se trabajaba
desde que salía el sol hasta que
se ponía, de lunes a lunes, sin ninguna esperanza de
cambio, solamente para comer" (9).

Parte de Italia el matrimonio
Vairoleto con su primogénito, porque "en aquella
región las posibilidades de prosperar eran muy escasas
para los aldeanos pobres, y Vittorio concibió el proyecto de ir a
América. Algunos emigrantes, incluso un cura que
había estado en la parroquia de la villa, escribían
enviando noticias
favorables desde la Argentina, un país donde hacía
falta mano de obra y eran bienvenidos los labriegos italianos
para poblar las colonias agrícolas. Ilusionados por esas
perspectivas, Vittorio y Teresa se dispusieron a marchar al nuevo
continente con su bebé recién nacido"
(10).

De la nueva tierra, en la que tanto ha prosperado,
vuelve a Italia uno de los emigrantes, en Guido, novela de
Andrés Rivera. El hombre afirma: ""Acá, nada
más que mujeres… Soy un indiano que está de
visita, y al que le gustan las mujeres intrépidas"
(11).

Otras veces, los emigrantes prósperos no
regresan, pero envían cuantiosas sumas para colaborar con
el desarrollo de
la región que los vio nacer. En las Aguafuertes gallegas,
Roberto Arlt
se refiere a don Gumersindo Busto, y los hermanos Juan y
Jesús García Naveira, filántropos que
hicieron obras con parte de la riqueza acumulada en
América (12).

Las ilusiones tras las que se marcharon los inmigrantes
también son tema literario. Aunque muchos consideraron que
habían logrado "hacer la América", otros se
sintieron defraudados. Esta frustración es la que evoca
Carlos de la Púa, en su poema "Los bueyes", en el que
dice: "Vinieron de Italia, tenían veinte años,/ con
un bagayito por toda fortuna/ y, sin aliviadas, entre
desengaños,/ llegaron a viejos sin ventaja alguna"
(13).

En La pradera de los asfódelos, novela en la que
un español recuerda las promesas y la realidad que le
tocó vivir, escribe Rubén Benítez:
"Aquí hay trabajo y riqueza para todos. Venid cuanto
antes, nos decía. Y a pesar de los ruegos de las madres,
nos fuimos. Durante un año trabajé muy duro en la
salina, ahorrando céntimo tras céntimo, hasta que
pude pagarme el regreso. Volví como había ido. Nada
debo a aquella tierra. Sólo el desengaño.
Aquí está nuestro pueblo, el terruño de
nuestros abuelos, la finca de mi padre. Dos veces, hija,
lloré en mi vida. Cuando me di cuenta de lo lejos que
había quedado mi pueblo y cuando regresé a
él" (14).

Recuerda Roberto Arlt: ‘Siendo reporter policial
del diario Crítica
en el año 1927, tuve una mañana del mes de
setiembre que hacer una crónica del suicidio de una
sirvienta española, soltera, de veinte años de edad
que se mató arrojándose bajo las ruedas de un
tranvía que pasaba frente a la puerta de la casa donde
trabajaba, a las cinco de la madrugada. Llegué al lugar
del hecho cuando el cuerpo despedazado había sido retirado
de allí. Posiblemente no le hubiera dado ninguna
importancia al suceso (en aquella época veía
cadáveres casi todos los días) si investigaciones
que efectué posteriormente en la casa de la suicida no me
hubieran proporcionado dos detalles singulares. Me
manifestó la dueña de casa que la noche en que la
sirvienta maduró su suicidio, la criada no durmió.
Un examen ocular de la cama de la criada permitió
establecer que la sirvienta no se había acostado,
suponiéndose con todo fundamento que ella pasó la
noche sentada en su baúl de inmigrante (hacía un
año que había llegado de España). Al salir
la criada a la calle para arrojarse bajo el tranvía se
olvidó de apagar la luz. La suma de
estos detalles me produjo una impresión profunda. Durante
meses y meses caminé teniendo ante los ojos el
espectáculo de una muchacha triste, que sentada a la
orilla de un baúl, en un cuartujo de paredes encaladas,
piensa en su destino sin esperanza, al amarillo resplandor de una
lamparita de veinticinco bujías" (15).

En su poema "Inmigrante", Cristina Pizarro evoca la
misma desolación: "Yo era el que no tenía
título,/ ni un doble apellido,/ el que deseaba vivir en un
chalet de dos pisos/ con jardín/ y revestimientos de
piedra Mar del Plata./ Era uno de esos/ originarios de tierras/
devastadas./ Ahora/ soy/ este aire ambiguo/
este daño/
que regresa/ y este adiós/ menoscabado" (16).

Se sienten engañados los inmigrantes que evoca
José Pedroni en "La invasión gringa", incluido en
Monsieur Jaquin: "¿Dónde se hallaba el oro,/ de todos
alabado?/ El oro estaba en un pequeño árbol;/ el
oro era un engaño:/sólo pequeñas flores/ de
oro perfumado./ Aromitos floridos,/ orillas del Salado". En el
mismo poema, una mujer escribe: "-Nos casamos./ La tierra es
nuestra, ¡nuestra!/ Todo lo que tocamos/ va siendo
nuestro:/ el buey, el horno, el rancho…/ Nuestros todos los
árboles;/ nuestro un único
árbol,/ tan grande, tan coposo,/ que da gusto mirarlo./ Es
una nube verde/ asentada en el campo" (17).

En "La conquista de Buenos Aires", de Enrique
Loncán, Cicerón vuelve a la vida en el siglo XX y
emprende un viaje del que se arrepentirá amargamente.
Estas palabras lo impulsaron a realizar la travesía:
"más allá del Atlante existe una ciudad nueva,
maravillosa, pletórica de esperanzas. Es la tierra
prometida de los inmigrantes, la meta de los
destinos fantásticos y las riquezas fabulosas. Se cuentan
por millares los hijos del Lacio que en Buenos Aires hicieron
fortuna… ¿Por qué no la harías tú
también, Marco Tulio Cicerón, que llevas en tu
sangre lo más puro de la raza latina y en tu mente todo el
genio de la estirpe inmortal?" (18).

Notas

1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

2 Riestra, Jorge: "Las voces de la ciudad".

3 Fernández Moreno, Baldomero: La patria
desconocida. Buenos Aires.

4 Alas, Leopoldo: Su único hijo. Barcelona,
Bruguera.

5 Baroja, Pío: Cuentos. Alianza
Editorial

6 Benavente, Jacinto: La comida de la fieras.

7 Ortega y Gasset, José: La rebelión de
las masas.

8 D’Amicis, Edmondo: . La maestrita de los
obreros. Buenos Aires, Anaconda.

9 Ayala, Nora: Mis dos abuelas. 100 años de
historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.

10 Chumbita, Hugo: Ultima frontera.
Vairoleto: Vida y leyenda de un bandolero. Buenos Aires, Planeta,
1999.

11 Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el
Paraíso. Buenos Aires, Alfaguara, 2002.

