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Los estudios sobre ciencia, tecnología y sociedad. Una panorámica general (página 2)




Enviado por Antonio Di�guez



Partes: 1, 2

2. La Nueva
Sociología de la Ciencia

De entre todas las disciplinas anteriormente
mencionadas, ha sido la sociología de la ciencia, y
muy en particular la Nueva Sociología de la Ciencia, la
que ha contribuido de forma más decisiva al rápido
crecimiento de los estudios Ciencia, Tecnología y Sociedad en
los últimos años, al menos en Europa.
Dedicaremos por ello unos párrafos a exponer sus intereses
principales.

Los intentos de analizar las causas sociales del
conocimiento
pueden retrotraerse al siglo XIX, con la obra de Marx, y
más tarde con Émile Durkheim, Max
Scheler y especialmente Karl Mannheim. No obstante, y aunque esto
podría ser matizado en alguno de ellos, el
conocimiento científico fue considerado en general por
estos autores como un caso aparte que escapaba a los
condicionamientos externos de otras creencias humanas; un modo
privilegiado de saber que encontraba explicación
suficiente en su racionalidad y su verdad. Algunos autores
marxistas, como Boris Hessen y John D. Bernal, intentaron ya en
la década de los 30 que la ciencia dejara de ser una
excepción en lo que a su posibilidad de análisis social ser refiere. También
en ella los factores sociales debían cobrar la importancia
que merecían a la hora de explicar su origen y desarrollo.
Sus esfuerzos, sin embargo, encontraron entonces muy poco
eco.

Pese a estos trabajos iniciales, la sociología de
la ciencia no adquiere carta de naturaleza
hasta la aparición de los trabajos de Robert K. Merton y
su escuela de
Columbia en la década de los 40. Estos trabajos se
centraron en el estudio de la
organización institucional de la ciencia, del modo en
que ésta regula su sistema de
recompensas, del reparto de papeles y de recursos dentro
de las instituciones
científicas y de cómo ello contribuye a promover u
obstaculizar el conocimiento, de las disputas sobre prioridades
en los descubrimientos, y en especial, del sistema normativo que
da estructura a
la ciencia como institución social. La sociología
de la ciencia de la escuela mertoniana, sin embargo, no
desarrolló –aunque reconoció– la
posibilidad de analizar y explicar desde un punto de vista
estrictamente sociológico los contenidos mismos de las
teorías
científicas, en lo que se refiere a su producción y su validez. Es decir, se
trató sobre todo de una sociología de la
ciencia
, e incluso de una mera sociología de los
científicos
, más que de una auténtica
sociología del conocimiento científico con
pretensiones epistemológicas. Estas pretensiones
debían ser evitadas, según Merton. El conocimiento
científico fue tratado por esta sociología como
una caja negra en cuyo interior el sociólogo no
debía mirar (cf. Lamo de Espinosa et al. 1994, cap.
19 y Woolgar 1991).

Su propuesta más notoria aparece claramente
expresada en el trabajo de
1942 titulado más tarde "La estructura normativa de la
ciencia". En él señala cuatro normas o valores
principales (suelen abreviarse como CUDOS, por sus iniciales en
inglés), a la vez morales y
técnicos, que serían ampliamente compartidos dentro
de la comunidad
científica. Esta aceptación general no
obedecería sólo a su conveniencia para conseguir
ciertos fines cognoscitivos, sino a que se los considera como
"correctos y buenos" en sí mismos. Dichas normas o valores
caracterizarían el ethos de la ciencia, y
constituirían el fundamento de la objetividad lograda en
el conocimiento científico (Merton 1942/1977). Son los
siguientes:

Universalismo: "Las pretensiones a la verdad,
cualquiera que sea su fuente, deben ser sometidas a
criterios impersonales preestablecidos: la consonancia
con la observación y con el conocimiento
anteriormente confirmado. La aceptación o el rechazo de
las pretensiones a figurar en las nóminas
de la ciencia no debe depender de los atributos personales o
sociales de su protagonista; su raza, nacionalidad, religión, clase y
cualidades personales son, como tales, irrelevantes". (p.
359).

Comunismo o comunalismo: "Los hallazgos de la
ciencia son un producto de
la colaboración social y son asignados a la comunidad.
Constituyen una herencia
común en la cual el derecho del productor individual es
severamente limitado". (pp. 362-3). Dado que el reconocimiento
y la estima son los únicos derechos de propiedad
del científico, "la preocupación por la prioridad
científica se convierte en la respuesta
‘normal’". Además, este comunismo ha de
venir propiciado por el "imperativo de la
comunicación de los hallazgos". Por eso, el secreto
es algo opuesto a esta norma. El ethos de la ciencia
choca, pues, con la concepción capitalista de la ciencia
y la tecnología como propiedad privada
(patentes).

Desinterés: No debe ser confundido con
el altruismo, es decir, con la idea de que los
científicos no busquen algún tipo de beneficio
propio. Se trata simplemente de que los motivos e intereses
particulares no deben intervenir a la hora de juzgar las
investigaciones.

Escepticismo organizado: Es la
suspensión temporal del juicio acerca de los resultados
de la investigación hasta que no se hayan
efectuados los correspondientes exámenes independientes
empíricos y lógicos.

Posteriormente Merton añade la
originalidad, esto es, la exigencia de novedad en los
resultados públicos de las investigaciones.

No podemos entrar aquí en la discusión que
generó la propuesta de estas normas como constitutivas del
ethos científico. Los críticos pusieron en
cuestión que pudieran explicar realmente el comportamiento
de los científicos. Podían encontrarse casos
diversos de incumplimiento de cada una de ellas. E incluso se
afirmó que las normas contrarias a las citadas
podían tener un efecto positivo para el progreso de la
ciencia (cf. Lamo de Espinosa et al. 1994, pp. 470 y ss. y
Iranzo y Blanco 1999, pp. 121 y ss.). En esta línea de
críticas, el sociólogo John Ziman ha sostenido que
el trabajo
científico actual, realizado habitualmente en el marco de
proyectos I+D,
ha dejado de ser un trabajo individualizado para pasar a ser
fundamentalmente corporativo, y ello ha provocado que las normas
predominantes hoy sean las contrarias a las que Merton
señalaba.

El ethos actual de la ciencia no sería
CUDOS, sino PLACE. Es decir el trabajo científico en los
grandes laboratorios de investigación estaría
dominado por el derecho a la Propiedad intelectual, el Localismo,
el Autoritarismo, la investigación Comisionada o por
encargo, y el papel del Experto. El conflicto
entre ambos códigos normativos explicaría,
según Ziman, muchos de los problemas que
se plantean hoy en el desarrollo de una carrera científica
(cf. Ziman 1994, cap. 7).

