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Inmigración y literatura (página 10)



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La escuela

Laura Pariani, escritora italiana que visita a su abuelo
establecido en la Argentina, cuenta: "Mi abuelo vivía a
varios kilómetros de Zapala. El hablaba cocoliche; su
mujer, mapuche;
sus hijos, castellano; yo,
italiano" (1). Aunque no tan diversificada, así
sería la
comunicación hogareña de los
inmigrantes.

Roberto Raschella, autor de Si hubiéramos vivido
aquí, se refiere en un reportaje a la diferencia entre el
idioma que se hablaba en su casa y el que hablaba en la escuela. A
visitar a sus padres "Iban siempre paisanos emigrados, y ante la
mesa de trabajo se
hablaba, en dialecto calabrés, de las fiestas del santo
del pueblo, de las comidas, de tantas familias con sus apodos, a
veces ofensivos. Quizás en esas tardes larguísimas
del verano empecé a descubrir la belleza de un idioma que
no era el que aprendía en la escuela. Esa fue mi verdadera
lengua
materna. No recuerdo que mis padres hablaran nada parecido al
cocoliche, y hasta diría que habían adquirido una
perfecta noción del castellano, que hablaban con fluidez,
pero mechando términos del dialecto y del italiano"
(2).

Rosa Marafioti da algunos ejemplos del habla de ciertos
inmigrantes italianos: "Pantaleón había llegado a
Buenos Aires
en el año 1949, después de la guerra infame
que diezmó Italia y los
obligó a emigrar. Pantaleón no podía decir
huevos, ni hasta luego, pero no quiero extenderme sobre
él, porque habría mucho que contar. Se
empeñaba y porfiaba que los huevos se llamaban huovos, y
se decía, hasta luogo. Mi tío Pepe quería
vender cascotes, y puso un cartel en su casa: Se vendino
cascotie. Mi suegro decía que en Italia se decía
monga y cirola, por ciruela y monja, incantato por candado. Una
paisana que quería comprar manteca, pedía burro, y
el feriante le decía que no vendía burros, ella le
mandaba una puteada, al uso nostro, y se iba enojada"
(3).

En su trabajo "Del italiano al cocoliche" (4), Fernando
Sorrentino escribe: "Juan Carlos Rizzo (5), entonces niño
de nueve o diez años, testimonia el uso, hacia 1940, del
cocoliche (no literario sino espontáneo) por parte de los
italianos (los tanos) que jugaban a los naipes en el comercio de su
padre: ‘ [Los criollos] jugaban al truco, al mus y al tres
siete mezclándose con los tanos. Era gracioso escucharlos
cuando imitaban los dichos de los gringos tratando de
traducirlos… O cuando, a la inversa, eran ellos los que,
acriollándose en una imitación muy graciosa del
decir de nuestros paisanos, improvisaban sus versos. Muchas veces
mi padre me llamó para que los escuchara… Io sono
un criocho italiano/ que parla mal la castilla./ ¡Non se
caiga de la silla,/ que tengue flor nella mano…!’.
En seguida seguía el divertido contrapunto, que terminaba
por transformarlos en auténticos payadores: ‘ Y yo
soy criollo, no gringo,/ y atajate, que te bocho:/
¿cómo se dice en tu lengua/
contraflor con treinta y ocho?’. Terminada esa partida, o
la siguiente (porque el orden no viene al caso), uno de los
truqueadores gringos respondía en tono de milonga
pampeana: ‘Aquí me pongo a cantare/ co la guetarra a
la mano/ e le canto ¡contraflore!/ Angárresela,
paisano’.

En "Una estafa en cocoliche", escribe Fernando
Sorrentino: "En la literatura abundan ejemplos
del cocoliche. Para ceñirme a los autores de mayor
renombre, recordaré la obra Moneda Falsa (1907), del
uruguayo Florencio Sánchez (1875-1910). En complicidad con
el Lungo y Batifondo, y con Carmen (la patrona), el pícaro
argentino Pedrín se finge italiano y estúpido para
estafar al gringo Gamberoni mediante el famoso cuento del
billete de lotería. La acción
transcurre en un despacho de bebidas del suburbio de Buenos
Aires. Urden que Pedrín, el imbécil, ha ganado
quinientos pesos a la lotería, pero, como debe
indispensablemente tomar el tren para Gálvez (Santa Fe)
dentro de un rato, no tiene tiempo de ir a
la agencia para cobrar el premio. Entonces el Lungo y Batifondo
sugieren una solución (que, con la apariencia de favorecer
al tonto de Pedrín, en realidad, beneficiará a
Gamberoni): que éste se quede con el billete a cambio de
sólo ciento cincuenta pesos más su orologio en
garantía de que, más tarde, le enviará a
Pedrín el resto del dinero a la
ciudad de Gálvez. Para llegar a ese momento, los tres
pícaros (que se fingen comedidos y, al mismo tiempo,
exacerban la codicia del estafado) construyen una hábil e
ingeniosa farsa que se va deslizando «naturalmente»
hacia el engaño. (…) Alguien, en apariencia muy
sensatamente, podrá objetar: «¿Cómo es
posible que Gamberoni, siendo italiano, no se dé cuenta de
que Pedrín no lo es?». Ocurre que los inmigrantes
solían ser analfabetos, desconocer el italiano y
expresarse sólo en el dialecto de su región; de tal
manera que, por ejemplo, un genovés y un siciliano no
conversaban entre ellos en italiano ni en sus incomprensibles
dialectos excluyentes, sino en la lingua franca que les brindaba
la nueva tierra, y que
no era otra que el español
argentino, en mayor o menor medida degradado a cocoliche.
Teniendo en cuenta la fluidez de su habla, podemos imaginar
lícitamente que Pedrín, aunque argentino, es hijo
de italianos" (6).

Renata Rocco-Cuzzi se refiere a cocoliche como la lengua
que se hablaba en los conventillos: "En los mismos años
30, el hermano de ‘Discepolín’, Armando,
escribe sus grotescos denunciando el primer fracaso en la
Argentina del ascenso social. El fundador del grotesco
ríoplatense describe cómo los inmigrantes que
vinieron a ‘hacerse la América’ en realidad quedaron
encerrados en los conventillos hablando en cocoliche"
(7).

En 1956, Laura Devetach "tenía un segundo grado
con cincuenta y seis alumnos que oscilaban entre los siete y los
diecisiete años", en un pueblo del norte de Santa Fe. Un
día –recuerda- "les pedí a los chicos que
contaran los cuentos que
sabían. Y ese contar fue glorioso porque salieron el
lobizón, el zorro, el Pombero, ánimas, asesinatos
varios, adulterios en la familia,
canciones de Italia, refranes, oraciones" (8).

Gladys Onega también habla sobre la influencia de
la instrucción pública en los hijos de los
inmigrantes: "A mí lo que más me atrajo, y me
metí en un trabajo muy arduo y gratificante, fue el de la
escritura
adulta que tiene que crear un narrador niño pero con una
escritura adulta. Esta fue una gran tensión que se produjo
en mí con el lenguaje; y
además tratar de encontrar las voces que me rodeaban en
aquel momento, ya que tenía la de mi padre que hablaba en
gallego con sus parientes, pero no en mi casa porque mi madre era
criolla, y también la de todos los italianos que en ese
tiempo hablaban realmente el italiano. Para mí era
maravilloso tener todos estos sonidos. Eran todas palabras
misteriosas. Los chicos que iban al colegio en el 35 y
provenían del campo hablaban en italiano, y en la escuela
era donde verdaderamente se nacionalizaban. Ese fue el gran
factor unificador de la escuela
pública" (9).

Francis Korn coincide en esta afirmación: "Los
chicos (los mayores, de la misma nacionalidad
que sus padres y los menores, argentinos) concurrían a las
escuelas públicas o a las religiosas de alrededor y, eso
sí, entre ellos, el único idioma utilizado era el
porteño" (10).

Aprendían o mejoraban su castellano, y
–afirma Luis Alberto Romero- "Gracias a la prosperidad y a
la
educación pública, era común que los
hijos ocuparan posiciones mejores que los padres"
(11).

Eso era lo que anhelaba "Giusseppe el zapatero",
protagonista del tango de
Guillermo del Ciancio: ""E tique, tuque, taque,/ se pasa todo el
día/ Guiseppe el zapatero,/ alegre remendón;/
masticando el toscano/ y haciendo economía,/ pues
quiere que su hijo/ estudie de doctor" (12).