12 Arlt, Roberto: Aguafuertes gallegas. Buenos Aires,
Ameghino, 1997.

13 De la Púa, Carlos: "Los bueyes", en L.
Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros: La
poesía
argentina. Buenos Aires, CEAL, 1979. Pág. 89.
(Capítulo).

14 Benítez, Rubén: op. cit.

15 Arlt, Roberto, citado en Orgambide, Pedro: "Roberto
Arlt, cronista de 1930", en Arlt, Roberto: Nuevas aguafuertes
porteñas. Buenos Aires, Librería Hachette S. A.
1960. (El pasado argentino, dirigida por Gregorio
Weimberg).

16 Pizarro, Cristina: La voz viene de lejos. Buenos
Aires, Ayala Palacio, 1996.

17 Pedroni, José: Hacecillo de Elena. Santa Fe,
Colmegna, 1987.

18 Loncán, Enrique: "La conquista de Buenos
Aires", en Cuentos y esquicios.

Salida de los hidalgos
segundones

"La salida de hidalgos segundones y gente acomodada
cuando la emigración no era aún masiva, ha servido
de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde
las provincias del norte de España excepto Galicia, no se
debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o
económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban
a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos,
santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños
capitales y una formación cultural adecuada" (1). No hemos
encontrado testimonios al respecto.

Notas

1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

Los "ganchos" o agentes de los
armadores

"Uno de los motivos de la salida de los campesinos
asturianos hacia la emigración –continúa
Méndez Muslera-, era la propaganda
‘ilícita’ de los agentes o armadores por sus
anuncios y reclamos notoriamente falsos. Estos agentes de los
armadores, se dedicaban a hacer publicidad de los
próximos viajes y también a arreglar los papeles
para la salida de los campesinos. Ya avanzado este siglo esta
especie de Agencias de Viajes para Ultramar pasaron a estar
sometidas al control de las
Inspecciones de Emigración (…), recibiendo el nombre de
‘Oficinas de Información y Despacho de Pasajes para
Emigrantes’ condición que obligaba a llevar un
‘Libro de Registro’,
con los datos relativos
al comprador de cada uno de los pasajes y un ‘Copiador de
Cartas’ con la correspondencia relativa al mismo asunto;
ambos libros
tenían que ser visados por la Inspección
correspondiente" (1).

En 1857, Antoine Bonvin emigra desde Valais, y se queja
amargamente del engaño de que ha sido víctima.
Desde Buenos Aires lo trasladan en vapor al Ibicuy: "Llegamos al
tercer día; se nos desembarcó en una vasta llanura
que no tenía más que un poco de buen terreno; no se
veían allí más que grandes pantanos o
bosques, pero de madera toda
espinosa. El agua era
mala y llena de toda clase de insectos; un país muy
malsano donde jamás nadie podía prosperar. Se
tenía peligro de verse devorado por las bestias feroces,
tal como el tigre, los cocodrilos y otros. Puedo decir que en
este momento estábamos todos desesperados de vernos
engañados de esta manera. Reclamábamos
inútilmente la promesa que nos había sido hecha
antes de nuestra partida: pero todo eso ya era inútil, ya
no se podía más escapar, uno se creía
exiliado en esta isla" (2).

Estanislao Zeballos se refiere a los agentes en La
rejión del trigo, obra de 1883. Allí leemos: "La
palabra de los agentes y de los contratistas está
desacreditada en Europa desde el siglo pasado. No solamente es
ineficaz: no es siquiera oida" (3).

Por otra parte –afirma Alejo Peyret-, los
potenciales emigrantes eran tentados con ofertas de otros
países: "Necesitamos poblaciones que no solamente tengan
la actividad física, la laboriosidad en grado
relativamente superior, sino que sean también superiores
intelectualmente y exentas de las preocupaciones de la
superstición y del fanatismo. Para conseguir nuestro
propósito sería menester mantener agentes
permanentes en Europa, que no dejemos un momento sin llamar la
atención sobre estas comarcas. Sería
menester acudir a los periódicos, a las publicaciones
baratas, a folletos, avisos, etc. Sería menester combatir
por la prensa y la
propaganda oral la acción
de los enganchadores que trabajan para los Estados Unidos y
para Brasil"
(4).

En El laúd y la guerra, Martina Gusberti evoca
uno de esos engaños. Dice que Resistencia "fue
fundada por un puñado de inmigrantes italianos que,
remontando el Río Negro y traídos por empresas
contratistas con el señuelo de poblar tierras
fértiles y prósperas, hallaron en cambio terrenos
ásperos, cubiertos por bosques salvajes plagados de
mosquitos. Era el 2 de febrero de 1878, durante un verano
abrasador. Se dice que los colonizadores estuvieron varios
días en el barco sin querer aposentarse en esa tierra
inhóspita. Luego, vencidos por la circunstancia, no
tuvieron otra opción que desembarcar con sus familias"
(5).

Juan Faccioli, pionero friulano, narra también un
episodio relacionado con la colonización chaqueña:
"Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se
enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del
Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por
aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero
luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y
aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una
colonia que se formaría al otro lado del arroyo El Rey"
(6).

También fueron engañados los judíos
que evoca Ricardo Feierstein en La logia del umbral, quienes, al
llegar a Santa Fe advirtieron que no tenían herramientas
ni dónde guarecerse (7).

Desde Tucumán, donde sufre explotación,
enfermedades,
hambre y discriminación, José Wanza escribe,
en 1891: "Aquí estoy sin comunicación con nadie en el mundo.
Sé que las cartas que mandé a mis amigos no
llegaron. Es probable que éstos nuestros patrones que nos
explotan y nos tratan como a esclavos, intercepten nuestra
correspondencia para que nuestras quejas no lleguen a conocerse.
Vine al país halagado por las grandes promesas que nos
hicieron los agentes argentinos en Viena. Estos vendedores de
almas humanas sin conciencia,
hacían descripciones tan brillantes de la riqueza del
país y del bienestar que esperaba aquí a los
trabajadores, que a mí con otros amigos nos halagaron y
nos vinimos. Todo había sido mentira y engaño"
(8).

A veces, los engaños no provenìan de los
armadores. En Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson, un sacerdote
afirma: "Uno llega repleto de ilusiones. Como usted dice: con la
Revista del Misionero en el bolsillo. Al final nos
contentábamos con que juntaran las manos y repitieran
Misericordia, Jesús, varias veces. Pero no era seguro que lo
recordaran al día siguiente". Acerca de los anglicanos
expresa: "Pobres diablos. ¿Cómo no van a sentirse
desengañados? Ya sabemos cómo hacen para
reclutarlos. ¿Acaso no les pintan todo esto como un
paraíso repleto de aldeas? Me imagino las fantasías
que traen. ¿Y qué encuentran a su
llegada?".