No obstante, las críticas más profundas
contra la sociología mertoniana, a la que se acusó
no muy justamente de dejar fuera del análisis
sociológico la génesis del contenido de las
teorías y las hipótesis científicas, así
como los procedimientos
para su validación, se alzaron desde el enfoque promovido
por David Bloor, Barry Barnes y Steven Shapin, de la Science
Studies Unit
de la Universidad de
Edimburgo. Este nuevo enfoque tuvo entre sus fuentes de
inspiración muchas de las ideas expuestas por Kuhn en
La estructura de las revoluciones científicas,
aunque llevándolas a un extremo que el propio Kuhn
rechazó. David Bloor caracterizó de forma
programática en 1976 lo que se conoce como el
Programa
Fuerte’
en sociología de la ciencia, y que hasta
el momento constituye la propuesta más difundida y
articulada dentro de la que sería una sociología
del conocimiento científico.

El Programa Fuerte es un programa completamente
naturalista y externalista. Es naturalista porque pretende ser un
estudio científico y empírico de la propia ciencia.
Se presenta, pues, como una ciencia de la ciencia. Es
además externalista porque, si bien Bloor reconoce la
intervención de causas no sociales en la producción
del conocimiento –y en esto es más moderado que sus
sucesores–, en todo caso se trata siempre de causas
"externas", es decir, distintas de la argumentación
lógica
y la relación de las teorías con la evidencia
empírica. El estudio de Steven Shapin sobre la
frenología puede servir como ilustración de este externalismo. Shapin
argumenta que la clase social fue determinante en las posiciones
defendidas acerca de la frenología en las primeras
décadas del siglo XIX en Escocia. Los defensores
provenían de la clase media emergente y veían en
ella un instrumento para reformas sociales progresistas, mientras
que sus detractores provenían de clases altas. El debate
técnico era, según Shapin, inseparable del
conflicto social entre clases. (Cf. Shapin 1975).

Estas dos características, su naturalismo radical
y su externalismo, hacen que las propuestas realizadas desde la
filosofía de la ciencia sean consideradas no ya como
erróneas sino como irrelevantes por completo.
Sencillamente, si se acepta el enfoque del Programa Fuerte, la
filosofía de la ciencia carece de sentido como disciplina. La
ciencia ha de ser estudiada científicamente, lo cual
significa sociológicamente. Mantener todavía la
vigencia de la filosofía de la ciencia sería tanto
como mantener la vigencia de las especulaciones de la
filosofía de la naturaleza una vez que ya se dispone de
una física
desarrollada.

Según el Programa Fuerte (cf. Bloor 1976/1991, p.
7), una explicación adecuada de la ciencia, y por tanto,
la sociología de la ciencia, debe basarse en los
siguientes principios:

1) Causalidad: Ha de interesarse por las causas
que producen creencias o estados de conocimiento, aunque estas
causas no tienen por qué ser sólo sociales. Bloor
admite también causas psicológicas,
biológicas, etc.

2) Imparcialidad: Ha de ser imparcial respecto
a la verdad o falsedad, la racionalidad o irracionalidad, o al
éxito
o fracaso, de esos conocimientos. En todos esos casos cabe una
explicación causal.

3) Simetría: Los mismos tipos de causas
tienen que explicar las creencias verdaderas o
falsas.

  1. Reflexividad: Sus patrones explicativos han de
    poder
    aplicarse a la sociología misma.

En este punto se hace conveniente un comentario. Pese a
lo que puede parecer, solo uno de estos cuatro principios, el de
simetría, significa un verdadero desafío al enfoque
racionalista de la ciencia. El principio de causalidad puede ser
admitido por el racionalista siempre y cuando se acepte, cosa que
Bloor no está dispuesto a hacer, que las razones son
también un tipo de causas.
Si se acepta esto, como
hacen hoy bastantes filósofos (cf. Brown 1998), el principio de
imparcialidad pude ser también admitido sin problemas. Por
su parte, el principio de reflexividad es insoslayable si se
quiere ser coherente. Ahora bien, para muchos racionalistas, este
principio se puede convertir en una autorrefutación del
Programa Fuerte. Laudan, por otra parte, ha cuestionado el
carácter científico de estos
principios (cf. Laudan 1996).

En cuanto al principio de simetría, lo que trata
de desechar es la idea pretendidamente arraigada de que el
sociólogo solo debe explicar las creencias falsas, porque
son las que obedecen a factores sociales distorsionadores, pero
no puede extender su análisis social a las verdaderas,
dado que éstas son aceptadas simplemente por su verdad. Es
decir, a lo que se opone es a lo que Laudan llama ‘Supuesto
de Arracionalidad’, implícito en la
concepción filosófica tradicional de la ciencia
(cf. Laudan 1977, p. 202). Según tal principio, las
explicaciones sociológicas tienen cabida únicamente
cuando no es posible dar una explicación acudiendo a la
racionalidad de las creencias científicas. Sólo
cabría, pues, una sociología del error.
Algo, sin embargo, que ya había sido rechazado el propio
Merton.

Hay aspectos innegables –y que pocos
filósofos rechazarían– en lo que el principio
de simetría implica: la verdad no se explica por sí
misma, o dicho de otro modo, para explicar los caminos por los
cuales un individuo o un
grupo de
individuos ha llegado a sostener una creencia, no basta con decir
que ésta es verdadera a los ojos del que intenta dicha
explicación. Ni siquiera basta con decir que los
individuos que la sostienen la consideran verdadera. Afirmar que
la teoría
cuántica es (aproximadamente) verdadera no
explicaría en absoluto cómo llegó a ser
aceptada por la comunidad científica o qué procesos
intervinieron en su aceptación. En tal sentido, puede
darse la razón a Woolgar en que la opinión que el
sociólogo o el filósofo tenga de la verdad o
falsedad de las creencias sustentadas por los científicos
no debe modificar el tipo de explicación a dar en cada
caso, atribuyendo unas a factores racionales y otras a factores
sociales.

Ahora bien, no es tan claro que pueda extenderse esto a
la opinión sobre la racionalidad o irracionalidad de las
mismas, como Bloor pretende. Una creencia considerada como
completamente irracional por el investigador, como la de alguien
que crea que todo el mundo conspira contra él cuando se da
la vuelta, probablemente solo puede ser explicada acudiendo a la
locura. Sin embargo, la locura no puede ser una
explicación satisfactoria de creencias consideradas
racionales, como mi creencia en que ha llovido si veo el suelo mojado. Si
no excluimos de antemano las razones como causas capaces de
explicar ciertas creencias, podríamos decir, en contra del
principio de simetría, que las creencias racionales
serían simplemente aquellas que pueden ser explicadas
mediante razones y las irracionales las que no pueden
serlo.