En un cuento de Horacio Vaccari, el hijo médico
escribe una carta a Giuseppe.
Le dice: "Cumplí con la voluntad que usted me impuso desde
la cuna. Estudié Medicina, fui
uno más en el montón, aunque sacaba buenas notas.
Tenía que hacerme perdonar mi origen, si bien mis
compañeros me respetaban porque era callado y estudioso"
(13).

Décadas después, la situación
cambia. En una viñeta de Fontanarrosa, referida a las
perspectivas de los universitarios en la Argentina, un abuelo
dice al nieto: "Vos, Cachito, tenés que aprovechar las
oportunidades que ahora, te brinda el país… Yo, como
vine de Italia sin nada, tuve que ir a una escuela
pública… Vos, en cambio, hoy por hoy, tenés la
posibilidad de ir a levantar la cosecha…" (14).

Muchos de estos hijos se dedicaron a la docencia.
"Qué origen social tuvieron las primeras normalistas?",
pregunta Alberto González Toro. "Clase media.
Hijos de inmigrantes, como la mayoría de los docentes de
fines del siglo XIX y principios del XX
–explica la licenciada Roxana Perazza, flamante secretaria
de Educación
del Gobierno de la
Ciudad de Buenos Aires-. Ellos valoraban la educación como
una herramienta de movilidad social y como una forma de acceder a
determinados bienes
culturales que solamente a través de la escuela se
podían conseguir" (15).

Estudió magisterio Manuel Sadosky: "Uno de los
siete hijos de una pareja de inmigrantes rusos (sus padres
llegaron en 1905 huyendo del creciente antisemitismo), Manuel es en cierto modo la
encarnación de un país pujante y ambicioso: aunque
su padre era zapatero, él y sus hermanos varones
estudiaron el magisterio y se graduaron en la Universidad de
Buenos Aires" (16).

González Lanuza recuerda los esfuerzos de su
maestra por borrarle la pronunciación española: "En
su bondadosa preocupación por su alumno me creó,
sin sospecharlo, un serio problema, a sus oídos habituados
a las dulzuras del decir criollo debieron molestarle las crudezas
de mis acentos hispánicos, acaso el entusiasmo
patriótico de aquellos años fervorosos del
centenario, le inspiraron la urgencia de adaptarme de inmediato a
lo argentino". Así sucedió: "Ello fue que un cierto
día decidió dedicarse durante los recreos a luchar
con aquella, su suavidad, tan eficaz en mí, contra una
erizada prosodia santanderina, tajante de jotas, capaces de
degollar a quien las pronunciara, restallante bajo el doble
látigo de las elles, resbaladiza de zetas y ce, para
reemplazarla por la tierna indecisión de la ce argentina,
vacilante entre la ce y la ese, limar el filo despiadado de las
jotas y hacerme deslizar por las blanduras del yeísmo". El
alumno aprendió rápidamente: "Dócil a su
reclamo, que además facilitaría mi trato con los
compañeros al eludir las pullas que mi primitiva
pronunciación provocaba, adelanté raudamente en el
proceso de
desintegración de la prosodia ibérica". Mas a los
padres no les satisfizo este avance del niño:
""¡Pero ay de mí! En mi casa, mis padres opinaban de
otra manera y las desacostumbradas inflexiones recién
adquiridas por mi voz, eran consideradas pecado mortal,
clarísimo índice de que a convertirme en un
descastado. De ahí mi temprana condición de
bilingüe que me hizo acomodar a modismos distintos,
según que tuviera que hablar en casa o en la escuela"
(17).

Algo similar cuenta María Rosa Lojo: "Más
allá de la historia y de la
fábula, de Rosalía de Castro y de Alfonso el Sabio,
lo cierto es que en la vida cotidiana, antes de ir al colegio, yo
hablaba con ‘ces’ y con ‘zetas’, de
‘tú’ y de ‘vosotros’, como si
acabase de pasar por la Aduana.
Extranjera en mí propia tierra, fui un objeto de fascinada
curiosidad los primeros días de clase. Por supuesto,
pronto me aclimaté y me convertí
–linguísticamente- en una argentina más. Pero
sólo de puertas afuera. En la intimidad de la casa
perduraron, hasta la muerte de
mis padres, el ‘tú’ y el
‘vosotros’, el léxico de la Península:
‘cerillas’ y no ‘fósforos’,
‘falda’, en vez de ‘pollera’,
‘acera’, por ‘vereda’ ,
‘dentro’ y ‘fuera’, no
‘adentro’ y ‘afuera’. No fui el
único caso de ‘doble identidad’ idiomática: ésa era
una de las marcas habituales
del ‘exiliado hijo’ " (18).

Otros descendientes de inmigrantes hablaban siempre
igual, ya fuera con su familia o en la
escuela. Cuando Jorge Luz fue a conocer
a su abuela asturiana, la anciana le dijo: "Nin… –que
quiere decir nene-. Nin, nenu, nenín, que guapín
eres al hablar… me dices de vos, como a los reyes"
(19).

Lolita Torres, descendiente de inmigrantes, no sabe el
motivo de su acento: "No puedo explicar –dijo la actriz- el
por qué del acento español. No sé, me viene
de adentro, y eso que mis padres eran argentinos. Mis abuelos
paternos eran navarros y los de mamá eran gallegos. Por un
tiempo, todos creyeron que yo era española y eso
provocó el estallido en la comunidad
hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el
menor prejuicio y me
siguieron apoyando" (20).

Gladys Onega escribe que "los que habían venido
de allá" "hablaban esa fala melosa, que a nosotros no nos
enseñaron por vergüenza de aldeanos" (21).

Mis abuelos paternos, gallegos de Lugo, nunca
enseñaron a sus hijos ese idioma, que ellos aprendieron de
tanto escucharlo. Mi abuelo materno, de La Coruña, y mi
abuela materna, argentina hija de lombardos, tampoco
transmitieron sus idiomas a su descendencia.

El padre del poeta Rodolfo Alonso, gallego, cursó
estudios primarios siendo ya adulto (22). Otros gallegos
–como Darío Lamazares, representante legal del
Instituto Santiago Apóstol, que llegó a la
Argentina a los catorce años-, no tuvieron acceso a la
escolaridad: "Fui un autodidacta, me formé en la calle, y
como la mayoría de mis compatriotas sufrí la falta
de instrucción. Este país nos dio todo, los mismos
derechos que sus
hijos, y la escuela es una forma de pagar esa deuda"
(23).

Uno de los personajes de Ana María Shua, hijo de
polacos, no podía pronunciar la erre: "Cuando el mayor de
los hijos de abuelo Gedalia y la babuela, el que llegaría
a ser con tiempo el tío Silvestre, empezó a ir a la
escuela, todavía (como suele suceder con los hijos mayores
en las familias de inmigrantes pobres) no dominaba el idioma del
país. Esa desventaja con respecto a sus compañeros
le produjo grandes sufrimientos morales. (…) Decí
regalo, le decían los otros chicos. Decí erre con
erre guitarra, le decían. Decí qué
rápido ruedan las ruedas, las ruedas del ferrocarril. Y
cuando escribía, Silvestre confundía territorio con
teritorrio y la maestra se sorprendía de esa dificultad en
un alumno tan bueno, tan brillante, tan reiteradamente
abanderado". La solución que se encontró fue
terrible: "Silvestre llegó ese día de la escuela y
sin sacarse el delantal declaró que la señorita
había dado orden de que en su casa tenían que
hablar solamente castellano". Y así se hizo, porque el
padre del niño vio la propia conveniencia de ese cambio, y
porque la madre "le tenía un poco de miedo a la maestra,
que para ella era casi un funcionario de control
fronterizo, alguien destacado por las autoridades de inmigración para vigilar desde adentro a
las familias inmigrantes y asegurarse de que se fundieran, se
disgregaran, se derritieran correctamente hasta desaparecer en el
crisol de razas" (24).

No sólo a hablar castellano se aprendía en
la escuela. "La Argentina en 1870 tenía 80 por ciento de
analfabetos –afirma Roberto Cortés Conde- y hacia
1919 ese índice se había reducido al 30 por ciento"
(25). El analfabetismo
era común entre los inmigrantes. Lo menciona Lucio V.
Mansilla, cuando dice de un personaje: "Este San Pío era
italiano, casado, muy bonachón y cariñoso. Sus
quesos de Goya, y particularmente sus chorizos, allí a la
vista, tenían fama (…) No sabía leer ni escribir,
ni hablaba italiano, ni español, ni genovés, ni
dialecto itálico alguno, sino una media lengua suya
propia" (26). Analfabetos eran los inmigrantes que llegaban desde
Filetto, en Santo Oficio de la Memoria, de
Mempo Giardinelli.: "Venían porque allá
había mucha hambre. Eran… Todos muy pobres, analfabetos.
Rústicos" (27).