La viuda del reverendo Dobson evoca los planes que
hacìan sobre la emigraciòn, alentados por noticias
tendenciosas: "Despuès de pasar una tarde en la
Uniòn Misionera, volvìan a casa con su marido por
un sendero de gramilla perfumada. Llevaba seis meses de casada
con Dobson. Hicieron un alto en el parque y abrieron un paquete
de bollos. Charlaron del futuro viaje a Sudamèrica. Dobson
dibujò la misiòn sobre el papel de los bollos.
Habìa un grupo de
canaleses entonando sus himnos y un paquebote en el horizonte.
Los canaleses figuraban como ‘naturales amistosos’ en
todas las publicaciones del Almirantazgo, de modo que
agregò un nativo haciendo cabriolas. Su mujer le
suplicò que dibujara una huerta. Dobson puso la huerta y
metiò algunas ovejas. Estuvo tentado de añadir el
cementerio, pero desistiò a ùltimo momento. Ella
estudiò bien el dibujo y
concluyò que nada faltaba. Tratò vanamente de
hallarle algùn parecido con su aldea de Sussex. Pero igual
le propuso: ‘Pongàmosle Abingdon’.
Pensò emocionada: ‘El Señor es mi
pastor’ " (9).

Gabriel Báñez evoca otra clase de
engaños. La Zwi Migdal era una organización de trata de blancas que
tenía en Ensenada el centro de sus operaciones. Casi
todas las pupilas "venían de Varsovia, engañadas
por un correo que les prometía casamiento y fortuna en la
nueva tierra y con el cual refrendaban un contrato que
avalaban los padres de las jóvenes. En cuanto pisaban
puerto, debían enfrentarse sin embargo con la letra chica
del contrato: la prostitución o el remate" (10).

Un personaje de Vázquez-Rial explica el procedimiento: en
las aldeas judías de Polonia hay "mucha hambre. Más
de la que se puede aguantar. Y lo más caro de todo, lo
más inútil, son las hijas. Hay que librarse de
ellas: casarlas o venderlas, que viene a ser lo mismo. (…) Yo
nunca llegué a saber si esos viejos que vendían a
las hijas creían o no en lo que hacían, pero lo
hacían, y había que seguirles la corriente. (…)
Eran jóvenes hermosas, criadas con miedo a Dios y
obediencia absoluta al padre que las vendía. Ruth,
digamos, por ponerle un nombre, respetuosa, humilde, delgada…
La metían en un barco con un tipo como yo, la bajaban en
Buenos Aires, la encerraban en un sitio inmundo, para que el
quilombo, después, le pareciera el cielo, y a la semana o
a los quince días la mandaban a la Boca: una pieza, o dos,
o las que fueran, y el patio, con veinte, treinta hombres
esperando a la luz de unas velas, cualquier hombre, los
más horrorosos, carreros o cirujas…, cirujas
también. Yo lo sabía, pero pensaba en la guita y
tragaba saliva; y repetía la escena" (11).

En El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, un
personaje habla con el padre de una joven judía polaca.
"Señor Hamer, yo soy un hombre práctico –dijo
sonriendo-. Busco una buena judía trabajadora que pueda
manejar mi casa y criar a mis hijos. Buenos Aires es una gran
ciudad, con costumbres diferentes. No es fácil encontrar
chicas bien preparadas para el matrimonio en una ciudad grande. Y
en el caso de su hija, precisamente por lo que ella vivió,
sé que va a valorar lo que voy a darle, y me lo va a
retribuir como merezco. Porque va a ser muy difícl que
encuentre a otro que pueda y esté dispuesto a dar lo que
yo estoy ofreciendo" (12).

Se recuerda asimismo a "las ‘niñeras’
que bajo la promesa de venir a trabajar a la casa de un rico
pariente lejano y enseñarlo modales europeos a sus hijos,
terminaban pasando sus días y noches en los
prostíbulos" (13).

Segio Pujol se refiere a las inmigrantes
engañadas que observa en el tango: "muchas de
las mujeres del imaginario tanguero enfermaban al errar el camino
y dejarse tentar por las luces del centro. Un imaginario de
la muerte como
castigo ejemplar dejaba entrever, a su vez, una gama de
posiciones. Estaban las mujeres engañadas por el sistema (como las
francesitas que llegaban a Buenos Aires mal informadas o las
provincianas que rodaban ‘una noche en el
Maipú’), pero también estaban las pecadoras
por voluntad propia" (14).

Una mujer no se prostituía por ser
engañada ni por propia voluntad. En Don Segundo Sombra,
Ricardo Güiraldes escribe acerca de "la desvergüenza
del gringo Culasso que había vendido por veinte pesos a su
hija de doce años al viejo Salomovich, dueño del
prostíbulo" (15).

Notas

1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

2 Vernaz, Celia: op. cit.

3 Zeballos, Estanislao: La rejión del trigo.
Madrid,
Hyspamérica, 1984.

4 Vernaz, Celia: op. cit.

5 Gusberti, Martina: op. cit.

6 S/F: "Friulanos sobre el Paraná", en La
Nación Revista, Buenos Aires, 29 de julio de
2001.

7 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos
Aires, Galerna, 2001.

8 Panettieri, José: Los trabajadores. CEAL,
1982.

9 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires,
Sudamericana, 1991.

10 Báñez, Gabriel: op. cit

11 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur.
Barcelona, Ediciones B, 1998.

12 Drucaroff, Elsa: El infierno prometido Una prostituta
de la Zwi Migdal. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp.
(Narrativas históricas)

13 S/F: "Editorial: Los gringos de hoy", en Infohuertas
N° 6, Febrero de 2002. Netfirms Web
Hosting.

14 Pujol Sergio: "Peligros de la vida disipada. La
tragedia de las Esthercitas", en Clarín, Buenos Aires, 31
de agosto de 2002.

15 Güiraldes, Ricardo: Don Segundo Sombra. Buenos
Aires, CEAL, 1979. 216 pp. (Capítulo).

Dramas personales

Pero también hubo otros motivos que llevaron a
quienes emigraron a tomar una decisión tan
difícil.

El orensano Ramón
Santamarina pierde, con pocas horas de diferencia, a su padre
–que se suicidó- y a su madre, fallecida a causa de
la trágica decisión de su marido. "Los tíos
del niño Ramón –afirma Alberto Vilanova
Rodríguez-, que no fueron capaces de acudir en su socorro,
pero sí avergonzarse del inocente, pero pobre pariente, a
pesar de que se había decidido a luchar por la vida, antes
de lanzarse a la mendicidad, le agarraron y le depositaron en un
orfanato, de donde muy pronto se fugó, ofreciéndose
como grumete en un velero contrabandista que salía para
Buenos Aires, con la decisión y energía que
caracterizaron siempre su extraordinaria voluntad. En 1840, pues,
ponía sus plantas en la
Argentina, el país que con el correr de los años
iba a ser testigo de sus virtudes y de su genio" (1).