Y en efecto, no hay por qué reducir los factores
explicativos a causas puramente sociales, ni siquiera a causas
"externas". Las razones también pueden ser causas de
nuestras creencias. La reducción de las causas de
éstas a factores "externos" de tipo social,
económico, etc. es, como señala Niiniluoto, un
añadido que no se sigue de los cuatro principios del
Programa Fuerte. Ahora bien, una vez que se reconoce que las
razones pueden ser causas de nuestras creencias, hasta un
internalista podría asumir la aplicabilidad de los cuatro
principios del Programa Fuerte al estudio de la ciencia.
Bastaría con que creyera que las creencias
científicas son racionales y pueden ser explicadas siempre
acudiendo a razones. Hay, finalmente, como base de estas
dificultades, una ambigüedad (que Bloor no solventa) en la
expresión ‘el mismo tipo de causas’, empleada
en la formulación del principio de simetría. A lo
que se añade la ausencia de una explicación
detallada de cómo los intereses sociales causan las
creencias individuales (cf. Niiniluoto 1999, cap. 9, Laudan 1996,
cap. 10 y Brown 2001, cap. 6).

El Programa Fuerte en sociología de la ciencia
abrió las puertas a nuevas propuestas, cada vez más
radicales, comprometidas todas ellas con el supuesto de que el
contenido y la aceptación de la validez del conocimiento
científico eran analizables mediante recursos
estrictamente sociológicos. Solo que ahora, a diferencia
de lo que se hacía en el Programa Fuerte, los factores
sociales no estarán influyendo desde fuera, sino que son
inseparables de los cognitivos, impregnando a la ciencia desde
dentro en todas sus manifestaciones. El contexto social exterior
al laboratorio no
es el que debe ser tenido principalmente en cuenta, sino el que
se da dentro del propio laboratorio durante el desarrollo
cotidiano del trabajo de investigación. Será, pues,
el enfoque microsociológico el más adecuado para su
estudio. Esos factores, además, se considerarán
como determinantes de la construcción de los hechos
y de las teorías por parte de los científicos, y no
como meros causantes de ciertas creencias. Dicho de otro modo, no
es que los intereses sociales influyan en la ciencia, es que la
ciencia misma es una construcción social, como pueda serlo el
mito o la
magia. La ciencia carece de cualquier privilegio
epistémico.

De entre estas nuevas propuestas han tenido particular
repercusión las realizadas a partir de estudios
etnográficos del trabajo en los laboratorios. Y a su vez,
la obra clave en este campo ha sido Laboratory Life, de
Bruno Latour y Steve Woolgar, publicada en 1979 (la otra gran
obra, que no comentaremos, es The Manufacture of
Knowledge
, de Karin Knorr-Cetina, publicada en
1981).

El propósito de Latour y Woolgar, tal como lo
exponen ellos mismos al comienzo de su obra, es estudiar a los
científicos que trabajan en un laboratorio del mismo modo
que un antropólogo estudiaría una tribu de Costa de
Marfil, es decir, escrutando cuaderno en mano sus "rituales" y
sus "mitos". Para
ello eligieron al equipo de investigadores que dirigía
Roger Guillemin en el Salk Institute for Biological
Studies
de Texas. Su trabajo de campo duró desde el
1975 a 1977. Se da la circunstancia además de que
Guillemin obtuvo en 1977 el premio Nobel por haber realizado la
investigación que describen Latour y Woolgar, a saber, la
determinación de la estructura molecular de la hormona de
liberación de la tirotropina.

Latour y Woolgar argumentan que un hecho
científico (como que la estructura del factor (u hormona)
liberador de la tirotropina (TRF o mejor TRH) es
Piro-Glu-His-Pro-NH2) y, en general, lo que cuenta
como realidad para la ciencia es el resultado de una
construcción social en los laboratorios. Son las
negociaciones entre los científicos las que hacen que algo
sea un hecho, las que constituyen el objeto mismo.
("Afirmamos que el TRF es completamente una construcción
social" (Latour y Woolgar (1986), p. 152). Con esto no
están diciendo que la ciencia sea un fraude, ni
pretenden negar que los hechos científicos sean hechos
sólidos y fiables. En esto el constructivista social
sería tan firme como el positivista, con el que comparte
más de lo que parece. Lo que sucede es que los hechos y la
realidad no pueden ser aducidos para explicar por qué los
científicos resuelven sus controversias. Y la razón
es que la realidad externa es la consecuencia y no la causa del
trabajo científico; los hechos son el producto y no el
desencadenante de la controversia misma (cf. pp. 181-182). La
realidad se define precisamente como el conjunto de enunciados
que es demasiado costoso modificar (cf. p. 243). (Para una
crítica
de los argumentos de Latour y Woolgar en Laboratory Life,
véase Brown 2001, pp. 137-141).

Estas tesis dejan
ver claramente por qué se denomina ‘constructivismo
social’ a las ultimas tendencias en sociología de la
ciencia. En obras posteriores, Woolgar ha reforzado este
constructivismo social de carácter idealista, según
el cual "la representación da lugar al objeto" (cf.
Woolgar 1991, p. 99). Latour, por su parte, ha propuesto no
privilegiar el polo social sobre el natural. Ampliando el
principio de simetría, cree ahora frente al Programa
Fuerte que, en lugar de explicar lo natural por lo social,
habría que explicar lo natural y lo social en los mismos
términos y a partir de los mismos procesos (cf. Latour
1992 y 1993). Este constructivismo generalizado, que incluye
tanto a la naturaleza como a la sociedad como objetos construidos
en inseparable amalgama (cuasiobjetos, en
terminología de Michel Serrés), es, según
Latour, más coherente que el constructivismo social, que
se limita a ser constructivista con respecto al mundo natural
pero es realista con respecto al social. No existiría tal
separación entre el polo social y el polo natural, ambos
se presentarían siempre en redes imbricadas y con ambos
habría que contar para analizar el conocimiento
científico. La reintroducción del polo natural, de
los objetos no sociales, en el análisis no
significaría, sin embargo, una vuelta a posiciones no
sociologistas o no relativistas. Todo lo contrario, "[e]l
occidental –escribe Latour– puede creer que la
ley de la
gravedad es universal […] de la misma forma que los
bimin-kuskumin de Nueva Guinea pueden creer que ellos son la
humanidad entera, pero éstas son creencias respetables que
la antropología comparada ya no está
obligada a compartir." (Latour 1993, p. 176).