Luis León transcribe el testimonio de Anouj de
Bembasat, hija de un sefaradí llegado de Esmirna: "Cerca
de casa estaba el Colegio José Manuel Estrada, cuyo
director el Dr. Armando, iba todos los días al negocio de
mi padre para aconsejarle que aprendiera a escribir, aunque
él y mi madre rehusaban a hacer el esfuerzo
diciéndole ¿…para que sirve?, ¡no
kero!…pero con esfuerzo, logró que aprendieran a
escribir su nombre y firmar" (28).

Félix Luna afirma que los analfabetos eran
utilizados con fines políticos. En Soy Roca, relata lo
sucedido en 1909 en una mesa electoral, cuando se presenta como
austríaco un hombre al que
su aspecto y su modo de hablar "lo delataban como un bachicha
recién desembarcado". Roca le pregunta si es italiano; el
inmigrante le responde que sí, y que no sabe lo que dice
la libreta: "-Io non só niente…. ¡A mí me
la datto don Gaetano ! ‘Don Gaetano’, Cayetano Ganghi
era el árbitro de la elección, con sus roperos
llenos de libretas falsificadas y sus huestes de inmigrantes
analfabetos y de atorrantes dispuestos a votar cinco o seis veces
en diferentes mesas" (29).

En la escuela se transmitían asimismo los valores
que la clase dirigente quería inculcar. Miguel de Marco,
Presidente de la Academia Nacional de la Historia afirma: "en el
pasado, la generación de Sarmiento y Mitre quería
que el país se poblara con inmigrantes que integraran un
crisol de razas. Para formar y unificar a esa sociedad nueva
y aluvional se difundían las vidas de determinados
personajes, de bronce, que fueran verdaderos ejemplos. No se
dieron cuenta de que un San Martín que no duerme no es
creíble, lo mismo que un Sarmiento que nunca faltó
a la escuela. En las escuelas se mostró esta especie de
historia oficial con personajes sin humanidad, quienes por
tenerla no pierden grandeza" (30).

"El grave problema de preservar nuestra identidad en
medio de las influencias foráneas, preocupó
también a la generación del 80 y a la del
Centenario –escribe Lucía Gálvez-,
¿cómo hacer para que los deseados inmigrantes se
sintieran argentinos? En aquellos tiempos los medios de
comunicación –diarios y libros– no
influían tanto a las masas. Fueron las escuelas las
encargadas de dar una educación que recalcara aquellos
valores que se
quería enseñar y preservar" (31).

Un personaje de Frontera sur
dice que a Sarmiento le parecía mal que se abrieran
escuelas italianas, o alemanas, o inglesas". Otro interviene:
""Era lógico que le pareciera mal. (…) No estaba loco.
(…) Un Estado.
Quería un Estado, con mayúscula. Y eso se hace con
la escuela pública. Esto no puede ser eternamente un
centón mal cosido. La gente que llegue tiene que
adaptarse, recomponerse, mezclarse para formar una raza
argentina" (32).

En la colectividad armenia, "En el imaginario colectivo,
la lengua fue percibida como un factor fundamental para el
resguardo de la herencia cultural
armenia o, al menos, para la dilación de la
asimilación. (…) Esta creencia en que la difusión
de la lengua reaseguraría la continuidad de los valores
nacionales, indujo a los primeros inmigrantes a fundar sus
escuelas" (33).

En "Canción a Berisso", Matilde Alba Swann
recuerda las escuelas de esa localidad: "Yo le canto a tus
niñas saliendo de la escuela:/ alemanas, rusitas,
italianas, armenias,/ distintas lenguas todas e idéntico
candor;/ y canto a las pequeñas hijas de mi tierra/ "made
in argentina" levadura extrajera,/ raíces que se prenden a
un destino mejor.// Le canto al influjo de tus academias/
alimentando el sueño de tu adolescencia/
por salir del hollín;/ y canto a tus escuelas nocturnas
para adultos/ donde padres y abuelos aprenden a escribir"
(34).

Santó Efendi, un judío que cursó
paralelamente la escuela pública y la hebrea, dice:
"Habiendo tenido la suerte de nacer en la Argentina de finales de
la década del 20, y habiendo pasado por la primaria luego
de la crisis
económica de los años 30, solamente tengo recuerdos
gratos de mis maestros y de la calidad de la
enseñanza pública, regalo del gran
Sarmiento, quien organizó en el siglo anterior las bases
de las escuelas públicas del país" (35).

En La logia del umbral, de Ricardo Feierstein, narra uno
de los personajes, que vivía en Villa Pueyrredón, a
mediados del siglo pasado: "Por las mañanas, en la escuela
pública donde todos concurríamos, conviví
con el inglés
Stanley y el italiano Badaracco, protagonistas de una pelea
memorable donde vi correr sangre por
primera vez; con el galleguito Pérez y un francés
medio raro que se hacía dibujos en las
manos con hojitas de afeitar. Los cinco judíos
del colegio íbamos a clase de Moral, pero
una vez que faltó el profesor
decidimos entrar a la clase de Religión. La maestra
de tercero, que dramatizaba el martirio de Cristo, fue tan
elocuente en su descripción que yo me quedé llorando
un buen rato por la impresión. Eso sí, los alumnos
más destacados –con independencia
del apellido- fuimos seleccionados para concurrir al velorio de
Eva
Perón, en representación de la escuela.
Ahí lloré otra vez" (36).

Marina Aizen escribe: "El rabino Dani Goldman cuenta la
historia de un ingeniero, Iasha Baron, que hizo sus estudios en
Buenos Aires, después de sobrevivir al Holocausto.
Cuando en un examen de historia le preguntaron por los miembros
de la Primera Junta, él comenzó a recitar:
‘Azcuénaga, Larrea". Y el profesor le
contestó: "Siga nomás hasta Callao". Claro, el
inmigrante judío no hablaba de la Primera Junta sino de
las calles de su barrio, El Once" (37).

Décadas después, Marcelo Birmajer evoca su
experiencia en la primaria. A propósito de un hecho que
está relatando, dice: "La historia transcurre en el
colegio Doctor Hertzl, una institución judío-laica
donde cursé hasta el cuarto grado de la escuela primaria.
No pasé de cuarto grado porque el estudio
simultáneo del inglés, el hebreo y el castellano,
sumado a una confusa situación familiar, me dejó
varado en una dislexia
consistente en escribir el castellano de derecha a izquierda,
como el hebreo; y el hebreo de izquierda a derecha, como el
castellano. Sin duda podría haberme presentado como
atracción en un circo grafológico, pero no era la
habilidad más indicada para cursar regularmente el cuarto
grado" (38).

 

David Rotstein, ucranio establecido en La Pampa,
contó con la solidaridad de un
amigo para poder
estudiar: "En 1913 se voló el techo de la escuela primaria
y ésta quedó inutilizada. Los Novick pudieron
mandar a sus hijos a estudiar a otro lado pero David tuvo que
abandonar. Para aportar a la familia, se conchabó para
cuidar ovejas en una chacra cercana. (…) David tenia gran
preocupación por no poder seguir estudiando, un
sentimiento que lo persiguió hasta su vejez. Pedro
Novick, que sí pudo continuar, trataba de enseñarle
cada vez que era posible. Su amistad
entrañable continuó el resto de sus vidas"
(39).

Olga Weyne escribe, con respecto a los inmigrantes
afincados en Entre Ríos: "Era visible que se iban
conformando ‘islas lingüísticas’ en el
ámbito rural, pero este fenómeno no fue privativo
de los grupos alemanes
del Volga; también se verificó entre los colonos
judíos y, aunque en menor medida, en las restantes
colectividades de habla no hispana. (…) Algunos funcionarios
llegaron a sostener que esta resistencia de
los extranjeros al aprendizaje del
castellano constituía un atentado contra la nacionalidad y
contra los principios de la Ley de
Educación Común. (…) El inspector Manuel
Antequeda afirmaba en 1909 que no debía interpretarse tan
ligeramente estas reacciones de los colonos, pretendiendo
encontrar sentimientos antiargentinos en toda resistencia al
aprendizaje del castellano. Sugirió buscar las verdaderas
causas de la misma y hacerse cargo de lo dificultoso de su
estudio para los inmigrantes de habla no latina" (40).