La censura social impulsa allende el mar. En 1886
–escribe Claudio Savoia-, "zarpó el barco que sacaba
de España al niño Manuel Miranda, alejado de su
patra por su abuela para protegerlo –a él y a su
madre- de la vergüenza de ser hijo natural" (2).

De su abuela dijo el periodista Vicente Muleiro: "Como
decía Gila, mi abuela era una solterona… Tan solterona
era doña Francisca Muleiro que a sus hijos les puso su
apellido.(…) Murió cuando yo era un adolescente y se
llevó el secreto de su infancia
gallega y la íntima épica de su inmigración"
(3).

En su novela Mientras la luz se va (4), Noemí
Cohen relata lo sucedido a "Setti, a quien Elena conoce en el
interminable viaje hacia América y que se ha embarcado
para restañar la herida de haber sido repudiada por su
marido y haber perdido contacto con su única hija"
(5).

La protagonista del film Herencia,
dirigido por Paula Hernández, "es una inmigrante italiana
que llegó a la Argentina tras la Segunda Guerra
Mundial. Aunque nunca pudo encontrar al hombre cuyos pasos
seguía, decidió adoptar a Buenos Aires como su
ciudad" (6).

Un amor imposible
causa la emigración de un italiano: "El mismo día
en que Enrico se hizo cargo de la sastrería, el
único auto de la villa se detuvo enfrente. El chofer
entró: ‘La hija del Patrón se va a casar con
un doctor de Zóppola, como él ha dispuesto; y
aquí te manda este dinero a cuenta del traje de novia que
le vas a confeccionar’. Enrico lo entregó y se
embarcó. Para no ver jamás el mar viajó
tierra adentro, hasta el centro de la Argentina; hasta su huerta,
en medio de la manzana del medio del pueblo" (7).

En Milán, en 1947, dice uno de los personajes de
La crisálida, de Nisa Forti Glori: "Nosotros no somos
emigrantes. Llevamos capital y
brindaremos trabajo. No nos empuja la necesidad. Simplemente
estamos hartos de esta miserable lucha de partidos. De gente que
te escupe sólo porque desciendes del automóvil bajo
el porch de La Scala…" (8).

Un gallego, en Frontera sur, huye de la ira de su
suegro: "Primero tuve que escapar yo. Pasé un mes en el
monte. Me buscaron con perros, decididos
a matarme". Vuelve a buscar a su novia, y se casan en
Cádiz. En Barcelona muere la mujer, dejando
a un hijo. "Desde el momento en que la enterré –dice
el viudo-, me entregué a un único propósito:
ganar dinero, porque con dinero se puede todo. Quería
comprar mi vida y la tuya, mi libertad y la
tuya, y regresar para vengarme, empezando por tu abuelo…"
(9).

En La trama del pasado (10), de Cristina Bajo, "Una
joven aristócrata, Ignacia Arias de Ulloa, abandona a su
marido y huye con una criada llevándose muy poco: su
estuche de esgrima, y el halcón preferido de aquél.
Al llegar a la casa solariega de su madre se encuentra con que
ésta ha decidido regresar a las provincias del Río
de la Plata, su tierra de nacimiento, para ajustar viejas
cuentas. Sin
pensarlo, Ignacia se embarca con ella" (11).

José, el asturiano que protagoniza la miniserie
Vientos de agua, debe
escapar de su pueblo porque, indignado por la muerte de su
hermano en la mina, la hace volar, y es buscado. Con el dinero y
los documentos del
difunto, viaja convencido de que volverá. Un personaje de
Mestizo, una de las novelas de
Feierstein, relata por qué emigraron sus padres: "Moishe
Búrej realmente no quería venir a la Argentina,
pero ¿qué iba a hacer? Se fueron los hijos mayores
y después me fui yo, luego Carlos con mi hermana.
¿Quién quedaba? Nadie, salvo Jacobo, que vino con
ellos, en 1936. Cuando viajaron ya había guerra civil en
España, salieron justo, justo. En Polonia quedaron otros
parientes, tíos y primos: nunca más supimos algo de
ellos. La zona de Lemberg fue muy castigada durante la Segunda
Guerra, los alemanes entraron allí. Me contaron
después que han hecho un verdadero desastre de mi pueblo.
Fue una masacre en el centro, la zona de la feria, donde
vivían las famlias judías. A los ucranianos no les
hicieron nada, porque estaban con ellos. Pero de los nuestros no
quedó ninguno vivo. Por suerte, nosotros nos fuimos antes.
Dijimos ‘no va más acá, el futuro está
muerto’. Y nos fuimos" (12).

A la inmigración de los estadounidenses Hudson,
padres del escritor, se refiere Alicia Viladoms: "Carolina
Augusta Kimble se había casado con Daniel Hudson contra la
voluntad de los padres de ambos (quizás fuera éste
uno de los motivos de su emigración)" (13).

La justicia por
mano propia es otro de los motivos para dejar el país. En
De aquí hasta el alba, novela
de Eugenio Juan Zappietro, el cirujano belga Hubert Leroy debe
huir de Francia pues
durante una operación dio muerte intencionalmente a un
ministro asesino: "Cuando Francia descubrió el crimen,
Hubert Leroy estaba ya en América" (14).

Por miedo a unos acreedores que harían justicia
por propia mano, es que el abuelo de Jorge Fernández
Díaz llega a la Argentina: "En dos o tres aldeas, y en un
pequeño municipio, mi abuelo había cobrado por
anticipado trabajos que nunca terminó. Unos damnificados
de pocas pulgas le habían dado un ultimátum y
después habían prometido coserlo a navajazos.
Vendrían de un momento a otro, y a José no le
quedaba más alternativa que levantar los petates y
largarse bien lejos. Consuelo, su hermana menor, había
cruzado el Atlántico y llevaba una existencia decorosa en
una ciudad monumental llamada Buenos Aires" (15).

En 1892, Jimmy –"nacido James Radburne"- (16)
llegó a la Patagonia,
"huyendo de la pobreza y los
prejuicios ingleses, y pasó toda una vida improvisando
oficios para sobrevivir y métodos
para huir de las policías argentina y chilena". Se
dirigió a esa región pensándola "como
garantía de anonimato para pasados difíciles"
(17).