En una línea también constructivista,
merece la pena mencionar los estudios sobre el cierre de
controversias científicas, realizados entre otros por
Harry Collins, de la Universidad de Bath (Inglaterra), y
Trevor Pinch, de la Universidad de Cornell (EEUU). La idea
central que inspira estos estudios aparece recogida en el
Empirical Programme of Relativism (EPOR), propuesto por
Collins. En este enfoque, al menos como planteamiento
metodológico "el mundo natural no desempeña
ningún papel, o uno muy pequeño, en la
construcción del conocimiento científico" (Collins
1981, p. 3). Las controversias entre los científicos no
acaban, pues, porque los hechos (o los experimentos) den
la razón a unos y se la quiten a otros. Por el contrario,
los hechos son los que el cierre de la controversia determina que
son. Los datos
empíricos, los resultados experimentales pueden ser
interpretados de muy diversas maneras, de modo que nadie puede
apelar a los hechos establecidos experimentalmente para dirimir
la disputa. Lo que está en cuestión en la
controversia es justamente cuáles son esos hechos, y hasta
que no se ha cerrado la controversia en torno a una
interpretación posible de los resultados no
hay hechos unánimemente aceptados (v. g. la controversia
sobre la fusión en
frío, o sobre la detección de ondas
gravitacionales, o sobre la detección de neutrinos
solares. Cf. Collins y Pinch 1993). Dicho de otro modo, no se
cree en una hipótesis científica porque ésta
haya sido vista por todos como verdadera, sino que es verdadera
porque todos han decidido creer en ella. Dada esta
infradeterminación empírica de las controversias
científicas, éstas se cierran mediante
negociaciones en las que intervienen de forma determinante las
circunstancias sociales en las que se sitúan los
participantes en la controversia y el manejo que estos hagan de
las mismas. La sociología de la ciencia debe realizar un
análisis microsocial sobre los mecanismos concretos que se
despliegan en las negociaciones y permiten decidir el cierre de
las controversias. (Para una crítica de estas tesis es
también útil Brown 2001 y Koertge (ed.),
1998).

Este rápido recorrido no nos permite hacer un
balance justo de los logros y las debilidades que encierran todas
estas propuestas, pero algo hemos de decir sobre ello, aun a
riesgo de
parecer demasiado expeditivos. Como resumen de lo que ha
pretendido, y para muchos ha conseguido, la investigación
de estos años en sociología de la ciencia pueden
valer muy bien las siguientes palabras del sociólogo de la
ciencia Sal Restivo:

Esta investigación ha puesto en
cuestión, al menos, el carácter único de
las racionalidades empleadas en la ciencia; ha sugerido al
menos que la fiabilidad, la validez, la verdad y la objetividad
son logradas en la ciencia (como institución social
específica) del mismo modo en que son logradas en la
actividad epistémica general en cualquier organización o cultura; y
ha mostrado que el rigor no es una condición sine qua
non
de la ciencia: es parte del ciclo de la
investigación, y puede coexistir en el mismo campo de
investigación –e incluso en el mismo proyecto o
dominio de
problemas– con conceptos y métodos
no rigurosos. Los estándares de rigor y de validez
están histórica y culturalmente situados. Y a
menudo el relajamiento en los cánones del rigor es una
condición para resolver problemas intratables, para
desarrollar nuevos enfoques con los que evitar los
obstáculos, y, en general, para conseguir que se hagan
las cosas. Generalmente, los estándares de rigor,
validez, racionalidad, etc., son establecidos por, o
están asociados con, la ortodoxia y la autoridad. Y
no debemos olvidar el interés
que los científicos tienen como profesionales
–como trabajadores– en las estrategias
demarcacionistas. Admitir que los científicos tienen
intereses y objetivos
ideológicos y profesionales, e ignorar estos factores en
beneficio de algún tipo de modelo
idealista de la investigación solo oculta las realidades
sociales complejas que ligan el descubrimiento y la
validación con cuestiones de estatus, poder y prestigio,
que hacen que la "corrección" cognitiva sea dependiente
del contexto, y que conectan las teorías, los
métodos y la organización social. (Restivo 1997,
p. 66).

Sin embargo, un problema general que presentan estos
enfoques sociológicos, señalado repetidamente por
filósofos e historiadores de la ciencia, es la falta de
justificación científica (y no se olvide que la
sociología de la ciencia quiere ser una ciencia de la
ciencia) del supuesto principal del que se parte, a saber: que
solo los factores sociales o externos bastan para dar cuenta del
modo en que se desarrolla la investigación
científica; o dicho de otro modo, que la evidencia
empírica y las razones empleadas en la
argumentación o son prescindibles o son reductibles en
última instancia a fenómenos sociales. De la
afirmación difícilmente contestable de que la
ciencia es una institución social, se pasa, habitualmente,
de forma inmediata y discutible, a la tesis de que "cualquier
evaluación o crítica de la ciencia
es una evaluación o crítica de relaciones sociales,
de poder y control sociales,
de las tensiones entre fuerzas sociales conservadoras y
transformadoras, y de valores." (Restivo 1997, p. 69).

El finlandés Ilkka Niiniluoto ha expresado bien
esta queja común a los racionalistas cuando
escribe:

Cualquier marco comprensivo para los estudios sobre la
ciencia debe reconocer que las opiniones de las comunidades
científicas pueden depender de una variedad de
diferentes tipos de factores –entre ellos las razones
‘internas’, los argumentos, los prejuicios, los
errores, la comunicación persuasiva, e influencias
sociales ‘externas’. El hecho de que los sujetos
del conocimiento científico estén siempre
socialmente situados no excluye su interacción con los objetos de
conocimiento. […] [L]a tarea de una teoría de la
ciencia debería ser proporcionar un modelo plausible que
mostrara dónde y cómo pueden jugar
un papel en la práctica científica los factores
externos. (Niiniluoto 1999, p. 259).

3. Ciencia
y género

Dentro de los estudios sociales sobre la ciencia ocupa
un lugar central la filosofía feminista de la ciencia o
epistemología feminista. Algunos de los
nombres más destacados en este campo son los de Sandra
Harding, Donna Haraway, Helen Longino, Evelin Fox Keller y Lynn
Hankinson Nelson.

Es notorio el hecho de que las mujeres no están
aún adecuadamente integradas en la profesión
científica. A pesar de que en los últimos
años el número de mujeres que estudian alguna
ciencia ha crecido paulatinamente y tiende a igualar al de los
hombres, su representación en los puestos de relevancia
profesional es todavía muy escasa.

En el caso español,
por ejemplo, mientras que en el año 2000 el número
de mujeres investigadoras que trabajaban en I+D rondaba el 33%,
sólo el 4% de los catedráticos en
ingenierías y en disciplinas tecnológicas eran
mujeres y en ciencias de la
salud no
superaban el 9%. Y, con todo, la situación en España no
es de las peores en Europa. Evidentemente, ésta ha sido
una de las situaciones más denunciadas por el feminismo y
uno de los temas analizados originalmente por la filosofía
feminista de la ciencia. Pero en la actualidad sus pretensiones
teóricas van mucho más allá de la mera
denuncia sociológica de las barreras que encuentran las
mujeres en su carrera científica y del intento de
reparación de esta situación injustificable. La
epistemología feminista asume que los valores no
cognitivos o contextuales (en este caso los valores de género)
influyen en el lenguaje de
la ciencia, en las metáforas, en los problemas elegidos,
en los métodos de investigación y de
justificación de las teorías, en los fines
perseguidos e incluso en el propio contenido de las
teorías científicas.