Notas

1 Patat, Alejandro: "El país de los sueños
perdidos", en La Nación,
Buenos Aires, 28 de abril de 2002.

2 Ingberg, Pablo: "El amor a los
vencidos", en La Nación,
Buenos Aires, 14 de febrero de 1999.

3 Marafioti, Rosa: "Cómo hablaban nuestros
inmigrantes", en El Barrio Villa Pueyrredón, Buenos Aires,
Año V, N° 55, Noviembre de 2003.

4 Sorrentino, Fernando: "Del italiano al cocoliche",
Centro Virtual Cervantes
Lunes, 31 de marzo de 2003.

5 Rizzo, Juan Carlos: Las Catorce Provincias (relatos
del boliche). Buenos Aires, 2002, págs. 205-206. Citado
por Sorrentino.

6 Sorrentino, Fernando: "Una estafa en cocoliche", en
"El trujamán", Centro Virtual Cervantes, 27 de noviembre
de 2003.

7 Rocco Cuzzi, Renata: "Mitos del
granero del mundo", en Clarín, Buenos Aires, 26 de marzo
de 2000.

8 Devetach, Laura: "Autobiografía", en El Tiempo,
Azul, 25 de agosto de 2002.

9 Duche, Walter: "Todos tenemos derecho a escribir
nuestra historia", en La Prensa Buenos
Aires, 18 de julio de 1999.

10 Korn, Francis: op. cit.

11 Cosentino, Olga: "La Argentina de los deseos", en
Clarín, Buenos Aires, 30 de julio de 2000.

12 Azzi, María Susana: "La contribución de
la inmigración italiana al tango", en Archivo
Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de
Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 2000,
Revista
4.

13 Vaccari, Horacio: "Final de juego", en
Cuentos elegidos. Buenos Aires, Troquel, 1978. 138
págs.

14 Fontanarrosa, Roberto: en "Qué hacer con la
Universidad", en Clarín, Buenos Aires, 16 de mayo de
1999.

15 González Toro, Alberto: "Fulgor y nostalgia de
la maestra normal", en Clarín, Buenos Aires, 8 de junio de
2003.

16 Bär, Nora: "Manuel Sadosky El maestro", Fotos:
Martín Lucesole. Buenos Aires La Nación Revista, 16
de mayo de 2004.

17 González Lanuza, Eduardo: citado en "Bajaron
de los barcos. Historia de la inmigración en Argentina",
por Colegio Schönthal. www.monografias.com.

18 Lojo, María Rosa: "Mínima
autobiografía de una ‘exiliada hija’ ", en
Sitio al margen. Noviembre de 2002.

19 Guerriero, Leila: en La Nación
Revista

20 Freire, Susana: "Lolita Torres. Una voz que le
cantó a los corazones", en La Nación, Buenos Aires,
15 de septiembre de 2002.

21 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos
Aires, Grijalbo Mondadori, 1999.

22 Alonso, Rodolfo: Entrevista en
Historia de la Literatura
Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.

23 Beltrán, Mónica: "La primera escuela
gallega que enseña a chicos argentinos", en Clarín,
Buenos Aires, 25 de abril de 1999.

24 Shua, Ana María: El libro de los
recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994.

25 Cosentino, Olga: "La Argentina de los deseos", en
Clarín, Buenos Aires, 30 de julio de 2000.

26 Mansilla, Lucio V.: citado por Colegio
Schönthal.

27 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos
Aires, Seix Barral, 1991.

28 León, Luis: "Inmigrantes sefaradíes.
Allá por la calle 25 de Mayo", en SEFARaires N°24,
Abril de 2004.

29 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires,
Sudamericana, 2000.

30 Urien, Paula: "Revisar el futuro", en La
Nación Revista, Buenos Aires, 7 de julio de
2002.

31 Gálvez, Lucía: Panel en la muestra Aquel
siglo XX. Biblioteca Manuel
Gálvez.

32 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur.
Barcelona, Ediciones B, 1998.

33 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: "Los
armenios en Buenos Aires". La reconstrucción de la
identidad (1900-1950).. Buenos Aires, Centro Armenio,
1997.

34 Swann, Matilde Alba: "Canción a Berisso", en
Canción y grito, 1955. Incluido en
www.matildealbaswann.com.ar.

35 Efendi, Santó: "Una infancia en
Villa Crespo", en SEFARaires, N° 3, julio de 2002.

36 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos
Aires, Galerna, 2001.

37 Aizen, Marina (texto) y
Hernán Rojas (fotos): "Súper judíos", en
Clarín Viva, Buenos Aires, 5 de noviembre de
2006.

38 Birmajer, Marcelo: No es la mariposa negra. Buenos
Aires, Sudamericana, 2000.

39 Rotstein, Enrique y Fabio: op. cit.

40 Weyne, Olga: El último puerto. Del Rhin al
Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/Instituto Torcuato Di Tella,
1986.

Otros caminos

No sólo en el conventillo o en la escuela se
aprendían otras lenguas. Gaetano, uno de los personajes de
Santo Oficio de la Memoria, lo hace en su lugar de trabajo, el
"tranguay", donde "La gente hablaba en todos los idiomas. Yo
aprendí algo de inglés, de francés, de
alemán. De polaco también y de yídish. La
mayoría de los pasajeros eran inmigrantes. Uno
tenía que saludarlos en sus lenguas. Había veinte
maneras de decir buen día. Y muchas veces uno tenía
que ayudarlos con el cambio, con las monedas" (1).

También completa en su trabajo el aprendizaje
del castellano uno de los personajes de Vázquez-Rial, una
institutriz irlandesa, que se emplea en casa de un gallego. Dice
la joven: "Llego de Irlanda hace tres días y vengo
aquí". Su empleador la corrige: "-Llegué
–corrigió Roque, mostrando el pasado con el
índice, en un lugar situado detrás de su hombro
derecho-. Y vine". En esa misma obra, un porteño dice a un
alemán: "Y le adelanto un consejo, gratis, si se piensa
quedar a vivir: agárrese al vos, con fuerza, como
hizo antes. Si habla de tú, va a ser siempre un
extranjero. Eso, si no lo toman por algo peor". Y otro
porteño dice a un gallego: "no se dice le acerco, sino lo
acerco. Ya sé que es gallego, pero va a cambiar". El
gallego le responde: "No sé si quiero cambiar. Menos
lengua se les pide a los turcos o a los polacos. ¿Por
qué se ocupan tanto los argentinos de los
españoles?" "Es distinto –dice el porteño.
Esos siempre van a ser ridículos. No tienen remedio.
Ustedes sí" (2).

A un polaco –personaje de la novela
Mestizo, de Ricardo Feierstein-, los paisanos le juegan una mala
pasada cuando les pide que le enseñen castellano. Relata
uno de los inmigrantes: "-Cuando Shmuel vino de Polonia siempre
lo embromábamos. El era bruto y no aprendía el
idioma. Trabajaba en un taller de sastres. No sabía ni
saludar en argentino y eso lo ponía violento. Un
día viene y me dice: ‘che, enseñáme a
saludar en castellano, por lo menos quiero decir ‘buenos
días’ a la gente cuando entro a trabajar por la
mañana’. Entonces yo le dije que ‘buenos
días’ se dice en castellano ‘la puta que te
parió’. Este va, estudia toda la noche en la casa
–porque lo llevó escrito- y al otro ía saluda
así: ‘la puta que los parió a todos’.
Los otros querían matarlo, pensaban que los estaba
insultando" (3).

Décadas después, escribe Diego Paszkowski:
"Pienso con infinita tristeza en la gente que desprecia al
distinto, al extranjero, al inmigrante, que hoy se refiere a, por
ejemplo, coreanos, japoneses y chinos con las mismas expresiones
miserables que hace cincuenta años habrán utilizado
para con mi abuelo, judío polaco. ‘Hablan en su
idioma’, escuché decir de unos y de otros a modo de
excusa para segregarlos, pero sé por experiencia que,
sólo dos generaciones después, quien esto escribe,
nieto de aquel abuelo, enseña a escribir a jóvenes
futuros artistas en la mismísima Universidad de Buenos
Aires" (4).

