Monografias.com > Uncategorized
Descargar Imprimir Comentar Ver trabajos relacionados

La edad de oro de la burguesía (página 2)




Enviado por lucas_gdv



Partes: 1, 2

5. La concepción Marxista: un nuevo tipo
de estado

El proletariado, al asumir el poder en
París, frente a la desorganización del aparato
estatal, a la sumisión de gran parte del funcionalismo al
gobierno
burgués que se encontraba en Versalles, y orientados por
principios
democráticos e igualitarios, comprende la necesidad de
organizar nuevas instituciones,
pues las que existían no correspondían al nuevo
poder que se establecía. Era necesario organizar un nuevo
tipo de democracia,
cualitativamente distinta de la liberal-burguesa, que en lo
fundamental se destina a la manutención de la sociedad de
clases, de la explotación y de la opresión a la
gran mayoría de la población.
El nuevo poder se basaba en una nueva forma de democracia,
ampliada, que atendía de los intereses de la
mayoría de la población; en ella se pueden destacar
los siguientes aspectos: eliminación de la
separación de responsabilidades entre el ejecutivo y el
legislativo y organización de un único
órgano representativo; establecimiento de elecciones para
todas los cargos públicos; eliminación del
político profesional (los representantes elegidos
continuarían con sus trabajos profesionales) y
establecimiento del mandato revocable en cualquier momento, desde
el momento en que el candidato electo no respondiese al
compromiso asumido con sus votantes; sustitución de la
policía y del ejército permanente por el armamento
popular; institución de los tribunales populares y
organización de las actividades
político-administrativas y burocráticas de tal
forma que garantizaban el control de los
obreros. Los sueldos, en los diferentes niveles de la
administración, se establecen según el sueldo
medio de los obreros, como eficaz barrera al arribismo y a la
caza de los altos empleos, sin hablar de la revocabilidad de los
mandatos de los delegados en los cuerpos representativos que la
Comuna igualmente introdujo. Estas medidas democráticas
permitían a las clases trabajadoras ejercer el control
sobre todas las actividades del gobierno.
Marx y Engels
que ya venían estudiando y elaborando a partir de las
experiencias, revolucionarias o no, una nueva concepción
de Estado, con la
Comuna de París formulan la idea de que la
realización de la democracia económica, social y
política
sólo es posible con la eliminación de las
relaciones y estructuras
jurídico-políticas,
burocráticas y militares, que corresponden a la dictadura de
la burguesía. Contraponen a la dictadura (=democracia)
burguesa un nuevo tipo de Estado, la dictadura (=democracia) del
proletariado, que responde a una nueva forma de
organización social, con la atribución fundamental
de crear las condiciones materiales
necesarias para la eliminación de la sociedad de clases y
para la construcción de una sociedad sin clases,
una sociedad comunista.
Formulan, basados en estudios anteriores, los trazos esenciales
del contenido de clases del Estado y la posibilidad de
extinción de las clases y construcción de una
sociedad sin clases. Entienden que en todas las sociedades
existentes hasta entonces, después del surgimiento de la
propiedad
privada de los medios de
producción, se basan en una división
de clases
sociales antagónicas, engendradas por la
contradicción entre el desarrollo de
las fuerzas productivas y las relaciones de producción;
entre la infraestructura y la superestructura; entre la
apariencia (mitificada) con la que se presenta, y la esencia
(real) de clases del modo de producción.
En este sentido, el capitalismo se
encuentra seccionado entre los propietarios de los medios de la
producción, la clase burguesa, que lucha por el mantenimiento
del orden existente; y los propietarios de su propia fuerza de
trabajo, de la capacidad productiva, la clase obrera, que lucha
contra la explotación de la que es víctima y desde
el punto de vista histórico, por la construcción de
una sociedad sin clases. Por lo tanto, las relaciones entre el
obrero y el capitalista es una relación contradictoria, de
desigualdad y, al mismo tiempo, de
negación y de complementariedad. El mantenimiento de esta
ruptura, de este antagonismo, y de esta explotación queda
asegurado en lo fundamental por el Estado, que
en cuanto sistema de
instituciones, se organiza con el objetivo de
garantizar el orden capitalista, o sea, la perpetuación de
las relaciones de producción y
jurídico-políticas y de garantizar la
subordinación y la sumisión de la mayoría de
la población a los intereses de la minoría. En este
sentido, el Estado es un aparato especial de violencia
organizada y legal-institucional sobre las clases trabajadoras,
sobre todo la clase obrera.
La violencia institucional, intentando garantizar y reproducir la
desigualdad, se presenta como contra-violencia, preventiva y
necesaria contra la violencia dirigida para la destrucción
del orden, de la (aparente) igualdad
contractual. Así, la realidad expresa de forma invertida,
envuelta en misterio: la desigualdad se presenta como igualdad y