Esto es particularmente claro, según sus tesis,
en las ciencias
sociales y en la biología, pero afecta
a todas las ciencias. Las teorías científicas no
son axiológicamente neutrales, sino que están
cargadas de valores. Puesto que además están
infradeterminadas por la evidencia empírica, es decir,
puesto que los mismos hechos son compatibles con teorías
diversas y no bastan para determinar la elección de una de
ellas frente a las otras, estos valores de género
–junto con otros valores contextuales–
marcarán también las decisiones de los
científicos a la hora de seleccionar teorías. No se
trata, por tanto, (al menos desde los enfoques prevalecientes
dentro de los estudios feministas) de que se haga ‘ciencia
mala’ debido a prejuicios machistas que hay que corregir,
sino que la ciencia tal como la conocemos, tanto la buena como la
mala, ha estado y
está impreganada por estos prejuicios propios del
varón blanco de clase media, que es el que habitualmente
la ha hecho. Dentro del feminismo se ha llegado a especular
incluso con la posibilidad de una ciencia feminista, es decir,
una ciencia distinta a la actual ciencia androcéntrica
(cf. Longino 1987).

Una buena parte de la filosofía de la ciencia
feminista ha centrado su atención en la comunidad científica
como tal, contraponiéndose así al individualismo de
la epistemología tradicional que se centraba en el
científico como agente del conocimiento. La ciencia es
vista como un conocimiento situado en un contexto social y
cultural del que no puede sustraerse, y en ese contexto los
valores androcéntricos son los predominantes. La ciencia,
pues, ha sido practicada en concordancia con dichos valores, e
incluso contribuye a mantenerlos, lo cual dificulta la
incorporación de la mujer en
ella.

Las aportaciones a la cultura que defiende la ciencia
–escribe Harding– sólo pueden hacerse por
yoes transhistóricos que reflejan una realidad de
entidades exclusivamente abstractas; por una forma
administrativa de interacción con la naturaleza y con
otros investigadores; mediante formas impersonales y
universales de comunicación, y con una ética de
elaboración de reglas para adjudicaciones absolutas de
derechos contrapuestos entre los elementos de prueba
autónomos desde el punto de vista social (es decir,
independientes de los valores). Éstas son exactamente
las características sociales necesarias para llegar a
generizarse como hombre en
nuestra sociedad. (Harding 1996, p. 205).

Entre los apoyos aducidos en favor de estas tesis
está el uso de ciertas metáforas e imágenes
en la ciencia. El lenguaje,
presente ya en Bacon, que subraya el carácter de la
ciencia como poder dominador, que habla de forzar a la Naturaleza
para arrancarle sus secretos, de descubrir el velo que la oculta,
e incluso de esclavizarla, es un lenguaje que ha sido habitual en
la historia de la
ciencia y que encierra una carga sexista evidente. Sandra Harding
llega a calificarlas como metáforas de violación y
tortura, y, llevando las cosas a un extremo que le ha costado
numerosas críticas, se pregunta por qué no iba a
ser tan iluminador llamar a las leyes de Newton
"manual de
violación de Newton" como llamarlas "mecánica de Newton" (cf. Harding 1996, p.
100).

Pero no es sólo la retórica con la que se
ha justificado a la ciencia en el pasado la que porta esa carga
sexista. La ciencia actual sigue utilizando metáforas
cargadas igualmente de prejuicios de género. Una de ellas
es la metáfora de la reproducción que describe al espermatozoide
como activo y luchador y al óvulo como receptor pasivo que
se limita a ser transportado y a esperar la llegada del
espermatozoide. Esta metáfora –de uso común
según se nos dice en diversos textos de la
epistemología feminista– revela un enfoque machista
del proceso
reproductivo, y además no se tiene ya en pié a
pesar de que sigue siendo usada, puesto que ha sido desmentida
por la propia investigación biológica. El complejo
y activo papel que desempeña el óvulo en la
fecundación e incluso en la guía del
espermatozoide hasta él y en su fijación ha sido ya
ampliamente establecido. Así expone Keller el
asunto:

Consideremos […] los modos en que se ha
representado el proceso de la fecundación
biológica. Hace veinte años el proceso
podía ser descrito eficaz y aceptablemente en
términos evocadores del mito de la Bella Durmiente (por
ejemplo, penetración, conquista y despertar del
óvulo llevados a cabo por el espermatozoide)
precisamente por la consonancia de esta imagen con los
estereotipos sexuales prevalecientes […]. Hoy en
día una metáfora diferente ha llegado a parecer
más útil y claramente más aceptable: en
los libros de
texto
contemporáneos es más probable que la
fecundación aparezca descrita en el lenguaje de la
igualdad de
oportunidades (definida, por ejemplo, como "el proceso por el
cual el óvulo y el espermatozoide se encuentran el uno
al otro y se funden" […]). Lo que fue una
metáfora socialmente eficaz hace veinte años, ha
dejado de serlo, en gran medida gracias a la dramática
transformación de las ideologías de género
que ha tenido lugar en el ínterin. (Keller 1995, p.
XII).

Desde posiciones críticas con la
epistemología feminista se ha respondido que la
metáfora del espermatozoide activo y el óvulo
pasivo proviene de textos divulgativos y no se puede encontrar en
publicaciones científicas de carácter profesional,
ni siquiera en el pasado, ya que, de hecho, el papel activo del
óvulo fue reconocido en dichas publicaciones desde los
primeros estudios sobre la fecundación en las
décadas iniciales del siglo XX (cf. Gross 1998). No
obstante, lo cierto es que uno de los estudios iniciales del que
proviene el ejemplo (Martin 1991) afirma estar basado en el
análisis de diversos manuales de
biología usados por los estudiantes de medicina de la
Universidad Johns Hopkins en los Estados Unidos y
cita también algún abstract
científico.

Además de al lenguaje y a las metáforas,
los prejuicios de género afectan en algunos casos al
contenido mismo de las hipótesis que se proponen en la
ciencia. Esto no las convierte necesariamente en falsas, pero
sí que impide o dificulta la aparición y
consideración detenida de hipótesis alternativas.
Un ejemplo de ello muy citado también en la literatura feminista
sería el de la hipótesis del "hombre-cazador" en
antropología (cf. Longino 1990, cap. 6).