Antonio Dal Masetto aprendió nuestro idioma
mediante la lectura. A
los doce años llegó a Salto, donde –afirma en
una entrevista- "Empezó el duro aprendizaje, la transculturación. Cansado de que lo
cargasen por su forma de hablar, decidió esforzarse para
aprender el castellano. Para eso recurrió al arte. Su padre se
asoció con su tío en una carnicería. Dal
Masetto empezó a seleccionar las revistas que llegaban
para envolver y, entre los globitos y el dibujo de las
historietas, empezó a adentrarse en el idioma".

De los comics, pasará a los libros. Así
recuerda esa etapa: "Mi camino fue absolutamente argentino. En
casa hubo un esfuerzo inmediato por adaptarse. Cuando
empecé a aprender el idioma en el pueblo, frecuentaba una
biblioteca. Buscaba libros. Elegía al azar. Me los
devoraba, junto con la revista Leoplán, que traía
novelas cortas
enteras. Me alimenté mucho de esa revista, y con ella
descubrí que había una literatura inmensa"
(5).

Esteban Peicovich, hijo de inmigrantes dálmatas
nacido en Berisso, leía: "esa infancia venía a
contrapelo. Primera entrega local de inmigrantes con lengua
cambiada. Párvulos doblemente perplejos pues debían
traducir el exótico idioma familiar al exótico
lenguaje de
afuera. No había tío, abuelo o vecino que no
pareciese extraído de un relato de London o Turgueniev. La
gruesa variedad cultural y el incordio del idioma empujaban a
huir del mundo por la ventana del libro o la historieta"
(6).

Un personaje de Hermana y Sombra, de Bernardo Verbitsky,
tiene dificultades con el castellano; el protagonista, un
niño hijo de inmigrantes rusos, le presta un libro: "Por
la calle Campana entraba regularmente un hombre gordo, Jacobo
para todos, o Jacoibos para quienes le imitaban el habla, y
él a su vez llamaba Doña María a todas sus
clientas, que le adquirían ropa, platos, y hasta muebles,
siempre en cuotas semanales, nunca muy elevadas. Salí, al
notar que la conversación se prolongaba, y también
intervine, pues eliminada ya la posibilidad de una venta, apreciamos
la simpatía del joven. El explicó que era un
judío de Rumania donde había sido estudiante, pero
obligado aquí a ganarse la vida, encontró su actual
ocupación de cuentenik. Deseaba perfeccionar su mal
castellano, y a mí se me ocurrió una excelente
idea, la de prestarle mi ejemplar del Quijote, regalo de mi padre
unos meses antes. Como yo lo había leído, no
tenía inconveniente en facilitárselo por un tiempo.
¿Qué mejor libro para practicar el español?"
(7).

Casi todos aprendían el idioma por las suyas,
ayudándose algunos con el diccionario. "
‘Mucho antes de ser diccionarios
escolares, de ser llevados en la mochila, equiparados al resto de
los útiles, los diccionarios eran un objeto muy valioso
para las familias, un texto de consulta’, cuenta el
profesor de Historia de la
Educación, Rafael Gagliano. (…) También es
parte de la cultura
inmigrante. El diccionario les solucionaba las crisis que
podían tener con su segunda lengua. Está muy
conectado con los autodidactas" (8).

De uno de sus tíos dice Gladys Onega: "Claro es
que Eliseo poca escuela tenía, era un autodidacta de aldea
y de pueblo como todos los gallegos de mi familia, siempre
tratando de pulirse con la lectura del
diccionario y de los buenos diarios que a sus manos llegaban, sin
desdeñar los más sensacionalistas, por eso de su
afición a la grandilocuencia. (…) El Quijote y el
diccionario educaron a ese autodidacta, quien los citaba con
exactitud pero con exceso pues no había adquirido los
moldes que impone la educación formal, por eso no
calibraba el uso y abuso de los epítetos ni
percibía la risa que provocaban en oyentes que no los
habían leído o que ni siquiera tenían
referencia de su existencia" (9).

Así como algunos aprendían castellano en
el tranvía, o leyendo, un personaje de Gabriel
Báñez tiene la ocurrencia de recurrir a la
religión, aún siendo judío, para dominar el
nuevo idioma. Al ver mujeres católicas que se confiesan,
la pequeña Sara Divas, en Virgen, "imaginó que la
fe era un idioma en voz muy baja y que esas mujeres
aprendían las lecciones de rodillas, murmurando y
repitiendo. (…) Era una buena manera de aprender el idioma que
tanto atormentaba a su padre y, llegado el caso, de hablar por
él". El sacerdote le da una estampita de la Virgen de
Luján, "a partir de ese entonces Sarita empezó a
comulgar con el castellano, porque lo aprendió a los rezos
y gracias a las oraciones que venían en el reverso de las
estampitas" (10).

En el siglo XIX, Pablo Lantelme, piamontés
afincado en Entre Ríos, sostenía: "Para el bien
general, creo y afirmo que es necesario que la predicación
de la Divina Palabra se haga en lengua castellana, o por lo
menos, que se predique dos domingos seguidos en castellano y uno
en francés, para no cortar de un solo golpe el sistema abusivo.
Los Capellanes (de San José) siendo franceses y poco
acostumbrados a hablar en lengua castellana, no faltarán
de alegar mil pretextos contrarios a lo que acabo de probar"
(11).

José Brendel, por su parte, relata los problemas que
tenía un sacerdote italiano. Olga Weyne transcribe ese
testimonio: "(En 1913): ‘El tiempo de la ausencia del padre
Kotulla (uno de los más recordados sacerdotes del Verbo
Divino, en colonia San Miguel), fue cubierto provisoriamente por
un sacerdote italiano, recién llegado, que no hablaba ni
el alemán ni el castellano, pero que con su bondad y sus
expresivos ademanes italianos, se hizo querer, ya que no
entender, por la población. Se llamaba Juan Sciortino. Sus
sermones eran un acopio pintoresco de varias lenguas, pues
también hacía sus ensayos en
alemán, que le enseñaban los monaguillos y que
él mismo repetía después en el altar, con
abundante transpiración aunque con vano intento. Los
niños
eran sus predilectos y para ellos siempre tenía golosinas;
(…) San Miguel guarda un recuerdo cariñoso del Padre
Juan y quiere que estas líneas sean un homenaje a su
vocinglera bondad" (12).

El padre de Máximo Yagupsky encuentra una
original forma de aprender castellano: "mi padre, que era un
judío religioso, tenía gusto por la mañana,
antes de que nosotros fuéramos a la escuela, de tomarnos
las lecciones. Era una forma indirecta de ir aprendiendo
él mismo de los libros de texto un poco de castellano y un
poco de la cultura ambiente"
(13).

También quería aprender el padre de
María Esther de Miguel: "En mi casa se hablaba mucho de
historia, porque mi padre que era un inmigrante español,
era muy curioso e inteligente. Siempre quería saber la
historia del lugar y se preguntaba sobre Urquiza y yo escuchaba"
(14).

Notas

1 Giardinelli, Mempo: op. cit.

2 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit

3 Feierstein, Ricardo: Mestizo. Buenos Aires, Planeta,
1994.

4 Paszkowski, Diego: "En qué pienso", en
Clarín, Buenos Aires, 12 de enero de 2003.

5 Roca, Agustina: "Historia de Vida", en La
Nación Revista, Buenos Aires, 12 de julio de
1998.

6 Peicovich, Esteban: "Mi escritor favorito", en La
Nación Revista, Buenos Aires, 2 de noviembre de
2003.

7 Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires,
Editorial Planeta Argentina, 1977.

8 S/F: "De generación en generación", en
Clarín, Buenos Aires, 19 de marzo de 2000.

9 Onega, Gladys: op. cit.

10 Báñez, Gabriel: Virgen. Barcelona,
Sudamericana, 1998.

11 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe,
Colmegna, 1992.

12 Weyne, Olga: op. cit.

13 Diament, Mario: op.cit.

14 Correa, Alejandra: "María Esther de Miguel. La
novela
histórica", en Magazine actual, Año 2, N° 8.
Diciembre de 1997.

 

Opciones

Ya en el Martín
Fierro encontramos referencias al inmigrante que no habla
castellano: "Era un gringo tan bozal,/ Que nada se le
entendía./ ¡Quién sabe de ánde
sería!/ Tal vez no juera cristiano,/ Pues lo único
que decía/ Es que era papolitano" (1).