Por medio de una carta, Butch
Cassidy comunica su paradero a sus amigos ilegales
estadounidenses. Ese manuscrito "permitió certificar su
estancia en la región décadas después de su
muerte". Lo relata Francisco N. Juárez en el trabajo
titulado "Una carta de Butch Cassidy" (18), en el que escribe
"Aunque la carta de
Cholila ahora carece de la última carilla con su
rúbrica (firmaría Bob, como las demás, pero
es su caligrafía) resulta una maravillosa síntesis
de la nueva vida del bandido. Elegantemente alude a ‘un
tío (que) murió y dejó 30.000 dólares
a nuestra pequeña familia de tres miembros. Tomé
mis 10.000 y partí para ver un poco más del
mundo’. En realidad, se refería al asalto de un
banco de Winemuca en Nevada, el 10 de septiembre de 1900. Ahora
estaba solo, es cierto, pero por pocos meses, de manera que
mentía ese dato. Daba cuenta de su patrimonio
ganadero: ‘300 cabezas de vacunos, 1500 ovinos, 28 caballos
de silla’, además de dos peones y la alusión
al rancho como ‘una buena casa de cuatro
habitaciones’, galpones, establo y gallinero. Se quejaba de
su soledad, la falta de una cocinera y su ‘estado de amarga
soltería’. Luego, agregaba otras quejas. Se hablaba
español, ‘pero el país, en cambio, es
excelente’. Daba cuenta de la extensa y fértil
región, la distancia con Buenos Aires y esperaba
fortificar las ventas de
ganado a Chile, ‘nuestro gran comprador de carne
vacuna’, porque de allá habían abierto un
camino cordillerano (se refería al sendero de
Cochamó, el que denunció Clemente Onelli como
contrario al laudo arbitral que expediría la corona
británica ese mismo año)".

En un cuento, Osvaldo Soriano afirma que el bandido tuvo
descendencia en la Argentina. Cuando se jugó el Mundial de
1942, los argentinos "perdieron 6 a 1 con un pésimo
arbitraje de
William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del
cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en Bolivia
vivió muchos años en las estancias de la Patagonia
con el Sundance Kid y Edna, la amante de los dos"
(19).

En "El cura y el cowboy" se recuerda a "El
Norteamericano", que vivió en Santa Cruz: a principios del
siglo XX: "Por la zona había un malvado y muy conocido
bandolero… era ‘El Norteamericano’, el cual hablaba
inglés
y un poco de castellano
bastante mal, por cierto. Este era de esos que donde ponía
el ojo ponía la bala y hasta la policía le
tenía terror a enfrentársele. Era
‘yankee’ en serio. Era común que cuando eran
buscados por la justicia del país del norte y ya no
había muchas chances por allá; se subían a
algún barco en la zona de California para bajar en Punta
Arenas… y seguir ‘ejerciendo’ en la Patagonia. Tal
era el caso de este auténtico cowboy" (20).

"Al terminar la guerra, Eichmann se ocultó en un
monasterio católico en Italia. Wiesenthal decidió
dedicar ‘unos años’ a buscar justicia y se
enroló para trabajar con los aliados en la
recolección de evidencias de
crímenes de guerra. En 1947, cuando Eichmann huyó a
América del Sur usando un nombre falso, Wiesenthal
creó el Centro Judío de documentación en Lidz, para reunir
evidencias para juicios futuros. (…) Ese año la esposa
de Eichmann trató de conseguir que se declarara muerto a
su marido. (…) Aunque Wiesenthal tomó contacto con la
Mossad nuevamente, y también con Nahum Goldman, presidente
del Congreso Judío Mundial, no pasó nada hasta
1959, cuando Israel recibió la información de
Alemania de
que Eichmann estaba en Buenos Aires. Se organizó una
operación encubierta. Un equipo de agentes secretos de la
Mossad secuestraron al ex nazi y lo llevaron a Israel. (…) fue
encontrado culpable de todos los cargos, sentenciado a muerte y
colgado justo después de la medianoche el 1 de junio de
1962" (21).

En Saladillo "terminó el rodaje de El ultimo
mandado, largometraje de Fabio Junco (36) y Juli Midú
(31), protagonizado por Ellen Wolf, ganadora del premio Trinidad
Guevara, que otorga el gobierno de la ciudad de Buenos Aires,
como mejor actuación femenina de reparto, por su trabajo
en La omisión de la familia Coleman, de Claudio Tocachir,
y por el joven vecino saladillense Lucas Midú, hermano de
uno de los cineastas. (…) 'Soy judía y hago de nazi,
¿qué le parece?, confesó la veterana actriz
(su apellido de soltera es Rottemberg) hace dos meses, al iniciar
el rodaje de este lagometraje de bajo presupuesto con
locaciones en Saladillo y en Buenos Aires. (…) Según
Junco y Midú, la película aborda una realidad
argentina todavía inexplorada en la ficción: la de
los pueblos del interior que sirvieron como refugio para
numerosos personajes vinculados con el régimen nazi"
(24).

Señala Carlota Jackisch: "a partir de 1949,
nuevamente comienzan a llegar a la Argentina alemanes que ya no
tenían lugar en Alemania. Esta vez se trataba de
dirigentes nacionalsocialistas de distintas jerarquías y
profesionales alemanes comprometidos con el III Reich. El
gobierno de Perón les
dio albergue en universidades, en empresas, y se creó una
organización especial para ubicar a los ahora exnazis en
Argentina. Con la caída de Perón en 1955, muchos
emigraron hacia Colombia y
actualmente algunos viven en Alemania" (25).

Notas

1. Vilanova Rodríguez, Alberto: Los gallegos en
la Argentina. Buenos Aires, Ediciones Galicia, 1966. Tomo II.
Pág. 760. Premio de Historia en el Concurso Extraordinario
de 1957, celebrado para conmemorar el cincuentenario de la
fundación del Centro Gallego de Buenos Aires.
Prólogo de Claudio Sánchez-Albornoz.

2. Savoia, Claudio: op. cit.

3. Muleiro, Vicente: "El mirador", en Clarín,
Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.

4. Cohen, Noemí: Mientras la luz se va. Buenos
Aires, Losada, 2005. 216 pp.

5. S/F: "Novela de Noemí Cohen en Losada", en
Raíces, www.revista-raíces.com. Noviembre de
2005.

6. Ormaechea, Luis: "Con ánimo de conciliar", en
www.otrocampo.com.

7. Cassini, José Luis: "El mar en los ojos", en
Rotary Club de Ramos Mejía. Comité de Cultura.
1994.

8. Forti Glori, Nisa: La crisálida. Buenos Aires,
Corregidor, 1984.

9. Vázquez-Rial, Horacio: op. cit

10. Bajo, Cristina: La trama del pasado. Buenos Aires,
Sudamericana, 2006. 384 páginas (Biblioteca
Cristina Bajo)

11. S/F: en www.edsudamericana.com.ar

12. Feierstein, Ricardo: Mestizo. Buenos Aires, Planeta,
1994.

13. Viladoms, Alicia H. : "Estudio preliminar", en
Hudson, Guillermo Enrique: Allá lejos y hace tiempo.
Versión en lengua
española, estudio preliminar y notas de Alicia Hebe
Viladoms. Buenos Aires, Kapelusz Editora, 1994.