la violencia estatal aparece como contra-violencia al ser
desencadenada en nombre y en "beneficio" de los contratantes y
contra la "anarquía roja", el socialismo, el
comunismo.
Según la concepción liberal-burguesa, la sociedad
se forma con individuos "libres" e "iguales" que establecen entre
ellos un pacto social y político, elaboran leyes y las
consagran en una Constitución que regula las relaciones de
compra y venta entre las
diferentes mercancías: capital y
fuerza de trabajo. Así, el Estado tiene como objetivo
principal asegurar la plena libertad de
mercado, pues es
el único espacio que posibilita que las relaciones
desiguales se presenten como una relación de cambio entre
equivalentes, entre el capital y el trabajo en
una relación de compra y venta, intermediada por el
sueldo. Esta relación de "igualdad", que crea la
ilusión de un contrato
igualitario, es el punto de arranque fundamental de la
explicación liberal, tanto para los fenómenos
económicos, como para toda relación social, es
decir, se extiende a toda la sociedad.
El socialismo, entendido como la primera fase del comunismo, es
una necesidad y corresponde a un periodo de transición,
necesario para la construcción de las condiciones para la
sociedad sin clases. "Entre la sociedad capitalista y la sociedad
comunista media el periodo de la transformación
revolucionaria del primero en el segundo. Este periodo
también corresponde a un periodo político de
transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura
revolucionaria del proletariado." (MARX, 1977: 239).
La dictadura del proletariado se relaciona con la forma asumida
por el Estado proletario en el socialismo. Aquí es
necesario diferenciar la apariencia, respecto a la forma, de la
esencia, que se relaciona con el contenido de clase del Estado.
El análisis político de Marx revela la
idea principal de clase del Estado, permitiendo entenderlo como
un órgano de dominación, y su contenido social,
como definido por la(s) clase(s) que ejerce (m) su
dominación a través del aparato estatal. En este
sentido (y solamente en este), todo Estado es, en su esencia, una
dictadura. Por consiguiente, el Estado socialista, que
corresponde al periodo de la transición del capitalismo al
comunismo, el no-estado, al presentarse fundamentalmente como
proletario, se revela como una dictadura del proletariado; es
decir, una organización estatal con el objetivo de
construir las condiciones que permitan que va se extinguiendo
hasta su extinción completa.
La duración de este periodo aparece determinado por la
persistencia y por la necesidad de superación de factores
económicos, sociales, políticos, culturales, etc.,
que impiden el pleno desarrollo de las fuerzas productivas que
dificultan la superación de la escasez, de la persistencia
de las diferencias fundamentales entre la clase obrera y el
campesinado, entre el campo y la ciudad, entre trabajo
físico y el trabajo intelectual; factores que separan al
capitalismo del comunismo.
En este sentido, puede afirmarse que la dictadura del
proletariado, forma proletaria del Estado socialista, corresponde
a la más amplia democracia (apariencia bajo la que se
ejerce el poder político), y es un poder estatal que, al
explicitar su contenido de clase, se afirma como no-estado y
permite que sean creadas las condiciones para su
extinción. La democracia proletaria sirve para designar no
sólo el Estado socialista-proletario, sino también
el componente no-estatal de la dominación de la clase
proletaria, es decir, la necesidad de que, en el propio momento
en que se implanta el socialista-proletario, empiece la
desestatización progresiva de las tareas administrativas y
militares. En este nivel específico, democracia proletaria
designa la esfera no-estatal: la gestión
de masa, realizada para las organizaciones de
trabajadores de cada unidad de producción particular y del
conjunto del aparato productivo; el desempeño directo, por la población
armada, de las tareas de defensa nacional; la resolución
de los conflictos
ínter individuales no sumisa a la magistratura formal y
realizada en los propios lugares de trabajo (fábrica,
granja) o de habitación (barrios, bloques). (SAES, 1987:
31).
La persistencia de esas características, hacen indispensable la
planificación, la intervención
estatal proletaria, con el objetivo de eliminar las diferencias y
los restos de las viejas relaciones entre clases; y de disminuir,
minimizar y eliminar esas contradicciones. La dictadura del
proletariado, durante la
organización estatal necesaria al periodo de la
transición del capitalismo al comunismo, se extingue
gradualmente, en la medida en que se da el pleno desarrollo de
las fuerzas productivas y se crean las condiciones objetivas y
subjetivas para la extinción del Estado.
El Estado no es un fenómeno eterno. Surgió y
desaparecerá en determinadas condiciones históricas
(económicas, sociales,
políticas). No de una hora a otra, inesperadamente, por
ordenanza o deseo subjetivo, sino, gradualmente, en la
proporción en que se creen las condiciones para la
extinción de las clases y la construcción de la
sociedad sin clases, el Comunismo.