Por conocer poco el idioma, Carlos Vergiati, padre de
Julián Centeya, no pudo ejercer en la nueva tierra su
profesión: "Llegados al país, se instalaron en San
Francisco, pueblo de la provincia de Córdoba, lugar en el
que el padre trabajó de carpintero, ya que su escaso
conocimiento
del idioma le impedía desarrollar su actividad
periodística" (2).

La madre de Iris Marga utilizó su conocimiento de
idiomas para ejercer la docencia. En una entrevista, le
preguntaron a la actriz: "¿Es cierto que usted estuvo
sentada en las rodillas del general Roca y en esa posición
le recitó La avispa Teresa?". Ella respondió:
"Sí, mi mamá era profesora de idiomas de la familia
De Vedia y un día la acompañé a ella y dio
la casualidad de que estaba Roca. Parece ser que yo era muy
simpática de chica y el general me pidió que le
recitara algo. Entonces me senté en sus rodillas y le
recité La avispa Teresa en italiano" (3).

El desconocimiento del castellano retrasa los estudios
de una inmigrante: "A los catorce años –en plena
Segunda Guerra
Mundial, y sin hablar una gota de español- dejó
su Viena natal y se instaló con sus padres en la
Argentina. Acá la enviaron al colegio Mallinckrodt, pero
abandonó porque el idioma era una barrera difícil
de saltar. Mercedes von Dietrichstein se casó a los
diecinueve, pero a los treinta se decidió a rendir el
secundario libre. Mientras criaba a sus cuatro hijos
estudió Psicología en la UBA,
y después trabajó en el Hospital Borda"
(4).

En Diario de ilusiones y naufragios, de María
Angélica Scotti, en cambio, el inmigrante intenta hacerse
entender: "Padrazo chapurreaba bastante el español; lo
venía practicando desde antes de embarcarse en
Génova" (5).

Al parecer, saber italiano facilitaba el aprendizaje del
castellano. En el libro de Chuny Anzorreguy, el capitán
Kovacic recuerda lo que se planteó al llegar a la
Argentina: "Primero debíamos aprender el idioma. Habiendo
ya aprendido más o menos el italiano, la cosa se nos iba a
hacer más fácil. Así fue. En poco tiempo
podía comunicarme en un castellano bastante pasable"
(6).

Como puede habla castellano el inglés que evoca
Leopoldo Lugones. No obstante, ejerce una beneficiosa influencia
en los ganaderos a los que aconseja: "lo cierto es que en su
media lengua trajo/ Artes y ciencias que
el paisano ignora./El transformó los bárbaros
corrales,/ Las torpes hierras, las feroces domas,/ Y
aseguró en las chacras invernizas/ que al pronto
parecieron anacrónicas,/ Forraje fresco a los costosos
padres, que entienden sus maneras y su idioma. Y el tronco
muscular del eucalipto/ En que su duro y blanco brazo apoya,/ Se
amorata de fuerza parecida/ Al levantarse desgreñado de
hojas/ ‘Marido de la Pampa’ como dijo/ Sarmiento, con
palabra creadora" (7).

En "La noche de la cruz de plata", uno de los cuentos
por los que Jorge Torres Zavaleta mereció el Premio
Fortabat en 1987, será el idioma el medio elegido por el
joven para mortificar a su madre: "prefería tomarla en
broma, imitar su tonada inglesa (hacía una parodia, que
deleitaba a sus amigos, de Miss Lucy tomando el té en la
embajada), abrazarla al ver que la entristecía"
(8).

"Los británicos –afirma Andrew Graham
Yooll- se negaron tenazmente a ser categorizados como
inmigrantes, lo que significaba un descenso en la clase social"
(9).

Para algunos, hablar más de un idioma, era
testimonio de su condición de inmigrantes. Para otro, en
cambio, era un sello de clase. En La noche que me quieras, Torres
Zavaleta muestra el
conocimiento de otras lenguas vinculado a un estamento
social: "Arturo era un muchacho educado, se vestía bien,
por supuesto, se la arreglaba con los idiomas. Algo te ha quedado
de tantas profesoras franchutas e inglesas de cuando eras
borrego" (10).

Dennis Clifford Crisp, hijo de ingleses, relató:
"Mis padres vinieron a la Argentina en 1910. Mi padre era
empleado de La Forestal y se radicó en el Chaco
Santafecino. Yo nací en Guillermina y mi hermano (que es
veterano de la RAF) en Tartagal, así que mi primer idioma
fue el guaraní" (11).

"El pobre Ohannés no podía con el
castellano –relata Bedrossian-, que entendía poco y
hablaba defectuosamente. Lo peor eran los verbos, reducidos al
presente del infinitivo y esa letra ‘pe’ que no
lograba pronunciar sino como ‘be’ " (12).

Le costaba también a los árabes que
vivían en el interior: "en Tucumán y en Santiago
del Estero los legisladores de origen árabe llegaron a ser
mayoría. Cuenta Enrique Oliva –Francois Lepot- en La
vida cotidiana que en una sesión de la Cámara en
una de esas provincias, un diputado expresó: ‘Bara
explicar este broyecto, cedo la balabra al baisano Abraham, que
habla mejor la castilla’ " (13).

¡Qué idioma tan increíble
–exclama el ruso Gurovitz-, todavía más
rápido que el italiano. Me equivoco siempre"
(14).

Trabajando en el campo entrerriano aprendió
castellano la abuela de Catalina Nasenson: "Estaban contentos,
conformes con el ambiente, a tal punto que mi abuela, que no
sabía una palabra de castellano, terminó hablando
como los peones" (15).

Yagupsky muestra la otra cara de la moneda: "Al gaucho,
en realidad, como era un elemento primitivo, de poca
educación, lo imbuían de cultura judía. No
sólo que muchos aprendieron y hablaban el ídish con
nosotros, sino que conocían nuestras formas de vida,
nuestro folklore y lo
cantaban" (16).

No tuvo tanto inteligencia o
tanto empeño la irlandesa que evoca, en uno de los cuentos
de Tréboles del sur, Juan José Delaney: El escritor
plantea la situación de una inmigrante que ve frustradas
sus ambiciones, principalmente por el obstáculo que es
para ella el desconocimiento del lenguaje, aunque, en lo que
respecta a lo material, se muestra agradecida: "no puedo pasar
por alto la buena acogida que los irlandeses todos hemos tenido
en este suelo;
difícilmente brazos deseosos de trabajar no encuentren
recompensa", dice la mujer
(17).

En Moira Sullivan, el lenguaje, tan importante como
factor sociabilizador, encarna una actitud de la
protagonista. Ella nunca se interesó por aprender a
comunicarse en castellano y esa negativa suya determina su
relación con quienes la rodean. La anciana vive en su
mundo y no quiere tener contacto con quien no pertenezca a
él. Rechaza evidentemente toda forma de integración, y su repudio se patentiza en
el aislamiento en el que se refugia: "Lo importante era el
silencio. Todas las noches lo buscaba, especialmente los domingos
cuando las otras recibían visitas y ella más
sentía el acoso de la soledad. En rigor, a nadie
tenía pese a haber estado en la vida de muchos y a que,
por esa acción secreta y persistente del arte, continuaba
gravitando sobre gentes extrañas y lejanas. El silencio de
ese anochecer dominical le permitiría entregarse
serenamente al ensueño en el que resucitarían
vivencias y pensamientos provenientes de zonas postergadas por su
memoria, y también secretas conexiones que su
visión de la vida, del mundo y de los hombres concertaba
con cierta independencia".

. Aun cuando quisieran integrarse, el idioma era un
serio problema para colectividades como la irlandesa; Delaney
presenta dos paliativos para la incomunicación de los
extranjeros: el cine mudo (en
los Estados Unidos) y
el tango, por los que manifiestan gran afición: "
‘Tango es el lugar donde los inmigrantes sintieron que no
son imprescindibles las palabras’, sentenció solemne
Nelly Maguire", en su fonda "San Patricio", en Rojas, provincia
de Buenos Aires (18).

"Los separaba el idioma – afirma Héctor M.
Guyot-. Pero aquí, claro, no eran perseguidos por su
catolicismo. Enseguida adoptaron las botas y se aficionaron al
mate y al asado. Un paseo por los cementerios de Areco y
Junín da cuenta no sólo de los muchos irlandeses
que allá lejos y hace tiempo confluyeron en la zona, sino
también de una curiosa simbiosis: Edward Geoghegan
("Gaucho Ted") 1874-1928 reza una lápida, entre cruces
celtas y otros apellidos irlandeses como Farrell, O’Neill o
Murphy" (19).