14. Zappietro, Eugenio Juan: De aquí hasta el
alba. Barcelona, Planeta, 1971.

15. Fernández Díaz, Jorge: Mamá.
Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

16. Cella, Susana: El inglés.

17. Cristoff, María Sonia: "Inglés en
fuga", en La Nación, Buenos Aires, 19 de noviembre de
2000.

18. Juárez, Francisco N.: "Una carta de Butch
Cassidy", en La Nación, Buenos Aires, 25 de agosto de
2002.

19. Soriano, Osvaldo: "El hijo de Butch Cassidy",
publicado originalmente en el diario Página/12, forma
parte de "Cuentos de los años felices", Editorial
Sudamericana, 1993. Incluido en Letrópolis
(www.letropolis.com.ar), Diciembre de 2006.

20. S/F: "El cura y el cowboy", en
www.misionorg.com.ar.

21. Vallely, Paul: "Justicia, justicia
perseguirás SIMON WIESENTHAL", en La Nación, Buenos
Aires, 25 de septiembre de 2005. Traducción: Gabriel
Zadunaisky.

22. Minghetti, Claudio D.: "Saladillo ya es un pueblo de
película", en La Nación, Buenos Aires, 10 de
septiembre de 2006.

23. Jackisch, Carlota: El nazismo y los
refugiados alemanes en la Argentina 1933-1945. Buenos Aires, Ed.
de Belgrano, 1989.

…..

Motivos no faltaron. Tristeza sobró a estos
hombres y mujeres que, un día, debieron dejar su tierra y
embarcarse hacia un país desconocido, en el que se
establecieron y del que, quizás, nunca pudieron
regresar.

II El
viaje

El tema del viaje es un tópico reiterado en la
literatura
universal. El escritor y periodista Rubén Benítez,
autor de la novela de
inmigración La pradera de los asfódelos, me dijo en
un reportaje: "Ulises es tal vez literariamente el primer
emigrante que sueña con el regreso a su entrañable
tierra. Lo detienen los cantos de sirena y la magia de Circe". Al
igual que el griego, "el inmigrante europeo también
partió y cayó en las mismas redes. El viaje o "nostos"
griego, enlaza con la nostalgia, el dolor del regreso"
(1).

En las páginas que leímos, encontramos la
evocación de la travesía vista, no sólo como
material literario, sino también como un momento de la
vida propia o de los mayores que se desea reflejar, para dar
testimonio y rendir homenaje a tantos seres que buscaron en otra
tierra lo que en la suya no encontraban.

Notas

(1) Benítez, Rubén: La pradera de los
asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988.

 

Permiso para embarcar

Marcelo Bazán Lascano señala que la
Ley
Avellaneda, de 1876, proporciona la definición de
inmigrante. Distingue "entre los inmigrantes ‘sensu
stricto’, o sea los que venían con pasaje de segunda
o tercera clase por cuenta del gobierno u otras entidades, y los
que entre el 25 de mayo de 1810 y el presente han arribado a
nuestro territorio a su costa, como polizones o en cualquier otra
forma clandestina o ilegal. Podría sostenerse, pues, que
los segundos son, prima facie, definibles como inmigrantes
‘lato sensu’, aunque hubieran venido en primera clase
y aunque lo hubiesen hecho con bienes de
fortuna y hasta con títulos nobiliarios" (1).

Se ha señalado la diferencia entre inmigrantes y
refugiados: "El inmigrante toma una decisión y asume el
riesgo, aunque
tenga que poner en peligro su vida. El exiliado no tiene
capacidad u oportunidad para decidir. Otra de las diferencias
fundamentales es la experiencia vivida antes de la partida.
Muchos llegan heridos, con mutilaciones, han sido testigos de la
muerte de personas conocidas y familiares. Sufrieron violaciones
sexuales, (…). Luego está el trauma del desarraigo, la
pérdida del punto de referencia, la destrucción de
todos los bienes".

Cuando se trata de un refugiado, por más que se
esfuerce por sobreponerse, "El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de
la vida. (…) En muchas ocasiones, el desplazado debe adaptarse
a países con otro idioma, otra cultura, separado de sus
seres queridos. No resulta extraño que sean frecuentes los
intentos de suicidio, los conflictos
conyugales, el retraimiento social, la sensación de
peligro constante, la pérdida de creencias, las conductas
agresivas… Un caso donde el desarraigo es especialmente
doloroso es el de los ancianos, que desarrollan más
cuadros depresivos que el resto. La falta de esperanza sirve para
adelantar la muerte" (2).

Tomada la decisión, se emprende la
travesía. Primero, por las oficinas que otorgan el permiso
de embarque. No viajaba el que quería, sino el que
conseguía la autorización imprescindible para
embarcar. Giorgio Bortot escribe que a aquellos inmigrantes "se
les exigió: 1) ser preferentemente europeo; 2) ser de sana
y robusta constitución, exenta de enfermedades y
malformaciones que alteren su capacidad laborativa presente o
futura; 3) asegurar que no venían a practicar la
mendicidad, y la mujer adulta, además, a ejercer la
prostitución; 4) declarar su religión; 5) viajar
en segunda o tercera clase; 6) residir en zonas determinadas; 7)
al llegar, tomar otros recaudos para asegurar la defensa social".
Y agrega: "pocos se enteraron de tales restricciones. (…) El
que escribe fue traído de niño y debió
acatar aquello" (3).

La enfermedad, la senectud, eran muchas veces objeto de
discriminaciones que separaban a las madres de sus hijos, a los
hermanos entre sí. Syria Poletti lo supo bien y lo
narró en su novela Gente conmigo, que fue distinguida en
1961 con el Premio Internacional de Novela convocado por la
Editorial Losada. En esa obra alude a las trabas que se
imponían a los disminuidos físicos para salir del
país. Recuerda Nora Candiani, la protagonista: "Paso tras
paso, con su carga de trabajo y el agobio de apuntalar a una
familia dispersa, Bertina consiguió arrancar el permiso de
embarque. (…) Mi viaje a América se resolvió
así en una suerte de contrabando:
yo era como un producto
deteriorado que debía pasar inadvertido, entremezclado con
los productos
destinados a la exportación: los emigrantes aptos. Yo era
el polizón que logra trepar al barco. Luego, la piedad me
admitiría. De todos modos, lo importante era viajar. La
vida impone las leyes y la vida
enseña las trampas. Sólo que las trampas
arañan" (4).

Un defecto físico impide la salida de una
asturiana hacia América: "Cuando tenían todo
arreglado para viajar, y ya no había retorno, el
cónsul argentino se puso meticuloso con la visa.
Despachaba a cientos de asturianos por hora y se daba el lujo de
poner objeciones ridículas. Eran tan ridículas que
parecían el cebo de alguna coima. El cónsul
detectó un dedo mocho en la mano izquierda de Valentina y
decretó que esa lesión la hacía
inútil para el trabajo, y por lo tanto inviable para
emigrar. Sin dinero, sin tiempo y sin chances, Marcial
recurrió a su prima, que era cocinera del gobernador, y
éste fue magnánimo y ejecutivo. El cónsul
reculó y firmó los papeles a regañadientes,
y el buque de carga Entre Ríos los llevó a la otra
orilla del mundo" (5).