6. El
positivismo

El término positivismo
fue utilizado por primera vez por el filósofo y
matemático francés del siglo XIX Auguste Comte,
pero algunos de los conceptos positivistas se remontan al
filósofo británico David Hume, al filósofo
francés Saint-Simon, y al filósofo
alemán Immanuel Kant.
Comte eligió la palabra positivismo sobre la base de que
señalaba la realidad y tendencia constructiva que
él reclamó para el aspecto teórico de la
doctrina. En general, se interesó por la
reorganización de la vida social para el bien de la
humanidad a través del conocimiento
científico y, por esta vía, del control de las
fuerzas naturales. Los dos componentes principales del
positivismo, la filosofía y el Gobierno (o programa de
conducta
individual y social), fueron más tarde unificados por
Comte en un todo bajo la concepción de una religión, en la cual
la humanidad era el objeto de culto. Numerosos discípulos
de Comte rechazaron, no obstante, aceptar este desarrollo
religioso de su pensamiento,
porque parecía contradecir la filosofía
positivista
original.
El positivismo consiste en no admitir como válidos
científicamente otros conocimientos, sino los que proceden
de la experiencia, rechazando, por tanto, toda noción a
priori y todo concepto
universal y absoluto. El hecho es la única realidad
científica, y la experiencia y la inducción, los métodos
exclusivos de la ciencia.
Por su lado negativo, el positivismo es negación de todo
ideal, de los principios absolutos y necesarios de la
razón, es decir, de la metafísica. El positivismo es una
mutilación de la inteligencia
humana, que hace posible, no sólo, la metafísica,
sino la ciencia misma.
Esta, sin los principios ideales, queda reducida a una nomenclatura de
hechos, y la ciencia es una colección de experiencias,
sino la idea general, la ley que
interpreta la experiencia y la traspasa. Considerado como sistema
religioso, el positivismo es el culto de la humanidad como ser
total y simple o singular.

  • Comte, Augusto (1798-1857).

Filósofo positivista francés, y uno de los
pioneros de la sociología. Nació en Montpellier el
19 de enero de 1798. Desde muy temprana edad rechazó el
catolicismo tradicional y también las doctrinas
monárquicas. Logró ingresar en la Escuela
Politécnica de París desde 1814 hasta 1816, pero
fue expulsado por haber participado en una revuelta estudiantil.
Durante algunos años fue secretario particular del
teórico socialista Claude Henri de Rouvroy, conde de
Saint-Simon, cuya influencia quedaría reflejada en algunas
de sus obras. Los últimos años del pensador
francés quedaron marcados por la alienación mental,
las crisis de
locura en las que se sumía durante prolongados intervalos
de tiempo. Murió en París el 5 de septiembre de
1857.
Para dar una respuesta a la revolución
científica, política e industrial de su tiempo,
Comte ofrecía una reorganización intelectual,
moral y
política del orden social. Adoptar una actitud
científica era la clave, así lo pensaba, de
cualquier reconstrucción.
Afirmaba que del estudio empírico del proceso
histórico, en especial de la progresión de diversas
ciencias
interrelacionadas, se desprendía una ley que
denominó de los tres estadios y que rige el desarrollo de
la humanidad. Analizó estos estadios en su voluminosa obra
Curso de filosofía positiva. Dada la naturaleza de la
mente humana, decía, cada una de las ciencias o ramas del
saber debe pasar por "tres estadios teoréticos diferentes:
el teológico o estadio ficticio; el metafísico o
estadio abstracto; y por último, el científico o
positivo". En el estadio teológico los acontecimientos se
explican de un modo muy elemental apelando a la voluntad de los
dioses o de un dios. En el estadio metafísico los
fenómenos se explican invocando categorías
filosóficas abstractas. El último estadio de esta
evolución, el científico o positivo,
se empeña en explicar todos los hechos mediante la
aclaración material de las causas. Toda la atención debe centrarse en averiguar
cómo se producen los fenómenos con la
intención de llegar a generalizaciones sujetas a su vez a
verificaciones observacionales y comprobables. La obra de Comte
es considerada como la expresión clásica de la
actitud positivista, es decir, la actitud de quien afirma que tan
sólo las ciencias empíricas son la adecuada fuente
de conocimiento.
Cada uno de estos estadios, afirmaba Comte, tiene su correlato en
determinadas actitudes
políticas. El estadio teológico tiene su reflejo en
esas nociones que hablan del Derecho divino de los reyes. El
estadio metafísico incluye algunos conceptos tales como el
contrato social,
la igualdad de las personas o la soberanía popular. El estadio positivo se
caracteriza por el análisis científico o
"sociológico" (término acuñado por Comte) de
la organización política. Bastante crítico
con los procedimientos
democráticos, Comte anhelaba una sociedad estable
gobernada por una minoría de doctos que empleara
métodos de la ciencia para resolver los problemas
humanos y para imponer las nuevas condiciones sociales.
Aunque rechazaba la creencia en un ser transcendente,
reconocía Comte el valor de la
religión, pues contribuía a la estabilidad social.
En su obra Sistema de Política Positiva (1851-1854;
1875-1877), propone una religión de la humanidad que
estimulara una benéfica conducta social. La mayor
relevancia de Comte, sin embargo, se deriva de su influencia en
el desarrollo del positivismo.