Tampoco quiso aprender castellano el belga en la novela
de Gabriel Báñez, aunque sufrió cuando se
enfrentó a la realidad: "el viudo de Flora Divas
debió salir al nuevo mundo de buscar trabajo y fue
entonces cuando cayó en la cuenta de una realidad
aterradora y elemental: no sabía una sola palabra de
castellano. Ese día sería inolvidable. Sarita lo
vio trasponer el portón de la pensión y llegar
luego hasta el fondo de la galería para deshacerse en un
llanto tibio y cordial a los pies del único árbol
que detestaba, la glicina. (…) Nunca antes lo había
visto llorar, ni en el funeral de su madre.(…) El viudo dijo
algo incomprensible: que lloraba por el castellano que no
entendía". No obstante, "en su apatía vegetal
jamás llegó a interesarse ni a comprender
enteramente el castellano. O peor: lo padecía como un
idioma oscuro y maldito" (20).

Por el contrario, los Fehér, que habían
debido emigrar de Hungría, no quisieron que sus hijos
aprendieran, en la Argentina, ese idioma. Durante una
estadía en la nación de sus mayores, comenzó
para Martín, el hijo, "su viaje hacia el pasado y la
infancia. El recepcionista del hotel se había entendido en
inglés con él, pero el mozo del restaurante, que
apenas lo hablaba, comenzó a desarrollar un diálogo en
húngaro con Luis que Martín escuchaba perplejo.
Inesperadamente, lo que estaba oyendo comenzaba a remitirlo hacia
su infancia, hacia las conversaciones de su Papá con sus
tíos, con sus amigos húngaros, a los discos de
csárdás que siempre se habían escuchado en
su casa. Ese idioma era para él una especie de clave
especial que se escuchaba sólo en el seno de su familia, o
en alguna de las charlas de sus padres con otros húngaros.
Siempre había tenido la sensación de que era un
idioma que no existía realmente, como si no hubiese otra
gente que lo pudiese practicar cotidianamente en alguna ciudad.
Era un idioma secreto, restringido sólo a los que sus
padres se lo permitían. Escuchar hablarlo abiertamente a
un desconocido, era una experiencia rara y especial. Por ese odio
que sus padres profesaban por los húngaros, nunca le
habían querido enseñar a hablar ese idioma"
(21).

Queda en el inmigrante decidir cuál será
su lengua, opción que seguramente obedecerá a
razones más afectivas que intelectuales.
Syria Poletti, quien emigró a los veintitrés
años, afirmaba: "uno, como escritor, pertenece al
área en cuyo idioma se expresa. El instrumento con que yo
me expreso es el idioma de los argentinos, con todo el substratum
cultural que ello implica, por lo tanto soy hija del país,
porque el idioma es como la sangre de un país. Los otros
idiomas que me habitan –italiano y friulano- son herencias
que me dejaron mis mayores. Y las herencias sirven si se hace
buen uso de ellas" (22).

Distinta es la postura de Adelina C. Cela, quien canta
nostálgica, en su poema "Calabreses": "Como un susurro tu
lengua/ me acunó toda la vida/ y no le diste abandono/ a
tu hija en lejanía" (23).

Manifiesta Silvia Plager: "nací en Argentina, mi
madre nació en Lvov y se crió en Berlín, mi
padre era de Tchorkow, Galitzia. Mi familia materna hablaba
alemán, mi familia paterna polaco. Todos ellos mezclaban
esas lenguas y el idish cuando hablaban en castellano. Mi
castellano está perfumado de un mosaico de lenguas, y
cuando escribo las huelo y los huelo a ellos, que habitan en mi
lengua" (24).

Acerca del idioma y de la construcción verbal, afirma Mario Goloboff:
"creo que es éste el terreno donde se nos marca como
escritores judíos a cada uno de nosotros. En mi caso
particular, fui un bilingüe auditivo de nacimiento.
Lamentablemente, no hablé el idish, pero sin duda fue la
primera lengua que oí y escuché en mi infancia. Y
entre los dolores y terrores de la infancia y de la guerra (en
aquel momento, en su esplendor), y en un pueblo como Carlos
Casares (uno de las colonias judías más importantes
que hubo en la provincia de Buenos Aires), me tocó vivir
desde muy chico los temores familiares y las pocas esperanzas de
que las cosas terminaran bien. Creo que esto, junto a la lengua,
es lo que me ha marcado más profundamente"
(25).

El protagonista de la novela Mestizo, de Ricardo
Feierstein, recuerda la incomunicación que sufría
con respecto a su abuelo polaco: "Toda mi historia está en
esa foto, aunque yo sólo nacería muchos años
después, de este lado del Atlántico. Esa sonrisa
indefinida de Moishe Búrej se repetiría en los
cuentos que, inútilmente, trataría de relatarme en
un patio embaldosado de Villa del Parque. El, sentado, con su
silla de inválido y un ídish de acento eslavo
repleto de consonantes. Yo sin entenderlo, atrincherado en un
exquisito castellano que él nunca comprendería,
condenados a incomunicarnos, a no poder jamás cruzar una
palabra, sólo gestos amistosos y besos de cariño.
Cada uno hablando en su idioma. Nunca lo entendí y ahora
lo extraño. ¿Qué habrá querido
decirme mi abuelo, doctor? ¿Qué sucesos
evocaría, qué lazos pudo haberme transmitido, en
esa lengua inentendible? Estoy seguro de que, de
haber comprendido entonces, todo me sería mucho más
sencillo ahora" (26).

Moisés Mochkofsky, "nacido, según sus
papeles, en Slenin, provincia de Grodne, Rusia, (…)
Renunció al ruso y al idish; hablaba castellano como un
cordobés de nacimiento. Con la lengua, también
renunció al judaísmo" (27).

Máximo Yagupsky afirmó: "Yo leo hebreo y
amo el idioma hebreo. Amo igualmente el idioma castellano, que es
nuestro idioma argentino. Amo profundamente a los dos. Porque
mucho es lo que me dicen. Son dos vasos comunicantes para mi
espíritu. En sus alas puedo levantar vuelo y elevar mi
espíritu a mundos siderales. Quiero, pues, mantenerlos
vivos en mi espíritu y transmitirlos a mis hijos. Eso me
enriquece. Si yo perdiera cualesquiera de estos asideros del
alma, yo me
habría empobrecido. Y habría empobrecido a la
Argentina" (28).

Notas

1 Hernández, José: Martín Fierro.
Testo originale con traduzione, commenti e note di Giovanni Meo
Zilio. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri,
1985.

2 Criscuolo, Eduardo: "Un habitante ‘gris’
de Coghlan: Julián Centeya", en El Barrio Periódico
de Noticias.
Buenos Aires, diciembre de 2003.

3 S/F: "Fui actriz porque a un empresario se
le ocurrió", en La Maga, 1° de abril de
1994.

4 Gambier, Marina: "Por los otros", en Clarin Viva, 9 de
noviembre de 2003.

5 Scotti, María Angélica: Diario de
ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé,
1996.

6 Anzorreguy, Chuny: El angel del capitán.
Biografía
del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor,
1996.

7 Lugones, Leopoldo: "Oda a los ganados y las mieses",
en Antología poética. Buenos Aires, Espasa,
1965.

8 Torres Zavaleta, Jorge: "La noche de la cruz de
plata", en El palacio de verano. Buenos Aires, Grupo Editor
Latinoamericano, 1987.

9 S/F: "Los ingleses en la Argentina", en Clarín,
Buenos Aires, 18 de diciembre de 2000.

10 Torres Zavaleta, Jorge: La noche que me quieras.
Buenos Aires, Planeta, 2000.

11 Castrillón, Ernesto y Casabal, Luis: "Un
argentino en Birmania", en La Nación, Buenos Aires, 6 de
junio de 2004.

12 Bedrossian, Eduardo: Memorias para
no olvidar. Buenos Aires, Edición
del autor, 1998.

13 Pandra, Alejandro: "En busca de la esperanza", en El
Tiempo, Azul, 7 de septiembre de 2003.

14 Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos
Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1985.

15 Londero, Oscar: "Historia de la inmigración a
principios del siglo XX – Un recorrido por las primeras
colonias judías de Entre Ríos", en Clarín,
Buenos Aires, 17 de diciembre de 2000.