Según dicha hipótesis el desarrollo
inicial de la tecnología estuvo basado en la
fabricación de instrumentos para la caza por parte de
nuestros ancestros machos. De ahí que el camino que
tomó la evolución
humana, como por ejemplo la disminución del
tamaño de los dientes caninos debido a su menor
importancia, la bipedestación como modo de mejorar la caza
o el aumento de la inteligencia
ligada a la habilidad manual, estuviera marcado por las
actividades consideradas como propiamente masculinas. La presión
selectiva se ejercía sobre la capacidad para
desempeñar adecuadamente esas actividades.

Aunque su formulación explícita es de
finales de los 60, la idea fue sostenida por el propio Darwin en el
Origen de las especies. Sin embargo, esta hipótesis
obedece a un estereotipo sexual que ha sido privilegiado
tradicionalmente y que ha propiciado que no se tomen
suficientemente en cuenta otras explicaciones alternativas de la
evolución humana.

Por ejemplo, una hipótesis que ha sido propuesta
a mediados de los 70 es la de la "mujer-recolectora". Según esta
hipótesis son las actividades desarrolladas por nuestras
antepasadas femeninas las que llevaron el peso de nuestra
evolución. Cuando nuestros antepasados ocuparon la sabana
fue la labor de las mujeres en la recolección y
preparación de alimentos y el
cuidado de los hijos, con la fabricación de los
correspondientes utensilios para esas tareas, el elemento sobre
el que se ejerció la mayor presión selectiva. De
modo que el aumento de la inteligencia habría venido
propiciado por la necesidad de realizar de modo cada vez
más eficiente esas tareas desempeñadas por las
mujeres.

Al considerar este ejemplo, Helen Longino afirma que no
se trata de que la primera hipótesis sea falsa debido a
sus prejuicios machistas y la segunda verdadera por todo lo
contrario. En su opinión, los datos del registro
fósil no permiten realizar una elección definitiva
entre la una y la otra, ya que ambas poseen un grado similar de
adecuación empírica, y en principio tan respetable
y acorde con la buena ciencia es la primera como la
segunda.

Pero lo que puede decirse es que la primera
hipótesis –que es la preferida de muchos
científicos– está cargada de valores
androcéntricos que son transpuestos desde nuestra cultura
actual al comportamiento de los primeros representantes del
género homo. Esta carga valorativa quizás
habría permanecido oculta si no surge como contraste la
segunda hipótesis, con la carga contraria de valores
ginocéntricos, que son también transpuestos al
pasado. En cambio, Sandra
Harding va más allá. Ella sostiene que desde
cualquier perspectiva y con los datos en la mano la segunda
hipótesis debe considerarse como preferible a la primera
(cf. Harding 1996, pp. 90-1).

Dentro del feminismo hay orientaciones diversas que
también se plasman en la filosofía feminista de la
ciencia. Harding ha ofrecido una clasificación que ha
hecho fortuna (cf. Harding 1996, cap. 1). Según Harding,
los estudios feministas sobre la ciencia pueden situarse en tres
enfoques diferentes y hasta enfrentados en algunos aspectos: el
empirismo feminista, el punto de vista feminista y
el postmodernismo feminista.

El empirismo
feminista, defendido, por ejemplo, por Longino y por Nelson, se
caracteriza por pensar que los sesgos sexistas de la
investigación científica pueden eliminarse con una
correcta aplicación de las normas metodológicas de
la ciencia y con un cambio en el lenguaje. Desde este enfoque se
considera, pues, que cabe un punto de vista objetivo y
desprejuiciado en lo que respecta al género al que la
ciencia debe aspirar. La ciencia mejoraría en tanto
lograra eliminar los prejuicios de género, sean del tipo
que sean.

El segundo enfoque, el del punto de vista feminista, en
cambio, rechaza de plano esta pretensión. Basándose
en la teorización hegeliana sobre la relación
amo-esclavo y en el marxismo,
sostiene que el punto de vista femenino, en tanto que propio de
un grupo oprimido, ofrece una perspectiva mejor que el punto de
vista masculino ya que se trata de una perspectiva menos parcial
y menos perversa y, por tanto, privilegiada.

Aplicado a la ciencia, esto significa que las mujeres
poseen una capacidad mayor para captar ciertos aspectos de la
naturaleza y de la vida social, en particular los que se refieren
a la situación social de la mujer. Una ciencia hecha por
mujeres podría ser, por tanto, una ciencia mejor que la
que tenemos actualmente, hecha fundamentalmente por hombres. Las
mujeres, según este enfoque, poseen un estilo cognitivo
diferente al de los hombres. Mientras que el de éstos es
abstracto, teórico, analítico, cuantitativo,
deductivo, orientado hacia el control y el dominio, el de las
mujeres es concreto,
práctico, sintético, cualitativo, intuitivo,
orientado hacia el cuidado.

La ciencia ha privilegiado históricamente el
estilo cognitivo masculino y por eso el femenino es menospreciado
y marginado dentro de ella, pero en realidad el estilo cognitivo
femenino es superior porque elimina la separación entre
objeto y sujeto de conocimiento y porque es éticamente
preferible el cuidado a la dominación (cf. Anderson 2003).
El postmodernismo feminista, representado por Donna Haraway y la
propia Harding (quien inicialmente defendió el punto de
vista feminista), rechaza los dos planteamientos anteriores. Ni
es posible una objetividad carente de sesgos sexistas ni existe
un punto de vista femenino único que incluya a mujeres de
diferentes razas, clases
sociales, culturas u orientaciones sexuales. No existe
‘la mujer’, hay mujeres. No hay un gran metarrelato
que sirva para representar a todas las mujeres, hay sólo
pequeños relatos parciales y diversos sobre mujeres en
situaciones concretas. Los conceptos de ‘mujer’ y
‘feminidad’ son conceptos construidos socialmente
"mediante proyectos de dominación masculina" (Harding
1996, p. 150). De tal modo que pretender que hay un punto de
vista propio de la mujer, un carácter femenino universal,
es afianzar viejos tópicos machistas.

No obstante, en los últimos años los
límites
entre estos enfoques han tendido a difuminarse y han surgido
nuevas orientaciones. Desde posiciones postmodernistas se ha
reconocido la necesidad, para la promoción de la propia causa feminista, de
aceptar que es posible la adquisición de un conocimiento
fiable sobre el mundo. Desde el punto de vista feminista se ha
admitido que no puede "esencializarse" lo femenino y que las
diversas circunstancias sociales pueden producir puntos de vista
muy diferentes en las mujeres, aunque no se acepta que la
fragmentación de la que habla el feminismo postmoderno
llegue hasta el extremo de invalidar el concepto de
‘mujer’ como categoría analítica. El
empirismo feminista, por su parte, parece más dispuesto a
coincidir con las otras posturas en que el sujeto cognitivo
está irremediablemente situado y que un cierto punto de
vista feminista, aunque plural, es necesario para contrarrestar
los prejuicios machistas existentes en el tratamiento de algunos
problemas científicos (cf. Anderson 2003).