  • La Ley de los tres Estados.

Según Comte, los conocimientos pasan por tres
estados teóricos distintos, tanto en el individuo como en
la especie humana. La ley de los tres estados, fundamento de la
filosofía positiva, es, a la vez, una teoría del
conocimiento y una filosofía de la historia. Estos tres estados
se llaman:

  • Teológico.
  • Metafísico.
  • Positivo.
  • Estado Teológico:

Es ficticio, provisional y preparatorio. En él,
la mente busca las causas y los principios de las cosas, lo
más profundo, lejano e inasequible. Hay en él tres
fases distintas:

  • Fetichismo: en que se personifican las cosas y se les
    atribuye un poder mágico o divino.
  • Politeísmo: en que la animación es
    retirada de las cosas materiales para trasladarla a una serie
    de divinidades, cada una de las cuales presenta un grupo de
    poderes: las aguas, los ríos, los bosques,
    etc.
  • Monoteísmo: la fase superior, en que todos
    esos poderes divinos quedan reunidos y concentrados en uno
    llamado Dios.

En este estado, predomina la imaginación, y
corresponde a la infancia de la
humanidad. Es también, la disposición primaria de
la mente, en la que se vuelve a caer en todas las épocas,
y solo una lenta evolución puede hacer que el
espíritu humano de aparte de esta concepción para
pasar a otra. El papel
histórico del estado teológico es
irremplazable.

  • Estado Metafísico:

O estado abstracto, es esencialmente crítico, y
de transición, Es una etapa intermedia entre el estado
teológico y el positivo. En el se siguen buscando los
conocimientos absolutos. La metafísica intenta explicar la
naturaleza de los seres, su esencia, sus causas. Pero para ello
no recurren a agentes sobrenaturales, sino a entidades abstractas
que le confieren su nombre de ontología. Las ideas de principio, causa,
sustancia, esencia, designan algo distinto de las cosas, si bien
inherente a ellas, más próximo a ellas; la mente
que se lanzaba tras lo lejano, se va acercando paso a paso a las
cosas, y así como en el estado anterior que los poderes se
resumían en el concepto de Dios, aquí es la
naturaleza, la gran entidad general que lo sustituye; pero esta
unidad es más débil, tanto mental como socialmente,
y el carácter
del estado metafísico, es sobre todo crítico y
negativo, de preparación del paso al estado positivo; una
especie de crisis de pubertad en el espíritu humano, antes
de llegar a la adultos.

  • Estado Positivo:

Es real, es definitivo. En él la
imaginación queda subordinada a la observación. La mente humana se atiene a
las cosas. El positivismo busca sólo hechos y sus leyes.
No causas ni principios de las esencias o sustancias. Todo esto
es inaccesible. El positivismo se atiene a lo positivo, a lo que
está puesto o dado: es la filosofía del dato. La
mente, en un largo retroceso, se detiene a al fin ante las cosas.
Renuncia a lo que es vano intentar conocer, y busca sólo
las leyes de los fenómenos.

  • El Caracter Social Del Espiritu Positivo.