Nélida Boulgourdjian relata que sus mayores
decidieron emigrar hacia la Argentina porque "habían
escuchado que era un país joven con muchas oportunidades
de trabajo y, sobre todo, con la posibilidad de vivir en
libertad. Pero quizá lo que más los alentaba era
que habían otros parientes que los habían precedido
y que facilitarían sus primeros pasos en la nueva tierra.
Sin embargo, la ceguera de Samuel haría difícil el
ingreso a la Argentina; las leyes eran estrictas y Samuel no
cumplía con uno de los requisitos: no tener defectos
físicos. Su ceguera lo hacía inaceptable para las
leyes. El joven debió quedarse en Beirut hasta que la
perseverancia de su madre una vez instalada en Buenos Aires hizo
posible el milagro. Ella logró con la ayuda de
profesionales idóneos que Samuel entrara finalmente en la
Argentina. Se dijo que su caso sentó jurisprudencia" (6).

Lo mismo sucedía con quienes deseaban salir de la
Argentina. El italiano Gemesio desea establecerse con su familia
en la península. Durante la revisación
médica, el galeno señala: " ‘¡Esta
criatura tiene fiebre! –y le sacó la gorrita, y
cuando vio los granos exclamó: -¡Esta niña no
puede viajar!’. Y quedó Elenita, que sólo
tenía tres años, en brazos de la abuela Irene,
mientras el Principessa Mafalda se alejaba de la costa, los
pañuelos se agitaban en el puerto y Christina, a
través de las lágrimas veía
empequeñecerse las figuras familiares. Por primera vez
miró a su marido con rencor" (7).

En 1891 "se abrió el comité del
Barón de Hirsch. Fue una salvación para los
judíos y empezó el registro de las familias.
Aceptaban solamente familias con hijos varones. Los que no los
tenían, se daban maña. Hacían inscribir a un
soltero como hijo y la cosa marchaba" (8).

Alejo Peyret recuerda que para fundar la Colonia San
José, en Entre Ríos, "Se ha aceptado
apresuradamente todo cuanto se ha presentado, con la única
condición de ser católico. Se han hecho adelantos
de ingentes cantidades a familias desprovistas de todo, y que
presentan muy pocas garantías de reembolso. Por decirlo,
se ha gastado mucho dinero sin necesidad. (…) Suponiendo igual
capacidad para el trabajo un colono protestante debe ser
preferido al católico" (9).

En El angel del Capitán, de Chuny Anzorreguy, son
políticos los motivos de discriminación a los que debe enfrentarse
Miro Kovacic cuando decide exiliarse. Un amigo le sugiere
dirigirse al Instituto Croata de Cirilo y Método,
donde se entera de que "Un país sudamericano había
puesto a disposición del Instituto diez mil visas para los
croatas que la necesitaran. No a los largos trámites. No a
las profundas investigaciones. No al interminable
papelerío". A fines del 47, en Trieste, se completa el
viaje iniciado mucho antes: "Subimos al tren Nada, Mía y
yo. Nos internábamos en la oscuridad absoluta buscando al
sol" (10).

Décadas antes había sucedido algo similar
a un personaje de Ana María Shua. Por ser desertor,
aguardó durante un año, escondido en la casa de la
novia, que algún compatriota falleciera, para poder viajar
con sus documentos: "Murió Gedalia Rimetka, medianamente
joven, de bigotes. Con su documento fue el abuelo al consulado de
América, la verdadera, la del Norte, y le dijeron que no.
No lo bastante joven murió Gedalia, no lo bastante joven
como para pasar por el abuelo. En Polonia siempre hacía
frío, siempre había nieve. Cuando se
derretía la nieve, había mucho barro. El barro
también era frío. El barro de Tomachevo
cruzó el abuelo, que quería cruzar el mar. Y
llegó al consulado de esta pobre América.
Allí, le habían dicho, no se fijan mucho, no
entienden nada, les da lo mismo. Allí también es
América, aunque no tanto. Lo que vale es salir de Europa,
lo que vale es cruzar el mar. Desde una América ya
será posible llegar a la otra. Y no se fijaron, o no les
importó, o no entendían nada, y el abuelo pudo
ponerse en camino para cruzar el mar" (11).

Los rusos Gurovitz "Habían quemado todos los
documentos. En sus papeles figuraban como griegos. Así lo
atestiguaban la ropa, gorra y pipa entregadas poco antes"
(12).

En una carta envada al diario Clarín, expresa
Erwin Auspitz: " (…) en noviembre de 1938, con casi 10
años, vivía en mi ciudad natal, Viena, con mi
familia de origen, judía. Mi padre fue detenido y
quedó alojado en la Gestapo, de allí lo
llevarían a Dachau. El cónsul argentino en Viena,
Juan Giraldes, (…) No sólo extendió las anheladas
e imprescindibles visas de tránsito para mis padres, mi
hermana, mi abuela materna y para mí, sino que
–además- lo hizo sin tener en cuenta una carta
anónima que entregó a mi madre y que conservo hasta
hoy; allí se denuncia la intención de nuestra
familia de permanecer ilegalmente en Buenos Aires. Conseguidas
las visas, mi madre logró que la Gestapo liberara a mi
padre, previo el compromiso de dejar Austria en un plazo
perentorio. Llegamos a estas tierras amadas en febrero de 1939, y
aquí crecí, viví mi vida y formé mi
familia" (13).

En Dimitri en la tormenta (14) -novela de Perla Suez
seleccionada por la Asociación de Literatura
Infantil y Juvenil Argentina (ALIJA) y por la
Fundación de Lectura,
Fundalectura, Bogotá, Colombia, entre los mejores libros
para jóvenes-, relata Tania, una polaca que huye del
nazismo: "Con el anillo de brillantes de mi madre compré a
uno de los comandantes y escapé. Vagué por cloacas,
estuve en una iglesia donde
un sacerdote me ayudó. Disfrazada de mendiga, pude llegar
a la bahía de Gdansk. Y logré esconderme en el
barco carguero en el que llegué".

Lajos Fehér, húngaro judío,
"consiguió un pasaporte falso a nombre de Alejandro Gross
con una expresa mención del obispo de la zona que la
religión profesada por el portador era la
católica". Logra llegar a Italia, donde "en una
desesperada búsqueda de algún medio para salir de
Europa, consiguió finalmente una visa para Ecuador y un
lugar en el Augustus que salía a la madrugada siguiente
con ese destino. El lugar en ese barco le costó una buena
parte de su dinero ya que, aún siendo reconocido como
católico, no querían embarcar ciudadanos de
países de Europa Central, por poner a la misma
compañía marítima en actitud
sospechosa" (15).