Conviene saber también que no todas las
feministas comparten las tesis básicas subyacentes en la
epistemología feminista y la filosofía de la
ciencia feminista. Susan Haack, por ejemplo, las ha criticado
duramente y afirma que una "epistemología feminista" es
algo que suena tan incongruente como una "epistemología
republicana", e incluso el proyecto le parece peligroso, ya que
promueve una politización de la investigación (cf.
Haack 1998, p. 124 y 131). Según Haack, la
epistemología feminista (y con ello parece referirse
básicamente a la orientación que Harding llama
‘punto de vista feminista’), en lugar de socavar los
prejuicios sexistas, los refuerza en la medida en que se mantiene
que hay una visión femenina de las cosas y que ésta
en menos racional o menos lógica que la masculina. Algunos
estudios empíricos recientes dan la razón a Haack
en este punto. De ellos se sigue que, frente a lo que
habían pretendido otros estudios anteriores, no parece
haber diferencias significativas entre niños y
niñas en el desarrollo moral, en el
valor que
conceden a su autonomía, en sus capacidades cognitivas y
emocionales, en su necesidad de poder, en su capacidad sexual o
en su hostilidad (cf. Tavris 1992). Por otra parte, Haack no cree
que el punto de vista del oprimido sea siempre un punto de vista
epistémicamente privilegiado, ya que precisamente la
situación de opresión suele conllevar un control de
la información por parte del opresor, lo que
deja al oprimido con un conocimiento más limitado de la
situación. Éstas son críticas de la que
puede escapar, sin embargo, la epistemología feminista que
niega la existencia de un estilo cognitivo propiamente femenino y
privilegiado, es decir, tanto el empirismo feminista como el
postmodernismo feminista.

Una crítica más general contra la
epistemología feminista es la que señala que los
casos estudiados suelen limitarse a la biología y a las
ciencias sociales, donde pueden introducirse más
fácilmente prejuicios de género, pero son muy
escasos y poco convincentes en lo que se refiere a la
física, la química o las
matemáticas. Desde el feminismo se contesta
que, aunque en estas ciencias los prejuicios sean menos
detectables, también existen. Por el momento, sin embargo,
hay que admitir con los críticos que los casos estudiados
resultan mucho menos plausibles que los referidos a la
biología o a las ciencias sociales. Harding ha afirmado
que, en realidad, lo que importa es mostrar que en estas ciencias
sí existen tales prejuicios porque son precisamente las
ciencias sociales las que constituyen el modelo de lo que es hoy
la ciencia, siendo la física un caso especial (cf. Harding
1996, p. 40). Ni que decir tiene que esta afirmación es
rechazada por los críticos.

4. La
respuesta anti-relativista. Las
Guerras de la
Ciencia

Varios filósofos de la ciencia de
orientación racionalista, como Larry Laudan o Susan Haack
(cf. Laudan 1977, cap. 7 y 1996, cap. 10, Haack 1998, cap. 6),
pero especialmente filósofos realistas, como W. H.
Newton-Smith, León Olivé, Mario Bunge, Roger Trigg,
Christopher Norris, Ilkka Niiniluoto, Ronald Giere o James R.
Brown (cf. Newton-Smith 1987, Olivé 1988, Bunge 1991 y
1992, Trigg 1993, Norris 1997, Niiniluoto 1999, Giere 1988 y 1999
y J. R. Brown 2001), han presentado diversas objeciones a las
tesis defendidas desde la Nueva Sociología de la Ciencia.
No debe sorprender que un objetivo central de estas
críticas haya sido el relativismo explícito con el
que éstas están comprometidas. Como reconoce
Woolgar:

El programa fuerte de la sociología del
conocimiento científico atrajo una gran atención,
no porque propusiera un análisis sociológico de
materias que anteriormente habían sido objeto de la
filosofía –el contenido y la naturaleza del
conocimiento científico, sino porque enfatizaba la
relatividad de la verdad científica. Ello suponía
que al conocimiento científico ya no se le podía
seguir considerando sencillamente como algo
‘racional’, que la aplicación de la
‘razón’ ya no garantizaba la
‘verdad’, etc. (Woolgar 1991, p. 68).

Dedicaremos unos últimos párrafos a una
réplica especial que ha alcanzado una gran notoriedad y
que resulta sumamente ilustrativa de la situación en la
que se encuentra en estos momentos el ambiente
intelectual creado por los estudios STS. Me refiero a las
denominadas ‘Guerras de la Ciencia’, que han
enfrentado recientemente a destacados miembros de la academia,
sobre todo en los Estados Unidos, si bien se han visto muy
implicadas la filosofía y la sociología de la
ciencia francesas.

En pocas palabras puede decirse que lo que ha estado y
está en discusión es si el constructivismo social y
la negación del papel de la argumentación y la
evidencia empírica que se ha realizado desde los estudios
STS permite dar una explicación aceptable del modo en que
funciona la ciencia en realidad. Algunos científicos han
participado activamente en la polémica para oponerse a las
tesis constructivistas, lo que ha provocado que se vea
aquí, erróneamente en mi opinión, una nueva
manifestación de la separación entre las dos
culturas, la humanística y la científica (cf.
Diéguez 2000). Y digo erróneamente porque las cosas
son más complejas y en cada bando enfrentado pueden
encontrarse tanto científicos como humanistas.

El origen de la polémica se sitúa en la
publicación en 1994 del libro del
biólogo Paul R. Gross y del matemático Norman
Levitt titulado Higher Superstition. The Academic Left and Its
Quarrels with Science
. El libro era una crítica
bastante ácida de las tesis relativistas y
constructivistas defendidas por ciertos autores norteamericanos
de orientación izquierdista y postmoderna pertenecientes
al campo de los estudios STS. En él se afirmaba que este
sector de la academia norteamericana era hostil a la ciencia, y
no solo por los efectos perjudiciales de la tecnología
sobre el medio
ambiente, sino por la presentación que la ciencia hace
de sí misma como conocimiento objetivo y
metodológicamente justificado.

Pocos meses después, en ese mismo año,
Alan Sokal, profesor de
física en la Universidad de Nueva York comprometido
políticamente con la izquierda, envió a la revista
Social Text un artículo titulado "Transgressing the
boundaries: Toward a transformative hermeneutics of quantum
gravity". La revista Social Text es un órgano
habitual de expresión en el ámbito de los estudios
culturales y sociales. Está editada por la Universidad de
Duke, y en ella publican con asiduidad autores considerados como
postmodernistas. Casualmente estaba por entonces preparando un
número especial –bajo el título empleado
aquí por primera vez de ‘Las Guerras de la
Ciencia’– en respuesta al libro de Gross y Levitt, y
el artículo de Sokal parecía encajar perfectamente
en tal proyecto.