16 Diament, Mario: op. cit

17 Delaney, Juan José: Tréboles del Sur..
Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1984.

18 Delaney, Juan José: Moira Sullivan. Buenos
Aires, Corregidor, 1999. Pág. 130.

19 Guyot, Héctor M.: "Sociedad. Irlandeses en la
Argentina. Una verde pasión", en La Nación Revista,
Buenos Aires, 13 de marzo de 2005. Fotos de Daniel
Pessah.

20 Báñez, Gabriel: op.cit.

21 Weisz, José Martín: …mientras los
violines tocaban csárdás. Un viaje a
Hungría. Buenos Aires, Milá, 2002.

22 Fornaciari, Dora: "Reportajes periodísticos a
Syria Poletti", en Taller de imaginería. Buenos Aires,
Losada, 1977.

23 Cela, Adelina C.: "Madre Patria", en La Capital, 5 de
septiembre de 1999.

24 Plager, Silvia: "B) Desde el lugar creativo", en
Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la
cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas.
Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.

25 Goloboff, Mario: "Teatro con
debate:
‘Tras el paso de los grandes’ ", en Feierstein,
Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura
judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos
Aires, Editorial Milá, 2004.

26 Feierstein, Ricardo: Mestizo. Buenos Aires, Planeta,
1994. 360 pp.

27 Mochkofsky, Graciela: Tío Borís: un
héroe olvidado de la Guerra Civil Española. Buenos
Aires, Sudamericana, 2006. 272 pp.

28 Diament, Mario: op. cit.

…..

En el conventillo, en la escuela, en el tranvía,
leyendo o rezando, los inmigrantes aprendieron la lengua de la
nueva tierra. La lengua que otros rechazaron, quizás por
el inmenso dolor de haber dejado su tierra.

VII
Religión

La religión fue muy importante para los
inmigrantes. Constituía una fuente de fortaleza frente a
la adversidad, al tiempo que significaba un vínculo con
sus tierras de origen.

Católicos

En la Colonia San José, donde arribó en
1857, el valesano Juan Bautista Blatter escribe que "para la
Santa Religión nada había en común el primer
año más que el deseo de tener un sacerdote. Al
presente tenemos la dicha de tener uno quien nos hace todos los
domingos hermosos sermones; la misa se dice hacia las diez y
media a fin de que toda la gente de los alrededores puedan llegar
a tiempo" (1).

Los volguenses celebran con una misa la llegada a la
nueva tierra. "Era el año 1878, en una calurosa tarde del
18 de febrero, cuando ancló en el puerto de Buenos Aires
el trasatlántico ‘Hohenstab’, transportando a
su bordo a las diecinueve familias alemanas, que llegaban
después de una larga y penosa travesía, desde las
lejanas tierras del Volga. (…) Se los alojó en el Hotel
de Inmigrantes y allí, en la Santa Misa con que celebraron
la llegada al País de la Esperanza, comieron el Pan de la
Vida en la Santa Eucaristía y probaron el blanco pan de
trigo argentino" (2).

El sentimiento religioso estaba presente en la casa del
gallego Onega. Para que su hija enferma aceptara comer, él
recurría a lo que su imaginación le sugería,
incluido el ángel de la guarda: "Después de haberme
ofrecido el néctar, la leche y la
miel, mi padre me alzaba y tomaba la posta en la
continuación del rito nutricio; con él las acciones eran
lentas y alentadoras, él no estaba agotado de cocinas y de
chicos, venía de estar horas con hombres resolviendo
problemas de hombres y con su hija menor le cundía la
paciencia, que con el correr de las horas a mi madre se le
había ido al diablo. Inflexible era sin embargo en darme
de comer una cucharadita de sopa por los abuelos de España,
otra por los abuelos de Melincué, otra por los
huérfanos de la Guerra Civil, otra por el ángel de
la guarda dulce compañía y por todos los personajes
queridos y sagrados que se le ocurrían" (3).

El padre de María Rosa Lojo, en cambio, le dio
este consejo: "Veo a mi abuela materna pasar una a una las
cuentas del
rosario, mientras augura la condenación eterna de
papá, ese ateo que osa desafiar la Voluntad Divina, sin
cuya anuencia no se movería ni la hoja de un árbol.
El ateo pierde una batalla cuando mamá logra enviarme al
Sagrado Corazón
(el Sacre Coeur de Magdalena Barat, las monjas con las que ella
había estudiado). Sin embargo, no se desalienta. Unos
días antes del ingreso escolar, me llama secretamente:
‘Tu madre y tu abuela se han empeñado en que vayas a
ese colegio. Pero tú no seas tonta hija mía. No
creas en lo que te dicen las monjas’ " (4).

Una inmigrante gallega sufre una desgracia relacionada
con la religión. Cuenta Guillermo Saccomanno: "A mi abuela
le gustaba mucho escuchar y contar historias, y me hablaba de una
parienta de ella, que entonces vivía enfrente de mi casa.
En su aldea en España, esa mujer había tenido un
hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a los
treinta y tres años. Cuando yo tenía siete u ocho
años, a la tardecita me cruzaba a la casa de esta otra
gallega, que me contaba la historia de San Jorge y el
dragón mientras me daba pan mojado en vino con azúcar"
(5).

En una novela de Gabriel Báñez, el
catolicismo es una fuerza activa que intenta paliar las
necesidades de los inmigrantes, aunque el sacerdote se excede en
sus atribuciones: "Hacía poco más de quince
años que el padre Bernardo Benzano estaba al frente de la
parroquia Nuestra Señora de la Merced, pero desde los
últimos cuatro sus tareas se habían multiplicado
por la enorme cantidad de inmigrantes que llegaban a las costas.
Procuraba chapas, documentación y hasta changas y empleos
golondrinas a los recién llegados. (…) no sólo
daba una mano a los más necesitados, sino que por su
cuenta y obra cedía tierras fiscales y fundaba barrios y
asentamientos que los funcionarios de la comuna calificaban de
ilegales. A las villas las bautizaba con nombres de santos y ante
cualquier amenaza argüía que la fe no podía
ser expulsada" (6).

Un sacerdote ayudó a los Ranni a salir de
Trieste. Cuenta Rodolfo: "viví muchos años con el
recuerdo del rincón donde había dejado mis juguetes,
cuando nos escapamos. Fue una fuga como en el cine: mi hermano y
yo escondidos en el altillo de la casa de mi padrino, que era el
cura del pueblo; mi mamá, en un carro tirado por caballos
de un padrino de mi papá. Y como estaba por dar a luz a mi
hermano, en la frontera inglesa la dejaron pasar…"
(7).

Y un obispo facilita la salida de Hungría del
judío Lajos Fehér. El emigrante "consiguió
un pasaporte falso a nombre de Alejandro Gross con una expresa
mención del obispo de la zona que la religión
profesada por el portador era la católica" (8).

Nora Ayala destaca que después del ciclón
de la ciudad paraguaya de Encarnación, en 1926, "la
primera noticia de la magnitud del ciclón, que en Posadas
no había sido más que una tormenta un poco
más fuerte que las habituales, fue la llegada de dos
alemanes: el sacerdote Kreusser, párroco de
Encarnación, y el mecánico Memel, que cruzaron el
Paraná a remo para pedir ayuda" (9).

Notas

1 Vernaz, Celia E.: La Colonia San José. Santa
Fe, Colmegna, 1991.

3. Chiérico, Edgardo Ariel: "Colonia San Miguel,
un nuevo museo", en La Capital, Mar del Plata, 9 de abril de
2000.

4. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Una
historia de infancia en la pampa gringa. Buenos Aires, Grijalbo
Mondadori, 1999.

5. Lojo, María Rosa: "Mínima
autobiografía de una ‘exiliada hija’ ", en
Sitio al margen. Buenos Aires, noviembre de 2002.

6. Chiaravalli, Verónica: "Un corazón
tomado por la memoria", en La Nación, Buenos Aires, 15 de
agosto de 1999.

7. Báñez, Gabriel: Vírgen. Buenos
Aires, Sudamericana, 1998.

8. Gaffoglio, Loreley: "El teatro me contuvo", en La
Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1998.

9. Weisz, José Martín: …mientras los
violines tocaban csárdás. Un viaje a
Hungría. Buenos Aires, Milá, 2002.

10. Ayala, Nora: Mis dos abuelas. 100 años de
historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.

Onomásticos

Los inmigrantes consideraban más importantes sus
onomásticos que sus cumpleaños.

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