El espíritu positivo tiene que fundar un orden
social. La constitución de un saber positivo es la
condición de que haya una autoridad
social suficiente, y esto refuerza el carácter
histórico del positivismo.
Comte, fundador de la Sociología, intenta llevar al estado
positivo el estudio de la Humanidad colectiva, es decir,
convertirlo en ciencia positiva. En la sociedad rige
también, y principalmente, la ley de los tres estados, y
hay otras tantas etapas, de las cuales, en una domina lo
militar.
Comte valora altamente el papel de organización que
corresponde a la iglesia
católica; en la época metafísica,
corresponde la influencia social a los legistas; es la
época de la irrupción de las clases medias, el paso
de la sociedad militar a la sociedad económica; es un
período de transición, crítico y disolvente;
el protestantismo contribuye a esta disolución. Por
último, al estado positivo corresponde la época
industrial, regida por los intereses económicos, y en ella
se ha de restablecer el orden social, y este ha de fundarse en un
poder mental y social.

Es aparentemente, una reflexión sobre la ciencia.
Después de agotadas éstas, no queda un objeto
independiente para la filosofía, sino ellas mismas; la
filosofía se convierte en teoría
de la ciencia. Así, la ciencia positiva adquiere unidad y
conciencia de
sí propia. Pero la filosofía, claro es, desaparece;
y esto es lo que ocurre con el movimiento
positivo del siglo XIX, que tiene muy poco que ver con la
filosofía.
Pero en Comte mismo no es así. Aparte de lo que cree hacer
hay lo que efectivamente hace. Y hemos visto que:

  1. Es una filosofía de la historia (la ley de los
    tres estados).
  2. Una teoría metafísica de la realidad,
    entendida con caracteres tan originales y tan nuevos como el
    ser social, histórica y relativa.
  3. Una disciplina
    filosófica entera, la ciencia de la sociedad; hasta el
    punto de que la sociología, en manos de los
    sociólogos posteriores, no ha llegado nunca a la
    profundidad de visión que alcanzó en su
    fundador.

Este es, en definitiva, el aspecto más verdadero
e interesante del positivismo, el que hace que sea realmente, a
despecho de todas las apariencias y aun de todos los
positivistas, filosofía.

  • El sentido del positivismo.

Esta ciencia positiva es una disciplina de modestia; y
esta es su virtud. El saber positivo se atiene humildemente a las
cosas; se queda ante ellas, sin intervenir, sin saltar por encima
para lanzarse a falaces juegos de
ideas; ya no pide causas, sino sólo leyes. Y gracias a
esta austeridad logra esas leyes; y las posee con
precisión y con certeza.
Una y otra vez vuelve Comte, del modo más
explícito, al problema de la historia, y la reclama como
dominio propio
de la filosofía positiva. En esta relación se da el
carácter histórico de esta filosofía, que
puede explicar el pasado entero.

7.
Parnasianismo

Originados en un aspecto de la obra de Baudelaire, no el
emotivo sino el intelectual, sobre todo en las concepciones de
los grandes poetas postrománticos Théodore de
Banville, Teofhile Gautier y Charles-Marie Le Conte de Lisle, los
parnasianos plantearon cierto regreso al clasicismo como
vía de acceso a la "poesía
pura", y se dieron a conocer e identificar en sucesivas entregas
de una amplia antología colectiva, "El parnaso
contemporáneo" (1866-71-76), en la que acabaron entrando
nombres y tendencias diversas.
Si bien el punto de partida común era la frialdad emotiva
al servicio de la
perfección formal, la singularidad de los individuos
acabó por disgregar el grupo, aunque ello se produjo
merced a una creatividad
tan estimulante que en realidad alentó la difusión
del simbolismo y el nacimiento de las diversas corrientes que
mantendrían viva la poesía francesa hasta la
revolución surrealista.
Desde el punto de vista académico, el rechazo de los
parnasianos a publicar "La siesta de un fauno", de
Mallarmé, produce el nacimiento oficial del simbolismo,
aunque más bien pudiera hablarse de una segunda
generación simbolista, con nombres tan significativos
Maurice Maeterlinck, y la primera etapa creativa de Paul Claudel
y Paul Valery.