Otro documento falso permitió indirectamente la
llegada al país de Pedro Roth, "el mayor cronista
gráfico de la plástica argentina", nacido en
Budapest en 1938. El vivió en Hungría durante la
Segunda Guerra Mundial y
llegó a Buenos Aires –explica- "gracias a un negocio
algo oscuro del doctor Liber, un primo segundo de Rosalía,
mi madre, que le compró un pasaporte falso al
cónsul argentino en Montecarlo el año de mi
nacimiento. Puede que el funcionario fuese algo informal, pero le
salvó la vida y nunca dejaremos de recordarlo. Bueno,
Liber llegó e instaló una fábrica de
jabón en San Martín. Mi madre, mi abuela Eugenia y
yo llegamos en 1954 y nos establecimos en Florida"
(16).

Jacques Arndt, nacido en Viena, relata: "ingresé
en la Argentina a los 21 años, solito, como
polizón, sin hablar una sola palabra de castellano y sin
un peso. Me tuve que refugiar escapando de Viena luego de la
entrada de los nazis en mi país y en una fuga y
travesía casi cinematográfica. Escapando de los
nazis logré llegar a Marsella y, con la anuencia de un
marinero, me escondí en un barco" (17).

Juan Zorrilla de San Martín se exilia en la
Argentina: "La actividad literaria emprendida por Zorrilla de San
Martín y los ideales que lo animaban le habían ya
impulsado a fundar, en 1878, el diario ‘El Bien
Público’ (…) Las duras campañas
periodísticas contra los gobiernos que no
respondían a sus ideales religiosos y democráticos
le atrajeron dolorosas persecuciones. En 1885, luego de sufrir el
empastelamiento e incendio de su diario, amenazado hasta en el
sagrado del hogar, se vio obligado a asilarse en la
Legación del Brasil. Negadas las garantías que
pidió la Legación para que Zorrilla de San
Martín pudiera embarcarse con destino a Buenos Aires, el
Ministro del Imperio lo condujo personalmente hasta una nave de
guerra brasileña que lo llevó hasta aguas
argentinas, en las cuales, con el fin de eludir el reclamo
interpuesto por el gobierno ante la cancillería del Brasil
para que el viajero fuera llevado nuevamente a Montevideo, el
expatriado se trasladó en una ballenera que lo
transportó a Buenos Aires. Pocos días
después de este dramático episodio su esposa y sus
pequeños hijos se le reunieron en el destierro"
(18).

Roberto Ale se refiere a las condiciones de ingreso de
los inmigrantes árabes: "Para entrar a la Argentina de
esos tiempos no hacía falta pasaporte y era común
que una familia traiga a otra y así practicamente aldeas
enteras se trasladaron a nuestro país,
esparciéndose de norte a sur y de este a oeste de estas
ricas llanuras pampeanas. Tenían ventajas y privilegios
sobre el mismo nativo, no tenían cargas militares, ni
cívicas. Ante cualquier problema que pudiera surgir,
tenían un Cónsul de su propio país que los
protegía" (19).

Juan Carlos Coria señala, acerca de la
inmigración africana: "las entrevistas
mantenidas con africanos de distintos orígenes, permiten
comprobar que, salvo casos muy excepcionales, ingresaron a la
Argentina sin ningún inconveniente ni traba, salvo los
ingresados como polizontes en buques de banderas europeas, que
por regirse con las leyes de los respectivos países
tenían la obligación de devolverlos al lugar de
donde habían subido a los barcos. Por ser la Argentina de
fronteras abiertas y por ello, un país de recepción
casi indiscriminado, esos inmigrantes, lograron ubicarse, muchas
veces precariamente, pero subsistieron, trabajando muy duro,
obteniendo documentación, no siendo escasos los casos de
negros africanos que se nacionalizaron. Superando la etapa de la
población negra esclava y su descendencia,
los nuevos negros africanos, que se fueron radicando, pueden
datarse desde principios del siglo XX con continuos ingresos anuales
hasta la década de 1930, en que disminuyen hasta casi
desaparecer. Esa inmigración se reanuda con posterioridad
a la terminación de la Segunda Guerra" (20).

Una vez logrado el permiso de embarque, el inmigrante
debe dirigirse al puerto**, soportar varios días en el mar
y, finalmente, arribar a Buenos Aires, donde algunos se
establecerán, y desde donde otros seguirán viaje
hacia el interior, a las colonias en las que quizás
encuentren a algún ser querido. De este largo periplo dan
cuenta muchas de las páginas que leímos.

Notas

1 Bazán Lazcano, Marcelo: "Carta de Lectores", en
La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de
1999.

2 ABC: "El desarraigo golpea la salud hoy y para el
resto de la vida", en La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de
1999.

3 Bortot, Giorgio: "Correo de lectores", en La
Nación Revista, Buenos Aires, 23 de febrero de
2003.

4 Poletti, Syria: Gente conmigo. Buenos Aires, Losada,
1962.

5 Fernández Díaz, Jorge: Mamá.
Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

6 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: "Samuel
Boulgourdjian", en Testimonios Genocidio Armenio
www.marash.com.ar.

7 Ayala; Nora: Mis dos abuelas. 100 años de
historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.

8 Chajchir, Mauricio: "Viaje al país de la
esperanza: Relato de un viajero del Pampa", en La Opinión,
8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de
Genealogía Judía de Argentina, Toldot # 8.
Noviembre 1998.

9 Peyret, Alejo: en Vernaz, Celia: La Colonia San
José. Santa Fe, Colmegna, 1992.

10 Anzorreguy, Chuny: El ángel del
capitán. Biografía del
capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor,
1996.

11 Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos.
Buenos Aires, Sudamericana, 1994.

12 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos
Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1985.

13 Auspitz, Erwin: "Aquel cónsul argentino en
Viena", en Clarín, Buenos Aires, 26 de julio de
2005.

14 Suez, Perla: Dimitri en la tormenta. Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, 1997. (Primera Sudamericana)

15 Weisz; José Martín: …mientras los
violines tocaban csárdás. Un viaje a
Hungría. Buenos Aires, Editorial Milá,
2002.

16 Aubele, Luis: "A boca de jarro. Pedro Roth ‘Soy
un testigo privilegiado’ ", en La Nación, Buenos
Aires, 23 de febrero de 2003.

17 Petti, Alicia: "Jacques Arndt Evocaciones de un joven
de 92", en La Nación, Buenos Aires, 9 de julio de
2006.

18 Montero Bustamante, Raúl: "Juan Zorrilla de
San Martín", en Zorrilla de San Martín, Juan:
Tabaré. Estudio preliminar y notas por Iber H. Verdugo.
Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1965. 233 pp. (Biblioteca
Grandes Obras de la Literatura Universal)

19 Ale, Roberto Mustafá: "Argentina Siglo XIX y
principios del XX. La Inmigración , los árabes y
aspectos de su historia, cultura y civilización", en
www.revistaarabe.com.ar, Santa Fe, Marzo de 2004.

20 Coria, Juan Carlos: Pasado y presente de los Negros
en Buenos Aires, Buenos Aires, octubre de 1997, Educar,
Argentina.

Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21
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