Un artículo escrito por un físico que, ya
desde el mismo título, utilizaba el vocabulario
típico de los estudios sociales sobre la ciencia y que en
su contenido daba la razón a los que sostenían que
la ciencia era un discurso entre
otros.

Un artículo que negaba, con apoyo de la
física, la existencia de una realidad independiente; que
afirmaba que el conocimiento científico, lejos de ser
objetivo, era un reflejo de la ideología dominante y que carecía de
cualquier privilegio epistemológico; que aseguraba que el
psicoanálisis lacaniano había sido
confirmado por la teoría cuántica de campos; que
hablaba de la historicidad del número p y de la constante de gravitación G; y
que defendía la necesidad de unas nuevas
matemáticas que fueran verdaderamente emancipatorias. Era
un respaldo importante, y el artículo fue finalmente
aceptado y publicado en dicho número, que apareció
en 1996. Este número incluía además trabajos
de figuras tan relevantes en los estudios STS como Sandra
Harding, Hilary Rose y Steve Fuller.

El escándalo se desató cuando Sokal
envió una carta a los editores de Social Text para
explicarles que su artículo había sido una parodia
de los trabajos realizados habitualmente en los estudios STS por
autores postmodernistas y que cualquier estudiante de
física o matemáticas habría podido darse
cuenta de los absurdos que contenía. Los editores se
negaron a publicar la carta y Sokal
la envió a la revista Lingua Franca, donde
finalmente se publicó. El asunto adquirió tal
magnitud, gracias sobre todo a su difusión por Internet, que aparecieron
comentarios en algunos de los más importantes diarios del
mundo, y se le dedicó una editorial en el New York
Times
.

Las respuestas no se hicieron esperar, y fueron muy
variadas. El engaño de Sokal despertó las
simpatías de muchos científicos y filósofos
que vieron en él una demostración de la falta de
criterio y de rigor imperante, al menos por el momento, en el
campo de los estudios sociales sobre la ciencia, lo cual
descalificaba sus resultados. Los que se sintieron
engañados o injustamente ridiculizados, sin embargo,
denunciaron la falta de honestidad de
Sokal y minimizaron las consecuencias de su engaño, que
solo habría probado que en ocasiones fallan los sistemas que
deben controlar la calidad y
seriedad de los trabajos publicados en una revista, o como mucho,
que el entusiasmo político puede conducir a errores de
juicio. Latour llegó a acusar a Sokal en Le monde
de querer buscar en la cultura francesa un nuevo enemigo tras el
fin de la guerra
fría. El debate sobre lo que el engaño de Sokal
probaba o no probaba estaba, pues, servido.

El propio Sokal ha sido modesto en sus pretensiones. En
su opinión, el mero hecho de la publicación de su
artículo sólo prueba "que los editores de
una revista bastante marginal fueron negligentes en sus
deberes intelectuales
publicando un artículo sobre física cuántica
que, según admiten, no podían entender, sin
molestarse en consultar la opinión de alguien que
conociese la física cuántica, solo porque
provenía de un ‘aliado convenientemente
acreditado’." (Sokal 1998, p. 11). Pero esto no es lo
importante, según Sokal. Lo importante es el contenido
mismo del artículo. Si el artículo es un
sinsentido, lo es por lo que dicen los textos de autores
postmodernos citados en él, ya que lo único que
añade Sokal a esos textos es un argumento (también
absurdo) capaz de darles cierta unidad a todos ellos.

Ciertamente sería descabellado afirmar que el
caso Sokal ha mostrado la completa vaciedad de los estudios STS,
entre otras razones porque, como dijimos al principio, estos
estudios no se agotan en las orientaciones relativistas,
constructivistas o postmodernas. Ni tampoco son iguales todos los
relativistas, constructivistas o postmodernistas. No es lo mismo
el relativismo metodológico del Programa Fuerte, que tiene
una base realista, que el relativismo ontológico o
constructivismo social extremo de algunos filósofos
postmodernos, que no la tiene. No obstante, creo que Sokal ha
conseguido mostrar que, dentro de estas orientaciones, una cierta
retórica revestida de un lenguaje oscuro, y un apoyo
decidido a determinadas tesis "políticamente correctas"
desde el punto de vista de una cierta izquierda, son capaces de
ocultar la carencia de argumentos y el encadenamiento de pifias
científicas. Y haber hecho esto no es poco, porque
precisamente estas orientaciones burladas por Sokal comenzaban a
dominar en el campo de los estudios STS como si ya no hubiera
más alternativas. Ha sido saludable que encontraran un
contrapeso, tal como lo fue en su momento que lo encontrara el
Neopositivismo. Quizás de este modo se pueda percibir
mejor que los estudios STS no tienen por qué identificarse
con ellas y lo deseable que sería que, tal como reclama
Philip Kitcher (Kitcher 1998), estos estudios hicieran justicia tanto
a los aspectos socio-históricos de la ciencia como a los
aspectos realistas y racionalistas. Algo similar es lo que
aparentemente piensa Sokal cuando comenta:

Las presunciones epistemológicas de los
Estudios sobre la Ciencia son una desviación de los
asuntos que motivaron en principio los Estudios sobre la
Ciencia, a saber: el papel social, económico y
político de la ciencia y de la tecnología. […]
Pero los que practican los Estudios sobre la Ciencia no
están obligados a persistir en una epistemología
equivocada; pueden abandonarla y continuar con la seria tarea
de estudiar a la ciencia. Quizás, con la perspectiva de
unos cuantos años, las actuales "Guerras de la Ciencia"
resultarán haber marcado ese punto de retorno. (Sokal
1998, p. 18)

James R. Brown destaca también como resultado de
la polémica el haber puesto de relieve que
las actitudes
favorables o críticas frente al conocimiento
científico no se corresponden con actitudes políticas
de derecha o de izquierda (cf. Brown 2001, pp. 24-28). En todo
caso, sea lo que sea lo que Sokal haya probado, su engaño
ha tenido la virtud de fomentar una discusión intelectual
de sumo interés acerca de la objetividad del conocimiento
científico y del papel de la ciencia en el conjunto de la
cultura; una discusión que, pese a las airadas reacciones
iniciales, ha obligado a unos y otros a pulir los argumentos
propios y a buscar mejores respuestas para los del contrario.
Aunque solo sea por eso, la parodia ha merecido la
pena.

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Antonio Diéguez

Publicado
en el libro: Diéguez, A. y J. M. Atencia (Ed.) (2004)
Tecnociencia y cultura a comienzos del siglo XXI, Málaga:
Universidad de Málaga.

Partes: 1, 2
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