El simbolismo en los orígenes de la
poesía:
Hasta la madurez poética de Stéphane
Mallarmé, el simbolismo no adapta oficialmente su nombre
de batalla ni teoriza como tal escuela sobre sus presupuestos
estéticos: habrá que esperar a los dos
últimos decenios del siglo, para que publicaciones como Le
simboliste (1886) y Le mercure de France (1890) se encarguen de
difundirlo por todo el ámbito de la cultura
occidental. Sin embargo, se considera indiscutible que el
movimiento arranca de la obra de Charles Baudelaire y culmina con
las de Arthur Rimbaud, Paul Verlaine y la del propio
Stéphane Mallarmé.
Se ha dicho que con la publicación de Les Fleurs du Mal,
libro capital
de Baudelaire, comienza la modernidad, y
que, por las características de su propia vida, el mismo
Baudelaire puede ser considerado el primer hombre
moderno.
Pésimo estudiante, bohemio empedernido, amante de una
mujer de
"color",
condenado judicialmente por publicaciones inmorales,
alcohólico y drogadicto, derrumbado por la sífilis,
Baudelaire encarnó prácticamente todo lo que
la moral
burguesa consideraba condenable, al mismo tiempo que su escritura
ponía en circulación la tesis de la
autonomía y especificidad de la obra de arte, uno de los
conceptos más influyente de la estética de los dos últimos
siglos.
Nacido treinta años después, Arthur Rimbaud es, por
su parte, el más deslumbrante meteoro de la historia de la
poesía occidental y el ejemplo por excelencia de esa
concepción artística: toda su obra "Carta del
vidente", "Una temporada en el infierno" e "Iluminaciones" fue
escrita entre los 16 y los 20 años, luego de lo cual
abandonó la literatura y pasó a
una vida errante y aventurera (contrabandista de marfil, mercader
de esclavos, etc.) hasta que sufrió la amputación
de una pierna, con una secuela gangrenosa que acabó con
él. Pese a esta atipicidad, o tal vez precisamente por
ella, su impronta en la poesía europea es mucho más
profunda que la de su protector y amante, Paul Verlaine (Los
poetas malditos), maestro sin embargo del lirismo intimista y la
voz más admirada por quienes representarían la
sensibilidad del decadentismo.
Mallarmé es el mayor teórico de los cuatro grandes
poetas simbolistas y el que llegó más lejos en la
búsqueda y ejecución de una "poesía pura",
en la que el autor y los elementos diferenciales desaparecen tras
las palabras (Siesta de un fauno, Páginas). Su
producción fue decreciendo en cantidad, a la
búsqueda del libro absoluto que no llegó a escribir
y del que el mejor fragmento se considera su prosa
poética: "una tirada de dados nunca abolirá el
azar…" (1897)

8.
Conclusión

Mientras que a fines del siglo XIX y comienzos del siglo
XX se conformaba la derecha que constituiría la principal
amenaza al liberalismo y
la democracia, también dentro de la izquierda se agrupaban
contrincantes en un número cada vez más
considerable. Como en los años anteriores, las tendencias
ideológicas fueron variadas: anarquistas y socialistas,
sindicalistas y reformistas debatían ardorosamente las
formas que debía asumir la liberación del
proletariado del "yugo" de la sociedad burguesa. Sin embargo,
pronto el horizonte ideológico se clarificó: un
socialismo de tipo marxista se ponía a la cabeza de los
distintos grupos de
izquierda.
Fue un socialismo de tipo marxista el que se impuso en el
continente. Y en este proceso cumplió un papel importante
la socialdemocracia alemana.

9.
Bibliografía

Costa, Silvio. "Tomar el cielo por asalto".
www.monografías.com
Madrid, 2001.
BURK, Ignacio; (1985). "Filosofía". Ediciones Insula.
Caracas, Venezuela.
"Diccionario
Enciclopédico Abreviado"; (1957). Editorial, Espasa
– Calpe, S.A. Tomo II. Madrid, España.
"Enciclopedia Barsa"; (1985). Ediciones Encyclopaedia Britannica
Publishers, INC. México.
"Enciclopedia Microsoft
Encarta 99". 1993-1998 Microsoft Corporation.
HIRSCHBERGER, J.; (1968). "Breve Historia de la
Filosofía". Editorial, Herder. Barcelona,
España.
MARIAS, Julián; (1960). "Historia de la Filosofía".
12va edición. Ediciones, Castilla. Madrid,
España.
Enciclopedia Temática Guinness, II. La Nación.
1994
Historia de la Literatura Universal. Centro Editor de América
Latina. 1978.
Susana Bianchi. Historia Social General. Universidad de
Quilmes. 2001.

 

 

 

Autor:

Lucas Garcia del Val

Partes: 1, 2
 Página anterior Volver al principio del trabajoPágina siguiente 

Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.

Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.

Categorias
Newsletter